La historia es la única rama del conocimiento que nos puede decir qué fuimos en el pasado, qué somos en el presente y qué seremos en el futuro.
viernes, 1 de abril de 2022
Documentos que ratificarían la soberanía de Argentina en las Islas Malvinas
jueves, 17 de marzo de 2022
La increíble historia de la Torre Ader, la construcción que intriga a Vicente López - Parte 2
¿Imitación?
Sobre el pórtico de ingreso se lee “Mi derecho y Dios”, el inverso a “Dios y mi derecho” plasmado en la torre de Retiro. El juego de palabras es uno de los vínculos entre ambas construcciones. “Ader pertenecía a la Generación del ´80, por lo tanto, era un humanista. La frase no pone al hombre en lugar superior al de Dios, pero sí en un lugar de paridad. Para esta corriente, que elige el libre pensamiento, el hombre no estaba supeditado a la alteridad de Dios”, detalla Rebollar. Para la antropóloga “nada hace pensar que sea una copia de la Torre Monumental. Aunque parezcan similares, hay muchos detalles que no las hacen coincidir”.
Una de las primeras diferencias estaría dada por el sistema de construcción. La Torre de la Independencia se construyó con el sistema de hormigón armado, toda una innovación para la época.
Las similitudes aparentes entre las torres dieron lugar a un mito que se sostiene en la idea que el hijo de Ader que estudiaba ingeniería se había presentado en el proyecto de la Torre Monumental y, como no lo ganó, despechado ideó esta torre de Villa Adelina. Sin embargo, las fechas no coincidentes dejarían de lado esta teoría. Otra de las leyendas dice que esta torre da cuenta de la rivalidad entre ingleses y franceses.
“La torre expone reminiscencias del movimiento neoflorentino, pero sostenido en el eclecticismo, ya que se fusionan varios estilos”, describe la investigadora. El edificio fue realizado íntegramente con materiales importados. La minuciosidad de la construcción aún se percibe. Mármol, trabajo de herrería y detalles en yeso se alternan para conformar una idea arquitectónica elegante.
Mitología
Don Bernardo Ader no era una figura pública, razón por la cual poco se sabe de él y su vida está rodeada de algunos misterios. Tantos, como todo aquello que se tejió en torno a la torre construida en medio del campo. No falta la historia que lo pinta como un gruñón que mandó a construir la torre para observar, desde arriba, con inmejorable panorámica, cómo trabajaban sus empleados.
Con aún menos fundamento, circuló la idea de un vínculo entre Ader y los nazis. Se dijo que él era alemán, algo erróneo, y que había levantado la torre para observar y enviarse mensajes con los submarinos nazis que surcaban las aguas del Río de la Plata. Sin embargo, el empresario era francés y provenía de una zona que había sido ocupada por Alemania, con lo cual tanto él como su hermano sentían una gran rivalidad con la patria de Günter Grass. Tal era su orgullo francés que, cada 14 de Julio, entonaba a viva voz “La Marsellesa”.
Otro de los cuentos en torno a la torre sostiene que Ader había colocado un periscopio en el mirador y que, desde allí, pudo divisar al buque alemán Admiral Graf Spee, antes de sucumbir en la Batalla del Río de la Plata.
Más allá de las historias fantásticas, lo cierto es que la Torre de la Independencia no sucumbió al devenir de las décadas. “En 1967, las nietas de Bernardo Ader, ya mayores, donaron la torre al municipio”, explica la antropóloga Rebollar.
A pesar de su presente luminoso, hubo un tiempo en el que la desidia hizo estragos y el abandono opacó su señorial aspecto. Épocas de nulo interés en los que hasta fue intrusada para ser utilizada como vivienda.
Hoy, el área de Cultura del Municipio de Vicente López mantiene a la construcción en inmejorable estado y potencia la labor de ese centro de documentación que, además, cuenta con una frondosa hemeroteca, abierta a las consultas de la gente, con publicaciones de la zona cuyos ejemplares más antiguos datan de 1914.
