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lunes, 18 de noviembre de 2024

Arroyo Grande, una batalla casi olvidada en Entre Ríos, cuyos jefes eran orientales: Rivera y Oribe - Parte 2

 Al mismo tiempo, la extrema izquierda federal, mandada por el coronel Servando Gómez, apoyó el avance del ala izquierda, mandada por el coronel José María Flores, contra las fuerzas orientales del coronel Pedro Mendoza.


Si bien la caballería unitaria de este lado logró hacer retroceder a los federales, la herida y posterior muerte de Mendoza desorientó a sus hombres, que abandonaron el campo de batalla. En las filas de Flores estaban los coroneles porteños Cayetano Laprida, Vicente González, Nicolás Granada y el futuro caudillo federal Juan de Dios Videla.

Si bien la caballería federal logró ventajas evidentes, fue el centro el que decidió la batalla. La infantería del general Ángel Pacheco atacó a la artillería oriental, mandado por el coronel Santiago Lavandera (sobrino de Rivera) y dividida en dos fracciones, al mando de los coroneles unitarios Martiniano Chilavert y José María Pirán. Las divisiones federales de los coroneles Mariano Maza, Pedro Ramos, Jerónimo Costa, Cesáreo Domínguez y Marcos Rincón avanzaron hasta los cañones a paso rápido y desplazaron a los artilleros. Este ataque estuvo apoyado por la artillería del coronel Juan Bautista Thorne y del teniente coronel José María Francia.

La reserva unitaria, formada por los correntinos del general Ramírez “chico”, tuvo que lanzarse a la lucha muy temprano para defender las posiciones de las alas de caballería, por lo que no pudo ser utilizada más tarde. La reserva federal, en cambio, al mando del coronel Manuel Urdinarrain, tuvo la oportunidad de apoyar alternativamente a Urquiza y a Gómez.
La infantería y artillería de Rivera, separadas de las alas de caballería, se retiraron lentamente, perdiendo en su marcha varios oficiales, como los coroneles Francisco Sayós, Joaquín de Vedia, Bernardo Henestrosa y Nicolás Tedeschi, quien se suicidó para no rendirse.
Los vencidos tuvieron 2.000 muertos y 1.400 prisioneros, perdiendo, además, la artillería, la munición y 24.000 caballos. Toda la artillería y la infantería cayeron en poder del enemigo; los oficiales, y se dice que incluso los cabos y sargentos, fueron ejecutados, mientras los soldados se incorporaron al ejército de Oribe. En particular, los blancos uruguayos se ensañaron con los colorados, ya que los consideraban traidores por haber derrocado al gobierno legal con ayuda extranjera.
Las bajas de los federales sumaron 300 entre muertos y heridos.
La caballería vencida, en cambio, logró retirarse sin demasiadas pérdidas. Por supuesto, se dividió entre los orientales (y los santafesinos de López), que cruzaron el río hacia Montevideo, y los correntinos que regresaron a su provincia. En el mando de los primeros se destacaron los coroneles Anacleto Medina y Manuel Olazábal, que reorganizaron relativamente las fuerzas.
 
La Guerra Grande
Esta batalla marcó el final de la guerra iniciada en la Argentina en 1839, y significó el comienzo de la llamada Guerra Grande en Uruguay. En realidad, en la visión de Oribe y sus partidarios, ésta fue la continuación de la que había desatado a partir de 1836 Rivera contra Oribe. Sólo que, entre medio, habían pasado cuatro años.
Rivera se retiró rápidamente hacia el sur, pensando que sería perseguido de cerca por Oribe. Algunos jefes colorados mantuvieron la defensa durante algunas semanas en el norte del país, pero fueron barridos hacia el sur.
Oribe comenzó la persecución con notable atraso, y perdió semanas solucionando problemas menores lo que dio al gobierno colorado la oportunidad de reunir un ejército de 5.000 hombres.9 Para cruzar el río con toda su infantería y artillería tuvo que ser trasladado por las naves de la flota de Rosas. Sólo después de completado este traslado, comenzó la lenta marcha hacia Montevideo, al paso de los bueyes que trasladaban los cañones. Llegó el 16 de febrero de 1843 frente a la capital, donde la defensa había sido preparada por el general Paz.

En lugar de tomar la ciudad por asalto, cosa que hubiera causado grandes daños a la población, decidió sitiarla. Tras varios choques en los alrededores, las posiciones quedaron prácticamente fijas por los siguientes ocho años. La razón de tan larga resistencia estuvo en el apoyo prestado a la ciudad sitiada por las flotas francesa e inglesa (y después la brasileña) a los sitiados; una gran cantidad de los defensores, incluso, eran franceses.

Además, desde 1845 en adelante, las flotas europeas bloquearon el puerto de Buenos Aires y atacaron el río Paraná. El sitio, con sus combates, y las operaciones que hicieron los jefes colorados por el interior del país fueron lo que se suele llamar la “guerra grande”.

El gobernador Urquiza apoyó el cruce del río por Oribe y luego se lanzó, al frente de 1.200 hombres, sobre Corrientes. La caballería correntina no atinó a ofrecer una resistencia eficaz, y muchos de sus jefes huyeron al Brasil o se pasaron a las fuerzas de Urquiza. Ferré abandonó el país hacia Paraguay, y como acababa de terminar su período de gobierno, fue elegido en su lugar Pedro Cabral, jefe del partido federal.

