martes, 1 de febrero de 2022

Vida y obra de Esteban Echeverría - Parte 1

 

Trayectoria vital y literaria

La vida y la obra de Esteban Echeverría (1805-1851), poeta cívico comprometido tanto con la renovación de la literatura, como con la «regeneración» de la sociedad, fueron condicionadas por la época turbulenta que le tocó y que aparece en sus textos, exacerbada y contradictoria, como la rescata la Historia.

Su trayectoria abarca tres momentos sobresalientes de la Argentina de la primera mitad del siglo XIX: la Revolución de Mayo, el período ilustrado encabezado por Bernardino Rivadavia y la etapa federal bajo la hegemonía de Juan Manuel de Rosas, que coinciden con su infancia, su formación, y su madurez cívica y literaria, respectivamente.

Infancia. La revolución

José Esteban Antonio Echeverría nace en el barrio porteño del Alto, hoy San Telmo, en 1805, durante las turbulencias previas a la Revolución de Mayo de 1810 que culminará, años más tarde, con la libertad de las colonias españolas de Sudamérica.

Justamente es en la escuela de San Telmo, que dependía del Cabildo revolucionario, donde Esteban y su hermano José María reciben las primeras letras junto con el credo de libertad e igualdad de los ideólogos de Mayo, inspirados en las doctrinas del iluminismo y la Enciclopedia. No es casual que, cuando escriba el Código, sea «Mayo» una de las «Palabras simbólicas» de sus mandamientos políticos.

Aunque el adulto adjudicará luego las falencias de su educación formal a las contingencias revolucionarias, hay que añadir causas personales como la muerte prematura de su padre y las desavenencias con el padrastro, así como los cuidados maternos por su frágil salud y la muerte de ésta, que agudizan una enfermedad cardiaca y dolencias nerviosas sufridas de por vida y tipificadas como neurastenia por alguno de sus biógrafos.

Formación. Buenos Aires y París

La primera etapa de su formación transcurre en el Buenos Aires ilustrado y la segunda en el París del romanticismo.

Su juventud porteña coincide con el protagonismo público de Bernardino Rivadavia, político ilustrado que llegará a ser el primer presidente de la flamante Nación (1826-27) aunque su influencia abarcó un período más amplio, desde 1821, cuando asumió como ministro de gobierno.

En la conformación del país, en la pugna entre las provincias del interior y los porteños, la derrota militar de Buenos Aires en la batalla de Cepeda (1 febrero 1820) supuso paradójicamente su prosperidad, gracias a la autarquía federal que la benefició con los recursos de la aduana y el puerto.

Las ventajas económicas y las políticas progresistas del gobierno unitario impulsadas por Rivadavia, desarrollan y modernizan la ciudad. Se adoptan una serie de medidas de gobierno entre las que destaca el apoyo a la educación: se crea la Universidad de Buenos Aires en 1821, el Departamento de Primeras Letras, al que concurrirá Echeverría, el Colegio de Ciencias Morales, y se implementa un sistema de becas para formar en Europa a los profesionales que necesitaba la nueva Nación. Para contrarrestar la herencia universitaria de orientación escolástica y la enseñanza en manos de la Iglesia, se impulsa la escuela pública y se modernizan los contenidos de acuerdo con las doctrinas del cientificismo laico de la Ilustración.

La formación porteña de Echeverría, que había comenzado en la escuela del Cabildo, continúa en el ambiente liberal del Departamento de Primeras Letras, del que fue alumno, y con las prácticas en los almacenes del Lezica y Piñeyro, ambos personajes del entorno rivadaviano, impulsores del viaje a París del joven aspirante, que estudia francés entre los despachos del almacén, y adhiere a la estética neoclásica de sus maestros.

El viaje a París

El joven talentoso viaja a París ayudado por la política rivadaviana que tenía comisionados en algunas capitales europeas (Londres y París) para acoger y orientar a los jóvenes argentinos enviados por el gobierno para completar sus estudios en los centros de avanzada de la época.