Alguna vez, los 97 descendientes de Ader se reunieron en la torre, el sitio emblemático que oficia como un escudo familiar, quizás buscando encontrar allí las huellas de la sangre inmigrante que forjó el apellido en estas tierras suburbanas.
“Es parte de la vida de los vecinos”, finaliza Alicia Rebollar, luego de repasar la historia de este lugar que emerge en el vecindario mágicamente, como un mojón orgulloso que se eleva al cielo.
Torre de la Independencia. Triunvirato 3400, esquina Juan José Castelli, Villa Adelina, Partido de Vicente López. Abierto de martes a sábados de 12 a 18 horas. Ingreso libre con acceso al mirador.
15 de marzo de 202213:45
LA NACION
La increíble historia de la Torre Ader, la construcción que intriga a Vicente López - Parte 1
Sobresale en el barrio de
chalecitos y fábricas. Las construcciones de poca altura que la rodean
potencian su impactante porte. Todos la llaman Torre
Ader, pero fue bautizada como Torre
de la Independencia. Ubicada en el corazón de Villa Adelina, es una de
las joyas del Partido de Vicente López. “Siempre fue una gran incógnita”,
reconoce la antropóloga Alicia
Irene Rebollar, quien, desde hace décadas, investiga la historia de este
emblemático monumento, una de las curiosidades que depara el inabarcable
conurbano bonaerense.
A unas cuadras antes de llegar,
ya se la ve emergiendo entre los techos de tejas y la frondosa arboleda. Y en
esa primera mirada es imposible que no aparezca la comparación con ese otro
ícono porteño que es la denominada Torre
de los Ingleses, formalmente rotulada como Torre Monumental,
emplazada frente a las barrancas de la plaza San Martín y de la estación
Retiro. No falta quien afirme que la de Villa Adelina llegó para copiarse,
aunque tal cosa no sea veraz.
“No se sabe muy bien por qué se
construyó, aunque circulan algunas ideas. Lo
cierto es que fue proyectada por don Bernardo Ader, quien era el
propietario de estas tierras, junto a su hijo”, explica Rebollar.
El singular atalaya pertenece al
área de la Secretaría de Cultura del Municipio de Vicente López. Este símbolo
inequívoco de Villa Adelina se encuentra en inmejorable estado de conservación
y mantenimiento y puede ser visitado libremente. Para los que se atreven a los
217 escalones del mármol de una escalera coqueta que serpentea el interior, la panorámica a 42,3 metros de
altura es imperdible. Desde lo alto se divisa todo el Partido de
Vicente López y buena parte del conurbano y la zona norte de la Ciudad de
Buenos Aires. Desafiando a las construcciones que emergieron en las últimas
tres décadas, desde el mirador aún pueden observarse algunos tramos de la costa
del Río de la Plata.
Además de ser un sitio de interés
patrimonial, en el lugar funciona el Archivo Histórico Municipal, cuyo
coordinador es Eduardo Rodríguez,
un enamorado de la torre, quien recibe a LA
NACION con el esmero de quien abre las puertas de su casa. En este caso, una casa que luce
radiante, lustrosa y brillante.
A la edificación la rodea un
jardín circular, espacio que es utilizado para la realización de conciertos o
proyección de películas, siempre con ingreso libre para los vecinos. La
escalera doble que lleva hasta el foyer anticipa el estilo elegante de la
construcción.
Tocar el cielo
Luego de hacer pie en el foyer de
planta baja, donde una gigantografía da cuenta de la historia de la
torre, una escalera pegada a las paredes se elevará más de cuarenta metros
en busca del punto más alto de la construcción.
Los peldaños de mármol y una
baranda de exquisita herrería son enmarcados por paredes de un blanco acético
que albergan imágenes históricas de Vicente López. A pesar de la protección,
algo de vértigo aparece si se observa hacia abajo.