La guerra civil argentina seguiría en los años siguientes en forma de breves y poco importantes revueltas contra los federales en el interior. La única provincia que volvería a representar un peligro para el régimen de Rosas sería la de Corrientes, que bajo el mando de Joaquín Madariaga volvería a rebelarse hacia fines de 1843. Caería finalmente en manos federales en 1847, sólo para unirse cuatro años más tarde al mismo Urquiza en la campaña que derrocaría a Rosas en la batalla de Caseros, no sin antes derrotar a Oribe, aún a las puertas de Montevideo.
 
Monumento en San Salvador

El 6 de diciembre de 2012, con motivo de conmemorarse el 170 aniversario de la batalla de Arroyo Grande, el Centro de Estudios Históricos Regionales San Salvador y las comunidades de San Salvador y General Campos, destacaron la batalla porque a pesar de que salvó la la soberanía de nuestro país de otro intento del imperio británico desde las sombras, se está olvidando en el tiempo.

El 6 de diciembre de 1972 el Centro de Estudios Históricos Regionales San Salvador levantó un monumento a los caídos en Arroyo Grande. El concejo deliberante de San Salvador declaró de “Interés Histórico Cultural al Monumento a los Caídos en la Batalla de Arroyo Grande”, que fue incorporado al Patrimonio Histórico Arquitectónico de la provincia de Entre Ríos. 

https://chajarialdia.com.ar/?p=201414

 


Arroyo Grande, una batalla casi olvidada en Entre Ríos, cuyos jefes eran orientales: Rivera y Oribe


El 6 de diciembre se cumplieron 180 años de la batalla de Arroyo Grande a unos cinco kilómetros de la ciudad de San Salvador, que por entonces no existía, una de las más sangrientas de las guerras civiles del siglo XIX.

Después del derrocamiento de Oribe en 1838, con apoyo de Francia, cuya flota bloqueaba el Río de la Plata, comenzaron una serie de guerras civiles locales en la Argentina, que culminaron en Corrientes y las provincias reunidas en la llamada Coalición del Norte.
Las provincias intentaban derrocar al gobernador de la provincia de Buenos Aires, brigadier Juan Manuel de Rosas, que ejercía un verdadero gobierno general sobre el país, sin una constitución que le diera validez.

Después del fracaso de Lavalle en llevar la revolución hasta la misma ciudad de Buenos Aires, el jefe unitario tuvo que llevar su ejército hacia el norte del país. Hasta allí fue perseguido por el general Oribe, nombrado por Rosas como comandante del ejército federal. Cuando Lavalle fue derrotado, a fines de 1841, el ejército federal quedó libre para aplastar la resistencia correntina y volver a Uruguay a recuperar el gobierno. En su camino de regreso no se suponía que pudiera encontrar más resistencia que la de Rivera, pero dos enemigos nuevos le salieron al cruce.

El general José María Paz se puso al frente del ejército correntino y venció al gobernador entrerriano, brigadier Pascual Echagüe en la batalla de Caaguazú. A continuación invadió Entre Ríos y, mientras su nuevo gobernador, brigadier Justo José de Urquiza, se refugiaba en Buenos Aires, se hizo nombrar gobernador.
Pero el gobernador correntino, brigadier Pedro Ferré se negó a apoyarlo y se marchó a Corrientes. El presidente Rivera invadió Entre Ríos, pero se quedó junto al río Uruguay.
Mientras tanto, el gobernador de la provincia de Santa Fe, brigadier Juan Pablo López, se pronunció contra Rosas y enfrentó (sin ayuda exterior alguna) la invasión de Oribe. Fue derrotado y huyó hacia Entre Ríos.

Falto de apoyo, Paz se retiró hacia el este y puso su pequeño ejército a disposición de Rivera, yendo después a Montevideo. Rivera se puso al mando de una alianza entre el gobierno uruguayo, el de Corrientes, el expulsado de Santa Fe, y el de Paz en Entre Ríos. Como se puede ver, la participación de Paz y de López era simplemente nominal, fuera de unos pocos oficiales emigrados.

De todos modos, Rivera dominaba el este de la provincia de Entre Ríos, y hacia allí se dirigió Oribe. Poco antes de que Oribe comenzara a moverse, las vanguardias de ambos ejércitos chocaron sobre un paso del río Gualeguay, quedando los entrerrianos de Urquiza vencidos por los santafesinos emigrados de Juan Pablo López.

Para unir sus tropas a las correntinas, Rivera las trasladó hacia el noreste de la provincia. Allí recibió un fuerte apoyo del ejército correntino, al mando del general Manuel Ramírez, en el que figuraban el general José Domingo Ábalos y los coroneles Joaquín y Juan Madariaga, Benjamín Virasoro y Manuel Hornos.

Como dato curioso, el general Lavalle había comenzado su campaña de 1839 a corta distancia (menos de ocho leguas) de donde tendría lugar esta batalla, que en algunos sentidos daría fin a la guerra civil argentina iniciada por aquél, en la batalla de Yeruá. En el período de tres años que separó estas batallas, prácticamente toda la Argentina había sido asolada por la guerra civil.

El ejército aliado colorado-unitario estaba formado por más de 7.500 hombres (2.000 infantes y 5.500 jinetes), orientales en su mayoría y 16 piezas de artillería (14 cañones y 2 obuses). Sus soldados provenían en su mayoría de las provincias argentinas de Corrientes (2.500-2.900 hombres), Santa Fe (1.000) y Entre Ríos (1.500). A los que se sumaban cerca de 2.000 orientales. Su jefe de estado mayor era el coronel Elías Galván.

