miércoles 21 de marzo de 2012

Nace la nueva capital de la Provincia d Buenos Aires - parte 2

El estudio comparado colocaba a ENSENADA entre las preferidas. Pero ROCHA ya había tomado partido. Y el 14 de marzo de 1882 elevó su mensaje, propiciando la capitalización de Ensenada, tras conocer inclusive, las cifras del censo de 1881 que daban a este distrito provincial un lugar de superlativa importancia entre sus pares.

LA LEY FUNDACIONAL
La Ley de creación de la ciudad de LA PLATA en los altos de la Ensenada, dice así:
Art.1º Declárese Capital de la Provincia el Municipio de Ensenada
Art. 2º El P. E. procederá a fundar una ciudad que se denominará “LA PLATA” frente al puerto de la Ensenada sobre los terrenos altos.
Art. 3º El ejido de la ciudad que se manda a crear por el Art. 2º, será de seis leguas cuadradas veinte y dos centésimos de otra que el P. E. Mandará deslindar, dividir en solares, quintas y chacras, y amojonar debidamente.
Art. 4º Declárase que hay utilidad en la expropiación de las tierras necesarias a los objetos de los Artículos 2º y 3º en la extensión de seis leguas cuadradas veinte y dos centésimos de otra y cuyos límites serán a NE don Felix Osornio, ejido de la Ensenada y Jorge Bell. Al NO Jorge Bell. Al SE Alfonso Demaría, Francisco Wright. Al SO Nicanor Sisto y Gabriel Llanos de la Roca y C. Villoldo de Giménez. Al S Ceferino Merlo.
Art. 5º La formación de la Capital será hecha directamente por la Provincia.
Art. 6º Declárase que es indispensable la adquisición de los terrenos indicados para edificar la Capital de la Provincia.
Art. 7º A los efectos de cubrir el valor de la expropiación, el P. E. Dispondrá del producido de la Ley del 6 de Julio de 1881.
Art. 8º El P. E. Procederá a expropiar a sus dueños actuales los terrenos designados, sujetándose a la Ley de expropiación
Art. 9º Terminada la construcción de los edificios que se ordenen por leyes especiales, el P. E. Dará cuenta a la Legislatura para que ésta dicte la ley de traslación de los Poderes Públicos a la nueva Capital.
Art. 10º Queda autorizado el P. E. Para hacer los gastos que demande el Art. 3º y los de expropiación, imputándose al Art. 5º de la Ley del 6 de julio de 1881.
Art. 11º Comuníquese.
Dado en la Sala de Sesiones de la Legislatura de la Provincia a los veinte y siete días del mes de abril del año mil ochocientos ochenta y dos.
Fdo. Nicolás Achaval - Juan Darquier y S.S. Del Senado y Diputados.
Mayo 1º/882. Cúmplase, comuníquese, publíquese e insértese en el Registro Oficial.
Fdo. Rocha - Carlos D’Amico

martes 20 de marzo de 2012

Nace la nueva capital de la Provincia d Buenos Aires - parte 1


En nuestro país al término del mandato de CARLOS CASARES surgieron dos candidaturas para sucederlo: la de ARISTÓBULO DEL VALLE y la de ANTONIO CAMBACERES. Pero ante la oposición política de MITRE y sus acólitos, se consensuó la elección de CARLOS TEJEDOR (1878-1880).
El nuevo gobernante, de intransigente matiz provincialista, inició una serie de medidas de progreso que fueron, en parte, malogradas por el recurrente enfrentamiento en el que se hallaba la provincia con la Nación, litigando por la cuestión Capital en la ciudad de Buenos Aires.
Ello produjo, luego de una serie de desencuentros que sería muy largo enumerar, el estallido de combates entre fuerzas antagónicas: el 20 de junio de 1880 el de PUENTE ALSINA y dos días después el de CORRALES, con centenares de muertos y heridos por ambos bandos. La brecha de la disociación se había abierto profunda, pero en virtud de que prevalecieron las fuerzas nacionales, la situación quedó en manos del poder central.

