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sábado, 7 de septiembre de 2019

El Parque Retiro o nuevo Parque Japonés - Parte 5

Fuera del Parque, pero dentro del mismo predio estaban los salones de espectáculos picarescos y  baile: “Babilonia” y  el “Salón Chamamé” y el cine supuestamente pornográfico.
En el cine se exhibían películas rigurosamente prohibidas para menores: “Como venimos al mundo”, “Como se nace y como se muere”. Se trataba de películas ingenuamente educativas donde se explicaba narrativamente  la naturaleza del amor y la familia.
Comenzaba con el inicio del vínculo de una pareja adulta, dándose la mano al presentarse. Posteriormente se los veía paseando por una ciudad hasta que –siempre de acuerdo con la explicación del narrador – decidían “comprometerse”. Entonces el hombre obsequiaba a la mujer, colocándole un anillo, mientras él repetía la operación en su dedo. A los pocos minutos la pareja de comprometidos salía  de un Registro Civil e inmediatamente de una Iglesia. A esta altura, el film llevaba unos quince minutos y la impaciencia del público se manifestaba en comentarios y bostezos. Pero la expectativa lograba una pausa ante la promesa del film. Apenas salían de la Iglesia se dirigían a un hotel. Entraban con cara de felices mientras el relator seguía: “y ahora ya están casados y podrán disfrutar del placer que da el amor…”La pareja entraba a un cuarto y de inmediato se enfocaba la puerta que mostraba un cartel con la inscripción: “No molestar, recién casados”. Algunas personas del público, por supuesto únicamente masculino, comenzaba a proferir exclamaciones ansiosas de erotismo desenfrenado. De golpe la puerta de la habitación se abría apareciendo la misma mujer, recién casada pero sonriente y exhibiendo un avanzado embarazo de varios meses, del  brazo de su marido irradiante de felicidad. Segundos después, la mujer embarazada aparecía alternativamente fregando un piso o levantando un bulto pesado.
La misma voz en off que relataba la película desde su comienzo, con un vals oficiante de música de fondo, hablaba  a la mujer embarazada con autoritario reproche advirtiendo sobre el peligro que implica hacer tareas pesadas. La embarazada dejaba las tareas y mirando a cámara escuchaba la voz: “cuando esté por ser madre no lave pisos ni haga tareas pesadas...” Luego repetía  los mismos consejos pero respecto de las comidas. La imagen mostraba  unos grotescos platos con lechón condimentado a la vista de la embarazada.
“No coma comidas pesadas...la futura madre debe comer bien y siempre comidas sanas...”
Minutos después llegaba la escena más audaz, que consistía en unos confusos planos visuales de una mujer gimiendo de dolor al parir y la clásica imagen de un recién nacido llorando sostenido por las manos de una partera. Y allí terminaba la película “pornográfica”. Hay quienes aseguran que ciertos días, previa circulación del rumor entre los iniciados del Parque Retiro, se exhibían “cortos” con desnudos femeninos totales y hasta una escena erótica en pareja de pocos minutos de duración.
El Parque Retiro cerraba alrededor de las cuatro de la mañana del sábado y del domingo.
La salida del último público coincidía con la de quienes trabajaban en el mismo lugar.
Se producía una confluencia mágica, con seres más cerca de lo mitológico que de lo real.
Enanos, gigantes, forzudos, magos, adivinos, prostitutas, cafishios, borrachos monologando y punguistas salían por la gran puerta vigilada por la rígida Torre de los Ingleses siempre intemporal pero acusando el paso inexorable del tiempo.
También, el tropel incluía desahuciados que habían ido en busca de alguna mujer u hombre con finalidades sexuales. Estaban los eternos y falsos conscriptos que lo único que tenían de soldado era la ropa ya gastada por el permanente uso, y cuyo origen podría haber sido el robo o bien tratarse de un antiguo desertor.  Ese uniforme oficiaba de pasaporte hacia la piedad del desprevenido a quien a modo de fórmula se mangueaba “para el sánguche”.
Amanecía y se esfumaba la magia de lo nocturno, lo subterráneo y lo prohibido.
Algunos hombres y mujeres partían hacia el sueño físico porque el otro ya había finalizado. Quizá  ese nuevo  estado aplazaría su soledad por otras horas, hasta llegar la noche y salir a vivir la muerte lenta de los marginales. La noche quedaba atrás y se producía el relevo humano, como respondiendo a un finalismo ecológico, existencial o hasta quizá metafísico.
Aparecía la otra cara de la vida en el Retiro diurno.
_______
Notas:
(1) Sobre el Parque Japonés puede leerse la nota “El Parque Japonés, Historia y Literatura” en el número 22 de la revista “Historias de la Ciudad. Una revista de Buenos Aires”, correspondiente al mes de agosto de 2003.
Bibliografía:
-Horacio J. Spinetto. “Retiro, testimonio de la diversidad”. Cuaderno Nº3 del Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires.
-Historia Viva. La Razón. 1966.
-Diario “La Nación”. Años 1911 y 1930
-Diario “La Prensa”.
-Diario “Crítica”.
-Fernández Moreno, Poesía y Prosa. Centro Editor de América Latina. 1968.
-Consultado en las Hemerotecas de la Biblioteca del Congreso,  de la Biblioteca Nacional y del Instituto de Estudios Históricos de  la Ciudad de Buenos Aires.