Por su parte, el ejército de Oribe estaba compuesto por 9.000 hombres (2.500 infantes, porteños en su mayoría, 6.500 jinetes porteños y entrerrianos) y 18 piezas de artillería.
La artillería de Rivera era ligeramente superior en número, pero caería rápidamente en manos enemigas. La caballería de Oribe era bastante más numerosa, mientras su infantería era casi el doble de la enemiga. El jefe de estado mayor de Oribe era su sobrino, coronel Francisco Lasala, quien reemplazaba al coronel mayor Eugenio Garzón, que se había separado del ejército por desavenencias con el general en jefe.
Una anécdota, mencionada por Adolfo Saldías, relata que Rosas engañó al ministro inglés Mandeville, convenciéndolo de que su ejército estaba inmovilizado por falta de caballos. El ministro se lo avisó en secreto a Rivera, cosa que Rosas esperaba, y por eso el presidente oriental estaba desprevenido cuando le avisaron que el ejército de Oribe estaba a una hora de marcha de su campamento. Otros autores niegan el episodio, posiblemente contado a Saldías por un testigo presencial, tal vez alguno de los edecanes de Rosas.

Tal vez por la falsa información de Mendeville, Rivera eligió mal el campo de batalla. En las condiciones en que iba a luchar, debería haber anulado la diferencia numérica eligiendo un campo estrecho. Pero eligió un área bien abierta, donde la caballería pudiera maniobrar. Por otro lado, tuvo que luchar prácticamente con el río Uruguay a su espalda, ya que el gobernador Ferré había prohibido a sus fuerzas cruzarlo hacia el Uruguay, donde Rivera hubiera tenido amplias ventajas.

Otro de sus errores fue dejar como reserva a la caballería correntina, la única que mantenía alta la moral, ensoberbecida después de Caaguazú.

En la mañana del 6 de septiembre, la caballería de Rivera se lanzó al ataque, siendo inmediatamente contenida por la artillería e infantería federales. El extremo derecho de la caballería federal, al mando del coronel Ignacio Oribe (hermano del general en jefe), rodeó a los unitarios que tenía enfrente, al mando del general Juan Pablo López, y apoyó el ataque del ala derecha federal, compuesta por las fuerzas entrerrianas del general Urquiza, gobernador de la provincia. Tras algunas indecisiones, el gobernador entrerriano logró llevar de nuevo sus hombres al ataque. En sus filas figuraban los futuros generales Miguel Galarza, José Miguel Galán y Ricardo López Jordán.


lunes, 27 de noviembre de 2023

Batalla de Arroyo Grande


El mismo día en que el gobernador federal de Catamarca, Cnel. Juan Eusebio Balboa había sido depuesto por José Cubas, uno de los jefes de la coalición del Norte, Lavalle era derrotado en Famaillá por Oribe, cinco días antes de que lo fuera Lamadrid en Rodeo del Medio por Pacheco.  Vencido Lavalle, las horas del gobierno impuesto por Lamadrid en Catamarca estaban contadas. 

 

Inmediatamente el coronel Mariano Maza se dirige a Catamarca, y estando en camino a ella se entera de la muerte de Lavalle ocurrida en casa de Zenarruza (1) en Jujuy; al informar de ello a Rosas se advierte la euforia por el hecho, que además aseguraba el fin de esa guerra.  El enemigo más temido, Juan Lavalle, el héroe legendario de la Independencia Sudamericana pero extraviado de nuestras guerras civiles, había caído para siempre.  Quedaba en Catamarca José Cubas y sus partidarios, comprometidos con la coalición y por lo tanto acusados de traición por su alianza con Francia, y Maza debía, por segunda vez, marchar allí para sofocarla.  “Habrá violín y violón”, anunció, y los hubo.

 

Ya en ocasión de la primera campaña de Catamarca, con fecha abril 23 de 1841, había escrito a Oribe: “Cuando recibí su muy apreciable y me enteré de la maldad y perfidia de los salvajes, mandé fusilar al salvaje Luis Manterola y tres prisioneros más de los del salvaje Córdoba y desde hoy en adelante no daré cuartel a ningún salvaje, este es el premio que deben recibir”. (2)

 

Batalla de Catamarca

 

Maza, al frente del Batallón “Libertad”, intimó la rendición a Cubas, que se había parapetado con seiscientos hombres, y como éste le rechazara, tomó por asalto la ciudad en lo que se conoce como la Batalla de Catamarca, el 29 de octubre de 1841.  Cubas, capturado cinco días después, fue pasado por las armas al igual que muchos de sus compañeros.

 

El coronel Mariano Maza escribió frases apasionadas e irreparables respecto de su acción en la campaña, que lógicamente andando el tiempo se volvieron contra él.  Esos escritos, sin embargo, no son como los de Juan Cruz Varela y Salvador María del Carril, asesinos intelectuales de Dorrego, ya que éstos, al incitar a Lavalle, tomaban la precaución uno, de dejar sin firma su carta y el otro, de pedirle que la rompiera, lo cual demuestra que tenían conciencia de su instigación al crimen hecha con frialdad, premeditación y alejados del lugar del peligro.

 

Maza estaba en medio de la lucha arriesgando su vida, y si bien no lo justificamos, creemos en cambio que debe ser medido con la misma vara que se empleó para otros del “partido de la civilización”, y sobre todo, sostenemos que no puede ser sacado de su época y de las circunstancias históricas que le tocó vivir.  Coincidimos con Magariños de Mello cuando dice al respecto: “En realidad fue hombre de mano dura, que hizo sin vacilaciones la guerra a sangre y fuego que impusieron los unitarios”. (3)

 

Maza, que no era historiador como Mitre, ha sido juzgado tal vez más por lo que escribió que por lo que realmente hizo.  Mitre en ese sentido fue muy cuidadoso y no cometió esa imprudencia, pese a que su acción y responsabilidad en la masacre de Villamayor o a través de Arredondo, Sandes, Iseas, Venancio Flores, Ribas y Paunero fue tan dura como la que realizó Maza en Catamarca, y además reiterada.  No nos extenderemos en otros ejemplos para no salirnos del tema, pero fueron sin duda muchos y reiterados los casos en el siglo XIX.

