miércoles, 6 de julio de 2011

La Provisión de Agua en Villa Urquiza

Inicialmente al ser una zona rural, fueron cavándose pozos hasta la primera napa.
Naturalmente que con el avance de los tiempos fueron apareciendo molinos de viento, característicos de la zona de quintas, donde también se comenzaron a utilizar “pozos australianos” hacia 1920.

Cuando se clausuró el cementerio del poblado, en Monroe y Miller, se pensó en perforar en la zona pozos, para obtener agua y luego colocar tanques capaces de almacenar el agua necesaria para los núcleos de Villa Catalinas, Mazzini, Ortúzar, Saavedra, entre otros. Se encargó de ello Obras Sanitarias.

En la calle Lugones (entonces Paris), se levanto una torre metálica y el municipio comenzó a tender las redes domiciliarias.
por muchos años el líquido vital usado en la villa, provino de tal excavación, que desde ya, llegaba a la segunda napa. Los planos de Buenos Aires de 1912 referidos a la provisión de agua, indican que por esa época se abastecía de tal líquido una superficie de casi 300 hectáreas.

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La Primera Plaza de Villa Urquiza


Como Villa Catalinas era un pueblo típico de esos que se fueron haciendo en torno de una estación de ferrocarril y de una iglesia, también tuvo su plaza, centro de reuniones, lugar de paseos y de esparcimiento infantil, cita obligada para nuevos afectos. Todavía no se veía –a un año de la fundación- un lugar previsto para la consolidada y necesaria plaza.
El 31 de octubre de 1891, Agrelo, en su nombre y en el del socio y pariente Seeber, dio el terreno para la plaza justamente enfrente de la iglesia a construirse.
La “Plaza Echeverría” se creó por Ordenanza Municipal, adjudicándole una superficie de 9.858 Mts. cuadrados y ubicándola entre las calles Bebedero (P.I.Rivera), Bauness, Nahuel Huapi y Capdevila. En el año 1905, la plaza se ensanchó y el Municipio adquirió para ello un lote a la Sucesión de Carlos Lavarino.
En 1908, a solicitud del vecindario, se logró que el Municipio remodelara completamente la plaza y que se colocaran artefactos para la iluminación con gas, así como una útil vereda de ladrillos.

La Señora Lolita aportaba este recuerdo: “De pronto –las niñas decidíamos que para una determinada fecha todas iríamos a caminar por la plaza vestidas con ropa de color rosado y... ¡Todas a coser! Y el domingo fijado, por la tarde, media docena de ellas aparecían con sus bellos vestidos, color rosado, para admiración de los jóvenes, novios o candidatos a serlo... Y si todo andaba bien, se organizaba algún baile en “El Edén” o “El Urquiza”, y acaso para el otro mes, todo se repetiría, pero en celeste, hermoso recuerdo de la Sra. Lolita Alvarez.

En 1913, llega el progreso a la plaza, se instalaron los primeros faroles a luz eléctrica.
En el lugar se realizaban varias veces por año animadas “quermeses” con fines benéficos.
En el centro de la Plaza “Echeverría”, y donde está el monumento al Gral. Urquiza, hubo inicialmente un mástil para izar la bandera nacional.

Hoy  se puede ver el importante monumento dedicado al vencedor de Caseros, General don Justo José de Urquiza, obra del escultor don Pablo Tosto.
El monumento esta realizado en granito Rosado, de Sierra Chica, tiene forma cúbica y esta adornado con un juego de agua, que representa los ríos Paraná y Uruguay, testigos de la iniciativa de Urquiza.
Como dato curioso diremos que parte de este monumento es hueco y que allí guardan sus herramientas los cuidadores de la plaza. En la plaza se han instalado juegos infantiles, una cancha de bochas, elementos para jugar al ajedrez, etc. Sigue siendo el centro de momentos de alegría y paz, característica de esa centenaria villa.


martes, 5 de julio de 2011

Av. Gral. Paz en fotos




El paso a paso de un proyecto histórico


En 1887, la ley N° 2.089, sancionada por el Congreso Nacional, fijó los límites de la Capital Federal, que incorporaba a los partidos de Flores y Belgrano. En esa norma se decidió que el contorno de la Ciudad debería contar con un bulevar de 100 metros de ancho, con dos franjas de seis metros por lado separadas por canteros centrales . Fue el primer antecedente de la General Paz.