Fue entonces cuando, ante tanto dolor, apareció providencialmente la figura de DARDO ROCHA, a la sazón senador nacional por Buenos Aires, propiciando la caducidad de los poderes públicos provinciales. Evidentemente, el camino a la unidad nacional no tenía otra salida. Y ROCHA fue ungido candidato natural a la gobernación de Buenos Aires, cargo que asumió el 1º de Mayo de 1881.
En tanto, los hechos se habían precipitado. El 24 de agosto de 1880 el Poder Ejecutivo Nacional (PRESIDENTE AVELLANEDA) dirigió al Congreso el proyecto de federalización de la ciudad porteña, aprobado el cual la ciudad de Buenos Aires pasó a ser la Capital de la Nación, quedándole a ROCHA la tarea que habría de perpetuarlo: fundar una nueva capital para la provincia.

Consagrada solemnemente a Ley, el 26 de septiembre de 1880 , bajo el apotegma de Avellaneda:”No hay nada en la Nación superior a la Nación misma”... Buenos Aires fue entregada al poder central el 9 de diciembre.

Desde entonces, y por un año y medio, ROCHA estudió con una comisión de notables, compuesta por ARISTOBULO DEL VALLE, EDUARDO COSTA, MANUEL PORCEL DE PERALTA, EDUARDO WILDE, JOSE M. RAMOS MEJÍA y los ingenieros FRANCISCO LAVALLE y GUILLERMO WHITE, el mejor lugar para el asentamiento de la capital provincial.
Se analizaron en esta investigación diversas localidades, tales como BARRACAS (AVELLANEDA), BELGRANO y FLORES (hoy dentro del ejido de la Capital Federal), CAMPANA, CHASCOMÚS, DOLORES, MERCEDES, MORENO, OLIVOS, QUILMES, SAN FERNANDO, SAN ISIDRO, SAN NICOLÁS, ZÁRATE, Y ENSENADA, es decir un total de 15 (en la lista no se incluyó a BAHIA BLANCA).

Los aspectos contemplados fueron los siguientes: 1º Ventajas e inconvenientes para la administración de la provincia; 2º calidad de los terrenos en que deba levantarse la nueva ciudad para la edificación y de los circunvecinos para la agricultura; 3º Cantidad de agua suficiente para servir las necesidades de una ciudad populosa; 4º Facilidad de comunicar con el exterior ; 5º Condiciones para el establecimiento de vías fáciles de comunicación con la capital de la Nación, con las demás provincias y con el resto de ésta ; 6º Facilidad de hacer las obras de arte indispensables a la higiene y comodidad de un gran centro de población.
De resultas del análisis exhaustivo de todos estos condicionamientos, el informe concluyó así: ...que las localidades que reúnen mayor número de las condiciones indicadas para el establecimiento de un gran centro de población, son: CAMPANA, LAS LOMAS DE LA ENSENADA Y ZÁRATE, en primer término y subsidiariamente QUILMES, LOS OLIVOS Y SAN FERNANDO. o los pueblos de la línea férrea del Oeste, desde MORENO hasta MERCEDES, si hubiera de elegir una ciudad mediterránea.
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domingo 18 de marzo de 2012

