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domingo, 29 de octubre de 2023

Plaza e Iglesia de Nuestra Señora del Pilar



La Plaza 12 de Octubre y la antigua capilla fueron el histórico escenario de la firma del Tratado del Pilar el 23 de febrero de 1820, luego de la derrota de las tropas unitarias comandadas por el director supremo José Rondeau en la Batalla de Cepeda, ocurrida el 1 de febrero del mismo año en el contexto de las guerras civiles, dando inicio a la Anarquía del año XX. Fue firmado por Manuel de Sarratea, gobernador provisorio de Buenos Aires, y los caudillos de la Liga Federal: Estanislao López por Santa Fe y Francisco Ramírez por Entre Ríos.

Es uno de los pactos preexistentes incorporados a la Constitución Nacional de 1853, cuya principal conquista fue la proclamación del sistema federal de gobierno como base de la unidad nacional, anulando el Congreso de Tucumán que sesionando en Buenos Aires había declarando la Constitución Argentina de 1819, de tendencia unitaria, principal motivo de la guerra desatada entre Buenos Aires y el interior.

La plaza presenta hoy en día un aspecto muy diferente al que lucía durante aquellos sucesos históricos, exhibiendo un típico trazado de parterres con senderos meridianos y diagonales que confluyen hacia una rotonda central. Las obras de la iglesia, que se iniciaron en 1821, estuvieron a cargo, sucesivamente, de los arquitectos José Vila y Roque Petrocchi, siendo bendecida recién en diciembre de 1856. Contaba con una sencilla imagen y una única torre con un exótico cupulín acebollado.

La fisonomía definitiva se debe al arquitecto salesiano Ernesto Vespignani, quien en 1921, con motivo del centenario del templo, realizó grandes reformas alterando el frontis mediante un tratamiento mixtilíneo, “barroquizando” la decoración y dando fin a la torre derecha, que permanecía inconclusa. El extenso lapso de las reformas –que culminaron en 1950– y la antigüedad del templo –uno de los más viejos en tierra bonaerense– explicarían un estilo con cierto aire afín al gusto neocolonial, una rareza dentro de la obra del arquitecto. De planta en crucero, el interior de la iglesia presenta una gran nave central abovedada con pilastras apareadas y capillas laterales, destacándose la factura y policromía del altar principal.

Textos y fotos: Sergio López Martínez.


Ubicación

Provincia: Buenos Aires
Ciudad: Pilar
Dirección: Lorenzo López, San Martín, Rivadavia e Hipólito Yrigoyen

Declaratoria: Iglesia de Nuestra Señora del Pilar Ley N° 24.412
Plaza del Pilar Decreto N° 120.411/1942
Categoría: Plaza del Pilar (Lugar Histórico Nacional) - Iglesia de Nuestra Señora del Pilar (Monumento Histórico Nacional)

 

https://www.argentina.gob.ar/capital-humano/cultura/monumentos/plaza-e-iglesia-de-nuestra-senora-del-pilar


jueves, 17 de marzo de 2022

La increíble historia de la Torre Ader, la construcción que intriga a Vicente López - Parte 2

 ¿Imitación?

Sobre el pórtico de ingreso se lee “Mi derecho y Dios”, el inverso a “Dios y mi derecho” plasmado en la torre de Retiro. El juego de palabras es uno de los vínculos entre ambas construcciones. “Ader pertenecía a la Generación del ´80, por lo tanto, era un humanista. La frase no pone al hombre en lugar superior al de Dios, pero sí en un lugar de paridad. Para esta corriente, que elige el libre pensamiento, el hombre no estaba supeditado a la alteridad de Dios”, detalla Rebollar. Para la antropóloga “nada hace pensar que sea una copia de la Torre Monumental. Aunque parezcan similares, hay muchos detalles que no las hacen coincidir”.

Una de las primeras diferencias estaría dada por el sistema de construcción. La Torre de la Independencia se construyó con el sistema de hormigón armado, toda una innovación para la época.

Las similitudes aparentes entre las torres dieron lugar a un mito que se sostiene en la idea que el hijo de Ader que estudiaba ingeniería se había presentado en el proyecto de la Torre Monumental y, como no lo ganó, despechado ideó esta torre de Villa Adelina. Sin embargo, las fechas no coincidentes dejarían de lado esta teoría. Otra de las leyendas dice que esta torre da cuenta de la rivalidad entre ingleses y franceses.

“La torre expone reminiscencias del movimiento neoflorentino, pero sostenido en el eclecticismo, ya que se fusionan varios estilos”, describe la investigadora. El edificio fue realizado íntegramente con materiales importados. La minuciosidad de la construcción aún se percibe. Mármol, trabajo de herrería y detalles en yeso se alternan para conformar una idea arquitectónica elegante.

