lunes, 31 de octubre de 2011

El Johnny, pianista y atorrante



Se llamaba Prudencio Aragón. Y aunque tenía nombre de cuchillero, su fama no se relaciona con facones ni varoniles peleas. La herramienta que lo dejó en la historia porteña como uno de sus personajes para recordar fue otra: desde 1870 en adelante tiene 88 teclas y se la conoce con el nombre de piano.

Prudencio Aragón nació en Belgrano el 28 de abril de 1886, cuando la actual avenida Cabildo aún se llamaba 25 de Mayo y un año antes de que aquella “ciudad” fuera anexada a Buenos Aires para quedar como un barrio más de la metrópoli. Pero la inventiva de los chicos de la zona le daría un apodo que sería su marca: lo bautizaron “el Johnny”. Algunos dicen que fue porque en su cabellera morocha afloraba un rebelde mechón pelirrojo. Otros cuentan que el mote surgió porque su mamá trabajaba como ama de llaves de una acaudalada familia inglesa. Su muerte ocurrió en Montevideo, el 2 de noviembre de 1963.

Lo cierto es que aquel chiquilín, que veía pasar al tranvía tirado por tres caballos repechando la cuesta desde el bajo hacia la calle Vidal, empezó a crecer escuchando el sonido que del violín sacaba Pedro (su hermano mayor) y de la guitarra su primo Justo Morales. Pero quien le dio el abc del piano fue su medio hermano Cesáreo Pérez. De ahí a los cafés donde el tango empezaba a convertirse en el símbolo musical de esta parte del mundo, hubo un corto paso.

Los historiadores del tango registran a El Talar como el primer tema presentado con partitura y señalan que fue compuesto en 1895 por el Johnny Aragón. Es decir que el chico preparó esa melodía a los 9 años. Y como no hay otras referencias que indiquen lo contrario, eso le daría el título del compositor más joven en la historia del género.

Claro que ese no fue el único tema con la firma de el Johnny. También figuran El piñerista, Mateamargo, Don Victorio, El Pardo Cejas y uno que generó doble polémica: por el título y por quién lo compuso. Sobre la autoría hubo reclamos y la cuestión quedó siempre en una nebulosa, aunque figura como una obra de Juan Maglio y Alfredo Bigeschi. En cuanto al título, aparece como Las siete palabras, aunque algunos le atribuyen otro más cercano a ambientes poco santos: lo conocen como Las siete pulgadas.

Después de vivir un tiempo en Rosario, el Johnny volvió a Buenos Aires. Y a los 17 ya se codeaba con otros inventores del tango: Vicente “Garrote” Greco, Vicente Loduca y Francisco “Pirincho” Canaro. Pero su mayor amistad fue con otro atorrante al que todos conocían como Eduardo “El Tigre del Bandoneón” Arolas, aunque su verdadero nombre era Lorenzo Arolá.

Cuentan que, juntos, el Johnny y El Tigre solían compartir el rocío de muchas trasnoches en boliches de La Boca, donde había mucho rouge y bastante poca agua mineral. Justamente una composición de Arolas lleva el título Una noche de garufa y una clara dedicatoria: “Al apreciable amigo Prudencio Aragón”. Después hubo un café en la avenida Montes de Oca al 1600 que tomó el nombre de ese tango.

También dicen que frecuentaban otro lugar en Pedro de Mendoza, cerca de la avenida Almirante Brown, frente al Riachuelo. El local se llamaba “The Droning Maud”, pero para todos era “el bar de La Negra Carolina”, porque su dueña era Carolina Maud, una afro norteamericana nacida en Nueva Orleans quien, aparte de lucir otras virtudes, solía jactarse de haber tenido como amiga nada menos que a la célebre Josephine Baker.
Pero esa es otra historia.

Eduardo Parise

La Revolución del Sud - parte 6

Batalla de Chascomús

Simultáneamente los principales jefes de la revolución, dirigieron una nota colectiva al contraalmirante francés en la que invocando “la afinidad que reinaba entre los principios que los animaban a ellos y a los súbditos de S. M. Luis Felipe”, le pedían libre tránsito y un salvoconducto para que el portador de tal comunicación llegase al campo del general Lavalle.. “Nos es grato comunicar al señor contraalmirante, agregaban, que no reconociendo los ciudadanos que suscriben ninguna clase de enemigo en el extranjero, esperamos que los puertos del Salado y Tuyú, que están en nuestro poder, abriguen cualquier pabellón ultramarino, por más enemigo que sea del tirano que domina nuestra patria”. (10) Al día siguiente el comandante Villarino dirigía otra nota al mismo contraalmirante pidiéndole a nombre de los jefes revolucionarios que estacionara alguna fuerza naval en el Tuyú o en la boca del Salado, a lo que aquél accedió igualmente.

Por su parte el coronel Prudencio Rozas se movió del Azul en la tarde del 3, al frente de unos mil cuatrocientos soldados, veteranos en su mayor parte, y llevando de segundo jefe al coronel Nicolás Granada. Mientras el coronel del Valle esperaba sus órdenes al frente de las milicias reunidas del Tandil, él siguió su marcha llegando en la tarde del 5 a la estancia de Villanueva, cerca del Salado, y acampando en la noche siguiente en la costa de este río, cerca de Chascomús. En la madrugada del 7 atacó a las fuerzas de Castelli y de Rico. Estas lo recibieron valientemente, pero el combate quedó librado desde luego a la iniciativa de los jefes subalternos, dada la poca disposición de Castelli para dirigirlo. Las cargas de la caballería veterana deshicieron las filas revolucionarias. Muerto Crámer, distinguido oficial francés, y el único que hubiera podido siquiera efectuar una retirada hacia el Tuyú donde habría encontrado la protección de los buques franceses que bloqueaban ese puerto. Pedro Castelli fue envuelto en la dispersión de los suyos, dejando en el campo de batalla más de cien hombres fuera de combate y cerca de 400 prisioneros. El coronel Rosas dio inmediatamente libertad a estos últimos, haciéndoles saber que el gobernador de la Provincia prefería creer que habían sido engañados y obligados por la fuerza a tomar las armas, a castigarlos como rebeldes y traidores unidos a los franceses que hostilizaban la República. En la persecución subsiguiente a la batalla fue muerto el infortunado Castelli, y su cabeza puesta a la expectación en la plaza de Dolores; pagándose así tributo a esa bárbara ejemplarización que fue la regla en las guerras medievales, y que se ha aplicado hasta en estos últimos tiempos en los países de habla española. El coronel Rico, más feliz, se retiró al Tuyú embarcándose con 500 hombres en los buques franceses para incorporarse al general Lavalle, y llegando al campo de éste en los primeros días de enero de 1840.

Así concluyó la revolución del sur. La rapidez con que fue sofocada únicamente con las fuerzas que tenía reunidas el coronel Prudencio Rozas, mostró que ella no tenía la importancia que al principio se le atribuyó. Y el haber los que la llevaron a cabo declarado que su causa era común con la de los franceses que agredían al país, no sólo la privó de mayores adhesiones, sino que exacerbó a la opinión, y dio pábulo a que todas las clases de la sociedad reprodujeran a su vez declaraciones de adhesión al gobierno federal y a la persona de Rosas. El mismo día que tenía lugar la batalla de Chascomús, Rosas le dio a la legislatura cuenta de lo que hasta ese momento se sabía dejando “a su patriotismo, libertad y saber, el resolver lo que estime conveniente”. La legislatura se declaró en sesión permanente para deliberar sobre este asunto. El diputado Torres resumió la cuestión así: “Si abominable es la rebelión contra la autoridad legal en circunstancias ordinarias, doblemente es en las extraordinarias en que nos hallamos, cuando la Confederación Argentina y el sabio magistrado que la dirige hacen los mayores esfuerzos para conservar nuestra libertad e independencia; cuando los que han cometido aquel crimen agregan el de traición a la patria. Sí, señores, en instantes en que nos vemos hostilizados por el enemigo más tiránico y odioso que ha tenido la América del Sur, unos cuantos hijos desnaturalizados se le han unido para entregar nuestra patria a esos incendiarios agentes franceses…. Exprésele la sala al poder ejecutivo que ponga en ejercicio todas sus facultades, que obre con la energía que reclaman las circunstancias, y que con la firmeza que lo caracteriza castigue y contenga los males”. Todos los diputados se pronunciaron en este orden de ideas, y con fecha 9 de noviembre la legislatura declaró que el motín realizado en Dolores y Monsalvo por los unitarios unidos a los franceses, era un crimen de alta traición a la causa de la libertad e independencia americana, que los promotores de ese motín quedaban fuera de la ley, y que los que se habían resistido a incorporarse a las filas de los sublevados eran beneméritos de la patria.

Los diputados Lahitte, García, Mansilla, Argerich y Villegas presentaron en seguida el célebre proyecto por el cual los representantes del pueblo ponían a disposición del gobernador Juan Manuel de Rosas, sus personas, sus bienes y su fama “para el sostén de las leyes, de la independencia nacional y de la santa causa de la libertad del continente americano”. El diputado Pedro Medrano, que lo fue del congreso que declaró en Tucumán la independencia argentina, se puso de pie para aclamar ese proyecto en estos términos: “Un veterano como yo en la revolución, un diputado cuya voz han oído sus compatriotas desde que se dio el grito de libertad, el que en el año 16 gritó desde las faldas del Aconquija: “¡orden, argentinos, fin a la revolución, principio al orden!”, debe ser oído cuando se trata como ahora de un asunto vital para la patria….. Reunámonos cuanto antes alrededor del gobierno y auxiliémoslo del modo que nos sea posible para conjurar la tormenta que amaga con tan funestos males a nuestra patria”. El proyecto fue sancionado por aclamación, y al comunicárselo a Rosas este agradeció el ofrecimiento a cuyo favor los argentinos triunfarían “de los tiranos que intentaban insultar las leyes, y ofreciendo igualmente a los representantes del pueblo su persona, bienes y fama para el sostén de las leyes y de la independencia nacional”.