Los Luceros del Paraguay




La fisonomía de la calle Riobamba, no muy lejos de la avenida Santa Fe, una fisonomía que si bien no es del todo coqueta al menos manifiesta un deseo de serlo, o aspira a conservar ciertos visos encopetados pero de linaje raído, se vio alterada el jueves pasado con una música de rara genealogía. El arpa de Los Luceros del Paraguay rindió homenaje, en la Casa del Bicentenario y a las siete de la tarde en punto, a uno de los hombres más detestados del continente americano: el mariscal Francisco Solano López.
En mi hogar infantil, la prohibición política de la televisión era compensada, en parte, por la narración de corte trágico de la epopeya del pueblo paraguayo. El doctor Francia, o el dictador Francia, como era llamado por las fuerzas enemigas en nuestro relato, había convertido al Paraguay, merced a un proteccionismo férreo, en una potencia sudamericana autoabastecida. Luego fue precisamente Solano López quien fortaleció al Estado en las ramas fundamentales de la economía y mantuvo cerradas las puertas de su comercio, su industria y sus finanzas al capital extranjero. ¡Los vampiros ingleses estaban ávidos por otorgar sus empréstitos!, exclamaba mi padre. ¡No existía la deuda externa! Basada en una agricultura y ganadería generosa y en la herencia jesuítica de la producción en gran escala de la yerba mate, la estructura económica del Paraguay bastaba para abastecer a sus seiscientos mil habitantes. La yerba y el tabaco que se consumían en todo el virreinato eran los primordiales recursos fiscales del país. Se crearon los primeros trenes, telégrafos y fundiciones de hierro de la región, Solano López alentó el crecimiento de una modesta industrial naval y se produjo algodón para la vestimenta. Esta base productiva sin intermediarios ni terratenientes, este localismo feroz, creó una ínsula, una reclusión y una misantropía política. Parecía que la personalidad del doctor Francia era la réplica psicológica del aislamiento de su país (que mi padre atribuía a los intereses mezquinos del puerto de Buenos Aires). Pero la ínsula era una utopía.
Para acicatear nuestro interés, mi padre usaba, al relatar la historia, unos soldaditos de madera y otros de plomo que le había obsequiado a mi hermano en su cumpleaños número seis. El 22 de septiembre de 1866, el general en jefe de la Triple Alianza (una coalición orquestada por Inglaterra, nos explicaba) ordenó el asalto contra la fortaleza natural de Curupaytí. Bartolomé Mitre contaba con nueve mil soldados argentinos y ocho mil brasileños, la flor y nata del ejército, el apoyo de los cañones de la escuadra imperial brasileña y la cooperación de las fuerzas orientales del odiado Venancio Flores. Mitre, un hijo de su cultura y de su clase, llevó a la práctica una estrategia europea: ataque frontal a bayoneta y simulación de retirada. Pero los paraguayos lucharon en sus propios términos: el terreno fangoso de Curupaytí, tal como lo habían planeado ingeniosamente, se convirtió en una pista de patinaje que acabó con las vidas de diez mil soldados argentinos, uruguayos y brasileños. Las amputaciones de diverso tipo que habían padecido los frágiles soldaditos de plomo de mi hermano le otorgaban más veracidad a las escenas bélicas. Curupaytí era nuestra batalla de San Lorenzo. Y la derrota del Paraguay fue nuestra propia derrota.
Mi padre usaba unas metáforas que nos hipnotizaban: “Asunción era una gigantesca antorcha”. No hacía falta que nos señalara que había muerto entre el 50 y el 85 por ciento de su población y más del 90 por ciento de la población masculina adulta. El territorio del Alto Paraná había quedado en poder de Brasil, pero además -y aquí descubríamos que la narración escondía más de una moraleja- Inglaterra, la prestamista, logró otorgarle a la nación derrotada un empréstito de 200.222 libras esterlinas.
Los soldados brasileños, presidiarios liberados, no nos inspiraban menos compasión que los niños paraguayos muertos en combate. “El conflicto terminó porque hemos muerto a todos los paraguayos de 10 años arriba”, había dicho Domingo Faustino Sarmiento, y como lo detestábamos le creímos. Cuando cumplí once años -casi la edad de los soldados paraguayos más jóvenes-, mi madre me obsequió tres volúmenes: Humaitá, Jornadas de agonía y Los caminos de la muerte , las novelas de Manuel Gálvez sobre la guerra. No las dejé por Mujercitas , pero debería haberlo hecho.

POR LAURA RAMOS


viernes 16 de marzo de 2012

La leyenda del arroyo Maldonado





Nadie puede discutir que el arroyo Maldonado es tan porteño como la Plaza de Mayo. Es que en su curso de más de veinte kilómetros, atraviesa diez barrios de la Ciudad: Versalles, Liniers, Villa Luro, Vélez Sarsfield, Floresta, Villa Santa Rita, Villa Mitre, Caballito, Villa Crespo y Palermo, para terminar en el ancho Río de la Plata.