Mitología

Don Bernardo Ader no era una figura pública, razón por la cual poco se sabe de él y su vida está rodeada de algunos misterios. Tantos, como todo aquello que se tejió en torno a la torre construida en medio del campo. No falta la historia que lo pinta como un gruñón que mandó a construir la torre para observar, desde arriba, con inmejorable panorámica, cómo trabajaban sus empleados.

Con aún menos fundamento, circuló la idea de un vínculo entre Ader y los nazis. Se dijo que él era alemán, algo erróneo, y que había levantado la torre para observar y enviarse mensajes con los submarinos nazis que surcaban las aguas del Río de la Plata. Sin embargo, el empresario era francés y provenía de una zona que había sido ocupada por Alemania, con lo cual tanto él como su hermano sentían una gran rivalidad con la patria de Günter Grass. Tal era su orgullo francés que, cada 14 de Julio, entonaba a viva voz “La Marsellesa”.

Otro de los cuentos en torno a la torre sostiene que Ader había colocado un periscopio en el mirador y que, desde allí, pudo divisar al buque alemán Admiral Graf Spee, antes de sucumbir en la Batalla del Río de la Plata.

Más allá de las historias fantásticas, lo cierto es que la Torre de la Independencia no sucumbió al devenir de las décadas. “En 1967, las nietas de Bernardo Ader, ya mayores, donaron la torre al municipio”, explica la antropóloga Rebollar.

A pesar de su presente luminoso, hubo un tiempo en el que la desidia hizo estragos y el abandono opacó su señorial aspecto. Épocas de nulo interés en los que hasta fue intrusada para ser utilizada como vivienda.

Hoy, el área de Cultura del Municipio de Vicente López mantiene a la construcción en inmejorable estado y potencia la labor de ese centro de documentación que, además, cuenta con una frondosa hemeroteca, abierta a las consultas de la gente, con publicaciones de la zona cuyos ejemplares más antiguos datan de 1914.

Alguna vez, los 97 descendientes de Ader se reunieron en la torre, el sitio emblemático que oficia como un escudo familiar, quizás buscando encontrar allí las huellas de la sangre inmigrante que forjó el apellido en estas tierras suburbanas.

 “Es parte de la vida de los vecinos”, finaliza Alicia Rebollar, luego de repasar la historia de este lugar que emerge en el vecindario mágicamente, como un mojón orgulloso que se eleva al cielo.

Torre de la Independencia. Triunvirato 3400, esquina Juan José Castelli, Villa Adelina, Partido de Vicente López. Abierto de martes a sábados de 12 a 18 horas. Ingreso libre con acceso al mirador.

15 de marzo de 202213:45

Pablo Mascareño

LA NACION

https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/la-increible-historia-de-la-torre-ader-la-construccion-que-intriga-a-vicente-lopez-nid14032022/

 

 

La increíble historia de la Torre Ader, la construcción que intriga a Vicente López - Parte 1


Sobresale en el barrio de chalecitos y fábricas. Las construcciones de poca altura que la rodean potencian su impactante porte. Todos la llaman Torre Ader, pero fue bautizada como Torre de la Independencia. Ubicada en el corazón de Villa Adelina, es una de las joyas del Partido de Vicente López. “Siempre fue una gran incógnita”, reconoce la antropóloga Alicia Irene Rebollar, quien, desde hace décadas, investiga la historia de este emblemático monumento, una de las curiosidades que depara el inabarcable conurbano bonaerense.

A unas cuadras antes de llegar, ya se la ve emergiendo entre los techos de tejas y la frondosa arboleda. Y en esa primera mirada es imposible que no aparezca la comparación con ese otro ícono porteño que es la denominada Torre de los Ingleses, formalmente rotulada como Torre Monumental, emplazada frente a las barrancas de la plaza San Martín y de la estación Retiro. No falta quien afirme que la de Villa Adelina llegó para copiarse, aunque tal cosa no sea veraz.

“No se sabe muy bien por qué se construyó, aunque circulan algunas ideas. Lo cierto es que fue proyectada por don Bernardo Ader, quien era el propietario de estas tierras, junto a su hijo”, explica Rebollar.

El singular atalaya pertenece al área de la Secretaría de Cultura del Municipio de Vicente López. Este símbolo inequívoco de Villa Adelina se encuentra en inmejorable estado de conservación y mantenimiento y puede ser visitado libremente. Para los que se atreven a los 217 escalones del mármol de una escalera coqueta que serpentea el interior, la panorámica a 42,3 metros de altura es imperdible. Desde lo alto se divisa todo el Partido de Vicente López y buena parte del conurbano y la zona norte de la Ciudad de Buenos Aires. Desafiando a las construcciones que emergieron en las últimas tres décadas, desde el mirador aún pueden observarse algunos tramos de la costa del Río de la Plata.