Imagen: El Parque Japonés -luego Parque Retiro- frente a la ex plaza Britania, ahora plaza Fuerza Aérea Argentina.


http://serdebuenosayres.blogspot.com/2012/02/el-parque-retiro-o-nuevo-parque-japones.html

El Parque Retiro o nuevo Parque Japonés - Parte 4


Sobre las dos de la tarde de cualquier sábado, domingo o feriado, las caras de ingenuidad y asombro de los niños, acompañados por mayores, entraban al Parque Retiro para vivir emociones tan inocentes como profundas. Gritos de alegría, ilusión, y a veces de auténtico temor daban vida fresca al Parque Retiro.

Caía el sol y como pájaros que vuelven a sus nidos, niños y adultos acompañantes emprendían el regreso. Las luces multicolores del exterior despertaban al “otro” Parque Retiro.

Del mismo modo que al dar vuelta una floja y húmeda baldoso se pone a la vista una heterogénea y variada fauna hasta ese momento invisible,  así aparecían junto a las primeras luces artificiales los ejemplares más heterogéneos de la ciudad pero con el común denominador de la marginalidad.  Desocupados, provincianos desorientados que solían ser víctimas de crueles bromas y a veces de “cuentos del tío”, marineros argentinos o de cualquier país del mundo, contrabandistas de cigarrillos y bebidas, soldados conscriptos en busca de emociones, estafadores que ofrecían anillos de “oro” a cualquier precio porque “tenían que viajar de apuro al interior porque su madre estaba enferma”,  y solitarios de todo tipo. 

Un nuevo espíritu oscuro y amorfo reemplazaba al hasta entonces arcádico paisaje. En los alrededores del Parque Retiro y en su gigantesco predio al descubierto, la débil humareda se elevaba dejando un suave tufo a chorizo cocinado al aire libre junto a los vahos alcohólicos de los puestos de vino ubicados en los alrededores. Otras caras. Otros códigos.

Otro espíritu ya había concretado la transformación. Abrían los salones  de baile y teatro de revistas.

En la entrada misma del Parque, un diariero voceaba la “Crítica sexta, fóbal y carreras” y abriendo disimuladamente su campera, mostraba, ante la cercanía de algún joven o soldado, una borrosa foto pornográfica en blanco y negro de seguramente una alta cotización.

Ahora en el interior el ruido aumentaba, y los puestos, además de ofrecer probar la destreza que podía llegar a premiarse con un objeto de menor valor que el pago por la  participación, en esos mismos puestos, robustas y sofisticadas mujeres exhibían sus abundantes senos y bocas exageradamente pintadas.

Desde la barra de un cercano bar un hombre de zapatos blancos, fino y recortado bigote, anillos llamativos y boquilla que bien  podría ser de oro, vigilaba atentamente a las señoritas cuarentonas o cincuentonas que atendían los puestos desde donde podían negociar un encuentro a la salida o en un breve intervalo.

Una tarima exhibía, en una torpe posición de Buda, a un  el fakir que hacía videncias mirando a la persona o analizando su firma, o un hombre con micrófono en mano invitaba a un salón a ver el maravilloso espectáculo.Para atraer al público masculino solía estar acompañado de una provinciana  joven que  no podía disimular la expresión triste y de un largo cansancio. Vaya uno a saber con que falsas promesas –quizá ser actriz o modelo– habría sido traída desde el interior. Vestida con ropas mínimas era objeto de agresivas bromas eróticas.

Otras veces un ventrílocuo con su muñeco sentado hacía decir palabras zafadas tales como culo o teta que arrancaba sonoras carcajadas a los hipnotizados espectadores.
Una de las variantes del espectáculo consistía en que el ventrílocuo interrogaba al muñeco acerca de su viaje a Francia. Se establecía un diálogo entre ambos: Ventrílocuo: Decime, ¿como se dice mesa en francés? Muñeco: Meseté.Ventrílocuo: ¿Y silla? Muñeco: Silleté.
Ventrílocuo: ¿Y ojo? Muñeco: Ojeté.Y la carcajada estallaba entre el público ante la “audacia” de la palabra.
Robustos jóvenes conscriptos con la inscripción P.M. (Policía Militar) en su  ropa de soldado, con casco blanco y amenazadores bastones, recorrían el Parque Retiro para intervenir en caso de disturbio o ebriedad de algún soldado.

Espectáculos de torpe crueldad, en vivo, con parejas de enanos vestidos con ropa gauchesca. Imitadores de cantores de tango haciendo fonomímica actuaban de atractivo para hacer ingresar a la sala donde siempre estaba por comenzar el espectáculo.
Más de un cantor de tangos, posteriormente afamado hizo su debut en el Parque Retiro.


viernes, 6 de septiembre de 2019

El Parque Retiro o nuevo Parque Japonés - Parte 3


Todo era alegría y promesa. Luego se salía a la intemperie.
La majestuosa “Montaña Rusa”, “La Mina Encantada”, “El Tren Fantasma”,
“El Canal Misterioso”, “La Vuelta al Mundo”, “El Látigo”, “El Gusano”, “El Martillo” donde subían los más audaces y que al quedar cabeza abajo, de sus bolsillos caían las monedas que disimuladamente escondía el operario.

Uno de los que quizá tenía más magia era “La Mina Encantada” que consistía en el recorrido por el interior de una excavación subterránea similar a una mina. Se partía desde una entrada subiendo a una zorrilla montada en un riel para caer, casi verticalmente, hacia una zona totalmente oscura. El interior cavernoso estaba perfectamente ambientado. Luego comenzaba un ascenso hasta llegar al nivel de la partida,  siempre en estado de penumbra, a veces de oscuridad total, se seguía subiendo hasta alcanzar un nivel alto, de varios metros.

En un tramo del recorrido, la caverna tenía un corte tipo ventana con vista hacia afuera. Desde allí se podía ver varios metros abajo a la avenida Leandro Alem. Inversamente, los transeúntes de Leandro Alem podía ver el fugaz paso de un vagón en la altura. Finalmente se comenzaba el descenso en forma violenta llegando al punto de partida inicial.