A ejemplo de la legislatura, las parroquias, partidos de campaña, corporaciones, ciudadanos distinguidos, etc., reprodujeron sus votos de adhesión al Restaurador de las Leyes y a la causa de la federación, ofreciendo ya sus personas para salir a campaña contra los unitarios, ya sus bienes para sufragar los gastos de la guerra que iba a recomenzar sin dar cuartel. La Gaceta Mercantil de noviembre y diciembre registra todas estas declaraciones particulares y colectivas; y por los términos en que éstas están concebidas se comprende que las pasiones habían llegado a un grado de ensañamiento político tal, que no podía menos de producirse en breve una crisis tremenda que envolvería todas las fuerzas comprometidas en la acción militante, a través de un campo de desolación y de sangre. Prueba de ello daba la Gaceta Mercantil que respondiendo a la prensa de Montevideo, decía en esos días: “Está anonadado de un solo golpe el más escandaloso motín contra la autoridad de la ley y contra la independencia nacional. Los crímenes de los salvajes unitarios salen de la órbita de lo común. Su alevosía infame acaricia las cadenas y besa la inmunda planta de los asquerosos franceses enemigos de la libertad americana. La opinión pública que ha vencido todas las resistencias se levanta más irritada y poderosa. La justicia, la libertad han fulminado su fallo soberano. Los salvajes unitarios serán exterminados. Los tiranos franceses verán consumirse sus planes feroces por el odio de los pueblos. Soberanía, dignidad, es el decidido voto de los pueblos. Será cumplido o denodadamente perecerán antes que abatirse al deshonor y a la asquerosa esclavitud”.

Y para que tales manifestaciones hicieran aparecer la opinión unánime a favor de la causa federal y de la persona del gobernador Rosas, los vecindarios de Dolores y Monsalvo, donde tuvo lugar el movimiento revolucionario, aclamaron nuevamente las autoridades locales que acababan de ser depuestas, y suscribieron un acta en la cual declaraban que habían cedido al imperio de la fuerza, y reproducían sus votos de adhesión al Ilustre Restaurador de las Leyes. El acta del vecindario de Dolores está suscrita por doscientos cuarenta y siete ciudadanos, entre los que figuran el mismo juez de paz Sánchez, destituido por los revolucionarios y los Ramírez, Almada, Vigorena, Peralta, Suárez, Serantes, Gauna, etc. La del partido de Monsalvo esta suscrita por setecientos ochenta y seis ciudadanos entre los que figuran José M. Otamendi, Roque Baudrix, los Funes, Lara, Albarellos, Gómez, Imbaldi, Leloir, Pinto, Gil y demás hacendados conocidos y pudientes.


domingo, 30 de octubre de 2011

La Revolución del Sud - parte 5

El coronel Rosas hizo volar un chasque a la ciudad para darle cuenta de estas novedades al gobernador, su hermano; y en la madrugada del 3 se puso en marcha sobre Chascomús, al frente del escuadrón de línea del número 6 de su mando, anticipándole al coronel Granada que se le incorporara con la división del sur. Juan Manuel de Rosas dormía tranquilamente en su casa cuando llegaron a la ciudad las primeras noticias de la revolución. Los oficiales de su secretaría Reyes, Rodríguez y Torcida, se hallaban a esa hora en el teatro Argentino. Un empleado les impuso de lo que pasaba y entonces acudieron a su oficina. A medida que llegaban los partes, Reyes se los llevaba a Rosas y éste le decía desde su cama que lo dejase, que estaba bien, y seguía como durmiendo. Esta escena se repitió aún tratándose de pliegos urgentes, Rosas ni dejaba la cama, ni tomaba disposición alguna. (7) ¿Cómo explicarse esta inacción cuando le noticiaban que sus enemigos proclamaban su derrocamiento y su muerte en esa campaña del sur, cuna de su poder y de su influencia?.

La crónica cuenta que el general San Martín, después de la terrible noche de Cancha Rayada, se acostó a dormir al pie de un árbol, o a aparentar que dormía, para contemplar los destinos de América más que nunca comprometidos y que dependían de la fortaleza de su espíritu; y que cuando supo que su ejército re reunía bajo las órdenes de Las Heras, sintió que podía ser todavía obra suya la independencia. En medio de su aparente indiferencia, Rosas contemplaba también perdidas las posiciones del partido que lo había levantado, si por sobre las resistencias armadas de sus enemigos interiores y exteriores, esa revolución del sur tenía realmente las proporciones que le asignaban. Porque si bien es cierto que en robusta opinión debía de apoyarse para vencer todas esas resistencias, como las venció, no lo es menos que ninguna sacudió tanto su espíritu como la de la campaña del sur en 1839. Eran los nobles gauchos del sur, con quienes él había compartido las privaciones, las penas y las rudas fatigas de sus mejores años; de quienes él había sido amigo, protector, todo, durante el largo interregno de las primeras luchas pos la patria, cuando la campaña yacía en completo desamparo, y antes que él hubiese ocupado los diferentes cargos públicos a los cuales ellos mismos lo exaltaron, porque en él cifraban su cariño y su esperanza; eran esos nobles gauchos los que proclamaban su derrocamiento y su muerte!…

Esta idea atormentaba a Rosas. En el fondo de su alma debía de sentir algo como el eco de mil truenos que chocaban con estrépito. Porque él no podía colocarse en actitud de medir la justicia con que sus enemigos lo combatían. El era parte de la contienda, y les imputaba a éstos últimos otro tanto de lo que a él le imputaban. El consideraba el hecho en sí, aislado, desnudo, de la revolución del sur, y lo encontraba monstruoso. El esperó la revolución de parte de los unitarios, que eran sus enemigos irreconciliables desde que ocupó el gobierno, después que aquéllos fusilaron al gobernador Coronel Manuel Dorrego. Per de aquéllos entre quienes él había pasado toda su juventud, consagrado al rudo batallar por la existencia, hasta que le fue dado proporcionarse grandes satisfacciones con su propio esfuerzo, y repartirlas entre cuantos lo rodeaban, y dignificarlos por el trabajo, y hacerse merecedor del agradecimiento, -de los gauchos del sur- ¡jamás! Algo como esa esperanza a que suelen aferrarse ciertos hombres que motivos tienen para contar con el sufragio de los demás; -de que las cosas que les tocan de cerca aparecen peores de lo que son-, brilló en el alma de Rosas en esos momentos de prueba para él. El hecho no era tan monstruoso como a primera vista se le había presentado. No eran los gauchos del sur los que levantaban banderas de muerte contra él. Eran sus enemigos los que arrastraban a los gauchos que de ellos dependían. Y la borrasca que rugía en su pecho se aplacaba entre el dulce vaivén de esta esperanza que acariciaba cuando se resistía a leer los partes que de la revolución le transmitían.

Porque no eran los partes de tal o cual movimiento de fuerzas, lo que Rosas ansiaba leer. El tenía los hilos de la revolución; y por que los tenía había prevenido lo conveniente a los jefes de campaña, distribuyendo armas y buenas caballadas al general Pacheco en el norte; al coronel Rosas en el Azul; al coronel del Valle en el Tandil; al coronel Granada en Tapalqué; al coronel González en el Monte; al coronel Quesada en Mulitas; al coronel Ramírez en Morón; al coronel Aguilera en San Vicente. Todos estos jefes debían estar listos a la primera señal, y lo estuvieron cuando estalló el movimiento en Dolores, como se ve por las notas de todos ellos fechadas a 1, 2 y 3 de noviembre. (8) Lo que Rosas esperaba con ansiedad era una carta de su hermano el coronel Prudencio, en la cual éste debía hacerle saber, tan aproximadamente como lo consiguieran sus partidas destacadas en las principales estancias el sur y el conocimiento que él y sus subalternos tenían de quien las poblaban, el número de gauchos que había engrosado las filas revolucionarias y el modo cómo lo habían verificado. Rosas recibió esta carta al amanecer del día 2 de noviembre, y entonces pudo darse cuenta cabal de la situación. En ella se le decía que en la misma forma conminatoria como se había sacado los peones de sus estancias y de las de los Anchorena, se había procedido en las demás estancias, para reunir poco más de mil gauchos a los planteles que tenían los promotores del movimiento. Rosas vio que su prestigio no estaba quebrado todavía en la campaña, y que plantándose allí podía levantarla en su favor, aun en el caso improbable de que los revolucionarios obtuvieran alguna ventaja sobre las fuerzas que inmediatamente lanzó sobre ellos. A esas mismas horas escribió a su hermano Prudencio diciéndole que una vez que se incorporase la división del sur marchase sobre los revolucionarios; que si los batía, desarmase inmediatamente a todos los paisanos revolucionarios y les ordenase que se dirigieran a sus respectivos domicilios, y en caso contrario que tomase posiciones y esperase las fuerzas que al mando de los coroneles Ramírez, Aguilera y Costa iban a incorporársele.

Entre tanto Castelli, Rico y Crámer, viendo frustradas las esperanzas que tenían en que se les plegarían las fuerzas del gobierno acantonadas en el Azul y en Tapalqué, se propusieron neutralizarlas, ya que no querían comprometer todavía un combate con ellas. Al efecto le hicieron saber por chasque al cacique Catriel, situado con su tribu en Tapalqué, que Rosas había muerto, que en la ciudad había estallado una revolución la cual apoyaban en la campaña las fuerzas de Granada y de del Valle, y que a él no le quedaba otro camino que incorporarse a los que habían tomado las armas para seguridad de todos en la campaña, y a fin de no ser sacrificado por las fuerzas más próximas a él.

Estas noticias produjeron un efecto estupendo en la tribu de Catriel. Los indios se prepararon a vengar la muerte de Rosas a quien amaban; y el cacique le declaró al comandante Echevarría que haría matar a cuantos se le presentasen en los toldos, y que se preparaba para dirigirse al Azul con todos sus indios de pelea porque allí se encontraban los que habían muerto a Rosas. La desesperación de los indios rayaba en locura y no hablaban sino de asesinar y de saquear. A duras penas el comandante Echevarría y el mayor Bustos pudieron aplacarlos diciéndoles que esas noticias eran falsas, y que en breve iban a convencerse de ello porque enviaba un chasque a la ciudad pidiéndole al gobernador que remitiese algunos indios de Tapalqué, que se hallaban en ella, y que hubiesen visto a Rosas.


sábado, 29 de octubre de 2011

La Revolución del Sud - parte 4

Se inicia el movimiento revolucionario

Mientras Lavalle organizaba su ejército en Corrientes, se producía en la campaña del sur de Buenos Aires el movimiento revolucionario. Los directores de este movimiento, pretendieron asociar a él a los coroneles, del Valle y Granada que mandaban regimientos en Dolores y en Tapalqué; pero cuando hubo adherido a la revolución el coronel Ramón Rico, que era el segundo jefe de del Valle, se prescindió de este, y en cuanto a Granada no hubo quien se atreviera a abordarlo francamente de temor de comprometer el éxito de la empresa, pues el comandante Lacasa que fue enviado cerca de él con este objeto sólo se atrevió a iniciar en el secreto a varios de los oficiales subalternos de la división acampada en Tapalqué.  A mediados de octubre Pedro Castelli, el agitador principal del movimiento, celebró una conferencia en la estancia de Juan Ramón Ezeiza con los coroneles Rico, Crámer y con Francisco Ramos Mexía. Allí se contaron los recursos militares de que podían disponer y que los constituían unos dos mil hombres bien montados, inclusive un escuadrón veterano a las órdenes de Rico y que éste reuniría oportunamente. Se acordó, además, que el día 6 de noviembre efectuaría el movimiento en Dolores y Crámer en Chascomús; y que Castelli, con las fuerzas que tuviera reunidas, se situaría en este último punto para apoyar a sus compañeros e incorporarlos a sus filas cuando se presentasen las fuerzas de Rosas.