 

La Coalición del Norte había sido vencida, y de Catamarca Maza marchó a incorporarse al Ejército federal que se encontraba en Tucumán, desde donde en marzo de 1842 continuó viaje a Buenos Aires, pasando por Santa Fe que había sido ya recuperada para la causa federal.

 

En Buenos Aires fue designado por Rosas en el mando interino de la escuadra por ausencia del almirante Guillermo Brown, con el título de “Comandante en Jefe de las Fuerzas Marítimas en Operaciones sobre las de los salvajes unitarios de Montevideo”.

 

En esa condición condujo una operación naval sobre Montevideo, pero sin poder batir a los buques de Rivera, que eludieron el combate a favor de la poca profundidad del río donde se estacionaron y se cubrieron detrás de buques con banderas de países neutrales.

 

Al término de estas operaciones entrega nuevamente el mando al almirante Brown, vencedor en “Costa Brava” de la escuadra comandada por Giuseppe Garibaldi, hecho de armas silenciado por ciertos historiógrafos liberales del almirante, a quien dan por muerto, históricamente, en la guerra con el Brasil, no obstante la importancia de sus servicios durante el gobierno de Rosas.

 

En octubre de 1842 Maza vuelve a embarcar con destino a Entre Ríos, a fin de reforzar el Ejército Federal, y participará en la batalla de Arroyo Grande, el 6 de diciembre de ese año, al frente del Batallón Libertad.

 

Acciones preliminares de la batalla de Arroyo Grande

 

La prudencia y las nociones más elementales de estrategia le aconsejaban a Fructuoso Rivera conservar su línea del Uruguay, que era el punto de mira de su enemigo para invadir el territorio oriental; en vez de avanzar sobre Entre Ríos para comprometer en una batalla decisiva todas sus fuerzas cuya mayor parte se le incorporaban recién, formando con las que trajo consigo una masa indisciplinada, sin cohesión ni unidad, que es lo que constituye el verdadero poder de un ejército. (5)  De su parte Oribe se movió de su campo de las Conchillas y el 5 de diciembre se situó a poco más de dos leguas de las puntas del Arroyo Grande.  Al sur de este punto se encontraba Rivera cuando fuerzas de su vanguardia, al mando del coronel Baez, le dieron parte de la proximidad del enemigo.

 

Aunque esto debió sorprenderle demasiado, Rivera se preparó a la batalla, corriéndose a su derecha y apoyando la cabeza de esta ala sobre el mismo Arroyo Grande.  Constaba su línea de 8.000 soldados, 2.000 de infantería, 5.500 de caballería y 16 cañones, así colocados: derecha, las divisiones orientales y algunos correntinos al mando de los generales Aguiar y Avalos; centro, la artillería, y brigadas de infantería a ambos flancos, al mando de los coroneles Chilavert, Lavandera y Blanco; izquierda, la caballería correntina, santafecina y entrerriana al mando de los generales Ramírez, López y Galván.  El ejército de Oribe, fuerte de 8.500 hombres, se corrió sobre su izquierda, ocultando este movimiento con las maniobras de la caballería de vanguardia, y quedó formado así: derecha, divisiones de caballería al mando de los coroneles Granada, Bustos, García, González (Bernardo), Bárcena y Galarza, y una columna flanqueadora mandada por el general Ignacio Oribe, todo a las órdenes del general Urquiza; centro, brigada de artillería al mando de los mayores Carbone y Castro; los batallones con su dotación de artillería mandados por los coroneles Costa, Maza, Rincón Domínguez y Ramos, y todo a las órdenes del general Pacheco; izquierda, división de caballería al mando de los coroneles Laprida y Losa, comandantes Lamela, Arias, Castro, Albornoz y Frías, bajo las órdenes del coronel José María Flores.  Una columna flanqueadora a cargo del general Servando Gómez.  Además tres reservas mandadas por los coroneles Urdinarrain, Olivera y Arredondo.

 

Inicio de la batalla

 

La batalla de Arroyo Grande se inició de ambas partes en las primeras horas de la mañana del 6 de diciembre.  El ejército aliado de Rivera, de Ferré y de López luchó desesperadamente; pero los regimientos y batallones federales, guiados por jefes que habían acreditado su pericia y su valor en la campaña de los Andes, del Brasil y del Desierto, consiguieron con sacrificio ventajas importantes de las que Oribe supo aprovechar.  La carga de las caballerías de Rivera fue bien sostenida al principio; que algunos escuadrones de la izquierda federal se desorganizaron, envolviendo consigo otras fuerzas.  Pero Oribe lanzó sus reservas sobre los extremos izquierdo y derecho de Rivera; y toda esa enorme masa de caballería que se confundió en sangriento torbellino, quedó reducida después de media hora a la que formaba las filas clareadas de los vencedores.  Las dos alas del ejército de Rivera quedaron fuera de combate, dispersas o aniquiladas.  Después de hacer jugar convenientemente su artillería, Oribe mandó al centro cargar a la bayoneta.  Fue la artillería de Chilavert y las infanterías de Lavandera y Blanco las que sostuvieron este último ataque, hasta caer en poder del ejército federal, juntamente con el parque, bagajes y caballadas de los aliados.  En cuanto a Rivera huyó del campo de batalla arrojando su chaqueta bordada, su espada y sus pistolas, todo lo cual se ha conservado hasta hace poco en el museo de Buenos Aires (6)

 

