jueves, 5 de julio de 2012

Manuel Quintana Y Bernardo De Irigoyen – parte 8


Tras la reunión, el diplomático ordenó que el buque abandonara sus preparativos, circunstancia que generó un clima favorable para la posterior solución del problema.

También le correspondió en 1876 negociar los tratados de paz y límites con el Paraguay y el Brasil, que cerraron gran número de las cuestiones derivadas de la guerra de la Triple Alianza. Por otro lado, convencido de la necesidad de poner término a los litigios con Chile, logró, tras prolongadas y complejas gestiones, que los plenipotenciarios del país trasandino, Diego Barros Arana, y de la Argentina, Rufino de Elizalde, firmasen en 1878 un tratado preliminar en Buenos Aires.

Un año atrás, cuando Avellaneda reorganizó su gabinete, le había confiado la cartera de Interior, delicado puesto en el que puso en juego su polifacética experiencia. Cuando dejó el cargo, ocupó la vicepresidencia del Comité Patriótico, que tuvo el cometido de defender los intereses de la República en su diferendo con Chile. El primer mandatario volvió a requerir sus servicios en calidad de enviado extraordinario y ministro plenipotenciario ante el Uruguay, cuando parecía avecinarse un nuevo conflicto. Sus gestiones fueron exitosas y su nombre figuró entre los candidatos a la Presidencia, postulación que no aceptó. El nuevo jefe del Poder Ejecutivo, Roca, le encargó las relaciones exteriores cuando volvían a agravarse las diferencias con Chile. Su habilidad y tesón fueron piezas fundamentales para el tratado de límites sobre las mismas bases que había propuesto un lustro antes. Concluida la cuestión, el Presidente le pidió que se hiciera cargo del Ministerio del Interior.

Candidato a Presidente

Se acercaba la renovación presidencial. En 1885 Irigoyen aceptó la candidatura que le ofreció el Partido Autonomista, pero Roca volcó toda su influencia y poder en favor de su concuñado, el doctor Miguel Juárez Celman, quien resultó triunfante. Don Bernardo se alejó de la vida pública para acercarse con prudencia pero con profunda convicción a las ideas renovadoras que hallaron su abanderada en la Unión Cívica. Respaldó, como Mitre y otros prohombres de distinto signo, esa fuerza que se oponía al Unicato y levantaba banderas de moralidad cívica. Tras la revolución del 26 de julio de 1890, vencida militarmente por el gobierno pero sin embargo triunfante en la conciencia pública, luego de producirse la renuncia de Juárez, a quien reemplazó el vicepresidente Carlos Pellegrini, se realizó en Rosario, en 1891, la gran convención de la Unión Cívica que proclamó la candidatura Mitre-Irigoyen para conducir el gobierno nacional entre 1892 y 1898. Eran dos patriarcas de la política en quienes se confiaba para una transición indispensable. Pero Don Bartolo, cuando regresó de Europa, no tardó en acordar con Roca la constitución de una nueva fórmula que parecía destinada a romper con la creciente influencia de Leandro N. Alem. La Unión Cívica se resquebrajó y pronto quedó dividida entre los seguidores de Mitre y los adictos al caudillo porteño de larga barba blanca. Don Bernardo, el conservador de siempre, terminó siendo candidato de un partido revolucionario. Mitre comprendió que carecía de fuerzas para una batalla electoral y Roca dio un paso más en sus propósitos al enfrentar al jefe del Partido Modernista, Roque Sáenz Peña, con su anciano padre don Luis. El primero renunció a sus aspiraciones y accedió al mando el binomio Sáenz Peña-Uriburu.

La agitación cívica, los estallidos revolucionarios y los consecuentes cambios de ministros marcaron los primeros tiempos del nuevo gobierno. Irigoyen fue desterrado a Montevideo, con motivo del estado de sitio a que se ha hecho alusión en la semblanza de Quintana, y desde allí le escribió a su antiguo condiscípulo y amigo el Presidente. No le reclamaba nada para sí pero le sugería medidas indispensables en favor de la concordia.

De regreso en el país, fue elegido senador nacional por Buenos Aires, y le tocó debatir con Quintana en una de las más célebres sesiones de la Cámara alta durante aquella década tan difícil. Se enfrentaron dos estilos. Irigoyen acentuaba –según Joaquín de Vedia que en aquella ocasión se había desempeñado como redactor de La Tribuna Nacional- su decir pausado que le permitía cerrar sus frases cargadas de argumentos y también de ataques al ministro; éste, que según Ibarguren estaba bajo la impresión de la grave enfermedad de una de sus hijas, acometió con fuerza pero finalmente fue perdiendo la voz y terminó por excusarse y abandonar el recinto.

Se discutía la imposición del estado de sitio en algunas partes del país y la intervención de ciertas provincias, como señalé antes. La interpelación provocó una crisis de gabinete, pues quedó coronada por una minuta de amnistía a los revolucionarios, que se negó a suscribir el Presidente, quien terminó por renunciar al cargo.

Irigoyen fue elegido gobernador de Buenos Aires en 1898 y rigió los destinos de esa provincia, con su habitual responsabilidad y conocimientos administrativos, hasta 1902. Otra vez nombrado senador nacional en ese año, ocupó su banca hasta su muerte, el 27 de diciembre de 1906, sin que sus años le impidieran actuar en forma activa.

Paralelamente a su labor política, Don Bernardo ocupó elevados cargos universitarios y recibió múltiples muestras de reconocimiento y aprecio de parte de los argentinos.

Ante su tumba abierta habló el ministro de Relaciones Exteriores y Culto, doctor Manuel Augusto Montes de Oca. Y su otrora adversaria, La Nación, aludiendo a una de sus más notorias cualidades, expresó: “El doctor Irigoyen fue uno de los grandes señores de la República”.

(*) Miguel Angel De Marco es doctor en Historia. Ha sido el primer santafesino en ocupar la presidencia de la Academia Nacional de la Historia (2000-2005). Es ciudadano ilustre de Rosario. Dirige el Departamento de Historia y el Doctorado en la especialidad de la Universidad Católica Argentina y ha escrito numerosos libros, entre los que se mencionan Bartolomé Mitre. Biografía, La Guerra del Paraguay y Corsarios Argentinos. Héroes del mar en la independencia y en la guerra contra el imperio del Brasil. Además publicó, junto con el profesor Oscar Luis Ensinck, hace treinta y cuatro años, una Historia de Rosario.

Miguel Ángel De Marco (*)
Creado el 13/05/2008 13:57 por María Soledad Bedino

1 comentario:

  1. Excelente toda la nota, es muy larga pero llena de data.Me gustan mucho los articulos, me sirven para estar al tanto de los personajes que hubieron en nuestra tierra.

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