Una circunstancia imprevista por ellos los obligó a anticipar el movimiento que esperaban hacer en combinación con el general Lavalle, cuando éste se dirigiera a Buenos Aires, como se lo había manifestado desde Entre Ríos. Rosas sabía que se conspiraba en la campaña del sur de acuerdo con Lavalle; y calculaba fundamentalmente que este general desembarcaría por la costa sur o norte, disponiendo como disponía de los buques de la escuadra francesa, pudiendo ser apoyado por las fuerzas de éstos como ya lo había sido, y guarecerse en aquéllos con su fuerza en el caso de un contraste. Los emigrados argentinos en Montevideo no ignoraban tampoco estas circunstancias. El doctor Alberdi, entre otros, le escribía a este respecto al jefe del estado mayor del ejército de Lavalle: “Tenga presente que para caer en la campaña de Buenos Aires no necesitan de inmensos recursos, si han de evitar, como deben hacerlo, encuentros por ahora. Le repetiré una frase que Rosas ha dicho hace un mes, y está de acuerdo con todo lo que nosotros hemos pensado desde el principio. Rosas ha dicho: “los unitarios son muy rudos: ellos no ven que a la mulita se la debe agarrar por la cabeza y no por el rabo”. Es pues preciso que en el instante en que ustedes puedan hacer una travesía del rabo a la cabeza, la hagan volando, porque de lo contrario la cosa ha de ser eterna”.
Fuera o no cierta la frase gauchesca y exacta que le atribuían a Rosas, el hecho es que éste calculaba que Lavalle vendría sobre Buenos Aires porque, u obtendría ventajas en Entre Ríos, y entonces esta provincia reunida a la de Corrientes podían contrabalancear el poder de la de Santa Fe y permitirle acometer con mayores fuerzas el centro de los recursos que se le oponían; o era derrotado, y entonces las mayores probabilidades en su favor estaban también en Buenos Aires donde se le incorporarían todos los elementos de resistencia que había en la campaña, con más los que pudiera proporcionarle en todo caso la escuadra francesa.

Firme en esta idea, Rosas quiso destruir esta base de resistencia armada en la campaña de Buenos Aires, y como ya hubiere tenido avisos de frecuentes reuniones que se hacían con diversos objetos, y no se le ocultaba que los hacendados que las fomentaban tenían afinidades serias con los que habían preparado la conjuración Maza, les hizo pasar una nota a los jueces de paz de algunos partidos del sur, en la que les comunicaba que el gobierno sabía que allí se conspiraba, y les ordenaba en consecuencia que remitieran a la ciudad en calidad de presos a cuatro de los más acérrimos unitarios, a los cuales el gobierno el gobierno no designaba por sus nombres, porque tenía la conciencia de que los jueces de paz los conocían perfectamente. En esto último no se engañaba tampoco Rosas, porque el juez de paz de Dolores, Manuel Sánchez, como el de la Lobería, José Otamendi, estaban al habla con los revolucionarios, a quienes dieron cuenta inmediatamente de lo que ocurría, para que resolvieran lo que debía hacerse.

Los momentos no permitían ya vacilar: o los jueces de paz cumplían las órdenes recibidas, o los revolucionarios lo impedían haciendo estallar el movimiento. Castelli, Rico y Crámer se decidieron por esto último. Al efecto, Rico llegó al pueblo de Dolores en la madrugada del 29 de octubre, y reuniéndose a los principales amigos mandó batir generala. Acudieron a la plaza como unos doscientos ciudadanos armados de lanza, a los cuales les manifestó que el objeto de la reunión era elegir autoridades que responderían al levantamiento de la campaña del sur contra el gobernador Juan Manuel de Rosas, y que no debían dejar las armas hasta no dar en tierra con el “tirano”. Cuatro vecinos condujeron de la sala del juzgado de paz a la plaza el retrato de Rosas. Rico lo acribilló a puñaladas, y arrancándose la divisa y el cintillo federal que había llevado hasta entonces, los hizo pedazos invitando a sus amigos a que hicieran otro tanto. Después de nombrar juez de paz a Tiburcio Lenz y de asumir él el mando de todas las fuerzas del departamento, se dirigió a las afueras del pueblo donde se le incorporaron los contingentes enviados por los promotores del movimiento.

Mientras Crámer procedía por su parte en Chascomús, Rico aprovechaba los momentos lanzando sus partidas hasta el Tandil y por todas las estancias desde Dolores hasta esta banda del Quequén Grande por la costa, con orden de traerse los hombres, armas y caballos que encontrasen. A las estancias de Rosas mandó Rico comisiones especiales que trajeron cuanto pudieron conducir. “Don Gervasio Rosas –le escribía Rico al capitán Zacarías Márquez el 3 de noviembre- fue prendido por López y éste sorprendió El Tala tomando toda la gente de esos establecimientos, lo mismo que el armamento y municiones. A Camarones he mandado a Pedro Nanzo con una partida para que me traiga la gente de esas estancias, municiones, armas, etcétera, etcétera, y como medida de precaución he arrestado a Almada, yerno de Morillo….”. Por su parte Castelli se situó con sus fuerzas en las inmediaciones de Chascomús después de haber tentado un golpe sobre la división al mando del coronel Granada que permanecía fiel al gobierno. El total de las fuerzas revolucionarias allí reunidas se elevaba a unos dos mil hombres cuando el coronel Prudencio Rosas recibió las primeras noticias de la revolución por los partes del coronel Vicente González, jefe del Regimiento Nº 3.


La Revolución del Sud - parte 3

Concesión y posesión de las tierras bonaerenses

Según la Ley de Enfiteusis de Bernardino Rivadavia, las tierras públicas se entregan en enfiteusis por el término de 20 años, y el enfiteuta debe pagar un canon anual del 8% en las tierras de pastoreo y del 4% tratándose de tierras de agricultura. No se limita la extensión de la tierra que puede entregarse, ni se impone la obligación de mejorarla. Además el monto del canon no lo establece el gobierno sino un jury de vecinos del enfiteuta, los que a su vez también son enfiteutas, por lo que la tasación resulta muy baja.
También el enfiteuta puede transferir libremente el dominio útil sin necesidad de una autorización del Estado y sin que éste tenga derecho a cobrar un tanto por ciento por esa transferencia (laudemio), como es común en los contratos privados de enfiteusis.

El 19 de setiembre de 1829 el gobernador Juan José Viamonte expidió un decreto para la colonización de las tierras, garantizando vidas y propiedades mediante el establecimiento de una fortaleza militar. El artículo 2° del decreto establecido por el general Viamonte sugería el cumplimiento de las siguientes condiciones para hacerse acreedor a las donaciones de tierras de la campaña: “Primera, a transportarse con su familia o gente de faena, al lugar que se le señale. Segunda, a poblarlo en el término de un año con un capital que no baje de cien cabezas de ganado vacuno, y en proporción caballar, o a emprender siembra, cuyo producto equivalga a aquel capital.
Tercera, a levantar un rancho de paja y abrir un pozo de balde”. Sin embargo, el artículo 3° señalaba que “estas condiciones no serán obligatorias para los compradores mientras la fuerza pública no proteja las nuevas poblaciones”, es decir, que podía adquirirse cualquier derecho, sin poblar, a pretexto de falta de protección, lo que suponía, además, que podían acapararse esos derechos sobre baldíos sin ningún límite.

Más importante aún parece ser el artículo 11° del decreto de 1829, según el cual cada poblador contaba, a partir de la fecha de emisión del decreto, con diez años para disponer libremente de su propiedad, derecho que caducaba en 1839. Que, a su vez, si dentro de este período el poblador cumplía con unas pocas condiciones del renombrado decreto, la concesión de las tierras pasaba a tener carácter de posesión, así los pobladores no tuvieran consigo los títulos correspondientes.
Estas facilidades, no obstante, pudieron ser cumplidas a medias en los tiempos de Juan Manuel de Rosas, porque hacia 1839 todavía se llevaban a cabo malones que arrasaban todo tipo de propiedades, y, además, porque varios de los propietarios de las tierras de la campaña, al integrar el bando unitario, sufrieron las expropiaciones del gobierno federal.

La confusión parecería agravarse si tenemos en cuenta que Rosas, por decreto del 28 de mayo de 1838, transformó a los primitivos enfiteutas en propietarios territoriales. Claro que, un año más tarde, estallaría la unitaria y subversiva “Revolución de los Libres del Sur” y que había sido financiada y auspiciada por Francia. Ante un hecho semejante, y para restablecer el orden nacional, se hizo imperioso expropiar a los hacendados que participaron en aquél estallido.

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La Revolución del Sud - parte 2

Cabe agregar que la acción gubernativa fue precedida de una Memoria presentada por la “Comisión de hacendados” a fin de proyectar nuevas fronteras de la campaña, integrada por Antonio Dorna, Joaquín Suárez, Mauricio Pizarro, Lorenzo López, Juan Manuel de Rosas, Pedro Capdevila, José María Rojas y J. Pacheco. Rosas asentó una disidencia en mérito a sus conceptos muy personales sobre el asunto. El avance de 1823, de gran importancia, tuvo un renovado impulso en 1828; pero en esta oportunidad, Rosas investía la función de comandante general de campaña, en virtud del nombramiento hecho por el presidente Vicente López y Planes.
El esfuerzo de 1828 fue un gran salto, con la colaboración de Estomba, Rauch y otros jefes. La pasión política ha torcido la verdad de lo que se practicó en ese año, y que consistió en una realización de doble carácter: avanzar la línea de fortines defensivos y atraerse al indio mediante el trato pacífico. La nueva línea proyectada constaba de cuatro fuertes, siendo el más avanzado, Protectora Argentina, que al mando inmediato de Estomba, fue la base de la población de Bahía Blanca.