Continuando el paseo exterior del parque, a modo de isletas, había numerosos puestos, tipo kiosco, donde primitivas máquinas, monedas mediante, entregaban respuestas impresas acerca del tema elegido y, según la fecha de nacimiento, variaban las alternativas del dinero o el amor. También los visores donde aparecían fotografías “audaces” de mujeres en malla.
Sin cargo estaba el salón de los espejos deformantes y pagando entrada podía verse al ayunador fakir con agujas clavadas en todo el cuerpo.

Otra gran atracción, que sin duda implicaba grandes riesgos para los protagonistas, era “El Globo de la Muerte”. Se trataba de una esfera de varios metros de diámetro, hecha con tiras de acero y tramada como rígida red para dejar perfectamente visible lo que acontecía en su interior. Por una puerta curvada como el globo, penetraba primeramente un ciclista. Con denodado esfuerzo hacía unas vueltas circulares y como un insecto, quedaba cabeza abajo  sin caer verticalmente impelido por la inercia y la fuerza centrífuga. Luego del ciclista venía un motociclista, quizá con menos esfuerzo físico y más riesgo mecánico, daba unas ruidosas vueltas que el abundante humo magnificaba. Lo más espectacular llegaba con la presencia de una segunda motocicleta, también dentro del globo. Mediante silbatos, de los mismos motociclistas, se coordinaba el cruce para evitar un choque fatal. Esta era una exhibición de auténtico coraje y elevados riesgos.

Siempre dentro del predio descubierto eran muchas otras las ofertas de juegos de emociones o para poner a prueba la fuerza o destreza, como el golpe de puño para lograr el sonar de una campana o el empuje de un pequeño vagón sobre un riel en elevación, para medir la potencia muscular.

También estaban los escenarios que oficiaban de estudio fotográfico donde podía tomarse una fotografía pilotando un avión, luchando contra un tigre o boxeando.
Así  transcurría una tarde semanal, con público multiplicado varias veces los sábados, domingos y feriados. Sí,  una tarde... No la noche...
Si la metáfora del hombre y la bestia o el santo y el demonio sirven para mostrar los extremos y la dualidad latente que encierra un  ser humano, el Parque Retiro tomado como el  cuerpo de un hombre y siendo el alma el movimiento que le confieren sus habitantes fijos y  transeúntes, podemos asegurar que estábamos frente a “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde” de. Stevenson.

El Parque Retiro o nuevo Parque Japonés - Parte 2


Cuando todavía quedaba el impacto de los suicidios de  Horacio Quiroga (1937), Leopoldo Lugones y Alfonsina Storni, (1938), en ese 1939 se suicida Lisandro de la Torre.

Florencio Escardó publica sus primeros ensayos acerca del porteño: “El porteño es un ser tan preocupado por buscar la alegría , que ha hecho de esa búsqueda un problema que lo pone triste. Por esta razón, en los sitios de diversión el porteño tiene un aire científico y preocupado. Esa esperanza, a la vez aguda e indefinida, de la diversión, es lo que hace de todo porteño un jugador potencial. Es decir un profesor de esperanza y de inconsciencia”, y finaliza: “De ahí que Buenos Aires sea la ciudad del mundo donde hay más rifas, casamientos y audiencias presidenciales”.

Algunos de estos rasgos del porteño ya los había anticipado Raúl Scalabrini Ortiz, en 1928, y luego finamente delineados en su obra “El hombre que está solo y espera” publicada en 1931. Quizá por esa extraña búsqueda señalada por Florencio Escardó y luego retratada por Raúl Scalabrini Ortiz en la obra citada, la diversión se hace presente  en un nuevo parque de diversiones en ese terrible 1939.

Europa ya estaba encendida por la irracionalidad. Alemania invade Polonia. Muy pronto hace lo mismo con la Unión Soviética de Stalin. Muere el Papa Pío XI y es sucedido por el cardenal Pacelli con el nombre de Pío XII.

En ese entorno histórico de 1939 y hasta 1961 nació, vivió y murió el Parque Japonés-Retiro –algo más de dos decadas–, que nada tenía de japonés, pero que poseía una magia exclusiva.
Retiro era una zona muy oscura desde todo punto de vista, por su paisaje tanto natural como humano. Las noches en esa zona silenciosa tenían cierto misterio. La Torre de los Ingleses, con su imponente presencia oficiaba de auténtico centinela victoriano. Siempre iluminado, dictaba fatalmente la hora.

Muy cerca se encuentra el Kavanagh, inaugurado en 1936, y  que fue en su momento el edificio más alto de la ciudad, superando al Barolo de noventa metros.

La oscura y melancólica imagen del puerto, las estaciones de los ferrocarriles Mitre, Belgrano y San Martín, la plaza San Martín y la Torre de los Ingleses y el Kavanagh, enmarcaban el predio donde se levantaba el nuevo Parque Japonés que tenía  en un letrero haciendo un semicírculo superior, la leyenda  “Parque Japonés”, que seis años después de su nacimiento será  rebautizado como Parque Retiro, cuando en 1944 la Argentina rompe relaciones con el Eje y un año después le declara la guerra a Japón.

Una mirada al Parque, abierto a primera hora de la tarde, impactaba por las dimensiones exageradas en todo, tanto visuales como auditivas. Penetrar en él era ingresar a un recinto, cubierto a modo de hangar, con un ruido clásico e inconfundible: el rodar de máquinas, el chasquido metálico de los tiros de rifle de aire comprimido, sirenas, los impactos de los autos chocadores, el anuncio verbal y repetido  de “Ya comienza el espectáculo...” 
Era difícil decidir por dónde comenzar porque de todas partes llegaban estímulos simultáneos.