En lo más alto, un mirador
de 360 grados recibe a los visitantes. Desde allí, se puede observar
la parte más alta de la torre y su trabajada arquitectura. Aunque los ojos
rápidamente se pierden en la inmensidad del Conurbano y de la Ciudad de Buenos
Aires. La torre de gas de
Avenida de los Constituyentes y General Paz, Campo de Mayo, los
edificios más altos de la localidad de Tigre, las torres que surcan el bajo y hasta la torre del
Parque de la Ciudad, ubicado en Villa Soldati, emergen ante el ojo atento. La
vista es imponente, la frutilla del postre al esfuerzo de alcanzar la cima
tracción a sangre.
Ader, el benefactor
“Bernardo Ader fue un inmigrante
francés que llegó en 1860 a la Argentina, proveniente de la zona de los
Pirineos. Se dijo que su inmigración se debió a apremios económicos, pero
también es posible que fuera un joven que buscara un poco más de libertad, teniendo
en cuenta que venía de una sociedad patriarcal y con un sistema bastante
opresivo. Más allá de los fundamentos de la Revolución Francesa, la gente vivía en un sistema social y
familiar muy conservador. En cambio, en América, se vivía de manera
mucho más libre, con mayor iniciativa”, sostiene Alicia Rebollar, quien es
autora del minucioso ensayo La Torre Ader erguida entre
fábricas y chalecitos.
Antes de la llegada de Ader al
puerto porteño, ya habían llegado a estas latitudes su hermana y el esposo de
ella, de apellido Bieckiert, quien se convertiría en el fundador de la famosa
cerveza que convirtió a su nombre en una marca. Años después, ya instalado en
Buenos Aires, Ader contraería enlace con una prima de su cuñado, de manera tal
que las familias quedaron estrechamente unidas.
Los Ader, que eran grandes
terratenientes, compraron las tierras de la zona donde se emplaza la torre
hasta llegar a un total de 300 hectáreas, que abarcaban amplios sectores de los
actuales partidos de Vicente López, San Martín y San Isidro. Hasta 1890, las
tierras estaban a nombre de Bieckert, quien decidió cerrar su cervecería,
vislumbrando una profunda crisis económica del país, y regresar a Francia. En
ese contexto, delega sus negocios en Ader, quien, a su vez, se dedicaba a la
importación de muebles franceses, muy del gusto de la aristocracia argentina de
ese tiempo.
“Se calcula que se comenzó a
construir en 1912 y 1913, pero se inauguró recién en 1917. No hay nada
demasiado documentado, pero una obra de esta envergadura tomaba su tiempo. El
expediente de construcción se presentó ante la municipalidad en 1916. Esta
era una zona de quinteros y floricultores, así que la construcción de la torre
rodeada de campos llamó mucho la atención”, explica la investigadora. Desde
1909, la desolada inmensidad ya estaba conectada con Buenos Aires por el actual
Ferrocarril Belgrano.
De las 300 hectáreas, don
Bernardo Ader se reserva diez hectáreas para el uso familiar. En esa porción
del terreno se construyó la vivienda particular, aunque había otras ideas en
danza. La antropóloga Rebellar explica que “la idea era construir un castillo,
para uso residencial, con una torre adosada”. “Sin embargo, la casa no se llega
a hacer porque Eduardo y Enrique, los dos hijos varones de Ader, fallecieron en
1908, con una diferencia de 24 días, como consecuencia de haber contraído
tuberculosis”. Ader iba a concretar la construcción de la torre ayudado por uno
de sus hijos fallecidos, un avanzado estudiante de ingeniería. El empresario y
su esposa conocían el dolor innombrable que significa la muerte de un hijo, ya
que, tiempo atrás, Juanita, la pequeña hija de ambos, también había
fallecido producto de la difteria. Ana, una cuarta hija del matrimonio,
sobrevivió y permitió la continuidad del apellido. En 1911, luego de un
prolongado tiempo de luto y depresión, Bernardo Ader retoma la idea de la
torre. Finalmente, el proyecto es encargado a la empresa Artaza y Marino.
miércoles, 2 de febrero de 2022
martes, 1 de febrero de 2022
Vida y obra de Esteban Echeverría - Parte 2
Buenos Aires: el éxito literario. La conciliación imposible
Echeverría vuelve a su tierra con el ímpetu y la orientación necesarios para iniciar la etapa más fecunda de su vida: la década porteña en la que adquiere su madurez literaria y ejerce su liderazgo intelectual.