El plan de 1828 se informó en un nuevo criterio de gobierno, cuya finalidad fue civilizar a los indios en tolderías que se instalaron próximas a las poblaciones y en donde se comenzó a inculcarles el hábito del trabajo. Un periódico de 1828 asentaba que la “dirección que el comisionado de Rosas ha dado a nuestras relaciones con los salvajes, acabarán indudablemente de convertirlos en una población útil”. Pero lo más importante fue el fomento y planificación de las estancias en el lejano Sud, dentro de la línea de 1828.

Túvose conciencia de lo que se hacía; tan es así que, cuando ya estaba en plena ejecución la obra, se consideró que los nuevos avances podían contener 18 millones de cabezas de ganado. Además, en la costa, desde Buenos Aires a Bahía Blanca, se pensaba utilizar para la salida de los productos, puertos naturales como ser: Atalaya, Bocas del Salado, Tuyú, etc., hoy anulados por el ferrocarril.
Y en el terreno de las previsiones, se creyó llegar más lejos: a la Patagonia. En ese mismo año 1828, con una visión de grandeza futura se asentó esta profecía sintomática: “prescindiendo de las diferentes Bahías, que están contiguas a la Bahía Blanca, siguen luego la Bahía de la Unión, la de Todos-Santos, la de San Blas, el Río de Patagones, el Puerto de San Antonio, las dos Bahías que forman la Península de San José, el Puerto Deseado…. ¿Quién no juzgará, al oír esta nomenclatura de puertos que esta provincia es llamada por la naturaleza a extenderse hacia el Sud, ser marítima y su marina hacer un rol importante entre las Naciones?”.

Estos fueron los ideales inspirados en una precisa orientación económica. En la consecución, se afianzaría Rosas, teniendo la primera prueba de su ascendiente cuando en 1829 pudo levantar la campaña, después de muerto Dorrego. Vencida a raíz del pacto de Barracas del 24 de agosto de 1829, la revolución unitaria de Lavalle y de la Logia, Rosas siguió como comandante de campaña.

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La Revolución del Sud - parte 1

Todo problema histórico, aunque surja de un episodio, adquiere consistencia y su aclaración atrae al espíritu, siempre que se lo vincule a las líneas generales del proceso de una época en su parte medular y en su trascendencia. El hecho del alzamiento de los hacendados del Sud, del 29 de octubre de 1839, a pesar de la brevedad de su duración -poco más de una semana-, implica un complejo de cuestiones importantes para la historia de la época de la Confederación.
Sin duda alguna, el período de 1838 a 1841 fue el más difícil para el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, encargado de las relaciones exteriores y negocios generales del país, denominado entonces Confederación, e investido con la Suma del Poder Público. Será en este período que pondrá a prueba la eficacia del poderoso instrumento de gobierno votado por la Junta de Representantes y el plebiscito popular, y con un vigor personalísimo, ejercerá la autoridad, quedando a cargo de sus decisiones el destino de la patria.

Tanta autoridad consiguió adquirirla por sus condiciones de carácter y la tenacidad con que se había impuesto sobre las masas de la campaña, y en especial, la de la zona sud y oeste de Buenos Aires.

No está de más explicar, en forma breve y comprensiva, las transformaciones operadas en la campaña, que adquieren relieve, a partir de 1822, debido a las cuestiones interiores e internacionales. En el momento de estallar la revolución de 1810, las guardias defensoras de las estancias bonaerenses consistían, únicamente, en las que se habían avanzado en la segunda mitad del siglo XVIII: Chascomús, Ranchos, Lobos, Navarro, Luján, etc., eran baluartes permanentes contra el indio.
La acción del blanco no pasaba del sud del Salado; los establecimientos ganaderos más adelantados llegaban a su orilla norte. No obstante las defensas fijas y los blandengues, los indios se infiltraban constantemente y causaban serios perjuicios con sus depredaciones.

La revolución emancipadora trajo la crisis de la pérdida de la Banda Oriental. Buenos Aires extraía buena parte de sus productos ganaderos de aquellos campos. La guerra civil empezó a dificultar la industria en esa región y fue necesario buscar compensaciones en nuestro desierto, ensanchando las fronteras interiores.
Era necesario traspasar la línea de la época colonial. La invasión portuguesa a la Provincia Oriental, concluyó con nuestra soberanía en esta región, lo que motivó que se acentuara aún más el avance hacia el desierto en busca de ganados, propiciándose el establecimiento de las estancias, en forma permanente, vale decir, afincando a los industriales. A esto, agréguese el factor comercio de exportación, que significó un fuerte drenaje de ganado, especialmente vacuno. Los saladeros, con su faena intensiva, agudizaron la crisis.

Muchos estancieros con sus propios medios corrieron la aventura heroica de penetrar en el desierto; entre ellos Rosas, se estableció sólidamente en el Salado y se convirtió en jefe de milicias. Mas pronto se advirtió que esto era un problema de Estado.
Durante la administración de Martín Rodríguez se hizo una gran entrada, mediante una poderosa expedición en la que participó el propio Gobernador y que, saliendo de la Guardia del Monte, llegó hasta las serranías de Tandíl y El Volcán. Este episodio de la conquista del desierto para la civilización merece un ensayo especial, que espero algún día poder llevar a término. Baste decir por el momento, que realizó la fundación del fuerte Independencia, “situado en un seno al pie de la serranía (El Tandil) circundándolo”, como asentó Reyes en 1823.

viernes, 21 de octubre de 2011

Murió Herminio Iglesias, el peronista que quemó aquel ataúd de la UCR - parte 2

Herminio Iglesias era una pieza importante y coherente dentro de esa estructura de poder del justicialismo de 1983, y dominaba el aparato bonaerense del partido —que lo eligió candidato a gobernador para ese año— con la aspereza y hasta los episodios de violencia típicos de la tradición vandorista.

Aun así, y a pesar de la fuerza de algunos datos que abonaban la denuncia alfonsinista del "pacto sindical-militar" en la época, Iglesias había ejercitado el coraje personal que le reconocían amigos y enemigos para acompañar con su firma, en 1979, el documento que Deolindo Felipe Bittel presentara ante la delegación de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que visitaba el país para denunciar las violaciones de los derechos humanos en las que incurría el gobierno militar de entonces.

Con la misma decisión, quien fuera un prolijo intendente de Avellaneda entre 1973 y 1976 no dudó en justificar la tortura en declaraciones periodísticas durante los primeros meses de la democracia.

Tampoco tuvo reparos, durante un muy oscuro paso por la Cámara de Diputados, en integrar el reducido grupo de legisladores peronistas que votaron a favor de las "leyes de impunidad", la de Punto Final y la de Obediencia Debida, en 1986 y 1987, como un favor a su antiguo gran enemigo, el entonces presidente Alfonsín.

Para entonces, su poder ya había entrado en el ocaso. La derrota de 1983 ya había generado el movimiento "renovador" que encontró un líder en el mismo Antonio Cafiero al que él había vetado como posible candidato presidencial o a gobernador.

La elección de 1985 que lo llevó a la Cámara de Diputados fue la prueba de demostración de su deterioro político.

Con una lista armada por afuera de la estructura del PJ que todavía manejaba, Cafiero había conseguido un segundo lugar después de los radicales, y había condenado al justicialismo a ocupar el cuarto lugar.

Herminio fue casi inmediatamente desplazado también del liderazgo del aparato del PJ bonaerense, que pasaron a conducir, durante muchos años, dos de sus principales enemigos internos: primero el propio Cafiero y, luego, su antiguo colega de Lomas de Zamora, Eduardo Duhalde.

Y aunque, después, muchos de sus antiguos partidarios en la Provincia pasaron a enfrentar a Cafiero para darle sustento distrital a la creciente estrella de Carlos Menem, Iglesias permaneció en el ostracismo político, expulsado del justicialismo y transformado en símbolo del peronismo "viejo".

En los 90 Herminio creó una fuerza vecinal con la que intentó volver, en algún momento con bastantes posibilidades, a la intendencia de Avellaneda.

Pero, tras algunos gestos de reconciliación con Menem, prefirió mantener algunos porcentajes de poder local por delegación: el actual presidente del Concejo Deliberante de Avellaneda por el justicialismo, Armando Bertolotto, es un antiguo compañero de ruta de Herminio Iglesias.

Fue el mismo Bertolotto quien, ayer, dispuso que fuera el edificio del Concejo Deliberante el escenario del velatorio de los restos de Herminio.

Carlos Eichelbaum
ceichelbaum@clarin.com

jueves, 20 de octubre de 2011

Murió Herminio Iglesias, el peronista que quemó aquel ataúd de la UCR - parte 1

Tenía 77 años. Ayer a la madrugada falleció por un problema cardíaco. De origen sindical, fue un protagonista de la derrota ante Alfonsín en 1983.

Penúltimo caudillo vandorista en sentido estricto —aún queda en Lanús Manuel Quindimil—, Herminio Iglesias, ex intendente de Avellaneda, hombre fuerte del peronismo bonaerense en la post dictadura y símbolo consagrado de la derrota electoral de 1983, murió en la madrugada de ayer a los 77 años, víctima de una descompensación cardíaca y renal mientras estaba internado en el Instituto Cardiovascular de la Fundación Favaloro.

Hacía ya muchos años que su estrella política se había apagado hasta el punto de convertirlo en un personaje olvidado o, en el mejor de los casos, recordado para la burla por algunas de sus frases construidas con un castellano poco ortodoxo, como aquella del "conmigo o sinmigo", o la de la promesa de trabajo "las 24 horas del día y de la noche también".

Antes, se lo había convertido en la encarnación individual de las culpas por las que el peronismo, contra buena parte de los pronósticos, resultó derrotado en las elecciones de octubre de 1983 por el radicalismo que lideraba Raúl Alfonsín.