Además de ser un sitio de interés patrimonial, en el lugar funciona el Archivo Histórico Municipal, cuyo coordinador es Eduardo Rodríguez, un enamorado de la torre, quien recibe a LA NACION con el esmero de quien abre las puertas de su casa. En este caso, una casa que luce radiante, lustrosa y brillante.

A la edificación la rodea un jardín circular, espacio que es utilizado para la realización de conciertos o proyección de películas, siempre con ingreso libre para los vecinos. La escalera doble que lleva hasta el foyer anticipa el estilo elegante de la construcción.

Tocar el cielo

Luego de hacer pie en el foyer de planta baja, donde una gigantografía da cuenta de la historia de la torre, una escalera pegada a las paredes se elevará más de cuarenta metros en busca del punto más alto de la construcción.

Los peldaños de mármol y una baranda de exquisita herrería son enmarcados por paredes de un blanco acético que albergan imágenes históricas de Vicente López. A pesar de la protección, algo de vértigo aparece si se observa hacia abajo.

En lo más alto, un mirador de 360 grados recibe a los visitantes. Desde allí, se puede observar la parte más alta de la torre y su trabajada arquitectura. Aunque los ojos rápidamente se pierden en la inmensidad del Conurbano y de la Ciudad de Buenos Aires. La torre de gas de Avenida de los Constituyentes y General Paz, Campo de Mayo, los edificios más altos de la localidad de Tigre, las torres que surcan el bajo y hasta la torre del Parque de la Ciudad, ubicado en Villa Soldati, emergen ante el ojo atento. La vista es imponente, la frutilla del postre al esfuerzo de alcanzar la cima tracción a sangre.

Ader, el benefactor

“Bernardo Ader fue un inmigrante francés que llegó en 1860 a la Argentina, proveniente de la zona de los Pirineos. Se dijo que su inmigración se debió a apremios económicos, pero también es posible que fuera un joven que buscara un poco más de libertad, teniendo en cuenta que venía de una sociedad patriarcal y con un sistema bastante opresivo. Más allá de los fundamentos de la Revolución Francesa, la gente vivía en un sistema social y familiar muy conservador. En cambio, en América, se vivía de manera mucho más libre, con mayor iniciativa”, sostiene Alicia Rebollar, quien es autora del minucioso ensayo La Torre Ader erguida entre fábricas y chalecitos.

Antes de la llegada de Ader al puerto porteño, ya habían llegado a estas latitudes su hermana y el esposo de ella, de apellido Bieckiert, quien se convertiría en el fundador de la famosa cerveza que convirtió a su nombre en una marca. Años después, ya instalado en Buenos Aires, Ader contraería enlace con una prima de su cuñado, de manera tal que las familias quedaron estrechamente unidas.

Los Ader, que eran grandes terratenientes, compraron las tierras de la zona donde se emplaza la torre hasta llegar a un total de 300 hectáreas, que abarcaban amplios sectores de los actuales partidos de Vicente López, San Martín y San Isidro. Hasta 1890, las tierras estaban a nombre de Bieckert, quien decidió cerrar su cervecería, vislumbrando una profunda crisis económica del país, y regresar a Francia. En ese contexto, delega sus negocios en Ader, quien, a su vez, se dedicaba a la importación de muebles franceses, muy del gusto de la aristocracia argentina de ese tiempo.

“Se calcula que se comenzó a construir en 1912 y 1913, pero se inauguró recién en 1917. No hay nada demasiado documentado, pero una obra de esta envergadura tomaba su tiempo. El expediente de construcción se presentó ante la municipalidad en 1916. Esta era una zona de quinteros y floricultores, así que la construcción de la torre rodeada de campos llamó mucho la atención”, explica la investigadora. Desde 1909, la desolada inmensidad ya estaba conectada con Buenos Aires por el actual Ferrocarril Belgrano.

De las 300 hectáreas, don Bernardo Ader se reserva diez hectáreas para el uso familiar. En esa porción del terreno se construyó la vivienda particular, aunque había otras ideas en danza. La antropóloga Rebellar explica que “la idea era construir un castillo, para uso residencial, con una torre adosada”. “Sin embargo, la casa no se llega a hacer porque Eduardo y Enrique, los dos hijos varones de Ader, fallecieron en 1908, con una diferencia de 24 días, como consecuencia de haber contraído tuberculosis”. Ader iba a concretar la construcción de la torre ayudado por uno de sus hijos fallecidos, un avanzado estudiante de ingeniería. El empresario y su esposa conocían el dolor innombrable que significa la muerte de un hijo, ya que, tiempo atrás, Juanita, la pequeña hija de ambos, también había fallecido producto de la difteria. Ana, una cuarta hija del matrimonio, sobrevivió y permitió la continuidad del apellido. En 1911, luego de un prolongado tiempo de luto y depresión, Bernardo Ader retoma la idea de la torre. Finalmente, el proyecto es encargado a la empresa Artaza y Marino.


lunes, 12 de mayo de 2014

La estatua del hombre sin tumba


En Recoleta, rinde homenaje al diplomático sueco que salvó a miles del Holocausto.


