sábado, 4 de julio de 2009

Todos vestidos para atacar

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En la edición del 18 de enero de 1919 la revista Caras y Caretas dedicó 16 páginas a la cobertura de la Semana Trágica. Esta foto documenta la tarea de la Liga Patriótica, fuerza de choque juvenil de derecha, que persiguió con apoyo policial y militar a huelguistas, gente de izquierda, anarquistas y judíos.
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viernes, 3 de julio de 2009

La muerte de Hipólito Yrigoyen - Parte 2

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Al otro día se hizo presente el ministro Leopoldo Melo. Pretendía presentar las condolencias del gobierno. Melo alguna vez fue radical. O por lo menos eso fue lo que dijo. Alguna vez dijo compartir el ideario yrigoyenista. Eso sucedió hace muchos años. En ese momento era el colaborador de Justo. Melo llegó a la casa, pero no lo dejan pasar. La familia de Yrigoyen rechazó las condolencias oficiales. Melo se retiró acompañado por silbidos e insultos.

Una delegación de la juventud radical se hizo presente para pedirle a los dirigentes que el velorio se haga en Plaza de Mayo. No la escucharon. La conducción del radicalismo se había reunido en un comité del centro y ha organizado los detalles de la ceremonia fúnebre. Yrigoyen sería velado en su casa durante tres días. Delegaciones de todo el país llegaron a Buenos Aires. Desde Córdoba, el estanciero Barón Biza alquiló un tren para que los correligionarios viajen a la capital. El tren saldría envuelto en banderas radicales. A los costados de la locomotora se distinguía un retrato de don Hipólito y un escudo de la UCR.

El gobierno de Justo insiste en ningunear al jefe del radicalismo. No hay feriado y tampoco reconocimientos a la investidura. El diario La Prensa habló de la muerte del ex comisario de Balvanera. Ni una palabra sobre el presidente. Alfredo Palacios fue uno de los pocos políticos no radicales que le rindió homenaje. "'Fue un gran ciudadano, cuya honradez y austeridad pueden constituir un ejemplo" Palabras formales, pero justas.

El jueves 6 de julio el ataúd sería trasladado a la Recoleta. A las dos de la tarde el coche fúnebre y los carros ceremoniales estacionaron frente a la casa de calle Sarmiento. Un escuadrón del regimiento de Granaderos se hizo presente, pero la animosidad del público contra todo lo que provenga del gobierno era muy alta. Finalmente se retiraron.

El ataúd salió a la calle. Estaban a punto de subirlo a la carroza, pero el clamor de la multitud lo impidió: "A pulso, a pulso, a pulso..." gritaron. Los hombres querían honrar a don Hipólito llevándolo con sus brazos. El traslado desde la casa hasta Recoleta duró más de cuatro horas. Lo acompañaron más de 200.000 personas. Nunca antes Buenos Aires había visto una multitud semejante. Allí estaban todos. Los dirigentes, los punteros, los caudillos, los compadritos de las orillas, los vecinos de Buenos Aires que tres años antes salieron a la calle pidiendo su derrocamiento.

El gobierno nacional anuncia que sancionará a los empleados públicos que no trabajen ese día. La ausencia en las oficinas será altísima. Dos empleados se columpian de un farol. Son jóvenes y sonríen con insolencia. Uno de ellos le dice a los periodistas: "'Mirá viejo...y ustedes decían que lo queríamos por interés, por los puestos públicos..."

Nadie quiere estar ausente. El amor, la culpa, el respeto iluminan el rostro de esos hombres y mujeres que acompañan al caudillo en su último viaje. También la rabia. En las ventanas del Congreso un grupo de legisladores conservadores contempla el paso del cortejo. Desde la calle les gritan que se descubran. Uno de ellos lo hace, pero los otros ajustan más sus sombreros. Los silbidos son ensordecedores. Luego vienen las piedras.

Como a las siete de la tarde llegaron a la Recoleta. Las crónicas dirán que hubo más de diez heridos y el número de desmayos superó el centenar. El ataúd fue depositado en el Panteón de los Revolucionarios del Noventa. La plana mayor del radicalismo lo despidió. Hablaron Pueyrredón, Noel, Antille, Santander y Sabattini. Oyhanarte había regresado del exilio para estar presente. Sabía que a la salida del cementerio lo esperaba la cárcel, pero no quiso faltar a la cita. Alvear se descubrió y habló. Era el heredero del radicalismo. Yrigoyen les había pedido a sus correligionarios que lo sigan. "'No puedo callar la emoción, la profunda melancolía personal al ver partir al amigo que aprendí a querer y admirar durante cuarenta años" dijo. Ricardo Rojas ha improvisado una oración: "'Sus enemigos han estado años mordiéndolo con saña y aún no saben que mordieron bronce", concluye.