Fue la consecuencia de su actitud en el gigantesco acto de cierre de campaña, frente al Obelisco, cuando incendió una réplica de cajón mortuorio con los colores y la sigla de la UCR. Aunque, después de los años del terror de Estado de la dictadura, en el resultado electoral pareció mucho más determinante que una acción individual un perfil general del PJ hegemonizado por una dirigencia sindical fuertemente sospechada por sus contactos con el régimen militar, y la memoria de la violencia interna del peronismo anterior al golpe de 1976.


miércoles, 19 de octubre de 2011

Herminio Iglesias en campaña

El día que Herminio Iglesias quemó el cajón (Por María Seoane)



El cierre de la campaña de la fórmula justicialista Ítalo Argentino Luder-Deolindo Bittel fue el viernes 28 de octubre, dos días después del cierre de Alfonsín y dos días antes de las elecciones presidenciales. El lugar fue el mismo que eligió el radicalismo, el Obelisco.
El peronismo logró congregar aún más personas que el radicalismo. Los diarios estimaron entre 800.000 y 1.200.000 y los organizadores sostuvieron que sobrepasaron los 2.000.000, con gran participación de sectores obreros y sindicales. Durante la campaña, el peronismo había realizado varios actos, reuniendo 40.000 personas en San Martín, 15.000 en La Plata y 150.000 en el acto por el día de la Lealtad del 17 de octubre en el estadio de Vélez.

En el cierre de campaña sólo habló Luder, y estaban presentes en el palco los dirigentes sindicales Lorenzo Miguel y Herminio Iglesias. En su discurso, Luder se mostraba confiado en que ganaría las elecciones, asegurando que el 30 de octubre daría su primer discurso como presidente. Desde la multitud, se escuchaba: “Siga siga siga el baile, al compás del tamborín, que el domingo lo aplastamos, a Raúl Alfonsín.”

A su vez, sostuvo: “Aquí está el peronismo, consciente de la respuesta que le cabe dar como fuerza mayoritaria política y de los derechos que le caben. (…) junto a nosotros están como siempre las grandes mayorías populares que han permanecido fieles a las causas nacionales.” Luego, criticó al radicalismo por la participación de algunos de sus miembros en las dictaduras militares.

Sin embargo, uno de los más aplaudidos era Herminio Iglesias, dirigente sindical que era candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires que provenía del vandorismo. Sus exabruptos y declaraciones lo habían convertido en el destinatario predilecto de las críticas y denuncias radicales al justicialismo. Durante la campaña, la relación de Iglesias con Alfonsín había sido muy áspera. Iglesias llegó a sostener que había “declarado la guerra a los extranjeros que nos quieren comprar y a los argentinos mal nacidos como Raúl Alfonsín” y a calificarlo de “gusano”, mientras que desde el radicalismo lo calificaron como “aprendiz de Hitler”. Al finalizar el acto de cierre de campaña, un grupo le acercó un cajón fúnebre con los colores y siglas del radicalismo y una corona e Iglesias lo prendió fuego. Muchos sostendrían que esta fue causa de la derrota electoral, e Iglesias su máximo responsable. Demasiada muerte y violencia había habido en la Argentina para semejante gesto.

Al finalizar al acto hubo algunos disturbios y ataques a locales radicales que terminaron con decenas de detenidos.

Durante las 48 horas que duró el silencio de campaña, la vigilia democrática fue intensa.


martes, 18 de octubre de 2011

El arribo del primer tren a Ramos Mejia - parte 4

Dice el diario La Prensa que todavía en 1875 "a ambos lados de la estación... se encontraban las 'plazas de carretas'. En esos espacios libres acampaban las tropas que venían con frutos del país desde el interior o que volvían con víveres, materiales, útiles y enseres para la campaña. Las boyadas pacían y tomaban `resuello' en los campos circunvecinos, previo permiso de sus dueños, y los conductores, cuando no acudían a la fonda y pulpería de La Esquina (hoy calle Ardoino y 9 de Julio), más para beber caña paraguaya que para comer, formaban los tradicionales fogones junto a las carretas alineadas y luego sesteaban o dormían en la noche sobre mantas y aperos debajo de esos vehículos. Muchas carretas, además, llegaban hasta la estación —San Martín todavía— para cargar tasajo, de las viejas y conocidas saladerías de Caseros, como así también para remitir por ferrocarril importantes cargamentos de cueros, lanas, cerdas y otros productos. Al mismo tiempo recibían mercaderías de la ciudad. Este uso del ferrocarril se hacía principalmente en otoño, invierno y parte de la primavera, cuando el Camino Real a la entrada de Flores y pasando Almagro se encontraba poco menos que intransitable por sus famosos pantanos."
Al cruce de las carretas se había sumado el de las diligencias o galeras, con sus postillones sobre las yuntas de caballos de la primera y segunda cuarta que les precedían, tirando a la cincha, y el mayoral, sentado en la parte superior del vehículo, a casi tres metros de altura, como un vigía sobre la llanura.
Cumplían recorridos fijos con regularidad, como los actuales ómnibus, y cubrían las necesidades de movilidad y mensajería a larga distancia, no servidas aún por el ferrocarril. Los viajes en diligencia se efectuaban en etapas extenuantes, de posta a posta, o a uno de los escasos poblados del interior, donde se mudaban los caballos y bajaban los pasajeros para desentumecer las piernas o tomar alguna caña.
La posta más próxima a Ramos Mejía, que además era la primera desde la partida en la ciudad de Buenos Aires, se hallaba ubicada en lo que hoy es el 12.900 de la Avenida Rivadavia, cerca de la actual estación Ciudadela, y se llamó la Posta Vieja. Es de suponer que, por tener su lugar de detención en ese punto, las diligencias siguieran de largo al atravesar la zona de Ramos Mejía.
Es indudable que esos primitivos medios de comunicación terrestre tenían los días contados frente a la competencia creciente del ferrocarril.
En lo que toca a nuestra localidad, el paso de las vías trajo de inmediato el soplo vivificador del progreso, movió voluntades y tuvo consecuencias favorables, directas e indirectas, sobre las que nos extenderemos en el capítulo que sigue.
 

Eduardo Gimenez

domingo, 16 de octubre de 2011

El arribo del primer tren a Ramos Mejia - parte 3


Los trabajos no se interrumpieron, tendiéndose una sola vía, que en las estaciones se bifurcaba por un corto trecho para posibilitar el cruce de los trenes,. Así avanzaron rápidamente las obras, permitiendo que el 25 de setiembre de 1858 llegara el primer tren a nuestra zona en lo que se denominó Estación General San Martín, arrastrado por La Porteña, con dos vagones de pasajeros más pequeños que un tranvía antiguo.
Según la reseña de un matutino porteño, "se levantó la estación, consistente en una pequeña casucha de madera con dos subdivisiones, una para oficina y otra para vivienda del encargado, y un galpón destinado a almacenamiento y depósito de frutos del país y otras cargas. No se instalaron ni plataformas, ni apeaderos, ni desvíos."

Dice José María Pico(*): "A cien metros de la nueva estación nacía el camino que conducía hacia el sur, a San Justo, adonde se bifurcaba en dirección al casco de `Los Tapiales', y al río Matanza; a El Pino y a Cañuelas.
Algún puesto de la estancia se hallaba cerca de la estación y a poca distancia de ella, hacia el noroeste, destacaba su silueta criolla la pulpería `La Blanqueada'. Al oeste se divisaba la arboleda y la casa de la antigua quinta de `La Figura', que posteriormente fue de D. Matías Ramos Mejía."

Los terrenos para instalar las vías y la estación fueron donados al ferrocarril por Da. María Antonia Segurola de Ramos Mexía. Los trenes comenzaron a correr a la mañana y a la tarde, pero el alto costo de los pasajes restringía su utilización a los miembros de la clase alta y a los funcionarios de la época.
La principal actividad estuvo dada por el transporte de lana y cereales y en 1858, primer año completo de explotación de la línea, el ferrocarril transportó 185.566 pasajeros y 6.747 toneladas de carga. Recordemos que a la primera locomotora, La Porteña, pronto se agregó otra (La Argentina) y al tiempo varias más, lo que indicaba la buena evolución del tráfico.

No se crea sin embargo que el primer silbato de las locomotoras había reemplazado de un día para el otro al mugido de los bueyes carreteros y al grito de los troperos criollos, que continuaron dando su típico colorido a la avenida Rivadavia durante varias décadas más.

 

sábado, 15 de octubre de 2011

El arribo del primer tren a Ramos Mejia - parte 2


En aquella época ya se sentía una incondicional admiración por las cosas importadas, especialmente de Inglaterra. Por este motivo y también por la total falta de experiencia en materia ferrroviaria, se adquirieron en ese país los vehículos y los rieles necesarios, así como casi todos los demás materiales. También de ese origen fueron la técnica y la mano de obra, para lo cual vinieron al país el ingeniero Guillermo Brogge, varios capataces y 160 obreros expertos.

Al presentarse los planos y estimar el monto de las inversiones, la empresa consideró beneficioso eliminar la compra de locomotoras y solicitó al gobierno autorización para recurrir a la tracción a sangre, mediante el uso de caballos, que eran baratísimos en el país. Claro que los argumentos esgrimidos fueron otros de tipo técnico, y valiéndose también de una protesta elevada por vecinos, que consideraban peligrosa para sus edificios la trepidación que provocarían las locomotoras. No nos asombremos demasiado con esta propuesta de usar la tracción a sangre: los tranvías porteños fueron arrastrados por caballos desde que se instalaron en 1870, hasta que se electrificaron en 1897.

Lo cierto es que el gobierno accedió al cambio propuesto, por resolución del 6 de octubre de 1854, pero llegado el momento los concesionarios optaron por la importación de una locomotora usada, de trocha ancha (1.676 mm.). Había sido construida en Leeds (Inglaterra), por la casa Manning Wardle, Co., para la India, donde corrió a través de sus bosques vírgenes. Sirvió luego en los campos de Crimea, en guerra por entonces, y participó en el sitio de Sebastopol.

Estos antecedentes han sido puestos en tela de juicio por investigadores del pasado de los ferrocarriles argentinos, y hay quienes aseguran que los fabricantes ingleses despacharon la máquina sin uso con destino a nuestro país.


Un detalle curioso es que la empresa ferroviaria fue autorizada en 1857 a que tuviera policía particular, ante la posibilidad de sabotajes por parte de algunos sectores que se consideraban afectados (carreros, troperos, fletadores).
Otra disposición oficial que hoy nos asombra es la que expresaba: "Los empleados podrán usar armas, sin otra licencia que la autorización del Gerente... La Confederación prestará toda la fuerza militar que fuera necesaria, para proteger al ferrocarril y sus empleados, de los salvajes".

Construidos los primeros diez kilómetros de vías (de la estación en el Parque —actualmente el teatro Colón— hasta Floresta), se hacen ensayos previos y se produce el primer accidente, felizmente sin víctimas fatales, cuando al maquinista se le ordena que trate de alcanzar las 25 millas de velocidad. La Porteña, que así había sido bautizada la locomotora, trata de estar a la altura de las circunstancias, pero salta de las vías cerca del puente del Once de Setiembre, en el viaje de regreso. Este tropiezo se mantuvo en reserva para no afectar la imagen del servicio a inaugurar.