Cuatro mil hombres que lanzó Oribe en todas direcciones acuchillaron los restos de las caballerías aliadas.  Todo se perdió en ese día memorable, dice uno de los principales jefes orientales de la subsiguiente defensa de Montevideo, sin que se pudiera decir lo que Francisco I escribía a su madre después de la batalla de Pavía: “Todo se ha perdido menos el honor”.  Allí el monarca cayendo prisionero había acreditado que si la fortuna no favoreció sus armas, el valor había hecho su oficio.  Aquí el general, temiendo más el riesgo de su vida que la tremenda responsabilidad de la de los soldados puestos a su cargo, se separó de su ejército cuando estaba todavía indecisa la victoria, dejando en el campo de batalla masas enteras que con menos cobardía, alguna serenidad y algunas ideas estratégicas, hubieran podido salvar o impedir, cuando menos, que fuesen impunemente acuchilladas (7)

 

Todo lo perdió Rivera en ese día, desbaratando por sus propias manos los cuantiosos recursos que arrebató de las manos expertas del general Paz cuando, torpemente celoso de la superioridad de éste, lo vio protestar en nombre del patriotismo argentino, contra su dorado sueño de anexar al Estado del Uruguay las provincias de Entre Ríos, Corrientes y el Paraguay.  En los campos del Arroyo Grande, regado con abundante sangre de vencedores y vencidos, quedó sepultada esa dañina aspiración de Rivera; por más que la persiguieran todavía hasta el año 1846 algunos argentinos extraviados en consorcio con la diplomacia británica y brasilera.

 

Consecuencias

 

La batalla de Arroyo Grande constituye un hecho de trascendental importancia en la vida de nuestra Patria, y sólo es explicable su desconocimiento u olvido por el sectarismo que ha caracterizado a la historiografía oficial de la Argentina.

 

En Arroyo Grande se jugó la integridad del territorio nacional, y una derrota hubiera significado la pérdida de Entre Ríos y Corrientes, pues el designio de Fructuoso Rivera y de algunos argentinos era que el río Paraná fuera el límite internacional, anexando la Mesopotamia Argentina al Estado Oriental.  Los directoriales de Buenos Aires, origen del partido unitario, habían hecho este ofrecimiento a Artigas hacía más de veinte años, y el caudillo federal lo había rechazado, consecuente con su ideal de la patria grande.  Así los unitarios, por su parte, también eran consecuentes con sus propios antecedentes.

 

Referencias

 

(1) Por error se dice Zenavilla, repitiendo al Gral Oribe que, tal vez influido por la existencia de ese apellido en el Uruguay así lo consignó equivocadamente en lugar de Zenarruza, familia tradicional de Jujuy.

(2) Citado por Magariños de Mello en “El gobierno del Cerrito”, Tomo II, página 1030-31.

(3) Misma obra, Tomo II, página 1030.

(4) Citado por Vicente D. Sierra en “Historia de la Argentina”, Tomo IX, página 123.

(5) ”Rivera no conocía esas tropas porque jamás las había visto, ni a los jefes que las mandaban, -dice el general riverista César Díaz, refiriéndose a las fuerzas correntinas y santafecinas que se incorporaron días antes de la batalla de Arroyo Grande- ignoraba su importancia respectiva y no podía por consiguiente darles una aplicación oportuna en las horas solemnes del combate.  Necesitaba haberse tomado algún tiempo, algunos días al menos, para inspeccionarlas, conocer su espíritu, habituarlas a su mando y uniformarlas al régimen de los demás cuerpos; establecer en suma la confianza mutua que debe existir entre el general y el ejército, sin la cual es muy difícil vencer; y en una palabra, hacer todo cuanto la estrategia prescribe y la responsabilidad del mando aconseja, antes de decidirse a la operación más terrible y trascendental de cuantas se conocen”.  (Véase Memorias del general César Díaz, página 48).

(6)Parte de Oribe a Rosas fechado en la costa del Uruguay y cartas correlativas de los generales Echagüe, Pacheco y Urquiza, publicadas en La Gaceta Mercantil del 15 de diciembre de 1842 y 23 de marzo de 1843.  (Véase Memorias del general César Díaz).

(7)El general César Díaz, Memorias, página 50.

 

Fuente

Baldrich, Fernando Amadeo de – El coronel Mariano Maza.

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado

Portal www.revisionistas.com.ar

Saldías, Adolfo – Historia de la Confederación Argentina – Ed. El Ateneo – Buenos Aires (1951).

Todo es Historia – Nº 79 – Buenos Aires, Diciembre de 1973.

 

Se permite la reproducción citando la fuente: www.revisionistas.com.ar

 

martes, 5 de septiembre de 2023

Arroyo Grande la batalla olvidada - Parte 4

 

Bibliografía
 
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ZINNY, ANTONIO: Historia de los gobernadores de las provincias argentinas, Buenos Aires, Hyspamérica, 1987. Cuatro tomos.
 
[1]Se considera al 4 de enero de 1831 como el momento del nacimiento de la Confederación Argentina. Ese día las provincias de Buenos Aires, Entre Ríos y Santa Fe – luego se incorporó Corrientes -, firmaron el Pacto Federal. A medida que las provincias que formaban la Liga Unitaria encabezada por el general José María Paz eran vencidas se incorporaban al Pacto Federal.Para fines de 1831 todas las provincias que entonces formaban las Provincias Unidas del Río de la Plata se habían incorporado.