Ahora, salvo cuando desborda y complica la vida de muchos, el arroyo está oculto debajo de la avenida Juan B. Justo y su continuación, la avenida Intendente Bullrich. Pero desde 1929, cuando se empezaron los trabajos, el Maldonado dejó atrás aquella imagen campera que lo había acompañado, para quedar entubado, primero bajo tierra y, desde 1936, debajo del asfalto de la zigzagueante traza de las avenidas. El entubamiento estuvo a cargo de la empresa Siemmens Schukert, contratada por Obras Sanitarias de la Nación.

Esa es la historia más reciente del famoso y más grande arroyo soterrado que tiene la Ciudad. Pero el Maldonado es conocido desde mucho antes. Tanto, que su nombre tiene origen en una de esas leyendas que, a lo largo de los años, corren de boca en boca. Es la que cuenta datos de la vida de “la Maldonado”, una de las mujeres que llegó con la expedición de Pedro de Mendoza, que el 3 de febrero de 1536 hizo la primera fundación de Buenos Aires, una precaria edificación que duraría apenas hasta 1541. Según la historia, aquella mujer se había embarcado en San Lúcar de Barrameda, desde donde zarpó la expedición en agosto de 1535. Era una más entre aquellas pocas pioneras –como María Dávila (esposa de Mendoza), Isabel de Guevara, Ana de Arrieta o Elvira Pineda– que se animaban a la aventura de cruzar el gran océano y oficiar de asistentes, obreras, enfermeras o amantes.

La suerte de aquella gente no fue la mejor: rodeados de nativos decepcionados por el trato de los españoles, el hambre y las enfermedades minaron la vida en la precaria ciudad. Fue en esa circunstancia que “la Maldonado” cruzó la empalizada de la aldea (algo prohibido) y se internó en el campo en busca de comida. Cuentan que, agotada, se refugió en una cueva cercana a aquel arroyo y que allí encontró a una puma a punto de parir. Y dicen que la mujer ayudó a aquel animal en el parto, que se presentaba difícil. Desde entonces, la fiera agradecida le proveía comida a la mujer que convivía con ella. Eso hizo que hasta los aborígenes la respetaran.

Sin embargo, la leyenda agrega que un día los españoles de la aldea la capturaron, la juzgaron y la condenaron a muerte, dejándola atada a un árbol en medio del campo, para que animales y alimañas terminaran con su vida. Aquello no ocurrió: “la Maldonado” fue rescatada y protegida por la puma a la que había ayudado. Unos cuentan que ante eso Mendoza le otorgó el perdón y la mujer volvió a la aldea. Otros, que su final se pierde en aquel terreno donde está el arroyo que lleva su nombre.

Con toda su carga dramática, la leyenda se mantiene intacta y cada tanto aparece en los relatos que hablan del Maldonado y su fama. Lo mismo pasa con otros aspectos que recuerdan lugares, hechos y protagonistas junto a ese arroyo rebelde que alguna vez fue uno de los límites naturales de la Ciudad. Es lo que pasa con la mala fama que supo tener el viejo café La Paloma, que estaba en el cruce de aquel curso de agua con la avenida Santa Fe, donde hoy hay una gran pinturería. En aquel recinto no sólo recalaron grandes de la génesis del tango como Eduardo Arolas, Tito Rocatagliata, Juan Maglio o Agustín Bardi. Cuentan que no sólo había música y mujeres de vida licenciosa: también hablan de algunas ratas que invadían el lugar y exageran mintiendo con ese jocoso mito de que hasta solían prenderse en algún bailongo. Pero esa es otra historia.