Tras el proceso de expropiación de los terrenos necesarios, el 8 de junio de 1937 comenzó la construcción de la avenida-parque, un proyecto ideado por el ingeniero Pascual Palazzo. La obra fue inaugurada el 5 de julio de 1941. Originalmente, contaba con dos carriles centrales de hormigón para el tránsito rápido, y calles laterales para los frentistas, pero cuyo trazado no era continuo.

En la medida que la población de la Ciudad y alrededores fue creciendo, la General Paz empezó a quedar chica , sobre todo hacia fines de la década del 60, cuando ya había sido inaugurada la Panamericana. Por eso, a fines de esa década se empezaron diferentes obras, como la eliminación de la rotonda de Avenida de los Constituyentes, para agilizar el tránsito. Con estos cambios, la General Paz pasó a tener dos carriles por mano, más una calle exterior .

La última gran reforma se inició en 1994, durante el gobierno menemista. La concesionaria Autopistas del Sol (que cobra peaje en la Panamericana pero también tiene a su cargo el mantenimiento de la avenida), llevó adelante un plan por etapas para ensanchar a tres carriles centrales por mano más otros dos en las colectoras, junto con una iluminación total y la construcción de banquinas. La reforma estuvo terminada en setiembre de 2001, cuando se habilitaron cinco carriles hacia el Río de la Plata y cuatro hacia el Riachuelo.

Aunque lo parezca, la General Paz no es una autopista, sino una avenida rápida: entre el Riachuelo y la Panamericana, la velocidad máxima es de 80 km/h, que suben a 100 km/h entre Panamericana y Lugones. Además, en las colectoras las máximas son 40 km/h.

O tro dato: toda la General Paz, hasta el límite de la colectora del lado del GBA, depende de la Ciudad. Es, entonces, la avenida porteña más larga: Rivadavia la supera pero sólo si se suma su trazado en Provincia.



domingo, 3 de julio de 2011

El temperamento sanguíneo de los Ocampo

En la genealogía de Victoria Ocampo se mezclan la sangre de Prilidiano Pueyrredón, la de Juan Manuel de Rosas, la de los Aguirre, la de los Ocampo. Los Aguirre eran reservados, secos, capaces de soportar en silencio cualquier adversidad. La serenidad de su familia materna contrastaba con el temperamento sanguíneo de los Ocampo, que pasaban su existencia en un estado de trepidación crónica. Perdían la cabeza indistintamente frente a un sarampión, una tos convulsa o una indigestión tanto como ante una agonía, “con lágrimas atragantándolos por cualquier percance de orden sentimental” ( El Archipiélago, Victoria Ocampo). Los Ocampo estaban emparentados con José Hernández, el vehemente y genial escritor que se enfrentó a Sarmiento, y por lo tanto un héroe para mi familia antiunitaria.

La historia de la patria es para Victoria Ocampo menos un relato de manual que una saga familiar, y para sus padres y abuelos los enfrentamientos entre federales y unitarios eran tan políticos como domésticos. Durante la fiesta que celebraba la victoria de Caseros, el general Urquiza eligió para abrir el baile a Angélica Ocampo Regueira, futura abuela de Victoria, ya comprometida para casarse con su primo Manuel Ocampo. La fama de Urquiza por su afición a las damas fue motivo de cólera para Manuel, que hubiera preferido que se danzara la refalosa federal, en la que los bailarines no están obligados a tomarse de la mano, y no las cuadrillas. Pero dos de las Ocampo se casaron con descendientes de Urquiza, y a Rosas nunca dejaron de llamarlo “Juan Manuel” en el clan. Ellos eran los dueños de la patria... y ¿acaso su bisabuelo materno no aportó una fortuna al Cabildo de Buenos Aires para financiar la Revolución de Mayo? Podían abarcarlo todo.