[2] La Comisión Argentina fue un organismo formado por los unitarios exiliados en el exterior durante el segundo gobierno de Juan Manuel de Rosas. Fue la responsable de la organización de las coaliciones internas y externas contra la Confederación que pusieron en peligro nuestra integridad territorial. Su principal centro de acción fue Montevideo, pero también actuaba desde Chile y Bolivia, siendo en gran medida responsable de las agresiones de Perú y Bolivia, Francia y Gran Bretaña sobre nuestro país (ver DeySeg Nº 26 y 27). Sus principales representantes fueron, entre otros, Florencio y Juan Cruz Varela, José Rivera Indarte, Julián Segundo Agüero, Salvador María del Carril y Domingo Faustino Sarmiento. Sus actuaciones a favor de las intervenciones extranjeras han sido investigadas por numerosos historiadores, en especial en: FONT EZCURRA, RICARDO: La unidad nacional, Buenos Aires, La Mazorca, 1944; por UZAL, FRANCISCO HIPÓLITO: Los asesinos de Florencio Varela, Buenos Aires, Moharra, 1971. También por DE PAOLI, PEDRO: Sarmiento y la usurpación del Estrecho de Magallanes, Buenos Aires, Theoría, 1968. 
[3]SALDÍAS, ADOLFO: Historia de la Confederación Argentina, Buenos Aires, El Ateneo, 1951. T. II, pp. 611 – 612. Saldías reproduce íntegramente esta carta de Vidal al Sr. Mandeville.  
 
[4] SALDÍAS, ADOLFO. Op. cit., pp. 612 – 613.
 
[5] Este tipo de “mediaciones” traen a mi mente el recuerdo de la mediación norteamericana del Sr. Haig durante la guerra de las Malvinas.
 
[6] IRAZUSTA, JULIO: Vida política de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia, Bogotá, Los Andes, 1975, T IV, p. 189. Reproduce íntegramente la nota enviada el 6 de octubre de 1842 por Manuel Moreno – hermano del conocido Mariano Moreno – a Felipe Arana.

[7] Generaron incluso varios atentados contra la vida de la propia reina Victoria.
 
[8]SALDÍAS, ADOLFO. Op. cit., p. 400.
 
[9] En las notas publicadas en DeySeg Nº 26 y Nº 27 he citado a este importantísimo autor.  Adolfo Saldías fue uno de los primeros historiadores en refutar la “leyenda negra” que aún persiste en torno a la figura de Juan Manuel de Rosas por medio de varias obras, pero en especial de la Historia de la Confederación Argentina aparecida por primera vez en 1881 (su primer tomo) bajo el nombre de Historia de Rozas. Pertenecía a una familia unitaria, pero ello no le impidió la búsqueda de verdad en torno a esta etapa tan cuestionada de nuestra Historia. Saldías trabajó con ocho baúles de documentación que Rosas llevó consigo al exilio en 1852. Durante diez años habló con protagonistas de los hechos que historió, consultó archivos de documentación en , Gran Bretaña – en especial en el Foreign Office – y en Francia, contrastó testimonios y documentos y produjo una de las obras más importantes de del período. A pesar del rechazo de sus contemporáneos liberales y de ser marginado a causa de esta obra, Saldías defendió la verdad histórica y lanzó un movimiento que rescató del olvido y la injusticia a Juan Manuel de Rosas y los caudillos federales. Su contribución ha sido decisiva en nuestra historiografía. La Historia de reeditada infinidad de veces, junto con la Vida Política de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia de Julio Irazusta constituyen – a mi entender – dos de las obras más importantes y mejor documentadas para entender el período 1820 – 1852. Quien se interese en saber sobre las principales obras e historiadores existentes en nuestro país recomiendo la lectura de SCENNA, MIGUEL ANGEL: Los que escribieron nuestra Historia, Buenos Aires, La Bastilla, 1976.

[10] SALDÍAS, ADOLFO. Op. cit., pp. 401 – 402.

[11] Ha sido uno de los principales historiadores el revisionismo. Su producción historiográfica y política es impresionante. Sobre la Confederación escribió numerosas obras, destacándose en especial la Vida política de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia Bogotá, Editorial Andes, 1975. Son en total ocho tomos documentados en forma impecable, siendo una de las mejores obras de Historia Argentina. Sobre esta autor también puede consultarse el trabajo de SCENNA, MIGUEL ANGEL. Op. cit., pp. 246 – 251.
 
[12]GALVEZ, MANUEL: Vida de Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, Heliasta, 1991, p. 440. También en esta obra Gálvez hace una interesante descripción sobre la organización del ejército de Rosas, pp. 440 – 442. Sobre el tema del trato a los caballos también es interesantísima la obra escrita por el propio Rosas sobre los cuidados a tener con ellos en las estancias. Ver ROSAS, JUAN MANUEL DE: Instrucciones a los mayordomos de estancias, Buenos Aires, Plus Ultra, 1968.
 
[13]Veterano de las guerras por la independencia y contra el Brasil. Alcanzaría su momento de mayor gloria durante las operaciones contra la escuadra anglo – francesa en la guerra en el Paraná años después.

[14] IRAZUSTA, JULIO. Op. cit., p. 176.
 
[15] IRAZUSTA, JULIO. Op. cit., p. 221.
 
[16] Las cifras varían de acuerdo a los historiadores, aunque las diferencias son mínimas. El Atlas del Colegio Militar habla de 9.000 hombres en total para el ejército de Oribe. Saldías por su parte habla de 8.500. No hay diferencias en cuanto al número de piezas de artillería ni tampoco en la composición de las fuerzas riveristas.
 