Secreta Buenos Aires

Eduardo Parise

http://www.clarin.com





jueves 15 de marzo de 2012

El hipódromo de los duelistas






No fue sino hasta que supe de la suerte trágica de Lucio V. López, mi gran héroe romántico, que encontré un encanto antiguo y siniestro a esa zona del bajo Belgrano que arranca por el bar Morrison, de Lidoro Quinteros, oscuro, refugio de parejas clandestinas, el ruido de la máquina de café tapa las conversaciones, y llega hasta el club River en Figueroa Alcorta. Allí funcionaba el antiguo hipódromo de Belgrano, arrasado por una tormenta en 1866, que destruyó la pista y la tribuna.
De todos los jóvenes del siglo victoriano que tomaron a Buenos Aires como epicentro de sus aventuras, Lucio V. López es el que más me deleita, y el hecho de sus amigos hayan sido los jóvenes Lucio V. Mansilla y Miguel Cané -unos D’Artagnan, Athos, Porthos y Aramis para mi imaginación afiebrada- no hace sino agregar más densidad mística a la historia. Pero además Lucio López, así me gusta llamarlo como si, con la sola omisión de una inicial lo estuviera sustrayendo de la muerte y el olvido para traerlo a nuestro propio tiempo, Lucio, decíamos, escribió ese librito autobiográfico moderno y modernista que se llama La gran aldea . Su narrador, un niño de entre nueve y doce años que aúna a su condición de huérfano y federal su inserción en una familia mitrista de Buenos Aires, no podría contener un pathos más sentimental. Adoptado por su tío Ramón, tan pobre como su padre muerto, y por su tía Medea, rica, unitaria y despótica, partidaria de Mitre, el niño crece en la Buenos Aires mitrista que venció al general Urquiza en Cepeda. Pero dejemos a este jovencito desdichado y volvamos a Lucio, el escritor.
En 1893, luego de ser nombrado interventor de la provincia de Buenos Aires, Lucio López denunció un negociado fraudulento del coronel Carlos Sarmiento, que no era pariente de Domingo Faustino. El coronel fue detenido en el departamento de policía provincial, pero luego de tres meses, por medio de una argucia legal, consiguió que lo absolvieran. Para celebrar su libertad, sus amigos le ofrecieron una cena en el restaurante Flobet de La Plata, donde Sarmiento, ensoberbecido por su triunfo y acicateado por sus amigos, insultó a Lucio. Como para rubricar el desafío, publicó una carta acusadora en el diario “La Prensa” que finalizó con otra provocación: un lacónico “Proceda”. De inmediato Lucio envió a sus padrinos. El militar Sarmiento, diestro en el manejo de armas y de injurias, aceptó el reto de inmediato. En el conciliábulo de rigor con sus colegas, los padrinos Mansilla y Beazley procuraron que el duelo no se llevara a cabo, o que se saldara con dos disparos al aire, o a “primera sangre”. Lucio jamás se había enfrentado a un duelo, pero insistió en que el reto fuera a muerte para salvaguardar su honor.
La noticia conmocionó a Buenos Aires. El 28 de diciembre, a las once de la mañana, varios carruajes condujeron a los duelistas, a familiares y algunos curiosos al terreno despejado del antiguo hipódromo. Los padrinos se reunieron en un corrillo, en un último intento por suspender el duelo, pero Lucio se negó. Los doctores Padilla y Decaud, vestidos de negro, esperaban circunspectos mientras el general Bosch, padrino de Sarmiento, midió los doce pasos reglamentarios. Lucio V. Mansilla revisó las pistolas Arzon elegidas. Ya eran las 11:10. Los contendientes, que nunca se habían visto, se miraron las caras y dispararon. Ambos quedaron ilesos y volvieron a cargar las pistolas. Después de la nueva descarga Lucio cayó al suelo. Los médicos diagnosticaron que el proyectil había perforado hígado, intestino y bazo. Murió a eso de la una de la madrugada en su casa de Callao 1852. Las circunstancias heroicas de su muerte lo llenaron de gloria: le dio la extremaunción el padre O’Gormann, hermano de Camila; lo despidieron Miguel Cané, Paul Groussac, Enrique Larreta, Carlos Pellegrini. Y aunque hasta el Club del Progreso lamentó su muerte, para los lectores de La gran aldea , que confundimos narrador y autor en aquellos primeros textos autobiográficos que fundaron nuestra nación, Lucio López va a seguir siendo el huérfano pobre y urquicista al que el destino introdujo en una próspera casa unitaria de Buenos Aires.
POR LAURA RAMOS
http://www.clarin.com/ciudades/hipodromo-duelistas_0_661733917.html