Héroe. Raoul Gustaf Wallemberg trabajaba en la embajada Sueca en Hungría, cuando lo sorprendió la Segunda Guerra Mundial. / FERNANDO DE LA ORDEN
El monumento es simple pero tiene la fuerza suficiente para evocar al homenajeado. Y aunque se trata de un héroe, la figura no está sobre ningún pedestal, ni montado en un gran caballo, ni empuñando espada alguna: está de pie junto a una pared donde sólo grabaron su apellido. La obra se encuentra en Austria y Figueroa Alcorta, fue inaugurada el 17 de noviembre de 1998 y recuerda a Raoul Gustaf Wallenberg, un hombre que, con apenas 31 años de vida, se convirtió en un símbolo de lucha contra los abusos de poderosos y dictadores.
Hijo de una prestigiosa familia donde había muchos diplomáticos y banqueros, Wallenberg nació en Suecia el 4 de agosto de 1912. Pero su acción se encaminó hacia otro rumbo, ya que estudió Arquitectura en la Universidad de Michigan, en Estados Unidos. Sin embargo, aquella herencia familiar vinculada con la diplomacia, iba a entrar con fuerza en su vida. Todo comenzó en 1939, cuando empezó a trabajar en una empresa internacional que tenía contactos en Hungría. Eso le permitió acceder a zonas que ya habían sido ocupadas por los alemanes. Eran los tiempos de la Segunda Guerra Mundial y la barbarie nazi ya se esparcía por Europa.
Su preocupación por las persecuciones de las que era testigo, hizo que Wallenberg fuera designado como primer secretario de la legación sueca en Budapest, que tenía un departamento humanitario. Aquel nombramiento iba a ser clave para muchos. La historia y los testimonios de los sobrevivientes recuerdan que, utilizando pasaportes de su país, el hombre salvó a miles de judíos que tenían marcado un destino trágico como parte de “la solución final” que promovían los nazis. Dicen que Wallenberg, esgrimiendo salvoconductos suecos, llegó a subirse a los trenes para rescatar a gente que iba hacia los campos de concentración y exterminio.
En enero de 1945, cuando ya las tropas rusas ocupaban Budapest y el final de la Guerra estaba muy cercano, Raoul Wallenberg seguía en esa ciudad. Y lo último que se sabe de él es que fue detenido por fuerzas soviéticas y entregado a la NKVD, la agencia de inteligencia luego conocida como KGB. Se cree que lo acusaban de haber hecho espionaje para Estados Unidos. Desde entonces ese hombre, que había enfrentado al poder de los alemanes, está desaparecido. En 2000 una versión sostenía que había muerto en 1947 en la sede de la KGB en Moscú. Pero eso nunca se pudo confirmar. Desde su desaparición, a Wallenberg se lo conoce como “el héroe sin tumba”.
El monumento que está en Recoleta fue realizado por el escultor Philip Jackson, un hombre nacido en Inverness, Escocia, en 1944. Es una réplica del que el mismo autor realizó en 1996 y que un año después fue instalado en la Great Cumberland Place, en el área de Marylebone, en Londres. Jackson, al que denominan “un escultor con magia”, había trabajado como reportero gráfico hasta que comenzó a realizar sus obras, preferentemente en mármol. Argentina es el primer país sudamericano en erigir un monumento dedicado a la memoria de Wallenberg. Y se eligió esta ciudad porque muchas de las personas salvadas por el sueco vinieron a vivir al país.
Claro que este monumento no es el único que en Buenos Aires recuerda un hecho trágico vinculado con la numerosa comunidad judía de la Argentina. En Plaza Lavalle, frente a Tribunales, una obra de 1,60 por 1,60 metros (está hecha en quebracho y mármol) recuerda a las víctimas del atentado terrorista a la AMIA. Está allí desde 1996 y su autora es Mirta Kupferminc, una artista argentina, nacida en Buenos Aires, que es hija de una mujer húngara y un hombre polaco, inmigrantes que llegaron al país como sobrevivientes de Auschwitz. Pero esa es otra historia.
http://www.clarin.com

lunes, 6 de enero de 2014

El primer monumento patrio

  



Nació como Obelisco, pero para todos es la Pirámide de Mayo. Y está en pie desde 1811.