“El Infierno del Dante”, “El Palacio de la Risa”, los “Autos chocadores”, “Lanchas con trole”, puestos para ejercitar puntería con rifles de aire comprimido, en pocos minutos ser capaz tapar manualmente un círculo fijo con varios discos manuales, pescar pelotitas de ping pong con una red de mango largo donde un participante siempre ganaba.

El Parque Retiro o nuevo Parque Japonés - Parte 1



  
En 1961 se inicia la demolición del Parque Retiro, que tuvo la doble denominación de Parque Japonés y posteriormente Parque Retiro. El cambio de nombre, en 1945, dio motivo a un sinnúmero de equivocaciones, citas erróneas, referencias que no lo eran y hasta testimonios que no correspondían. Aquí trataremos de historiar y aclarar las diferencias entre dos parques de diversiones que nada tuvieron que ver, salvo en el nombre.

HISTORIA DEL PARQUE RETIRO

Existió un primer y auténtico Parque Japonés (1) del que hoy pueden brindarse escasísimos testimonios de quienes lo hayan conocido.

Este Parque Japonés dejó de existir en 1930, de modo que solamente podrían dar testimonios personas mayores de ochenta años que lo hayan visitado y recuerden bien.
El Parque Japonés fue la obra del arquitecto suizo Alfredo Zücker (1852-1913) quien, mientras residió en Estados Unidos de América dejó importantes obras, entre ellas la catedral de San Patricio, el Guilliard Building, el Majestic Hotel, el Harlem Casino y el Opera House de Meridian.

Alfredo Zücker arriba a Buenos Aires en 1904, y entre los múltiples proyectos, mencionaremos el que realizó para la empresa Villalonga situado en la esquina de Balcarce y Moreno, en 1910 el primer rascacielos de la ciudad, el Plaza Hotel de 60 metros de altura, el Avenida Palace Hotel (demolido), el Gran Hotel Casino en Vértiz y Pampa, la Casa Galmarini en Alsina 1867 y el Parque Japonés en cuestión, que terminó su historia en 1930, luego de un incendio.

Resumiendo, el Parque Japonés ambientado al estilo oriental y considerado una obra excepcional a nivel mundial, nació el 3 de febrero de 1911 y cerró el 26 de diciembre de 1930. Estaba situado a la altura de Paseo de Julio (hoy avenida Del Libertador-Leandro Alem-Paseo Colón) y Callao. Ocupando parte de ese predio, en 1960, se instaló el “Ital Park” que nada tiene que ver con el Parque Japonés (1911-1930), ni con el “otro” Parque Japonés luego llamado Parque Retiro (1939-1961), demolido definitivamente en 1962, y ubicado a unas diez cuadras del anterior Parque Japonés.

NACE EL NUEVO PARQUE JAPONÉS

Pasan nueve años sin que el centro de la ciudad tenga un lugar con juegos típicos de un parque de diversiones como el Japonés.

Dos empresarios vinculados a este tipo de negocios y con el antecedente de haber promovido el “Parque Shangai” en Brasil se interesan por la creación de un parque de diversiones en Buenos Aires. Se trata de Gustavo Meyers y Gaspar Zaragueta quienes gestionan traslados de maquinarias desde Nueva York y San Francisco.

En el área  comprendida entre las calles San Martín, Marcelo T. de Alvear  y Eduardo Madero, espacio que hoy ocupa el Sheraton Hotel y el complejo Catalinas Norte, en el año 1939 se inaugura el Parque Japonés, año donde el mundo se convulsiona nuevamente y la irracionalidad brotada del mezquino poder económico se convoca para el horror. Europa arrastra al mundo hacia una auténtica guerra mundial. La Primera Guerra Mundial (1914-1918) fue un conflicto económico entre Estados europeos. La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) involucró a los cinco continentes. Gobernaba nuestro país Roberto M. Ortiz y en la Ciudad de Buenos Aires era intendente Goyeneche.

martes, 29 de mayo de 2018

Hueco de Lorea


En la actual Plaza del Congreso se encontraba el ''hueco de Lorea" donde se detenían las carretas que comerciaban entre Buenos Aires y el interior. Cruzando los limites mencionados, se iniciaban los suburbios con escasa edificación, algunas quintas y terrenos baldíos. Los terrenos eran propiedad del comerciante Isidro Lorea quien falleció alli junto a su esposa en 1807 defendiéndose de las tropas inglesas que avanzaban sobre la ciudad.





En la Plaza Lorea (la única de las 700 plazas porteñas que arrastra su nombre desde la época de la Colonia), según cita en un meticuloso trabajo el ingeniero civil y vecino del barrio, E. Ricucci Barrio. Junto a la estatua de José Manuel Estrada funciona un canil y otro "dormi" de indigentes. Cruzando la calle, bajo un gomero, la estatua de Mariano Moreno también alberga marginales. Frente a la Plaza Lorea se destacaba el Mercado Modelo proyectado por el arquitecto Fernández Moog.





lunes, 28 de mayo de 2018

El tanque de agua en la plaza Lorea



En 1873 se levanta el tanque de agua en la plaza Lorea y un año más tarde, se inauguraban las obras de abastecimiento de agua desde el río con filtros de purificación. En 1880 una cuarta parte de la población de la ciudad disponía de agua corriente desde la toma localizada en la recoleta.-

La evacuación de líquidos cloacales y los residuos pluviales tenían similares problemas, utilizándose habitualmente los zanjones y arroyos como vías abiertas para el drenaje y la circulación.- Los pozos negros fueron el sistema habitual en el esquema doméstico, planteándose simultáneamente la eliminación de las letrinas-Mateos al rededor del depósito de distribución de agua corriente. La torre de hierro tenía 60 metros de alto y un tanque con capacidad para 10.000 litros cúbicos.


https://buenosairesnoscuentaelpasadoye.blogspot.com/2012/05/

domingo, 27 de mayo de 2018

Los terrenos del comerciante Isidro Lorea.