Zarpa de Buenos Aires en octubre de 1825, y después de cuatro meses de accidentada travesía, desembarca en Le Havre y se instala en París en marzo de 1826. En esta ciudad, durante algo más de cuatro años, transcurre la segunda fase de su formación, y la de mayor importancia literaria, hasta su regreso a la Argentina a fines de junio de 1830, tras breve paso por Londres.

Cuatro años en los que no sigue una carrera regular, sino que toma cursos de distintas asignaturas en la Sorbona, el Ateneo y también con profesores particulares. Es época de ávidas lecturas en las que tercia «las más serias» sobre política, filosofía, sociedad, legislación –según la valoración de quién aún no ha asumido su vocación-, con las literarias: «Shakespeare, Schiller, Goethe y especialmente Byron me revelaron un mundo nuevo».

París vive por esos años el punto máximo del romanticismo que supuso no sólo un cambio radical de estética literaria sino una revolución cultural que involucra a la sociedad. La envejecida Ilustración y el neoclasicismo son defenestrados por el movimiento romántico que tendrá su manifiesto en el prefacio a Cronwell (1827) de Victor Hugo, su joven conductor de veinticinco años. La victoria de la nueva estética ocurre en 1930, en el estreno de Hernani en el teatro Odeón, donde se da la conocida batalla entre clásicos y modernos. Ese mismo año, Lamartine publica Harmonies e ingresa a la Academia, lo que significa la institucionalización de la nueva estética.

Si bien no se tiene puntual noticia de la participación de Echeverría ni de sus relaciones con los protagonistas del momento, no es difícil suponer que aspiró el intenso clima de cambio cultural de la ciudad y que adhirió al nuevo credo romántico por flechazo generacional.

A su regreso a Buenos Aires lleva en la maleta, no sólo los saberes teóricos aprendidos con sus profesores franceses y la nueva sensibilidad que ha triunfado en la ciudad, sino una consecuencia que el transtierro y la toma de distancia despiertan en el joven argentino: la certeza de una pertenencia americana, la conciencia de identidad.

Ambas etapas, la rivadaviana y la parisina, son decisivas para el desarrollo futuro del conductor y del literato. Su formación en Buenos Aires, había combinado el conocimiento directo de la realidad, adquirido en el trato con los gauchos en la estancia pampeana de Los Talas y en sus andanzas juveniles por el suburbio porteño, con la interpretación teórica de esa realidad hecha de espaldas al país real, desde las cátedras europeizantes de la Universidad. En París se desprende del legado de los claustros rivadavianos (más exactamente, de la parte envejecida de ese legado) y, por empatía generacional, adhiere a las nuevas doctrinas del romanticismo en el propio teatro de su gestación, y toma conocimiento del socialismo utópico que terminará de profundizar con lecturas recomendadas por sus amigos en Buenos Aires.

El equipaje de un precursor

Mientras el joven becario estudiaba, leía y aspiraba los aires nuevos de la capital francesa, en su tierra se profundizan las diferencias ideológicas que llevarán al país a una división en dos grandes partidos, pronto irreconciliables. El unitario, heredero de los principios revolucionarios de Mayo y del racionalismo ilustrado de sus ideólogos, vigorizado por la gestión de Rivadavia, pero que no logra extenderse al interior y atiende fundamentalmente los intereses de Buenos Aires. Y el federal, al que responden la mayoría de las provincias, aliadas o enfrentadas entre sí.

Este último tiene el apoyo de los federales porteños que, luego de distintos avatares (ente ellos, la ejecución de Manuel Dorrego –federal moderado, gobernador de Buenos Aires– por orden el general unitario Juan Lavalle), verá surgir entre sus filas a Juan Manuel de Rosas, elegido gobernador de Buenos Aires en 1829, que controlará el poder en las Provincias Unidas hasta 1852, un año después de la muerte de Echeverría.

Cuando en Junio de 1830 Echeverría regresa de París, Rosas gobernaba con facultades extraordinarias, delegadas por las provincias, que se prorrogarán indefinidamente; y el exilio de los unitarios, sus antiguos maestros, benefactores y amigos, había comenzado: «al volver a mi patria ¡Cuántas esperanza traía! Pero todas estériles: la patria ya no existía».