Es uno de los símbolos de la Ciudad. Y aunque casi no hay gente que no la conozca, la mayoría no sabe que pertenece al barrio de Monserrat. Tampoco saben que es un obelisco, aunque todos, aún desde los tiempos en que la proyectaron, la llamaron pirámide. Seguramente, también desconocen que se salvó dos veces de la demolición. Por eso, la “Pirámide de Mayo” también merece un recordatorio que rescate algo de su larga historia, que empezó en 1811 y dos siglos después sigue teniendo protagonismo.
Considerado como el primer monumento patrio, su construcción formó parte de la celebración del primer aniversario de la Revolución de Mayo. En marzo de 1811 se presentó el proyecto ante el Cabildo, en abril se aprobó y enseguida se empezó el trabajo. La dirección de la obra quedó a cargo del alarife Francisco Cañete, un hombre nacido en Cádiz a quien, en aquellos tiempos, se lo consideraba uno de los buenos constructores que tenía la Ciudad. La suma a invertir: 5.160 pesos y 6 reales. La supervisión del trabajo la realizó Martín Rodríguez, coronel del regimiento de Húsares. El monumento estaba rodeado de una verja de hierro y en cada ángulo se colocó un farol que usaba grasa de potro como combustible.
Ya en 1826 apareció la primera amenaza. Para evocar la gesta de Mayo, el presidente Bernardino Rivadavia quería que hubiera un monumento más ampuloso y quiso demolerla. Pero aquel proyecto quedó en eso y la pirámide se salvó. Recién en 1856 se decidió mejorarla, tarea que se le encomendó al pintor y arquitecto Prilidiano Pueyrredón. Fue en ese momento en que se le agregó la Estatua de la Libertad (mide algo más de tres metros y medio) que realizó el francés Joseph Dubourdieu. También ese artista hizo otras cuatro estatuas (representaban a la agricultura, el comercio, las ciencias y las artes) hechas en tierra cocida y estucada. Los faroles fueron reemplazados por otros, a gas.
Hacia 1883 Buenos Aires empezaba a dejar atrás la “gran aldea” para convertirse en “la París de Sudamérica”. El impulsor era el intendente Torcuato de Alvear. Fue entonces cuando otra vez surgió la idea de derrumbar la pirámide. Ya se había demolido la Vieja Recova. La idea era, nuevamente, hacer un “monumento digno” para recordar a la Revolución. Pero el Concejo Deliberante no lo aprobó y además pidió que la pirámide fuese preservada de futuros daños.
En 1912, la histórica Pirámide de Mayo pasa a ocupar el centro de la plaza. Así, en ocho días y usando unos carriles especiales, se la desplazó más de 50 metros, hasta su lugar actual. No fue tarea fácil: el monumento completo pesa más de 200 toneladas. En el siglo XX la pirámide se convirtió en punto de encuentro de las madres de desaparecidos que se reunían a reclamar por sus hijos. En 1977, la primera vez que se juntaron, los policías les dijeron “circulen señoras, circulen”. Así surgió la ronda de cada jueves alrededor del monumento. Allí, en 2005, se depositaron las cenizas de Azucena Villaflor, una de las primeras mujeres que fue a reclamar y que también había sido secuestrada y desaparecida.
Con respecto a las estatuas que se colocaron en 1856, el deterioro hizo que las sacaran en 1873. Sin embargo, en 1877, para adornar a la pirámide, se pusieron otras cuatro estatuas hechas en mármol de Carrara, que también eran obras del francés Dubordieu. Originalmente, habían adornado el edificio del Banco de la Provincia de Buenos Aires, en la calle San Martín al 100. En total, esas estatuas eran 16. Las cuatro que rodeaban a la pirámide estuvieron hasta 1912 y en 1972 fueron colocadas en una plazoleta que está en Alsina y Defensa. Otras seis se encuentran en la terraza del ex Asilo y actual Centro Cultural Recoleta. Pero esa es otra historia.



martes, 2 de agosto de 2011

El sepulcro de Juan Thorne exhibe una escultura que lo representa con gesto marcial, fruncido el ceño y gruesos bigotes. Luce uniforme y condecoración. Dice “1800-1885”. Ya en ésto discrepa con Udaondo y Beccar Varela, que consignan su nacimiento en 1807 (y, de hecho, ¡el primer centenario de su natalicio fue celebrado en 1907!) Sea cual fuere la fecha, ciertamente no era inglés -como muchos suponen- sino norteamericano de Nueva York.

Conoció el Río de la Plata en viaje de instrucción, al cual seguiría la vuelta al mundo. Como otros marinos de habla inglesa, en 1827 lo hallamos en Brasil, pero, iniciada la guerra entre ese Imperio y la Argentina, Thorne se alista en nuestra escuadra. Su actuación en varias batallas lo hizo merecedor de comandar un buque, el “Patagones”, donde fue herido y tomado prisionero hasta concluir la guerra.