Los terrenos propiedad del comerciante vizcaíno Isidro Lorea.

La Plaza Lorea es en la actualidad un pequeño espacio arbolado. En el siglo XVIII esta plaza había sido un amplio hueco contiguo a la Iglesia de la Piedad y utilizado como plaza de carretas y mercado. Los terrenos eran propiedad del comerciante vizcaíno Isidro Lorea, quien junto con su esposa murió en el lugar en 1807, defendiéndose de las tropas inglesas que avanzaban sobre la ciudad. Isidro Lorea había comprado en 1782 una quinta de 2 hectáreas conocida como Hueco del mercado de La Piedad. 

Antes de ser muerto junto a su esposa durante las Invasiones Inglesasen 1807, le donó al gobierno un terreno de 61 x 122 metros para que se construya una plaza que sirviera como parada de las carretas que provenían del Camino de las Tunas (actualmente Avenida Entre Ríos) y de la calle De Las Torres (actualmente Avenida Rivadavia). Su única condición fue que esa plaza llevara su nombre, lo que fue concedido por el Virrey Rafael de Sobremonte en 1808.  Isidro Lorea —arquitecto, empresario, constructor e importador de maderas— que había logrado abrir en Buenos Aires una gran ebanistería en Santa María. Hacia 1766 comienza a tallar y dorar las figuras y columnas de los retablos de la Catedral Metropolitana.

A la superficie restante a la plaza se la loteó y se construyó lo que se conoció luego como “El Mercado de Lorea”. Levantó allí edificaciones con recovas donde se instalaron tiendas al abrigo del sol y las tormentas pudiéndose comerciar allí las mercancías que traían las carretas que paraban en el “Hueco de Lorea”. Hacia fines del siglo XVIII este sitio era muy frecuentado y hasta algunos aborígenes se acercaban a vender cueros de vacas, ovejas, cereales y plumas de ñandú. Al “depósito de Lorea” llegaban dos rutas comerciales de gran importancia. Allí paraban las carretas que venían del sur por el Camino de las Tunas  y las que venían del oeste por la calle De Las Torres. Hasta 1871 gran parte del área que corresponde a la plaza Lorea y la actual plaza de Los Dos Congresos estaba ocupada naturalmente por una somera lagunilla que formaba el arroyo de Matorras o "Tercero del Medio" a poca distancias de sus fuentes freáticas en el Hueco de los Olivos (actual lugar de emplazamiento del edificio del Congreso Nacional).




https://buenosairesnoscuentaelpasadoye.blogspot.com/2012/05/

sábado, 26 de mayo de 2018

El increíble palacio de Mariano Miró - Parte 3

En julio de 1890, la residencia sufrió graves daños porque quedó en medio del fuego de un sangriento enfrentamiento conocido como “la revolución del Parque”. 
Los antagonistas fueron una fuerza cívico-militar (integrada por gente de la Unión Cívica y grupos militares) y los leales al gobierno del presidente Miguel Juárez Celman. Agustín Miró no vio aquello porque había muerto en 1872. Pero su viuda sufrió mucho al ver las ventanas y algunas paredes destruidas por la metralla de esa disputa. También aquello afectó a algunas de las obras de arte que había allí.

Después el lugar fue restaurado y en 1910 en la mansión se realizó el baile principal por los festejos del Primer Centenario de la Revolución de Mayo, al que concurrieron el presidente José Figueroa Alcorta y la infanta Isabel, que vino en representación del rey Alfonso XIII. Para entonces, doña Felisa ya no estaba: murió en 1896.

Pero antes de su muerte también tuvo que pasar por una situación que la afectó emocionalmente. En diciembre de 1887, en la calle Tucumán y entre dos manzanas de la plaza, se inauguró una gran estatua del general Juan Galo de Lavalle, un militar destacado en las luchas por la Independencia. En ese momento, la plaza ya llevaba su nombre. Pero había un detalle para no olvidar: por diferencias políticas internas, Lavalle había sido quien ordenó el fusilamiento de Manuel Dorrego en 1828.

Y tener aquel monumento sobre una columna a más de 20 metros del suelo fue interpretado como una ofensa por la viuda de Miró, sobrina del fusilado. Por eso, dispuso que todas las ventanas del palacio que daban hacia Viamonte fueran tapiadas. Y tampoco ya nadie subió al mirador.


El increíble palacio de Mariano Miró - Parte 2

La construcción del palacio se terminó en 1868 y su entrada principal estaba sobre la calle Viamonte (entonces conocida como Del Temple). 
El edificio, construido al estilo de una villa italiana, tenía dos plantas y un importante mirador que resaltaba en el perfil de la mansión. En la planta baja una galería perimetral la hacía más señorial y le daba marco a una escalinata de mármol. El lugar, proyectado por los arquitectos italianos Nicola y Giuseppe Canale (padre e hijo), estaba destinado a que lo habitaran Miró y su esposa, Felisa Gregoria Dorrego Indarte de Miró (hija de Luis Dorrego, hermano de Manuel, fusilado en 1828). El día que se casaron él tenía 35 años y ella, 16. Aquella edificación fue una de las primeras en ser pensada con perímetro libre alrededor para que eso se convirtiera en parque.