Conduce un movimiento de renovación estética y compromiso político que adjudica a la poesía una función social y hace del poeta un sacerdote laico. Inaugura en narrativa un realismo comprometido y testimonial que será constante en la literatura latinoamericana y que enlaza con la necesidad de denuncia de un continente sometido.
En 1830, recién llegado de París, recibe los elogios de Pedro de Angelis, el crítico más serio partidario de Rosas, por «Regreso» y «Celebración de Mayo», dos composiciones que publica, sin firma, como «un joven argentino». En septiembre de 1832 aparece, también anónimo, Elvira o la novia del Plata, un libro-poema de 32 páginas que tiene el mérito de inaugurar la poesía romántica en lengua española, ya que se anticipa en un año a la publicación, en París, de El moro expósito del Duque de Rivas, primera obra romántica de la poesía española.
Nuevamente de Angelis lo destaca, señalando la novedad métrica y el uso del octosílabo, verso popular, para una temática elevada, habitualmente en endecasílabo.
Al cabo de dos años aparece Los consuelos, con el nombre del autor y la edición a cargo de Juan María Gutiérrez; es el primer libro de poemas de un argentino publicado en Buenos Aires y causa sensación en la pequeña elite intelectual rioplatense. La prensa destaca su novedad literaria y se hace eco del suceso social. Con certero ojo crítico, Florencio Varela, representante de la envejecida poesía neoclásica que esta obra venía a superar, la saluda generosamente desde Montevideo, y comunica su entusiasmo a Juan María Gutiérrez en una carta fechada el 1 de diciembre de 1834: «...el señor Echeverría es un poeta, un poeta. Buenos Aires no ve esto hace mucho tiempo: ¿Quién sabe si lo ha visto antes? Estoy loco de contento: he comunicado mi entusiasmo a cuantos he podido, haciéndoles leer el precioso libro».
El caldo de cultivo ya estaba a punto en el Río de la Plata y la obra atrapa a los lectores. La fama del autor crece en los salones, pero su consagración llegará en 1837 con «La cautiva», poema en nueve cantos y un epílogo, incluido en Rimas.
El autor mira con ojos renovados su propia tierra y descubre las posibilidades estéticas del paisaje y el conflicto americanos; instala en el texto ese «desierto, inconmensurable, abierto...», en el que hay que construir una nación. Toma conciencia de esa naturaleza ignorada y la convierte en paisaje, en hecho cultural.
El público y la crítica advierten el «carácter propio y original», de una poesía que «reflejando los colores de la naturaleza física que nos rodea, sea a la vez el cuadro vivo de nuestras costumbres y la expresión más elevada de nuestras ideas dominantes», según el propósito esbozado por el autor en el epílogo a Los consuelos, incluido como advertencia en la edición de Gutiérrez.
Este compromiso de la obra con el medio natural y social en el que surge, y del escritor que se vale de la poesía para el alegato y la denuncia, será una constante del romanticismo americano en el que la situación poscolonial recarga al escritor de responsabilidades políticas. Echeverría consigue su lugar como poeta cívico. La cautiva lo consagra como poeta romántico y como líder del grupo de jóvenes que será denominado generación del 37.
Algunos de los cantos de este poema ya habían sido anticipados en las lecturas del Salón Literario, de breve pero intensa vida (junio de 1937 a enero de 1938), cenáculo que reúne a escritores y artistas en la librería de Marcos Sastre. En estas reuniones convocadas por los jóvenes intelectuales, Echeverría ejerce su magisterio oral. Aboga por la «regeneración» de la sociedad que emerge del oscurantismo colonial, señala la importancia de los Cabildos, donde se practica el consenso público de los vecinos como base de la democracia y, en un principio, defiende una postura conciliadora entre los grupos antagónicos de unitarios y federales.