Rogelio Alaniz
http://www.ellitoral.com
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La muerte de Hipólito Yrigoyen - Parte 1


Murió el 3 de julio de 1933. Fue un lunes y lloviznaba. Elpidio González le preguntó la hora a Alvear y el patricio sacó su reloj, lo miró y dijo: son las 19.21. Yrigoyen tenía más de ochenta años y había sido dos veces presidente de la República Argentina. No murió de golpe. Fiel a su estilo, se tomó su tiempo. Se fue apagando despacio y controló la situación casi hasta el final. Su cuarto era austero como austera era su casa. Según Ramos Mejía, "es más el lugar de penitencia de un monje laico que la mansión de un poderoso".

Cuatro médicos estuvieron en su cabecera: Izzo, Escudero, Meabe y Tobías. También lo acompañaron sus correligionarios más cercanos: Alvear, Pueyrredón y González. A su lado estuvo su amigo el comisario Fernando Betancour, que fue conservador hasta que lo conoció a Yrigoyen. En un rincón, en silencio, estaba Vicente Scarlatto, para algunos el confidente político de un hombre poco dado a las confidencias.

Nunca fue un católico practicante, pero aceptó que un fraile dominico -Álvaro Álvarez y Sánchez- lo confesara. Tampoco se opuso a que monseñor De Andrea rezara una oración en su nombre. Arregló sus cuentas con Dios con la misma discreción y reserva con que había arreglado sus cuentas con la vida.

También se preocupó por arreglar las diferencias con su familia. Con su hijo Eduardo estaban distanciados desde hacía por lo menos veinte años. Nunca nadie supo los motivos de esas diferencias. En realidad, nadie nunca pudo acceder a la vida privada de Yrigoyen. El misterio envolvía su personalidad como un aura o como una capa. Pero una semana antes de su muerte, Eduardo Yrigoyen se hizo presente en el cuarto de su padre. En esos días también llegó su hija Sara. Su otra hija, Elena, lo acompañaba desde hacía meses.

Los golpistas del 6 de setiembre de 1930 no le ahorraron ninguna humillación a don Hipólito. La detención en la isla Martín García, los agravios en la prensa cortesana, las investigaciones, la autorización para que la chusma asaltara su casa de calle Brasil. Sin embargo, para fines de 1932 la popularidad de Yrigoyen entre las clases populares volvía a ser grande. Los mismos que habían mirado con indiferencia o complicidad los preparativos del golpe de Estado, los mismos que se habían burlado del César octogenario o del caudillo senil y déspota, parecían hacerse cargo de su error. Los rigores de la dictadura de Uriburu, las persecuciones políticas y los planes de ajuste habían cumplido su tarea pedagógica.

En diciembre de 1932 la policía lo detuvo y lo acusó de terrorista. Las gestiones políticas permitieron liberarlo. En enero de 1933 llegó a Buenos Aires. En el puerto pocos prestaron atención a ese hombre de mirada severa, de chambergo, chalina y bastón y vestido de riguroso traje gris. Lo acompañaban su hija Elena y su secretaria Isabel Menéndez. Desde el puerto se trasladó a su casa de Sarmiento 844.

El 5 de abril se embarcó para Montevideo. Allí iba a estar casi tres semanas. Hacía más de cuarenta años que no pisaba tierra oriental. Lo había hecho después de la revolución radical de 1893. Ahora, como antes, llegaba a Montevideo como un perseguido. En realidad nunca fue amigo de los viajes. A diferencia de muchos de los hombres de su generación, jamás había viajado a Europa. Tampoco se interesó por hacerlo.

En la ciudad oriental lo iban a visitar los principales dirigentes del Partido Blanco. Conversaron con él Eduardo Víctor Haedo y Luis Alberto Herrera. En Montevideo, Yrigoyen lee los diarios, almuerza con sus amigos, pasea por la ciudad y descansa. En la última semana de abril le avisaron de la muerte de su hermana Marcelina. Prepararon el equipaje y regresaron a Buenos Aires. Sería su último viaje.