Efectivamente, la situación política del país había cambiado; pero también los cuatro años en París habían cambiado al propio Echeverría. Es significativo que cuando el joven dependiente de los almacenes de Lezica embarcó rumbo a Europa se registra como «comerciante» y al regresar a su país figura como «literato». El viaje, sin dudas, le aclaró su destino.

Por otra parte, en su equipaje de ida, llevaba un ejemplar de La lira argentina, compendio de poesía neoclásica, compilada por iniciativa gubernamental cuando Rivadavia era ministro de gobierno, para legar a la posteridad la poesía patriótica de la gesta de Mayo. El libro, publicado (y censurado) en París luego de curiosas peripecias, había llegado a Buenos Aires en 1924, meses antes de la partida a Francia del joven Echeverría, que lo incluyó en su escueto equipaje bibliográfico como quien lleva al partir una síntesis de sus adhesiones: Mayo y la poesía neoclásica. Pero la experiencia en el París bullente de la revolución romántica opera un cambio de mentalidad y, a su regreso, será intangible pero muy otro el equipaje intelectual que introduce en el Plata.

La búsqueda de libertad, el ideal de independencia, la revolución política de los poetas próceres de Mayo, aún encorsetados en los moldes neoclásicos de La lira argentina, encontrará en el desborde romántico un formato a su medida. En esa turbulencia intelectualmente fecunda e incentivadora, Echeverría descubre no sólo su destino de poeta, sino su identidad de poeta cívico americano; y encuentra también el instrumento nuevo, el lenguaje, para ejercerlo.

El romanticismo era algo más que una escuela literaria; aunaba en un mismo impulso la revolución estética y el cambio social. El historicismo, la construcción de la nación, una religiosidad laica y anticlerical, el individualismo y el socialismo utópico del movimiento romántico eran una reacción contra el universalismo estático y el racionalismo cientificista de la ilustración, de los que el joven rioplatense se apartaba a medida que avanzaba su conversión al nuevo credo. Conversión que continuará y se afirmará a su regreso, en el ambiente abierto y receptivo del Buenos Aires poscolonial, por influencia de las lecturas que le recomiendan sus amigos, sobre todo Juan Bautista Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento, admiradores de Saint Simon entre otros pensadores franceses del momento.


Alberto Castillo - Los grandes

lunes, 10 de enero de 2022

Entrevista a Adalbert Krieger Vasena por Juan Carlos De Pablo – Parte 6

¿Qué edad tenía cuando renunció?

49 años.

Un poco joven para jubilarse…. Aun en la Argentina. ¿Recibe la jubilación de ministro?

Recibo la jubilación a partir de 1979, por haber realizado aportes jubilatorios por un período mayor a 30 años de servicios.

Volviendo al tema, yo sospecho de aquellos que nunca han trabajado. En el resto del mundo esto no es así; lo hemos inventado en la Argentina. ¿O es una forma de sacar a la gente capaz de la función pública? Lo que algunas veces he pensado. Quizás es una forma muy hábil de llevar a los no idóneos, a los ineptos, a la función pública.

Usted dice que no volvió a la actividad oficial pero sin embargo retornó a la función pública internacional en la década del ‘70…

Yo me quedé en la Argentina hasta fines de 1971 y luego, como dice usted, me convierto en el trapo rojo de unos pocos llamados políticos que buscan cualquier excusa para organizar un escándalo, pero que no tienen a nadie detrás de ellos y sus supuestas plataformas no proponen nada para el país; lanzan calumnias y ataques personales, pero no ofrecen soluciones a los problemas nacionales. Volviendo a la pregunta, considero que no podemos invalidar a la gente que ha tenido experiencia, tanto pública como privada, y ponerla en la congeladora.

Recuerdo que por 1972 hubo una sola defensa pública de su persona (posiblemente hayan existido otras pero las desconozco), frente a los ataques que estamos comentando y ante la posibilidad de que usted trabaje donde le parezca. Esa defensa estuvo a cargo de Guido Di Tella durante un reportaje que le hicieron por televisión.