Sobre la célebre tragedia de Felicitas Guerrero me atrae la versión de los Ocampo por tendenciosa, subjetiva, llena de simpatía por el asesino. Cuando Felicitas se casó con Martín de Álzaga en el año 1862, ella tenía dieciséis años y él, cincuenta y uno. La boda había sido dispuesta por los padres de Felicitas pese al disgusto de su hija. El prometido poseía setenta mil hectáreas y más de setenta millones de pesos. El hecho de que la novia tuviera una rara belleza no hace sino enmarañar más las cosas, porque sugiere que hubiera tenido más posibilidades de casarse enamorada.

En 1869 la joven tuvo que afrontar la muerte de su hijo de seis años, y luego la de un bebé recién nacido y la de su marido. El daguerrotipo que muestra su rostro no puede disimular, en la curva traviesa de una naricita respingada y unos labios que procuran permanecer serios, que el luto es guardado no tanto por el esposo perdido como por unas plegarias malignamente concedidas. Pero tenía veintiséis años, una belleza arrebatadora y la fortuna más importante de la República. De entre sus decenas de pretendientes, el más obstinado era Enrique Ocampo, hermano de la abuela Angélica, primo y cuñado del abuelo Manuel.

Una tarde Felicitas fue a recorrer su estancia La postrera y se perdió bajo una tormenta que arrancó ramas, tumbó árboles y oscureció en pocos minutos el cielo. Después de un rato de cabalgata entrevió, bajo los truenos, a un jinete cubierto por un poncho. “¿Dónde estamos?”, preguntó ella. “En mi estancia, que es la suya.” El gentil Samuel Sáenz Valiente la cobijó en el salón de su estancia, junto al fuego, mientras se secaban sus ropas. ¿Tenían alguna posibilidad de no enamorarse bajo el influjo de una escena tan romántica? Pocas semanas después estaban comprometidos.

Enrique Ocampo enloqueció de celos. Persiguió a Felicitas durante varios meses, y la amenazó con derramamientos de sangre si no accedía a su petición de matrimonio. La tarde del 29 de enero de 1872 llegó a su palacio de Barracas. Ella lo recibió en un saloncito mientras su primo Cristian Demaría, también enamorado suyo, se refugió en el comedor junto con el resto de la familia. Se escuchó una discusión acalorada y luego dos tiros. Al acudir, los hombres encontraron a Felicitas tirada en el suelo, ensangrentada, y a Enrique con un revólver en la mano y una expresión trastornada en el rostro. “El joven Demaría le quitó el revólver de la mano y le tiró dos tiros a Ocampo y allí en la misma pieza quedó muerto”, escribió Carlota Sáenz Valiente en una carta del 13 de febrero. Samuel, que recién llegaba, levantó a Felicitas y ella le pidió que no le quitaran del cuello el medallón con su retrato. Murió a la madrugada. El cadáver del asesino volvió en cupé a Buenos Aires: la abuela Angélica nunca olvidó el grito de su madre cuando vio la cara deshecha de su hijo. Al día siguiente los dos entierros se cruzaron en la Recoleta.

La justicia fue administrada, a puertas cerradas, por las dos familias. El informe oficial dictaminó que Enrique se había suicidado. Como para corroborar la teoría de Victoria sobre la naturaleza exaltada de los Ocampo, cuando la abuela Angélica le pedía que no se impacientara a causa del insomnio, el abuelo Manuel vociferaba: “¡Entonces, me joderé, carajo!”.