Los meses de mayo y junio transcurrieron sin grandes novedades. De vez en cuando paseaba en coche por la ciudad. A veces algún vecino lo reconocía y se acercaba a saludarlo. Le respondía con un gesto o llevando la mano al sombrero. Yrigoyen no podía con su genio y recibió a los correligionarios. Dialogaba con ellos, sugería estrategias y escuchaba opiniones. No intervenía como antes en las decisiones partidarias, pero estaba al tanto de todo. Sus incondicionales le informaban hasta los detalles que sacudían la vida interna de la UCR. A cada uno de sus visitantes le insistía en la necesidad de trabajar por la unidad del partido.

Para los primeros días de junio ya no podía levantarse. Los amigos y los médicos le dicen que es una indisposición pasajera, pero Yrigoyen no se engaña. "Siento que me voy" le dice a su amigo Betancour. Dos correligionarios lo visitaron para informarle sobre una conspiración. La respuesta de Yrigoyen sería de alguna manera su testamento político: "'No quiero una gota de sangre, pero quiero la unión de la UCR".

Una multitud rodeaba la casa de calle Sarmiento. Los curiosos se agolpaban en la calle y en las veredas. Se han metido en la casa, están en el recibidor, en las escaleras. El dolor, el asombro, se retrataba en los rostros de todos. "Se ha extinguido la vida de nuestro jefe" había dicho el comisario Betancour con lágrimas en los ojos y se ha abrazado con Alvear. Tamborini ha salido al balcón y se ha dirigido a la multitud: "Ciudadanos, descubrirse". Después todos han cantado el Himno Nacional.


Rogelio Alaniz
http://www.ellitoral.com

La muerte de Yrigoyen

Muestra material filmico del nultitudinario funeral popular que tuvo el gran estadista Hipolito Yrigoyen en 1933
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jueves, 2 de julio de 2009

Nicolás Avellaneda reflexiona sobre el papel de la lectura



Fuente: Juan Mamerto Garro, Nicolás Avellaneda: escritos y discursos, Buenos Aires, Compañía Sud-Americana de Billetes de Banco, 1910.

La lectura fecunda el corazón, dando intensidad, calor y expansión a los sentimientos. Los egoístas no practican, en general, la lectura, porque pasan absortos en la árida contemplación de sus intereses personales. No sienten la necesidad de salir de sí mismos y estrecharse con los demás. Las personas indolentes no leen; pero ¿qué son el ocio y la indolencia, sino las formas plásticas del egoísmo? La naturaleza es pródiga en sorprendentes escenas, en maravillosos espectáculos que el hombre sedentario apenas conoce y que los viajeros contemplan con extática admiración. Los placeres sociales encantan al hombre; pero no siempre vienen a su encuentro ni dependen de su voluntad. Entretanto, los placeres que proporciona la lectura son de todo tiempo y de cualquier lugar, y son los únicos que puede renovar a su albedrío.
La lectura es poderosa para curar los dolores del alma, y Montesquieu ha escrito en sus pensamientos que jamás tuvo un pesar que no olvidara después de una hora de lectura.
El libro es enseñanza y ejemplo. Es luz y revelación. Fortalecen las esperanzas que ya se disipaban; sostiene y dirige las vocaciones nacientes que buscan su camino al través de las sombras del espíritu o de las dificultades de la vida. El joven oscuro puede ascender hasta el renombre imperecedero, conducido como Franklin por la lectura solitaria. El libro da a cada uno testimonio de su vida íntima.
Es el confidente de las emociones inefables, de aquellas que el hombre ha acariciado en la soledad del pensamiento y más cerca de su corazón, así la lectura del libro que nos ayudó a pensar, a querer, a soñar en los días felices, es el conjuntos de sus bellas visiones desvanecidas por siempre en el pasado. Cuando puede sustraerme a lo que me rodea y releo mis antiguos libros, parece que se renueva mi ser. Vuelvo a ser joven. Lo que pasó, está presente; y creo por un momento que puedo envolverme de nuevo en la suave corriente de los sueños desvanecidos, cuando repitiendo con acento enternecido el verso de Lamartine o de Virgilio los llamo y los nombro con las voces de mi antiguo cariño. Enseñemos a leer y leamos. El alfabeto que deletrea el niño es el vínculo viviente en la tradición del espíritu humano; puesto que le da la clave del libro que lo asocia a la vida universal. Leamos para ser mejores, cultivando los nobles sentimientos, ilustrando la ignorancia y corrigiendo nuestros errores antes que vayan con perjuicio nuestro y de los otros a convertirse en nuevos actos.