El 27 de agosto de 1857 se hizo la inauguración privada del "Camino de Hierro de Buenos Aires al Oeste", y tres días más tarde la oficial hasta Floresta, cuando era gobernador de Buenos Aires D. Valentín Alsina.

El arribo del primer tren a Ramos Mejia - parte 1

A partir de la batalla de Caseros, en 1852, y del consecuente alejamiento de Juan Manuel de Rosas, el país todavía debió soportar un período con mucha turbulencia política, pero ya se advertía un generalizado deseo por consolidar las instituciones y crear un ambiente propicio al progreso económico.

De ese proceso de reactivación participó intensamente la chacra de la familia Ramos Mejía, que según dijimos en el capítulo anterior, había sido devuelta a su dueña Da. María Antonia Segurola, luego de más de diez años en que no pudo disponer de ella por hallarse confiscada. Se reanudó en sus campos la explotación agrícola y ganadera, y en 1853 adquirió un plantel inicial de dos toros y seis vacas de raza Shorthorn, que permitieron la multiplicación de este tipo de hacienda, dedicada especialmente a la explotación lechera y la venta de reproductores. En 1865 ya era notorio el mejoramiento de los planteles y ganó el primer premio de vacas lecheras en la exposición realizada por las fuerzas rurales en los galpones del Jardín Florida (en las calles Florida y Paraguay, de la Capital Federal).

Para ese entonces el Camino Real que atravesaba la chacra a la altura de lo que hoy es nuestra ciudad, y que nacía junto a la barranca del Río de la Plata, ya había cambiado de nombre varias veces. Se llamó De las Torres en 1808; luego Reconquista; en 1822, La Plata; en 1835 Rosas decretó que fuera el Camino de Quiroga, hasta que a la caída de su gobierno pasó a ser el Camino del Oeste. Finalmente en 1857 se le dio la denominación actual de Avenida Rivadavia, en oportunidad de repatriarse los restos del ex presidente a bordo del vapor Italia, procedentes de Cádiz, donde murió luego de 27 años de destierro.

Justamente en 1857 se produjo un acontecimiento histórico de enorme importancia. No se trató de un hecho de armas como los que perpetúan el nombre en tantas calles y plazas, sino que fue una obra civilizadora que permitió conquistar para el progreso el desierto de la pampa argentina. Nos estamos refiriendo al tendido de la primera línea ferroviaria, que partiendo de la "gran aldea" que aún constituía Buenos Aires iba rumbo a las quintas de verano del pueblo de San José de Flores, y continuaba hacia el poniente, para llegar, un año más tarde, hasta la chacra de los Ramos Mejía, bordeando la Avenida Rivadavia.

En este lugar se emplazó una humilde estación que, si se toman en cuenta los actuales límites jurisdiccionales del país, resultó ser la primera parada ferroviaria instalada fuera de la Capital Federal.
Es oportuno citar aquí las palabras pronunciadas por Mitre en el acto de una inauguración ferroviaria: "Al tomar en mis manos los instrumentos del trabajo, para levantar y conducir la primera palada de tierra del ferrocarril, siento mayor satisfacción que la que experimentaría dirigiendo máquinas de guerra, aunque fuera para triunfar gloriosamente".

¿Cómo se gestó el emprendimiento que dotaba de vías férreas a lo que hoy constituye la ciudad de Ramos Mejía?. La historia nos remonta a 1854 en que el Gobierno de Buenos Aires, a cargo de Pastor Obligado, firmó el acta de concesión con la Sociedad del Camino-Ferrocarril al Oeste, integrada por personalidades de abolengo criollo, porteños en su mayoría y casi todos comerciantes: Felipe Llavallol, Francisco Balbín, B. Larroudé, Mariano Miró, Daniel Gowland, Manuel J. Guerrico, Norberto de la Riestra, Adolfo Van Praet, Esteban Rams y Vicente Basavilbaso.

jueves, 13 de octubre de 2011

EL OBELISCO EN PELIGRO



En la noche del 20 al 21 de junio de 1938, al día siguiente de haberse realizado en el lugar un acto público con la presencia del presidente Ortiz, cayeron algunos desprendimientos del revestimiento de piedra.
En junio de 1939 el Concejo Deliberante sancionó la demolición del Obelisco por Ordenanza Nº 10.251, por 23 votos contra tres, aduciendo razones económicas, estéticas y de seguridad pública (precisamente, una de las razones que se alegaba fue el mencionado desprendimiento de los paneles de piedra). Pero la ordenanza fue vetada por el intendente Goyeneche, que alegó que el acto carecía de valor y de contenido jurídico.
Para terminar con el peligro de que nuevas placas de piedra pudiesen caerse, fueron reemplazadas por revoque de cemento. Al quitarse las lajas no se tuvo en cuenta que se retiró una leyenda que decía «Alberto Prebisch fue su arquitecto».


martes, 11 de octubre de 2011

La chacra de la familia Ramos Mexía – parte 4


Estas facetas de su actividad le acarreaban desavenencias políticas con el gobierno de turno y con las autoridades eclesiásticas, y problemas económicos con otros hacendados, lo que determinó que a principios de 1821 fuera confinado por las autoridades en "Los Tapiales". Esta medida agobió su ánimo, deterioró su salud y apresuró su muerte, ocurrida el 5 de mayo de 1828, a los 55 años de edad. Dejemos que sea José María Pico (*) quien nos relate un episodio singular ocurrido en esas circunstancias: "El mismo día de la muerte de Ramos Mexía su familia inició trámites para darle descanso en un sepulcro edificado en el parque de su chacra. Dos días con sus noches pasaron sin lograrse el consentimiento para la inhumación.

Transcurría ya la tercera noche y Ramos Mexía continuaba entre cuatro hachones en una de las estancias de su casa. Imprevistamente, cuando ya clareaba, ocho indios pampas, de los que llegaron con él desde el desierto y acampaban desde entonces en `Los Tapiales', entraron silenciosamente en el cuarto del túmulo, tomaron la caja en la que Ramos Mexía yacía y marcharon con ella hasta el portalón. Allí la posaron en una carreta y detrás de ella formaron cortejo con toda la indiada que estaba de guardia. El indio boyero movió su picana, chillaron los ejes y la lerda carreta inició su marcha, entre cercos de tunas y plantas esbeltas, con rumbo al desierto. Los indios amigos montados en pelo, con el sol ya alto, cruzaron el río Matanzas y en señal de honra y a sones de duelo siguieron al carro que escoltado entonces por cañas tacuaras y gritos de teros, se perdió a lo lejos."

La chacra quedó a partir de allí en manos de la viuda, María Antonia Segurola, en momentos difíciles en que se abatían sobre el país la anarquía y las luchas entre unitarios y federales. Gobernaba la provincia de Buenos Aires el coronel Manuel Dorrego, a quien el destino le deparaba meses más tarde el drama de Navarro, donde sería fusilado el 13 de diciembre de 1828.

Al producirse los enfrentamientos de Puente Márquez entre federales y unitarios, y luego en el alzamiento de los "Libres del Sur" en Dolores, los hijos de Ramos Mexía se incorporaron a las fuerzas de Lavalle. Esto determinó la confiscación por Rosas de la chacra "Los Tapiales", situación que duraría de 1840 a 1853. Recuperada la propiedad, D. María Antonia encontró su chacra perturbada por el vandalismo y los cuatreros.

Para esa época, de los cinco hijos que había tenido de su matrimonio con D. Francisco Hermógenes, uno había sido degollado en Córdoba hacia 1840, luego de la batalla de Quebracho Herrado en la que había caído prisionero, y dos (Matías y Ezequiel) habían regresado del exilio a Buenos Aires. De los otros dos descendientes, su hija Marta se había casado con Francisco B. Madero, y Magdalena, con Isaías de Elía. Es importante recordar estos nombres porque están vinculados específicamente a la historia de nuestra localidad. De ello nos ocuparemos en los capítulos siguientes.

Eduardo Gimenez
Aquel Ramos Mejía de antaño



La chacra de la familia Ramos Mexía – parte 3


Con sus ruedas de dos metros y medio de diámetro, entoldados con cueros vacunos, el grueso pértigo y los pesados yugos sobre la cerviz de los bueyes, constituían verdaderos vagones para carga y pasajeros. Juntamente con los troperos conductores montados a caballo, empuñando la larga picana, ofrecían un colorido y bullicioso espectáculo, con los mugidos, los gritos y las voces del arreo.

Anticipándose al grueso de la caravana, una o dos carretas con víveres y leña para el viaje habían llegado al lugar de la detención un tiempo antes para preparar la comida, que por lo general incluía carne al asador, o tasajo, galleta, mazamorra o locro, vino y mate. Algunos pasajeros sustituían ese limitado menú, o lo complementaban, con determindas viandas que llevaban en su equipaje.

Para el mate se calentaba el agua en grandes pavas apoyadas en un trípode de hierro, y una vez alcanzada la temperatura necesaria, se distribuía el líquido en las pavitas individuales de cada carreta. A aquellas grandes pavas, ennegrecidas por el humo de la leña o del excremento seco de los bueyes se las denominaba las tiznadas.
Bajo el pavimento de la actual avenida Rivadavia, de la capa asfáltica que hoy la cubre, ¿no quedará enterrada alguna reliquia, algún vestigio de aquella caravana? Quizá una bombilla o una calabaza olvidadas luego de las largas mateadas a la sombra de las carretas, o alguna moneda de plata potosina con la efigie de Fernando VII. Dejemos librado a nuestra imaginación desarrollar esta hipótesis.

Otro derrotero que cruzaba la chacra "Los Tapiales", a poca distancia del Camino Real, también en lo que sería nuestra ciudad, es el que hoy se denomina Avenida Gaona, y que desde la primera mitad del siglo XIX se conoció como "Camino de Gauna". El nombre de este camino sería en homenaje al militar salteño Eduardo Gauna, muerto en el combate de Suipacha. Para otros sería en recuerdo del coronel salteño Calixto Gauna, que la recorrió a caballo proveniente del norte argentino, trayendo unos documentos para la primera Junta Gubernativa instalada en mayo de 1810. Algunos aseguran en cambio que la denominación corresponde al nombre del propietario, hacia 1810, de los terrenos por donde comenzaba el camino, en la zona que hoy es el parque del Centenario, en la Capital Federal.