[17]Era un gran amigo de Rivera, lo que no le impedía tener con él fuertes discrepancias. Durante el bloqueo anglo – francés pediría la baja del ejército unitario y se incorporaría al federal deseoso de luchar contra los invasores. La batalla de Caseros y su posterior fusilamiento mostrarían su valor y patriotismo en toda su magnitud, como ya lo había demostrado en la guerra contra el Imperio. Quien desee conocer los detalles sobre su vida recomiendo la lectura de la obra de UZAL, FRANCISCO HIPÓLITO: El fusilado de Caseros. La gloria trágica de Martiniano Chilavert, Buenos Aires, La Bastilla, 1974. 

[18] Ya comenzaba a destacarse por su participación en las luchas en el litoral quien después derrocaría a Rosas en Caseros en alianza con el Brasil y los unitarios.

[19] Interesantísimos datos sobre al organización del ejército en la época de Rosas aparecen en el excelente trabajo de: LUQUI LAGLEYZE, JULIO: El ejército de la Confederación Argentina durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas. En: Revista del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, Nº 54, enero – marzo, 1999, pp. 35 – 50.
 
[20] SIERRA, VICENTE. D: Historia de la Argentina, Buenos Aires, Editorial Científica Argentina, 1978, T IV, p. 124.
 
[21]UZAL, FRANCISCO HIPÓLITO: Obligado. La batalla de la soberanía, Buenos Aires, Moharra, 1970, p. 62.
 
[22] En la obra citada de Uzal este a su vez cita a Vicente Fidel López - historiador liberal que fue compañero de estudios de Rivera Indarte – diciendo: “Este Rivera Indarte – un canalla, cobarde, ratero, bajo husmeante y humilde en apariencia como un ratón cuya cueva nadie conocía, tenía mucho talento y un alma de lo más vil que pueda imaginarse”. UZAL, FRACISCO. Op. cit., p. 57. Rivera Indarte había pertenecido a la Sociedad Popular Restauradora, incluso compuso un himno a Rosas, pero fue puesto en la cárcel por el robo reiterado de libros y de una corona de una imagen de la Virgen de la Merced. Por estas razones fue mandado prender por Rosas pero logró escapar a Montevideo desde donde se unió a los exiliados y pasó a militar en las filas antirrosistas. 
[23]También aquí se encuentra el origen de la leyenda sobre la posible influencia de Rosas en el asesinato de Quiroga. Este mito ha sido refutado contundentemente tanto por Saldías como por DE PAOLI, PEDRO: Facundo, tercera edición, Buenos Aires, Plus Ultra, 1974.
 
[24] Es muy conocida la discusión sobre la dureza de Rosas contra sus enemigos internos. Diversos autores han tratado el tema. Tanto los autores revisionistas como Galvez, Sierra e Irazusta como los liberales como Vicente Fidel López se han ocupado de la cuestión. Lynch recoge en su obra la muchos de los testimonios de los historiadores contrarios a Rosas. Ver: LYNCH, JOHN: Juan Manuel de Rosas, tercera edición, Buenos Aires, Emecé, 1985. Poco nombrados son los crímenes del partido unitario. Para esto último recomiendo la lectura de: EZCURRA MEDRANO, ALBERTO: La otras tablas de sangre, Buenos Aires, Haz, 1952 y EZCURRA MEDRANO. ALBERTO: Doce gobernadores víctimas del terror celeste, en: Boletín del Instituto Juan Manuel de Rosas  de Investigaciones Históricas, Buenos Aires, Comisión de Organización Operativa del Instituto Juan Manuel de Rosas, Año I, segunda época, Nº2, agosto – septiembre, 1969, pp. 6 y 10.
La conocida obra política de Domingo Faustino Sarmiento, el Facundo. Civilización o barbarie cumplió el mismo propósito que la obra de Rivera Indarte, generar la idea a los interventores y la opinión pública internacional de que la agresión estaría justificada por ser la lucha contra un dictador sanguinario.

Viéndose impotente para calmar tanta agitación Mr. Mandeville tuvo a bien de retirarse. Inmediatamente Rozas le ordenó al capitán del puerto que vigilase el movimiento de la bahía. Esa misma noche tuvo parte de que salía para Montevideo un lanchón en el cual en el cual iba un hombre de confianza de Mr. Mandeville. Este hombre transmitía todo lo que Mr. Mandeville le había oído a Rozas. Fue en virtud de este aviso que Rivera procedió sin tardanza, creyendo que las circunstancias denunciadas le aseguraban el triunfo”.[10] 

https://deyseg.com/history/207

 

lunes, 4 de septiembre de 2023

Arroyo Grande la batalla olvidada - Parte 3

 

La cantidad de efectivos empleados, más de 17.000, convirtió a esta batalla en una de las más importantes libradas en América del Sur. Deliberadamente olvidada, Arroyo Grande fue ante todo el fin de los proyectos anexionistas de F. Rivera en complicidad con Pedro Ferré, la Comisión Argentina y los farrapos del sur de Brasil. Con toda justicia Vicente Sierra expresó:
 
“En los fastos de la argentinidad, que constituyen un detalle de la lucha de los hombres de Hispanoamérica para afirmar su razón de ser como pueblos libres y soberanos, hay una deuda de honor con Arroyo Grande y con Manuel Oribe. La ira y el encono de partido no pueden seguir ocultando la verdad de la Historia”.[20]
 
 
3.  Las consecuencias de la batalla
 
La destrucción del ejército riverista sumió en el temor a los unitarios exiliados en Montevideo pues sabían que el próximo paso de Oribe sería el sitio sobre la ciudad, y así ocurrió. A fines de diciembre el ejército federal cruzó el río Uruguay y se dividió en dos columnas. Una pasó a operar en la zona de la campaña para anular a las fuerzas riveristas remanentes. La otra, bajo el mando directo de Oribe, avanzó sobre Montevideo. 
El 3 de enero de 1843 la escuadra de la Confederación comandada por el Almirante Guillermo Brown zarpó de Buenos Aires para comenzar un nuevo bloqueo sobre la capital oriental. 26 días después 2.500 argentinos enviados por Rosas desembarcaron en Colonia y se sumaron a las fuerzas de Oribe. Para el 16 de febrero el ejército federal se encontraba frente a Montevideo.
 