Rosas, que con pactos o coacciones ha conseguido la unidad nacional como jefe del partido federal aunque sigue defendiendo los intereses del puerto y de la provincia de Buenos Aires, desconfía de los jóvenes y exige adhesiones incondicionales. La Mazorca, su policía política, avanza en la intensidad de la represión. Con el mote de «salvaje unitario» se desacredita, no sólo al adversario político, sino a todo aquél que no se somete con obsecuencia a los dictados del Restaurador de las Leyes, título que se adjudica. Sus logros indudables en política exterior quedan empañados por la intransigencia y el autoritarismo con que ejerce el poder y la manipulación del resentimiento popular contra todo libre pensador ilustrado, que será denostado como elitista, afrancesado, ateo o anti-criollo. En estas circunstancias, ser tildado de «romántico» también supone un riesgo.
Algunos miembros del Salón Literario son perseguidos y tienen que exiliarse; ya nadie puede pensar en una postura conciliadora. La prudencia aconseja el cierre del Salón, pero algunos de los jóvenes, convocados por Echeverría, continúan reuniéndose en forma clandestina en una logia, La Joven Argentina, rebautizada luego como Asociación de Mayo, inspirada en las logias carbonarias italianas. En la primera reunión se leen las quince Palabras simbólicas que resumen el ideario del grupo y se encarga a Echeverría la redacción del programa, discutido en las reuniones y denominado Credo, catecismo o creencia de la joven Argentina, o Código. Alberdi, que marchará pronto al exilio, lo publica en Montevideo, el 1 de enero de 1939, con el título de Código o declaración de principios que constituyen la creencia social de la República Argentina.
Los miembros de la Asociación lo difunden entre sus correligionarios de las provincias. Años más tarde, en 1846, se reeditará en Montevideo una versión actualizada por el propio autor con el título definitivo de Dogma socialista de la Asociación de Mayo. A pesar de sus deudas y transcripciones literales de autores europeos, será la obra cumbre del ensayo político del autor y motiva una fructífera polémica recogida en las Cartas a de Angelis, que afinan y desarrollan el ideario político del grupo del 37.
Una denuncia pone fin a la Asociación y sus miembros deciden dispersarse. Algunos dejan el país y engrosan el grupo de los proscriptos; otros se recluyen en el exilio interior, como en un principio Echeverría, que opta por Los Talas, la estancia de la familia en la provincia de Buenos Aires donde había buscado remedio a sus crisis nerviosas y calma para escribir.
En estas circunstancias, conmovido por las noticias que llegan desde la ciudad sobre los atropellos de la Mazorca y de la brutal represión de los hacendados en Chascomús, inicia la redacción de ficciones de tema netamente político: el poema La insurrección del sud, que terminará y publicará luego en Montevideo, y el cuento El matadero, redactado entre 1839 y 1840, obra cumbre que se anticipa a la época y que permanecerá inédita hasta 1871, cuando su fiel amigo Juan María Gutiérrez, emprende su publicación póstuma en la Revista del Río de la Plata.
Obligado moralmente a apoyar la fallida expedición del general Lavalle, reconocido guerrero unitario que había desembarcado en la costa bonaerense para liderar el levantamiento de los hacendados contra Rosas, Echeverría se ve forzado a refugiarse en Uruguay; primero en Colonia del Sacramento y, desde 1841, en Montevideo, donde desarrollará la última etapa de su producción hasta su muerte.
Montevideo: el proscripto
Si en su etapa porteña el poeta romántico había conseguido no sólo la fama, con la que no se conformaba, sino la gloria literaria tan ansiada, durante la década del destierro uruguayo conocerá también la pobreza, la enfermedad, la ingratitud y finalmente la muerte en 1851, a los 45 años, sin haber podido ver a su patria libre de Rosas, que será derrotado por el general Justo José de Urquiza, un año más tarde, en la batalla de Caseros en 1852.