Y así fue porque con el tiempo el palacio estuvo rodeado de árboles de distintas especies donde se destacaban magnolias, cedros, jacarandás, pinos, araucarias y hasta plantas de cítricos. 

Algunos de aquellos árboles sobrevivieron a la demolición de la mansión y hoy todavía son parte de la plaza que está allí. Cuentan que entre ellos hay un ceibo de Jujuy plantado por Torcuato de Alvear, así como un gran ficus que tiene una copa de gigantesco diámetro. 
El Palacio Miró y su gran parque le daban un toque distinto a la zona porque los otros grandes edificios cercanos tenían destinos diferentes. 
Uno era el del Parque de Artillería, un sector militar que estaba donde ahora está el edificio de Tribunales; el otro, la estación que había instalado la Empresa Camino de Hierro de Buenos Aires al Oeste que estuvo hasta 1882. De ahí salió la locomotora La Porteña con el primer tren que recorrió la Ciudad.

El increíble palacio de Mariano Miró - Parte 1


Estaba en una manzana que hoy forma parte de plaza Lavalle y se levantó en 1868, cuando el lugar era prácticamente salvaje.



Cuando a la zona se la conocía como el Hueco de Zamudio (un área comprendida por unas diez manzanas), los desbordes del arroyo Tercero solían convertir el terreno en un lodazal. Hasta dicen que había una pequeña laguna donde algunos iban a cazar patos. Pero, un día, una manzana del lugar se remató en una subasta y la puja la ganó un comerciante a quien consideraban uno de los porteños más ricos de ese momento. 

Eso ocurrió en 1841, el comerciante se llamaba Mariano Agustín Miró Dorrego (director de varias instituciones financieras) y el terreno en cuestión comprendía la manzana de las actuales Viamonte, Libertad, Córdoba y Talcahuano, en el barrio de San Nicolás. Entonces, para ese terreno el paisaje cambió: allí, el hombre hizo construir una mansión que se mantuvo en pie hasta 1937, cuando el terreno fue expropiado por la Municipalidad para ampliar la plaza, y la demolieron. Al edificio lo conocieron como el Palacio Miró y mantiene un lugar destacado en la historia de Buenos Aires.


lunes, 7 de diciembre de 2015

Plaza Constitución



En el antiguo Buenos Aires, el hueco señalaba un punto de referencia, del mismo modo que lo indicaba la existencia de la noria o la figura del mirador, ya que éstos respondían al nombre del dueño o arrendatario del predio hortícola, o al de la familia que residía en el caserón.  

De ahí que, como se decía “el hueco de Cabañas” o “de los Rodríguez”, también se nombraba “la quinta de la noria” de Martínez, o “la casa del mirador de Bosch”.  Y esta costumbre, rasgo característico del hombre del solar porteño, no se ha perdido del todo, ya que los viejos hijos de la ciudad de Buenos Aires continúan repitiendo, con la imagen de lo pasado o la estampa de lo todavía presente: “la esquina del palacio Miró” (el que se mantuvo hasta 1937 en Libertad y Viamonte); “la quinta de Lezica” (actual parque Rivadavia); así como “el mirador de Comastri” dentro de la manzana que conforman las calles Loyola, Aguirre, Bonpland y Fitz Roy.

Por supuesto que el hueco era el baldío donde en ocasiones lecheros y cuarteadores decidían jugarse a la taba el tiempo y las monedas, en tanto los sufridos animales no daban allí con hierbas ni yuyos comestibles, porque el hueco, de amplitud pequeña o espacio enorme, cuando no resultaba vaciadero de basuras se ofrecía como paradero de carretas.  

Algunos de tales huecos tenían denominaciones curiosas.  Así las de hueco “de las Cabecitas” y de “Doña Engracia”.  Otros, aquéllas que denunciaban el color y las actividades del lugar: “de los Corrales del Alto”, como se llamaba en 1817 al que abarcaba todo el perímetro de la actual Plaza Constitución.

miércoles, 17 de junio de 2015

Plaza Barrancas de Belgrano - Parte 2

Las Barrancas conforman un tradicional, antiguo y bello paseo del barrio, compuesto por tres manzanas delimitadas por las calles La Pampa, Antonio José de Sucre, Echeverría y la Avenida Juramento de sur a norte, y por la calle 11 de Septiembre que empalma con la calle Zavalía y la avenida Virrey Vértiz, yendo de oeste a este. 

Poseen una rica historia, como la del barrio mismo: contaba con una antiquísima capilla franciscana del siglo XVIII (de cuando el barrio era un partido perteneciente a la provincia de Buenos Aires) en la esquina de las calles La Pampa y 11 de Septiembre, cerca de donde ahora se encuentra un edificio perteneciente al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Actualmente una placa conmemorativa demarca el lugar en donde estuvo ubicada la capilla.

Arbolada y de verde césped, la Plaza Barrancas tiene plantadas 67 especies vegetales: ombúes, palmeras, magnolias, paraísos, tilos, robles, madreselvas, ceibos, plátanos, entre otras. 

Además, cuenta con senderos para el paseo construidos con antiquísimos adoquines del siglo XIX, bancos para el descanso, plaza de juegos para los niños, mesas con tableros para la práctica del ajedrez, dominó y otros juegos y pasatiempos, e inclusive un canil para el esparcimiento de perros. Mucha gente se da cita en ellas para la práctica deportiva, como la gimnasia, el Tai Chi Chuan y el aerobismo entre otros, ya que constituye un muy buen pulmón verde dentro de la ciudad, que a su vez se halla a sólo tres cuadras del Parque Tres de Febrero (o Bosques de Palermo), el mayor pulmón de la ciudad, parte de los cuales se encuentran en el Bajo Belgrano. 