Tenía apenas veinte años. En 1832 cumple la campaña del río Colorado, bajo dirección de Rosas, a cuyo servicio iba a continuar. Se lució también en la Vuelta de Obligado, en 1845, peleando, aún herido y bajo intensa artillería enemiga. En el fragor del combate pierde el sentido del oído: será, en adelante, “el sordo de Obligado”. Participó en la toma de Martín García lograda por los franceses y los riveristas de la Banda Oriental en 1838, y tanto fue su arrojo, que el comandante enemigo, al rendirlo, según narra Scotto (“Notas biográficas”, 1910), no le acepta su espada y en cambio lo abraza.

Una curiosidad de aquel combate fue que la guarnición argentina tuvo que agregar a su defensa los quince presos del penal de la Isla. Cuenta el capitán Armando Llambí (“La isla de Martín García”, 1972) que en aquella jornada Thorne disparó el primer cañonazo. Repatriado a Buenos Aires junto con otros dos oficiales argentinos, y escoltados los tres por un alto oficial francés, fue considerado el héroe de la acción defensora. Tomó parte en una decena de acciones más, hasta su retiro, en 1853. Su nombre se cuenta entre los primeros con que se bautizaron a buques de nuestra armada.



viernes, 25 de junio de 2010

Monumentos al Indio


Monumento al Indio en Tucumán



Realizado por el escultor Prat Gay, y situado a 1.100 metros de altitud dentro del Parque Provincial Los Sosa, es el primer punto para realizar una vista panorámica en el ascenso al Valle de Tafí, Tucumán.

La foto es muy buena, la toma excelente...

Monumento al Indio Tehuelche y Punta Cuevas


Si vamos hacia el sur, vamos a llegar a un mirador espectacular donde se encuentra emplazado el Monumento al Indio Tehuelche.
Este preciso lugar se conoce con el nombre de Punta Cuevas ya que algunos relatos históricos cuentan que existen unas cuevas que, supuestamente, fueron el primer refugio para los galeses que desembarcaron del Mimosa; considerando este hecho como el primer acto fundacional de la ciudad.
Los estudiosos del tema recomiendan a las autoridades municipales la preservación de toda esta zona y la dedicación de antropólogos, para identificar algunos de los hitos que permitan definir éste lugar como la primer zona habitada de la región de Madryn.La punta tiene un excelente mirador, con los clásicos telescopios de aumento para avistaje de fauna.

http://www.turismoentucuman.com/

http://www.argentinaviajera.com.ar/

miércoles, 24 de febrero de 2010

La increíble historia de una estatua del Monumento a los Españoles


En marzo de 1916 el lujoso buque español Príncipe de Asturias se hundió frente a Ilha Bela, en la costa brasileña. En el naufragio murieron 445 personas. Y también quedaron en el fondo del Atlántico los bronces que originalmente iban a formar parte del Monumento a los Españoles.

Hace trece años, una de esas obras, una ninfa de dos metros, fue rescatada. Y a pedido de un grupo de argentinos, el Gobierno de Brasil decretó una excepción a la ley local que prohíbe donar los tesoros de aguas jurisdiccionales. Hoy, aunque la escultura está en condiciones de ser traída a la Argentina, aún no fue solicitada por las autoridades nacionales.

"Perdí las esperanzas. Son muchos años luchando para recuperarla", dice resignado Juan Manuel Otero. El, junto a otros descendientes de inmigrantes españoles, es uno de los creadores de la Fundación Iberoamericana Príncipe de Asturias, que nació con un solo objetivo: re cuperar la escultura que ahora está en la Base Naval de Ilha das Cobras, en Río de Janeiro.

La historia del monumento empezó en 1910, año del Centenario de la Revolución de Mayo. Los españoles residentes en el país decidieron homenajear a los argentinos con el "Monumento a la Carta Magna y a las Cuatro Regiones Argentinas", más conocido entre los porteños como el Monumento de los Españoles.

"La construcción fue complicada desde el principio", cuenta Otero. Su autor, el escultor Agustín Querol y Subirats, falleció un año después de terminar los bocetos. Lo mismo pasó con su sucesor, Cipriano Folgueras y la obra tuvo que ser terminada por otros artistas. Por eso, el regalo no estuvo listo para los festejos de la Ciudad. En 1910 colocaron la piedra fundamental con la presencia de la Infanta Isabel de Borbón. Pero la culminación se retrasó aún más con el hundimiento del barco, cuando se perdieron los bronces. Un año después encargaron réplicas a España y recién en 1918 estuvieron terminadas. El 25 de mayo de 1927 el monumento fue inaugurado en Libertador y Sarmiento.