Cuando interrumpimos la relación sobre la chacra de los Ramos Mexía para referirnos a los dos caminos de nuestro pasado, que también son presente, ya se habían instalado en el caserón de "Los Tapiales" D. Francisco Hermógenes y su esposa. Ocurridos los sucesos de mayo de 1810 adhirieron en forma inmediata a los principios de la Revolución, colaboraron pecuniariamente y D. Francisco ocupó un puesto en el Ayuntamiento, primero como Juez de Menores y luego como Alférez Real. Según Carlos Ibarguren, D. Francisco era una personalidad singular "...que ejerció sobre las tribus indígenas un ascendiente extraordinario. Místico y luchador, fue un apóstol cristiano a su manera, que predicaba una original interpretación de los Evangelios. Su influencia sobre los caciques fue tal que éstos lo designaron como plenipotenciario para concertar un tratado de amistad con el gobierno de Buenos Aires, el que fue representado en esa negociación por el general Martín Rodríguez".

lunes, 10 de octubre de 2011

La chacra de la familia Ramos Mexía – parte 2


Contaba con diversas arboledas y potreros cercados con tapias de tierra revestidas por ambos lados con tunas de penca, en el interior del establecimiento, las que deben haber originado el nombre posterior de la chacra "Los Tapiales". También incluía un amplio caserón situado frente a lo que hoy es la autopista a Ezeiza, a mil metros hacia el sudoeste de la Capital Federal. Avanzando en la cronología de los hechos comentemos que la citada casona fue declarada monumento histórico en el año 1942 y que en el año 1968, siendo su propietario un descendiente de los Ramos Mexía, D. Agustín I. de Elía, Comisionado de la Municipalidad de la Matanza en 1931 e Intendente en 1941, se declaró al predio de utilidad pública y fue expropiado para levantar en la zona el Mercado Central de Buenos Aires. Dentro de los límites de éste se conserva hoy el caserón de la chacra, bajo la tutela de la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos.

Cuando en 1808 los Ramos Mexía tomaron posesión de la chacra no se conocía aún el alambrado de los campos, por lo que el perímetro de aquella estaba marcado con ciento cuarenta grandes mojones de piedra. Es recién en 1845 que se instaló por primera vez en el país un cerco de alambre, y a partir de la encendida campaña de Sarmiento, instando a los hacendados rutinarios y retrógrados con su frase "¡Cerquen, no sean bárbaros!", se difundió por toda la zona rural el uso del alambrado. Los que más sufrieron por su implantación fueron los gauchos, que se vieron cercados y limitados en su libertad de desplazamiento nómade, al punto que en algunos casos arremetían cortando los alambres con un golpe de su largo y pesado facón.

Por lo demás, en los extensos campos de la chacra ya se habían extinguido los caballos baguales y las vaquerías (ganado mostrenco e indómito), descendientes por multiplicación de los primeros yeguarizos y vacunos abandonados en la pampa por los primeros conquistadores españoles. Don Francisco Ramos Mexía se ocupó de acrecentar la explotación racional de la ganadería y registró una marca para su hacienda.
En la zona y desde las últimas décadas el indio había dejado de incursionar. Pero se recordaba que en 1740 (Acta del Cabildo del 24 de noviembre de 1740) los pampas habían llegado muy cerca de Buenos Aires, enfrentando a unos vecinos a siete leguas de la misma, en el pago de La Matanza.

La parte de la chacra que hoy es jurisdicción de la ciudad de Ramos Mejía estaba atravesada por el Camino Real, que llevaba a la Guardia de Luján. Las carretas, las tropas y más tarde las diligencias que se trasladaban al territorio puntano o a Córdoba, y de allí al Pacífico o al Perú, debían necesariamente transitarlo, por ser el único camino existente. Luego se convertiría en la Avenida Rivadavia.

A principios del siglo pasado el Camino Real no era más que un derrotero en el desierto, con algunas postas y muy escasas poblaciones a su vera, formado por las huellas de las caballadas y las carretas. Evoquemos el paraje de la chacra "Los Tapiales" que ahora constituye el centro de la ciudad de Ramos Mejía, en momentos en que una nutrida tropa de carretas de paso para Cuyo hacía allí el obligado alto de la marcha para la comida. La caravana integrada por varias decenas de vehículos se detenía a un costado del Camino Real, en medio de la llanura y sin otra compañía que las aves y algunos perros cimarrones.

domingo, 9 de octubre de 2011

La chacra de la familia Ramos Mexía – parte 1


La familia Ramos Mexía, de la que tomó su nombre la ciudad trocando la "x" por la "j" como ha ocurrido con otros vocablos antiguos, comenzó su actuación en el Río de la Plata con la llegada a mediados del siglo XVIII de D. Gregorio Ramos Mexía, de origen sevillano. Fue una persona con una empeñosa voluntad de trabajo, pero las crónicas refieren que no pudo salir de una cierta penuria económica, a la que no fue ajena su obstinada honradez, que lo siguió hasta su muerte en mayo de 1808, a la edad de 82 años.

Don Gregorio tuvo trece hijos, siete mujeres y seis varones, de los cuales fijaremos nuestra atención en Francisco Hermógenes, por la directa trascendencia que tuvo para la historia de nuestra ciudad.
"Pancho" Ramos, como se le decía a ese hijo en el círculo de sus amistades, nació en 1773 cuando en Buenos Aires se desempeñaba como gobernador D. Juan José de Vértiz y Salcedo. A los 26 años de edad partió para el Alto Perú, en busca de mejores horizontes de trabajo, y en la ciudad de La Paz se casó en 1804 con Da. María Antonia Segurola, otro nombre que tampoco debemos perder de vista en relación con estos acontecimientos.
El matrimonio hizo que la situación patrimonial de Francisco cambiara diametralmente, porque su flamante esposa aportó como dote extensas y valiosas fincas rurales ubicadas en lo que hoy es territorio boliviano, algunas de ellas dedicadas a la explotación de la coca, para lo que se utilizaba mano de obra indígena.
A los dos años de casado regresó Francisco a Buenos Aires, acompañado de su mujer María Antonia. Hicieron la larga travesía desde el Alto Perú junto con ayudantes y 200 esclavos, en una lenta y riesgosa marcha, transportando una muy valiosa carga de barras de oro y plata y un cuantioso numerario de onzas de oro.
Cuando llegaron a Buenos Aires ya se había rechazado la primera invasión inglesa y D. Santiago de Liniers ocupaba interinamente la gobernación de la ciudad en reemplazo de Sobremonte, separado de su cargo por el Cabildo.
Al año siguiente se produjo la segunda invasión inglesa, que corrió la misma suerte adversa de la primera, y en el heroico comportamiento de todo el pueblo de Buenos Aires no cabe descartar que la familia Ramos Mexía prestara su adhesión a la lucha.

Recuperada la paz, Francisco y María Antonia decidieron en 1808 aplicar parte de la fortuna que habían traído del Altiplano, producto de la enajenación de los inmuebles arriba citados. Con ese objeto adquirieron al Comisario de Guerra y Factor Juez Oficial Real D. Martín José de Altolaguirre una extensión de tierras en la zona de La Matanza, que se escrituró el 25 de octubre de 1808 ante el escribano D. Mariano García de Echaburu. En ese documento se detalla que el precio convenido fue de 32.000 pesos de plata corriente, y que la operación comprendía "una Chácara... en la que están inclusos todos sus aprovechamientos", entre ellos seis esclavos negros "los cuales se ponen a 50 pesos cada uno con derecho de poderse libertar en este precio cuando puedan". La chacra se extendía en forma de cuadrilátero desde el río Matanza hasta los montes de tala que llegaban al Palomar de Caseros, con una superficie de más de seis mil hectáreas. Entre sus límites se hallaba todo lo que hoy constituye el tejido urbano de la ciudad de Ramos Mejía.

sábado, 8 de octubre de 2011

Quebracho Herrado - parte 3

Eran las 4 pm., el combate hasta entonces había sido más bien favorable a Lavalle, pero sus escuadrones ya no evolucionaban con el mismo desembarazo. Los jinetes tenían que rezagarse a su pesar: los caballos estaban postrados. Pacheco observaba como el ímpetu de la caballería unitaria, disminuía a medida que se sucedían las cargas. Decide entonces, lanzar sus regimientos de reserva, que no habían sido todavía comprometidos. Estos frescos y descansados, en el acto arrollan y acuchillan los agotados y desmoralizados jinetes unitarios.

El desbande se produjo instantáneamente. Lavalle, que en lugar de ocupar un punto dominante del campo de batalla como general en jefe para remediar cualquier contratiempo, había preferido convertirse en un oficial cualquiera, cargando al enemigo a la cabeza de sus escuadrones, no se dio cuenta del desastre. No habiendo quien mandara en la línea unitaria, cada jefe decidía como salvar su unidad.

El coronel Niceto Vega, viendo el desastre en que caía sobre el ejército unitario, y comprendiendo que el propio general Lavalle estaba en peligro de caer prisionero o ser muerto, se dirigió hacia el lugar en que éste se encontraba, rodeado por un puñado de oficiales y soldados, y le dijo:

“ – Mi general, por la Patria, a nombre del Ejército Libertador, le suplico que galope, que se salve, porque los enemigos se corren ya por nuestros flancos.
A lo que respondió Lavalle, señalando al enemigo: “- Arroje usted esa canalla.”


Al retirarse Lavalle, y dándose cuenta de que la batalla estaba pérdida, todavía ordenó que se resistiera “a pie firme” el choque de los federales. El resultado fue que, cuando el coronel Vega le convenció del desastre y lo hizo huir a todo galope, mientras él defendía su retaguardia, fue tarde para ordenar al coronel Díaz que salvara la infantería. Los inmensos bagajes del ejército también habían sido abandonados desde el primer instante, sin embargo el ayudante Lacasa, que iba bien montado, logra alcanzar a Díaz. Este se retiraba con su batallón formado en cuadro. Dice Espora: “Los soldados alineados, silenciosos y altivos en medio de su derrota, marchaban sin dejar abrir un claro en las filas. Por su correcta formación parecían hacer ejercicios en un campo de maniobras, más bien que tentar el último esfuerzo de salvación sobre un campo de batalla”. Lacasa trasmite a Díaz la orden de Lavalle, “que se salvase a todo trance”. El valiente oficial no sólo no podía ni debía abandonar su cuerpo, sino que veía el campo de batalla convertido en una confusión indescriptible, y la persecución desplegándose por todas partes. Su contestación fue heroica: “Diga Vd. al general que donde mueren mis soldados morirá su coronel”.