Entre las esculturas hay una réplica de la Estatua de la Libertad, la réplica en escala exactamente reducida fue realizada por el mismo autor de la estatua del mismo nombre ubicada en Nueva York, el francés Fréderic Auguste Bartholdi. También cuenta con una gran glorieta, en donde vecinos se reúnen para bailar el tango y otros estilos musicales, y eventualmente, recitales de distintos conjuntos musicales.



martes, 16 de junio de 2015

Plaza Barrancas de Belgrano - Parte 1




Decreto Ordenanza Nº 13.547-1949, BM Nº 8724.

Alude a las barrancas visibles en la conformación de esta plaza ubicada en el Barrio de Belgrano.  La barrancas son un accidente geográfico propio de la topografía madura de una red fluvial en que la erosión del agua ha hecho que los terrenos se inclinen hacia las corrientes, en este caso las del Río de la Plata. Similares barrancas se observan en Plaza San Martín, en la zona céntrica y en Parque Lezama.

Ubicación: Juramento, Av. Virrey Vértiz, La Pampa, 11 de septiembre de 1881 y Zavalía. Abarca tres cuadras.

La parquización de las barrancas fue diseñada en 1892 por el arquitecto paisajista francés Charles Thays, quien también parquizara el Parque Tres de Febrero y las principales plazas de la ciudad en esa época.
Las Barrancas de Belgrano son los bordes de la antigua terraza fluvial que hasta principios del siglo XIX delimitaba los bañados del Río de la Plata cuando se hallaba en crecida, y ocupan lo que fue la quinta de Valentín Alsina. La construcción de la casa-quinta de Alsina en Belgrano es contemporánea de la fundación del pueblo, en 1856. Ubicada sobre las barrancas, perdura como uno de los pocos testimonios de arquitectura italianizante del período 1850 / 1880, pese a posteriores intervenciones, se encuentra ubicada en la calle 11 de Septiembre 1966.
En 1862 se tendieron la vías del Ferrocarril del Norte (hoy Ferrocarril Bartolomé Mitre) sobre la traza del antiguo "Camino del Bajo" y se inauguró la estación Belgrano (hoy Belgrano C). El terraplén ferroviario comenzó entonces a obrar como contención de las aguas. No debe confundirse este antiguo Camino del Bajo con el "Camino de las Cañitas", por el que actualmente corre la Avenida Luis María Campos
En 1871 los vecinos del pueblo de Belgrano compraron las manzanas que antes habían sido el parque de la quinta de Alsina a la Municipalidad, para convertirlos en paseo público. En 1892 se realizó la parquización a cargo de Thays, que se mantiene con algunas modificaciones en la actualidad.

En la parte baja, más allá de las vías ferroviarias y al este de las Barrancas, se fue constituyendo el barrio Bajo Belgrano (también a fines del siglo XIX), en terrenos ganados al río mediante relleno.

miércoles, 6 de julio de 2011

La Primera Plaza de Villa Urquiza


Como Villa Catalinas era un pueblo típico de esos que se fueron haciendo en torno de una estación de ferrocarril y de una iglesia, también tuvo su plaza, centro de reuniones, lugar de paseos y de esparcimiento infantil, cita obligada para nuevos afectos. Todavía no se veía –a un año de la fundación- un lugar previsto para la consolidada y necesaria plaza.
El 31 de octubre de 1891, Agrelo, en su nombre y en el del socio y pariente Seeber, dio el terreno para la plaza justamente enfrente de la iglesia a construirse.
La “Plaza Echeverría” se creó por Ordenanza Municipal, adjudicándole una superficie de 9.858 Mts. cuadrados y ubicándola entre las calles Bebedero (P.I.Rivera), Bauness, Nahuel Huapi y Capdevila. En el año 1905, la plaza se ensanchó y el Municipio adquirió para ello un lote a la Sucesión de Carlos Lavarino.
En 1908, a solicitud del vecindario, se logró que el Municipio remodelara completamente la plaza y que se colocaran artefactos para la iluminación con gas, así como una útil vereda de ladrillos.

La Señora Lolita aportaba este recuerdo: “De pronto –las niñas decidíamos que para una determinada fecha todas iríamos a caminar por la plaza vestidas con ropa de color rosado y... ¡Todas a coser! Y el domingo fijado, por la tarde, media docena de ellas aparecían con sus bellos vestidos, color rosado, para admiración de los jóvenes, novios o candidatos a serlo... Y si todo andaba bien, se organizaba algún baile en “El Edén” o “El Urquiza”, y acaso para el otro mes, todo se repetiría, pero en celeste, hermoso recuerdo de la Sra. Lolita Alvarez.

En 1913, llega el progreso a la plaza, se instalaron los primeros faroles a luz eléctrica.
En el lugar se realizaban varias veces por año animadas “quermeses” con fines benéficos.
En el centro de la Plaza “Echeverría”, y donde está el monumento al Gral. Urquiza, hubo inicialmente un mástil para izar la bandera nacional.

Hoy  se puede ver el importante monumento dedicado al vencedor de Caseros, General don Justo José de Urquiza, obra del escultor don Pablo Tosto.
El monumento esta realizado en granito Rosado, de Sierra Chica, tiene forma cúbica y esta adornado con un juego de agua, que representa los ríos Paraná y Uruguay, testigos de la iniciativa de Urquiza.
Como dato curioso diremos que parte de este monumento es hueco y que allí guardan sus herramientas los cuidadores de la plaza. En la plaza se han instalado juegos infantiles, una cancha de bochas, elementos para jugar al ajedrez, etc. Sigue siendo el centro de momentos de alegría y paz, característica de esa centenaria villa.


jueves, 9 de septiembre de 2010

El Lezama tiene historias - parte 3

Frente al Parque se encuentra la iglesia rusa, una de las más hermosas de Buenos Aires por su colorido y su cúpula redonda. El Lezama, es una caja de sorpresas, un espacio que nuclea incontables historias.