"En 1991 una empresa brasileña rescató la escultura hundida", dice Otero, que entonces viajó a Brasil para interiorizarse sobre el tema. El entonces presidente, Itamar Franco, los recibió y creó una Comisión Interministerial que optó por donar la obra. Para concretar este paso, las autoridades argentinas tienen que aceptarla formalmente pero hasta ahora ninguno de los gobiernos que se sucedieron se ocupó del asunto. Hasta que, hace unos meses, la Nación le pasó el expediente al Gobierno porteño.
Según la agencia DyN, la Comisión de Evaluación de Obras de Arte en Espacios públicos —que depende de la Secretaría de la Cultura porteña— se reunirá pasado mañana con la Fundación para estudiar el tema y ver en qué estado se encuentra la obra.

http://www.clarin.com/

domingo, 7 de febrero de 2010

Un Bicentenario mucho más modesto


De un modo más modesto, los festejos del Bicentenario transcurrirán sin grandes inauguraciones, ni regalos como los de cien años atrás. La presencia de otros países estará dada fundamentalmente en actividades culturales, por ejemplo, en la llegada de orquestas sinfónicas de España, Italia y Alemania que se irán presentando por distintos puntos del país y también en el Teatro Colón, tras su reapertura en mayo.

También existen colaboraciones económicas para la restauración de edificios históricos. En la Cancillería informaron que España financia en gran parte la remodelación del teatro Nacional Cervantes (Córdoba y Libertad), que en sus inicios fue propiedad de la actriz española María Guerrero. Y se ocupará de la recuperación del ex Padelai como Centro Cultural de España en Buenos Aires.

La Unidad Bicentenario del Gobierno porteño precisó que la Embajada de Italia intervino en la recuperación del faro del Palacio Barolo, el edificio inspirado en la Divina Comedia de Dante Alighieri y que fue diseñado por el arquitecto italiano Mario Palanti. En Avenida de Mayo 1370 es el único faro que tiene la Ciudad y había estado apagado más de 40 años. Desde su recuperación en octubre pasado, se enciende por media hora a las nueve de la noche, todos los días 25 de cada mes.
Y las colectividades de Austria y Hungría repararon, con la colaboración de la Dirección de Monumentos y Obras de Arte (MOA) de la Ciudad, la fachada de la Columna Meteorológica, en el Jardín Botánico, que llegó cuando estos países formaban un imperio.


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Grandes monumentos porteños: son regalos que Buenos Aires recibió para celebrar el Centenario - parte 2



Otro legado de la época en la que la oligarquía argentina se jactaba de vivir en "la París de Sudamérica" fue justamente el monumento donado por Francia, y que está en Recoleta, acaso el barrio más "afrancesado". Dos figuras femeninas que representan a ambos países son acompañadas por un genio alado, "La Gloria", que de modo simbólico las conduce a la posteridad.

Mirando hacia el río y como parte del parque de la Casa de Gobierno se encuentra otro de los grandes obsequios que llegaron para el Centenario. Integramente realizado en mármol de carrara por el artista florentino Arnaldo Zocchi, un Cristóbal Colón de 6 metros y 38 toneladas fue el presente que envió al granero del mundo la colectividad italiana. Conserva las huellas de los proyectiles disparados durante el bombardeo a la Plaza de Mayo de 1955, en el que aviones de la Marina intentaron desalojar al presidente Juan Domingo Perón. La Ciudad de Roma hizo su propio obsequio: una escultura conocida como "Loba romana" o "Loba capitalina", que encargó al artista argentino Gonzalo Leguizamón Pondal y que fue emplazada en el parque Lezama y volvió a ser noticia en 2007, cuando las figuras en bronce de Rómulo y Remo fueron robadas. Sólo quedó la loba.

De Alemania llegó el Monumento "A la Riqueza Agropecuaria Argentina", que resultó ganador de un concurso en Berlín y que tuvo la particularidad de haber sido realizado en mármol griego, lo que le otorga un aspecto distinto, con un tinte amarillo y reflejos dorados.

Un tanto más extraña fue la donación del Imperio Austro-Húngaro -que desapareció sólo ocho años después, tras la Primera Guerra Mundial- y que hoy habita el Jardín Botánico: una columna meteorológica. Cien años atrás, esta monarquía que constituía el segundo país más grande de Europa, mandó un barco de su flota real, la nave de guerra "Emperador Carlos VI", para participar del desfile en honor al Centenario. Allí llegó también la piedra fundamental para una columna "que tendría por objeto predecir al pueblo argentino siempre el mayor bienestar". Con un diseño que lejos estaba de resultar simple, esta estructura de 7 metros contenía todos los elementos para medir el clima: barógrafo, barómetro, hidrómetro, higrómetro, psicrómetro, termógrafo, termómetro y otro termómetro más, sólo para indicar la temperatura máxima y mínima. En la parte superior, funcionaban ocho relojes con la hora de Buenos Aires, Viena, Madrid, Nueva York, Roma, Tokio, París y Londres. Arriba de todo, una gran esfera de hierro, representaba al zodíaco, con el planeta Tierra y las constelaciones. Tiempo después, los instrumentos meteorólogicos y los relojes fueron robados. Pero a fin del año pasado, con motivo del Bicentenario, los gobiernos de Austria y Hungría empezaron a restaurar la fachada externa junto a la Dirección de Monumentos y Obras de Arte porteña.