Sí señor. Guido Di Tella fue uno de los pocos defensores que he tenido, y no tenemos las mismas ideas. En una palabra, yo tenía mi conciencia tranquila. Fue así que a fines del ’71 consideré que las cosas en la Argentina iban a terminar mal políticamente, porque el país no buscaba la solución, y acepté el ofrecimiento de escribir un libro; en Europa, sobre investigaciones económicas en América Latina.

Es una obra que elaboré con un asistente que como me cayó muy simpático decidí hacerlo coautor del trabajo. Era un hombre joven, inteligente, cubano, que había estado en Sierra Maestra peleando con el Che Guevara, un gran idealista en su juventud. 

Fíjese que el liberal argentino Krieger Vasena puede coincidir con un hombre que tenía 20 años menos que él y que había luchado en Cuba con Fidel Castro. O sea que afuera muchas veces uno encuentra gente en el camino con la cual puede coincidir, y acá en la Argentina ocurre que en muchas ocasiones no coincidimos en cosas mínimas. ¿No es nuestro gran problema buscar siempre el desencuentro e injuriar a quien no piensa exactamente igual?

Y después viene el período del Banco Mundial.

Cuando estaba terminando el trabajo de investigación, a fines de 1973, fui llamado por el presidente del Banco Mundial, McNamara, y me ofreció el cargo de la vicepresidencia ejecutiva para América Latina en aquella institución. Tuve algunas dudas. Viajé a Washington y le dije que no entendía por qué debía ser yo, habiendo tantos funcionarios capaces en el mismo banco. 

Me dijo que quería poner alguien que había tenido éxito y que, además, conociera bien la mentalidad de los países del continente, su forma de pensar y su idiosincrasia. Fue así que acepté, me trasladé a Estados Unidos y estuve cinco años en el cargo, prestando casi el mismo servicio que en un ministerio. Para mí fue una experiencia extraordinaria, donde aprendí muchísimo; por eso me enorgullezco de haber cumplido esa función donde creo que dejé un saldo favorable.

Y ahora nuevamente en la Argentina, otra vez en la actividad privada.

Sí, y me pienso quedar en la actividad privada. Creo que he cumplido con mi condición de ciudadano al servicio de mi país; si se suman los años trabajados en los dos ministerios, más los cinco años largos en el Banco Mundial, son más de 10 años al más alto nivel en la vía pública, y considero que llegado el momento uno tiene que saber renunciar a estas cosas para dejar paso a la gente joven. 

Creo profundamente en la renovación; la hubo en la parte económica pero no fue así en lo político. Yo estoy dispuesto a colaborar, a verter opiniones dentro de mis posibilidades, pero no quiero volver a las más altas funciones públicas, a tener nuevamente esa tremenda responsabilidad que cuando uno la asume con conciencia es abrumadora.

¿Cómo ve en la actualidad, con todo lo que ha pasado en el mundo y en nuestro país en estos últimos años, al período 1967-1969?

Creo que ese período demuestra una vez más que la Argentina es recuperable. Lo que pasó durante esos tres años en nuestro país se ha vivido y se ha estudiado mucho más en el exterior que en la Argentina. Para mí la mejor experiencia de esa época, incluyendo el año de Dagnino Pastore, fue que la Argentina pudo demostrar que es capaz de vivir en estabilidad monetaria, pudo distribuir los ingresos en forma equitativa y pudo mejorar su infraestructura y su estructura productiva a través de capitales internos y externos. 

Creo que el mejor saldo de aquel programa interrumpido por razones políticas es el haber demostrado que la Argentina tiene un futuro que se pudo hacer una vez y que se puede hacer nuevamente. No se puede repetir el programa porque se hizo en el contexto mundial de ese momento, pero es una experiencia válida que perfectamente se puede adaptar a la situación actual donde el mundo y la Argentina han cambiado profundamente.

https://dev.focoeconomico.org/2017/06/25/entrevista-a-adalbert-krieger-vasena-por-juan-carlos-de-pablo/