Antonio J. Bucich, investigó y narró la vida del parque, Ernesto Sábato inició su célebre novela Sobre Héroes y Tumbas con Martín -uno de los personajes- sentado en uno de los bancos cerca de la estatua de Ceres. Estanislao del Campo lo mencionó en su Fausto. En este histórico parque se asentó el primer depósito de pólvora, el primer molino de viento y el primer horno para fabricar ladrillos de la ciudad.

Pero el parque es historia y futuro por otros bienes incambiables, por la belleza de su paisaje y la calidez de sus visitantes. Aquí encontramos niños que corretean sus jardines, jubilados que disfrutan jugando a las cartas, damas o ajedrez, o de las esculturas o la fuente. Parejas que tejen sueños y palabras sopladas por el viento. En este parque entrelazamos una magia interna única.

Todos esperamos que este lugar siga siendo público, que no haya que atravesar verjas para visitarlo o pagar entrada. Por supuesto que merece la mejor atención y cuidado posible. Es necesario cuidar uno de los espacios más ricos de la ciudad. Por su historia, por su memoria y por las tantas alegrías que dio y sigue dando a sus visitantes. Es de esperar que los versos de Baldomero Fernández Moreno: "He ido a ver el parque de Lezama en el atardecer de un día cualquiera, / y me he encontrado uno diferente al que por tantos años conociera", no se transformen en la pérdida irreparable de uno de los lugares más cálidos de Buenos Aires.

Eduardo Scirica

En San Telmo y sus alrededores Nº 14

Julio1998

http://www.ensantelmo.com

El Lezama tiene historias - parte 2

Con el correr de los años el paseo público se transformó en un lugar con una animada actividad social. Contaba con un pequeño tren, calesita, lago artificial, tambo, teatro al aire libre, pabellón para banquetes, circo, anfiteatro, un restaurante y un cinematógrafo, el primero que funcionó en el barrio de San Telmo.

En 1931 se sacó la verja que rodeaba al parque. Algunas crónicas dicen que algunos asaltantes, cuando eran perseguidos por la policía, lo escalaban hábilmente encontrando refugio. A partir de entonces el paseo fue completamente libre, ya que antes era abierto al público solamente los jueves y domingos.

En 1936 se erigió allí el Monumento a la Cordialidad Internacional, tributo con que Montevideo rindió homenaje a la Reina del Plata cuando cumplió cuatrocientos años. El monumento, ubicado en sobre la Av. Martín García, está construido en bronce y tiene motivos alusivos a la conquista, la flora y la fauna de las tierras del Plata.

En 1938, con la construcción de diversas obras complementarias el parque tomó su aspecto actual. Entre estas obras podemos mencionar la fuente que da a Brasil en el sitio del antiguo anfiteatro; el monumento a Pedro de Mendoza y el busto al alemán Ulrico Schmidel (acompañante de Don Pedro de Mendoza y primer cronista de Buenos Aires.

Pero el parque no es sólo recuerdos, lo que también se destaca es su gente, las muchedumbres que lo visitan dándole vida y movimiento, creando y enriqueciendo su historia periódicamente.

Por su feria artesanal cosmopolita desfilaron stands de las más diversas culturas, desde indígenas y africanos hasta rusos y cubanos. En ella se pueden encontrar una multiplicidad de artículos artesanales: están los hechos con metales, cuero, piedras; además de los cuadros, pinturas, souvenirs y casas coloniales de adorno.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

El Lezama tiene historias - parte 1

Entrar al Parque Lezama, es adentrarse en un lugar apasionante. La riqueza y variedad de flores, plantas, esculturas, monumentos y otras construcciones lo transformaron en uno de los lugares más atractivos. Para una corriente de historiadores es el lugar dónde se realizó la Primera Fundación de la Ciudad, cuando en 1536 Mendoza llegó a estas tierras.

Antes era tierra y río. En algún tiempo, al pie de su barranca corría una desembocadura del Riachuelo en la que estuvo el primitivo puerto. A principios del siglo pasado sus terrenos fueron vendidos, transformándose en una lujosa residencia embellecida con árboles y plantas procedentes de todo el mundo.

Se construyeron senderos, caminos y se edificó el suntuoso edificio de estilo italiano, con una galería exterior, una alta torre mirador, hornacinas, estatuas, macetones de mármol y hasta se hizo un pasadizo secreto en donde ahora se encuentra el Museo Histórico Nacional.

En 1857, la quinta fue adquirida por Gregorio José Lezama, quien terminó de parquizarla, aumentó sus flores, introdujo plantas exóticas y árboles. Desde el mirador, las familias patricias podían contemplar un bellísimo paisaje: el río en toda su amplitud, el barrio nuevo de La Boca con sus pintorescas casas de madera, las grandes quintas situadas sobre Barracas al Norte o la extendida ciudad, baja, chata, en la que los tejados oscuros contrastaban con las cúpulas relucientes de las iglesias.

Una verja de hierro rodeaba todo el perímetro de la quinta. En 1896 la viuda de Lezama (muerto unos años antes), vendió el parque a la Municipalidad, con la condición de que lleve el nombre de su esposo.

A fines del siglo pasado la antigua quinta, de alrededor de 80.000 metros cuadrados, se convirtió en paseo público y sede del Museo Histórico Nacional, que conserva valiosas colecciones.