En su salida apresurada hacia el exilio tuvo que dejar a Martina, su pequeña hija de unos cuatro años, a la que nunca volvería a ver, y que murió anciana, en Buenos Aires en 1922, sin haber prácticamente conocido a su padre. Junto a sus libros, casa y demás pertenencias, tuvo que abandonar el original de La insurrección del sud, poema fechado en Los Talas en noviembre de 1839 sobre el levantamiento de los hacendados, que se salvó de la destrucción gracias a «una patriota de San Andrés de Giles» que lo ocultó entre sus ropas junto a otros papeles y, años más tarde, lo hizo llegar a su autor.
Llega a Montevideo requerido por correligionarios y amigos exiliados, en especial por Alberdi, que reclama la necesidad de su influencia en el grupo de opositores para debilitar, desde fuera, el poder del caudillo federal.
Sigue escribiendo sin descanso prosas de distinta índole y sus poemas de más largo aliento que, sin embargo, no alcanzan los logros anteriores. En los años siguientes, compone Avellaneda, (sobre el trágico episodio del prócer tucumano, dedicado a Alberdi, también tucumano), y La guitarra que, al igual que La insurrección del sud, no serán publicados hasta 1849. Intenta completar con Pandemonio, sin lograrlo, el tríptico compuesto por La Guitarra, poema autobiográfico, y El ángel caído, el más extenso y ambicioso, sobrecargado de doctrina política, en el que trabajará hasta el fin de sus días y que aparecerá póstumo en las Obras Completas.
En Montevideo sus condiciones de vida y su participación pública ya no son las mismas; tuvo que vender parte de su biblioteca para mantenerse y en su correspondencia se ven reflejadas las necesidades económicas, la preocupación por la venta de sus obras y hasta el pedido de ayuda a algún amigo. La pobreza lo retrae y tiene menos protagonismo público, pero no deja de escribir; y aunque su obra tiene menos difusión por su voluntaria distancia hacia ambos grupos enfrentados, hay dos sorprendentes reediciones en Buenos Aires de Los consuelos y Las Rimas, en 1842 y 1846 respectivamente, en plena etapa federal.
Continúa su labor de incentivador intelectual en conversaciones con los uruguayos y los compatriotas exiliados en la Banda Oriental, como Alberdi y Gutiérrez, con los que mantiene fluida correspondencia cuando estos emprenden viaje a Europa y Echeverría no puede acompañarlos por falta de dinero.
Su preocupación por la educación se acentúa, y rompe su aislamiento cuando se trata de colaborar en instituciones educativas; participa en la fundación del Instituto Histórico Geográfico Nacional, es miembro del Instituto de Instrucción Pública y del primer Consejo de la Universidad de Montevideo. A pedido de Andrés Lamas, romántico uruguayo, escribe un Manual de enseñanza moral para la educación primaria.
Durante el sitio de Montevideo (1843-1851) por parte del general uruguayo Manuel Oribe, aliado de Rosas, Echeverría quiere sumarse a las filas de la Defensa, en las que también participaban los argentinos exiliados y legiones extranjeras de Francia, España e Italia, pero su salud precaria no se lo permite. Sin embargo, su interés por la política no decae ni tiene fronteras, y analiza la llegada de la segunda República Francesa en La revolución de Febrero en Francia, un trabajo inconcluso, publicado en 1848.
Sigue escribiendo y los originales se van acumulando «como en un sarcófago». Estos inéditos y otros escritos de distintas épocas aparecerán reunidos en el último tomo de sus Obras Completas, publicadas después de su muerte, en Buenos Aires entre 1870 y 1874, compiladas y anotadas por Juan María Gutiérrez. El tomo V recoge, entre otros materiales dispersos de y sobre Echeverría, Cartas a un amigo, sus primeras prosas escritas entre los 17 y 18 años, en las que el paisaje ya ocupa lugar destacado; Peregrinaje de Gualpo de tema autobiográfico; Apología del matambre, definido por el compilador como cuadro de costumbres, prosa de gran fuerza expresiva en la línea temática de El matadero; Mefistófeles, «drama joco-serio, satírico político», sin mayor interés literario, y un conjunto interesante de notas en las que expone sus puntos de vista literarios y teoriza sobre arte, poesía, modos expositivos, estilos, movimientos estéticos, y temas afines a la teoría y la crítica, que el compilador agrupa con el título de Fondo y forma de las obras de imaginación.
