miércoles, 2 de septiembre de 2015

Apodos y sobrenombres - Parte 1



La historia universal fue hecha por millares de hombres que, en tiempo y forma, han heredado un apodo o sobrenombre, sea por aclamación popular o por cuestiones meramente personales. Dentro de esta lógica natural, obviamente que no podían faltar los apodos de los dirigentes políticos nacionales que actuaron como federales y unitarios en el siglo XIX.

Casi no se hace alusión, en los prosistas del liberalismo, el apodo Don Bartolo con que se lo conocía a Mitre desde las páginas de la revista “Caras y Caretas”, allá por el 1900. Menos divulgado ha sido el apodo Zonzo que recibió el creador del diario “La Nación” por parte del jurista Dalmacio Vélez Sarsfield. Por su parte, Juan Bautista Alberdi en medio de sus polémicas interminables con Sarmiento, no dudará en llamarlo a éste Trabajador Improductivo y Estéril. En una carta, el gobernador Rosas señala al El Loco Sarmiento.

Si de los unitarios o colaboradores de ellos nos acordamos, difícil olvidar a la hermana del general Lavalle, Chepita, cuyo verdadero nombre era Josefa Lavalle de Sáenz Valiente. El salvaje unitario Alejandro Dumas también le llamaba Pepa Lavalle, y, ya anciana, sus familiares la trataban de Mamá Chepita.
Durante el famoso Sitio de Montevideo (1843-1851), el general colorado Melchor Pacheco y Obes fue uno de los que viajó a París, Francia, para buscar la ayuda y solidaridad de los franceses ante el asedio de la ciudad capital por parte de las tropas de Oribe y Rosas. A Pacheco y Obes le quedó el mote de Vinagre.

Por su fealdad y crueldad, el general Fructuoso Rivera fue denominado El Pardejón, y Don Frutos por parte de los indios guaraníes a los cuales, promediando la década de 1830, mandó asesinar o a exhibir en Europa como “rarezas” de nuestro continente. Entre los propios unitarios hubo infinidad de discordias cuando de “civilizar” al país se trataba. Así, Bartolomé Mitre le asignó el mote deWashington de Sudamérica al general Urquiza cuando éste, en réproba actitud timorata, no se jugaba por las montoneras federales o por apoyar a los unitarios que, con sus ejércitos de línea, los masacraban a aquéllos en el interior, colocándose por encima de las luchas internas.

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