El batallón de infantería era la única unidad que quedaba en pie y organizada del destrozado ejército unitario. La confusión era inmensa, se mezclaban gritos de los soldados, con los relinchos de los caballos, los tiros y cañonazos. Olvidando la indisciplina que había caracterizado al ejército Libertador, los infantes unitarios formados en cuadro y en un orden perfecto con sus banderas al centro, sumaban la desventaja de retirarse por terrenos desiertos, llanos y sin agua.

El coronel Díaz sin apoyo de caballería, ni accidentes en el terreno que lo ayudaran a tomar posiciones defensivas, se dio cuenta que no podía resistir por mas tiempo. El general Pacheco personalmente le ofreció la rendición garantizando la vida de sus hombres, y la misma fue aceptada por el valiente coronel unitario.

El desastre del ejército unitario fue absoluto: de los 4.200 hombres que componían su ejército, Lavalle perdió en esa jornada 1.500, con varios jefes y oficiales, incluso toda la artillería y la infantería; un repuesto inmenso de municiones, armamento de toda clase, 3.000 caballos, vestuario, parque, banderas, imprenta, equipaje, carretas, correspondencia y cuantos elementos de guerra poseía. Los federales, según el parte oficial, tuvieron 36 muertos y 50 heridos, cifra dudosa de acuerdo a las tres horas de batalla y lo intenso de los combates.

http://www.legionunitaria.granaderos.com.ar

viernes, 7 de octubre de 2011

Quebracho Herrado - croquis







Quebracho Herrado - parte 2

La batalla

Lavalle desplegó su línea de batalla, la cual a pesar de su extensión - cubriendo todo su frente - resultaba débil, porque siendo su fuerza principal la caballería, ésta se encontraba montada en animales cansados. El despliegue unitario era el siguiente: En el ala derecha el Coronel Vilela con tres escuadrones; en el centro el batallón de infantería al mando del Coronel Díaz y la artillería; el ala izquierda 6 escuadrones al mando del Coronel Vilela y la reserva con tres escuadrones. Oribe desplegó sus fuerzas reuniendo en su derecha a sus mejores tropas, a las órdenes del intrépido general Ángel Pacheco. Era evidente su propósito de fiar a esa ala el éxito de la jornada. Lavalle, por el contrario, concentró sus mejores escuadrones en su izquierda, de modo que quedó casi a un costado de la línea el batallón Díaz y la artillería.

El centro del ejército federal era mandando por el comandante Costa, y se componía de 3 batallones y la artillería; el ala izquierda, la mandaba el coronel Lagos y tenía sólo 2 regimientos; el ala derecha, a las órdenes de Pacheco, tenía los mejores cuerpos de caballería.
Ambos ejércitos estaban a 10 cuadras escasas el uno del otro.
La disposición respectiva de ambos ejércitos ofrecía a Lavalle la probabilidad de una victoria inesperada, si su caballería lograba romper la izquierda federal – es de destacar que la infantería carecía de un papel importante, solo servía de mero apoyo de la caballería. A diferencia de la mayoría de los generales de la época, el general Paz sabía lo que valía una buena infantería entrenada y disciplinada - y tenía suficiente empuje para arrollar todo por delante en el primer esfuerzo. Era indudable que el estado de las cabalgaduras no permitía confiar en ellas durante una acción larga, pero sí podía contarse con una atropellada brillante.

A las 2 de la tarde, Lavalle ordeno avanzar a sus escuadrones, al oír el toque de carga, los jinetes unitarios atacaron valerosamente, arrollando las fuerzas de Lagos. Pero al mismo tiempo Pacheco atropellaba la línea unitaria, la sableaba, la destrozaba y envolvía su centro. Los escuadrones que Lavalle había conducido al primer empuje, con sus caballos cansados y, desmoralizados al sentir triunfante por la retaguardia al enemigo, se encontraron entre dos fuerzas.


Quebracho Herrado - parte 1

Orden de batalla unitario

Ejército Libertador
Comandante en Jefe: Gral. Juan Galo Lavalle
Infantería
Batallón de Infantería: Coronel Pedro José Díaz
Caballería
Legión Vega (600 h)
Legión Abalos (400 h)
Legión Vilela (1057 h)
Legión Campos (230 h)
Legión Noguera (230 h)
Legión Ruiz (230 h)
Regimiento de Escolta (217h)
Legión Bejarano (100 h)
Legión Aldao (220 h)
Legión Oroño (60 h)
Legión Allende (50 h)
Escuadrón Mayo (250 h)
Cuerpo de Cívicos (37 h)
Artillería
4 cañones: (119 h)
Total: 4.200 hombres y 4 piezas de artillería


Orden de batalla federal

Comandante en Jefe: Gral. Manuel Oribe
Ala Izquierda - Coronel Hilario Lagos
Parte del Regimiento Nº 3
Escuadrón Orientales
Escuadrón de Dragones
Centro
Batallón Independencia: Mayor Martínez
Batallón Patricios: Comandante Domínguez
Batallón Defensores: Comandante Rincón
Batallón de Artillería: Comandante Pon
Ala Derecha - General Ángel Pacheco
División del Sud: coronel Granada
Regimiento Nº4:Coronel Laprida
Escolta Libertad: Comandante Bustos
Regimiento Nº 2: Comandante Navarrate
Regimiento Nº 1: Coronel B. González
Parte del Regimiento Nº 3
Artillería
5 cañones (400 h)
Total: 6.000 hombres y 5 piezas de artillería

jueves, 6 de octubre de 2011

El pueblo testigo de una batalla histórica – parte 2


Una batalla importante

El historiador Carlos Montiel intentó destacar la relevancia de la batalla de Quebracho Herrado recordando que "en Caseros se estima que participaron 46.000 combatientes, en Pavón 39.000, en Cepeda 23.000 y en Quebracho Herrado 10.800 argentinos. Incluso agregó que "en el combate de San Lorenzo sólo intervinieron 370 hombres y en Quebracho hubo más muertos que en la Guerra de las Malvinas. Sin embargo, no se la tiene en cuenta como se debería", advirtió.
Lo cierto es que su trascendencia residió en que esta batalla dio término a la campaña del ejército libertador y a las esperanzas unitarias de derrocar a Rosas, quien, por el contrario, se afianzó en el poder.

Los hechos históricos marcan la memoria de un pueblo y así es que la batalla de Quebracho Herrado, con sus apenas dos horas de duración, no puede pasar inadvertida por quienes habitan la cercanía del lugar. De eso da fe el monolito ubicado en pleno campo, que no identifica vencedores ni vencidos, sino que ser un homenaje a los hombres que dejaron sus vidas en el campo de batalla, en la lucha por mantener sus ideales.

En este mismo lugar, todos los años, cada 28 de noviembre, ningún vecino quiere faltar a la cita para recordar la histórica batalla. Así es que junto a la vieja estación de trenes se organizan distintas actividades, todas ellas con sabor criollo, como muestras de doma y jineteada, pruebas de destreza, danzas y canciones folklóricas, asado y empanadas y, como broche de oro, no podrá estar ausente algún payador que recuerde los versos de Hugo Bagnera que decía: "Diezma la fila unitaria tantas cargas federales, prometiendo a sus rivales largas horas funerarias, cada vez más solitaria la bandera de sus huestes y en el panorama agreste triste de Quebracho Herrado, el campo queda sembrado de chaquetillas celestes".

Combate desigual

En este campo adonde fue la batalla, según relató el historiador Julio R. Ubry, no había agricultura, sino pajonales grandes y llenos de hormigueros, arbustos espinosos y algún montecito de quebrachos que no eran de la zona, pero allí se habían formado.
Luego de apoderarse de la ciudad de Santa Fe, Lavalle se dirigió a Córdoba para unirse a las tropas de Lamadrid, y que le proveyeran de caballadas. En tanto, el general Oribe, con un ejército de 5000 hombres de caballería, 1000 de infantería y un escuadrón de indios amigos, lo persiguió tenazmente. Lavalle se retrasó y debió enfrentar solo a las tropas rosistas.
Los dos ejércitos eran numerosos. Oribe, por su parte, estimó el de Lavalle en 4200 combatientes. A su vez, Lavalle decía que Oribe contaba con 5000 hombres de infantería, con 1000 infantes de caballería, toda bien alimentada y reposada.
En el amanecer del 28 de noviembre de 1840, la caravana unitaria distaba a dos leguas de la laguna de Quebracho Herrado, punto donde tenían que hacer el alto y dar de beber a las tropas y a los caballos, ya que hacía cuatro días que algunos no comían ni bebían.

En esta situación, aproximadamente a las 14, a unos 15 kilómetros al sur de lo que hoy es la localidad, lo atacaron.
Hasta las 16, el combate fue favorable a Lavalle, pero sus escuadrones ya no evolucionaron con la misma fuerza. Lavalle, en lugar de dominar el campo de batalla como general en jefe, prefirió convertirse en un oficial más. Nadie mandaba en la línea unitaria. Cada jefe campeó por sus honores. Al retirarse Lavalle, convencido de haber perdido la batalla, todavía ordenó que se resistiera a pie firme el choque de los enemigos.

El triunfo federal fue absoluto. De los 4200 hombres que componían el ejército unitario, Lavalle en esa jornada perdió 1500 hombres. Según recordó Ubry, de esta lucha que se hizo en varios kilómetros cuadrados, con la participación de casi 11.000 hombres, quedaron "fusiles rotos, sables, bayonetas, machetes, lanzas de hierro, ropas y arneses caídos, Luises de oro, boleadoras indias, balas de cañón". Todo quedó para que el generoso arado las saque a lo largo de años de trabajo. Hoy, son campos de labranza pertenecientes a las familias Ambrosino y Rivero Haedo.

La pulpera

No puede pensarse que un pueblo tan pequeño pudiera encerrar tanta historia. Quebracho Herrado no sólo fue escenario de una sangrienta batalla , sino que la leyenda popular le atribuye "el honor" de haber sido visitado por la famosa Pulpera de Santa Lucía, personaje de la pieza musical de Maciel y Blomber.
El vals surgiría de la memoria de un criollo que se remonta a la época de Rosas. La presencia de la mujer obedece a que se canta que "la llevó un payador de Lavalle/ cuando el año 40 moría". Se cree que la Pulpera de Santa Lucía pernoctó en la zona, porque había en el ejército un payador al se le habría autorizado llevar a su amada, llegando ambos al fuerte de Quebracho Herrado junto con Lavalle.

Patricia Angeletti
LA NACION