miércoles, 23 de enero de 2013

José Apolinario Saravia – parte 3




Tomó parte en la Batalla de Tucumán, el 24 de septiembre de ese año, destacándose en acertadas y oportunas actuaciones.

El General Paz, en sus “Memorias Póstumas”, se refiere a él en estos términos: “José Apolinario Saravia fue un hombre valiente y sagaz y muy inteligente, y como era de color cobrizo muy subido, de tinte amoratado, se le llamaba popularmente ‘Chocolate Saravia’”.

Al comentar un episodio, ocurrido en esa batalla, que pudo resultarle fatal –varios historiadores dicen que Saravia le salvó la vida-, Paz relata que disparó su pistola contra un soldado realista, sin dar en el blanco y éste la apuntó con un fusil, pero sin que saliera el tiro, lo que le hace deducir que estaba descargado. Saravia, agrega Paz, que no estaba lejos se precipitó en mi ayuda con la celeridad de un rayo, lo cual visto por el soldado tiró su arma a tierra y huyó; Saravia que lo persiguió como buen paisano de un poderoso puñal, y habiéndolo alcanzado sin apearse ni parar el caballo le dio dos o tres puñaladas por la espalda, de que cayó me supongo por muerto. Y termino con otra cita del futuro gran táctico general Paz quien en sus Memorias, afirma de Saravia ‘que era muy agauchado, cabalgaba un soberbio caballo, era sumamente diestro en su manejo y profesaba un odio rencoroso a los realistas’.

En la misma Batalla de Tucumán actuó como ayudante de Díaz Vélez, quien encerrado en la ciudad después de una jornada confusa y ante la intimación que le hiciera el general Tristán para que se rindiera, tomó conocimiento –“gracias al valor e inteligencia de los oficiales don José María Paz y don Apolinario Saravia, que, con gran riesgo de la vida, fueron por orden de Belgrano a informarse de la plaza”. (Historia de Güemes por Frías, Tomo II, página 549—que el general en jefe vendría en su auxilio con el resto de las fuerzas, lo que decidió el rechazo de la intimación del jefe enemigo.

Llegado el ejército patriota a Salta, se encontró con una situación muy peligrosa, pues Tristán había fortificado “Los Portezuelos”, sobre la única entrada conocida, viniendo desde Tucumán. Fue el Teniente José Apolinario Saravia el que hizo vender esa situación, tan desfavorable para Belgrano invirtiendo los papeles. Efectivamente, con su amplio conocimiento del terreno –por ser su padre, el Coronel Saravia, propietario de la estancia Castañares-, indicó que podía pasar el ejército, viniendo desde la Lagunilla, y desembocar al Valle de Lerma por la Quebrada de Chachapoyas, con lo cual desbarataba la excelente posición de Tristán, obligándolo a un cambio total del frente de combate, cortándole la retirada en caso de derrota, como había de ocurrir y separándolo de un fuerte contingente de quinientas plazas que tenía apostado en Jujuy.

Completó el joven oficial esta valiosísima colaboración con su acto de arriesgado espionaje, antes de la batalla. Aprovechando su físico y hasta su voz ronca y rústica, se disfrazó como un pobre hombre de campo, con ropas raídas, un viejo y roto sombrero, y ojotas en sus pies. Así, hábilmente caracterizado, entró en la ciudad “arreando una recua de burros cargados de leña, que era el único combustible que se usaba entonces”. Después de recorrer toda la ciudad –bastante pequeña por cierto- cobrando un precio excesivo por la mercadería a fin de que no se le terminara antes de observar todo lo que podía ser de interés, llegó a la casa paterna, ubicada en el centro y allí descargó toda la leña que le quedaba, saliendo de la ciudad con sus burros para ir a informar de cuanto había visto y oído.

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