Estados Unidos resolvió de modo mucho más sencillo la elección del presente de cumpleaños para Argentina. Envió un monumento a su prócer George Washington, vestido con ropa de época, que el Gobierno nacional no dudó en colocar a metros de su embajada.

La República Siria nos homenajeó con una estatua que representa la presencia de su colectividad en el país, ubicada en la plaza frente al Correo Central. Pero para sorprender y causar impacto, los que llegaron más lejos fueron los suizos: diseñaron una estatua con dos figuras femeninas (representando la hermandad entre Suiza y la Argentina) sentadas sobre una esfera que simboliza al mundo. Recostadas, y tomadas de las manos, ambas mujeres se funden, por los siglos de los siglos, en un romántico beso en la boca.

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Grandes monumentos porteños: son regalos que Buenos Aires recibió para celebrar el Centenario - parte 1



A principios del siglo XX la Ciudad estaba en plena transformación y dejaba su perfil colonial. Para los festejos, hubo países que donaron obras de reconocidos artistas. Hoy son referentes urbanos.


Viajaban meses y meses en barcos. Llegaban en partes, descabezados. Algunos, signados por la mala suerte, se perdían para siempre en alta mar. Pero los que sobrevivían al naufragio, al pisar tierra firme, se convertían en los regalos del Centenario: pétreos obsequios que distintos países le ofrecían a una república joven, que se debatía ente los festejos fastuosos y las luchas obreras.
Para comienzos del siglo XX, Buenos Aires se veía como una febril obra en construcción. En esos años, la Ciudad había crecido con la mayor tasa anual de población de su historia y cambiado radicalmente su aspecto colonial. El centro empezaba a conseguir gran parte de su actual imagen. De la celebración del aniversario de la Revolución de Mayo, que implicó la construcción de pabellones lujosos y la inauguración de grandes edificios, data por ejemplo la donación británica de la Torre Monumental, conocida como de los Ingleses, frente a la estación de trenes de Retiro. Su reloj posee un péndulo que mide 4 metros y pesa más de 100 kilos. "No fue situada allí de casualidad, al contrario, su estilo armoniza perfectamente con la estación y con el rediseño que a comienzos del 1900 se hizo para toda esa zona. También está en clara consonancia con la financiación inglesa para la construcción de los ferrocarriles", explica el arquitecto Fabio Grementieri, premiado en el exterior por sus trabajos de preservación. La torre de estilo renacentista -tendencia imperante en Inglaterra para fines del siglo XVI, la época que corresponde a la segunda fundación de Buenos Aires- que supo de bombas y atentados para la guerra de Malvinas, encierra en sus muros una rareza. Entre sus emblemas y escudos, un unicornio y un león enmarcan dos leyendas en francés: "Dieu est mon droit" ("Dios es mi derecho") y "Honni soit qui mal y pense" ("Deshonor al que piense mal de esto"). Sucede que para los inicios del siglo XX, el francés era la lengua de la realeza, más allá de la nacionalidad del rey y su corte.

Un regalo del Centenario que esconde una trágica historia es el Monumento de los Españoles (que en los papeles se llama Monumento a la Carta Magna y las cuatro regiones). El buque Príncipe de Asturias que transportaba sus bronces originales naufragó frente a las costas brasileñas de Ilha Belha y murieron en él 455 personas. Aunque en este caso, todo vino complicado desde el principio. Su autor, el escultor catalán Agustín Querol i Subirats, falleció un año después de terminar los bocetos. Lo mismo pasó con su sucesor, Cipriano Folgueras, y la escultura tuvo que ser terminada por otros artistas. Por eso, el regalo no estuvo listo para los festejos de la Ciudad y en 1910 la Infanta Isabel de Borbón se tuvo que conformar con colocar sólo su piedra fundamental. Luego, con el hundimiento todo se volvió a retrasar. Ante la pérdida de los originales, la Corona Española encargó la realización de réplicas. Para terminar con la sucesión de desgracias, diecisiete años más tarde, el 25 de mayo de 1927, la obra de Querol i Subirats -a la que nadie llama por su verdadero nombre- fue inaugurada en Libertador y Sarmiento y se transformó, según el arquitecto Grementieri en "el monumento art noveau más grande del mundo".