Sin embargo, como ya fue dicho, la producción más importante de la etapa uruguaya es su prosa política, cuyo núcleo es el Dogma socialista de la Asociación de Mayo, que se reedita en Montevideo en 1846, acompañado por dos añadidos que lo amplían y actualizan: la Ojeada retrospectiva sobre el movimiento intelectual en el Plata desde el año '37, que lo precede, y la Respuesta al escritor español Dionisio Alcalá Galiano, incluida como apéndice. Aunque no tiene la difusión esperada, la obra llega a destinatarios claves, y provoca la polémica ideológica más interesante de la época, recogida en las dos Cartas a de Angelis, que afinan y completan el pensamiento político de su generación. Como opina Alberto Palcos «un hilo sutil vincula el Dogma socialista con las Bases, y otro, muy notorio, a las Bases con nuestra Carta Magna», en referencia a la obra de Juan Bautista Alberdi, Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, de 1852, y a la Constitución liberal de 1853.
Es una obra decisiva del ensayo político a pesar de los préstamos de escritores europeos, relevados por sus exégetas, y de las limitaciones ideológicas o las omisiones analizadas por parte de alguna crítica actual que derrocha erudición para extraviarse en conclusiones: se devalúa a estos liberales del pasado con el fin de criticar los vicios del neoliberalismo presente, sin reparar en el error de descontextualizar los hechos para responsabilizar a aquel movimiento, revolucionario en su origen, de los extravíos y contradicciones de su desarrollo muy posterior.
Los logros de esta prosa directa y combativa están en la adaptación de las nuevas ideas «prestadas» a nuestra realidad y en el coraje de arriesgar juicios en el momento mismo en que se producían los hechos, al señalar los aciertos y los errores de los partidos de su época y avizorar las vías fundamentales de la construcción nacional.
Como visionario, Echeverría anticipa uno de los grandes escollos en los que tropezará una y mil veces la política nacional: aboga por las plataformas de partidos en contra de los personalismos, en una nación manejada desde sus inicios por caudillos y militares. Destaca el valor del gobierno municipal que se ejerce en los Cabildos, única institución que queda en pie del antiguo régimen colonial, verdadera escuela de práctica política, en la que los vecinos ejercitan su responsabilidad de participar. En este punto el error de Echeverría al defender el voto cualificado, señalado con razón y con machacona insistencia, no puede ser juzgado fuera del contexto de su tiempo, en el que las prácticas democráticas eran precarias y cuando aún faltaban muchas décadas para la Ley Sáenz Peña (1912) del voto universal y secreto (sólo para varones), y aún un siglo para el voto femenino (1947) en la Argentina.
Entre otros aciertos remarcables Echeverría, proclive a conciliar el anticlericalismo ilustrado con la religiosidad romántica, anticipa la necesidad de la separación de la Iglesia y el Estado (que se logrará recién durante la primera presidencia de Julio A. Roca, 1880-1886), y orienta el sentimiento religioso hacia la fe patriótica, consciente de la necesidad de crear en el pueblo fundamentos sólidos para la nueva nación. Ve en «Mayo» el símbolo unificador que arraiga en el pasado y crea una continuidad histórica, y lo propone como eje de los distintos proyectos nacionales. Insiste en la necesidad de «no perderse en abstracciones» y de gobernar con «el ojo clavado en las entrañas de nuestra sociedad».
Esta obsesión del pensador por realizar sus proyectos teniendo en cuenta la geografía y el modo de ser local, se cumple tanto en su prédica política, como en su obra literaria.
Son tantos los aportes y el compromiso de Echeverría con su país y su época, que resulta inútil, o al menos mezquino, señalar las omisiones de una vida entregada con pasión a construir denodadamente una nación por medio de las nuevas ideas, la fe en la palabra literaria y el magisterio oral.
https://www.cervantesvirtual.com/portales/esteban_echeverria/autor_vida_obra_trayectoria/