El bloqueo naval de G. Brown se vio interrumpido por la intervención de las naves inglesas comandadas por el comodoro Brett Purvis que se opusieron a las naves nacionales. Las acciones de Purvis motivaron una serie de incidentes diplomáticos que hicieron que el bloqueo naval recién pudiera restablecerse a mediados de junio. Mientras esto ocurría los unitarios intentaron sacar partida de la situación enviando a Florencio Varela a Londres con el fin de que el Foreign Office apoyara las acciones de Purvis. Nuevamente se intentó tentar a los ingleses para que apoyaran al gobierno de Montevideo de forma más contundente, a cambio de entregarles la Mesopotamia. Tres años después el propio F. Varela escribía en el periódico El Comercio del Plata: 
 
“Nada importa que sean provincias [se refiere a Entre Ríos y Corrientes] un Estado independiente (...). Quisiéramos que la cuestión que empieza a ocupar los espíritus, de si convendría o no la separación de las dos provincias entrerrianas, no produjese embarazos ni tropiezos; nosotros no apoyamos ni combatimos la idea; si hubiera conformidad de pareceres, nada tendríamos que objetar” [21]. 
 
Varela llevó también un incentivo más para justificar la intervención. Muchos de los conflictos bélicos han sido y son por motivos económicos, pero en general se busca una excusa – lo que los romanos llamaban casus belli - que justifique las agresiones. Es decir una forma que sea más diplomática y potable frente a la opinión pública nacional e internacional. Por ello Varela llevó consigo las famosas Tablas de Sangre elaboradas por José Rivera Indarte[22]. Se trata de una “obra” realizada a pedido del comerciante inglés Samuel Lafone, quien tenía la concesión de la aduana de Montevideo. Lafone pagó a Rivera Indarte un penique por cada cadáver que le “cargara” a Rosas. Indarte sumó entonces todos los muertos habidos durante el proceso de guerras civiles desde 1829 hasta 1843 y le adjudicó su responsabilidad a Rosas, incluyendo los asesinatos de Manuel Dorrego y Facundo Quiroga[23]. No hace falta agregar que el libelo carece de toda seriedad histórica, pero es cierto que los enemigos de Rosas, su proyecto y del federalismo lo han utilizado como base para la “leyenda negra” en torno a su persona y a los caudillos. Hoy en día es claro que el fin de las Tablas de Sangre [24] era dar una excusa para la intervención armada de Gran Bretaña y Francia contra la Confederación con fines netamente económicos y anexionistas. La propuesta fue inicialmente rechazada pero dos años después, con un gabinete más belicoso en Londres, las gestiones de Varela y el libelo de Rivera Indarte darían sus frutos.

El sitio avanzaba en forma sumamente lenta, en gran parte gracias a que ingleses y franceses abastecían la ciudad con armas, pertrechos y víveres por medio de sus naves. En la zona de la campaña se produjeron numerosos combates, favorables a uno u otro bando. Lo cierto es que Rivera pudo volver a poner en pie una fuerza respetable, pero el 24 de enero de 1844 al frente de 3.000 hombres fue derrotado por Justo José de Urquiza en la batalla de Arroyo Sauce. El 24 de abril las fuerzas del general José María Paz fracasaron en su intento de romper el sitio de Montevideo, pese al apoyo francés, siendo derrotadas en Arroyo Pantanoso. 
Los unitarios tuvieron un golpe adicional cuando el 4 de julio perdieron a su comandante más capaz. Cansado de las intrigas contra su persona de parte de Rivera y de la Comisión Argentina, el general José María Paz renunció a la dirección de la defensa de Montevideo y marchó a Río de Janeiro. El 27 de marzo de 1845 Fructuoso Rivera, con un ejército de unos 3.000 hombres fue nuevamente derrotado por Urquiza, esta vez en la batalla de India Muerta. Sobre el campo de batalla dejó 400 muertos y 500 prisioneros, huyendo a Río Grande en Brasil. La suerte estaba echada y en cuestión de días Montevideo caería poniendo fin a este largo conflicto. Sin embargo, cuando todo parecía perdido para los unitarios, se produjo la intervención armada de Gran Bretaña y Francia, comenzando el bloqueo anglo– francés. 
 
La escuadra dirigida por el Almirante Guillermo Brown fue apresada por la anglo– francesa sin previa declaración de guerra. Las naves de los interventores desembarcaron tropas en Montevideo para reforzar las defensas y tras una serie de amenazas bloquearon Buenos Aires. 

La negativa de la Confederación Argentina a ceder a sus presiones, actos de violencia y amenazas motivaron que los invasores decidieran forzar a la Confederación a aceptar sus condiciones e intentaron navegar el gran Paraná. En la Vuelta de Obligado los esperaban las baterías dirigidas por el general Lucio Mansilla. Sobre esta batalla trataremos más adelante.
 
 


domingo, 3 de septiembre de 2023

Arroyo Grande la batalla olvidada - Parte 2

Mientras tanto Manuel Oribe penetraba en Entre Ríos y Fructuoso Rivera, sintiéndose fuerte, abandonaba la Banda Oriental y cruzaba el río Uruguay para enfrentarlo. ¿Por qué, pese a la derrota de Costa Brava, Rivera invadió Entre Ríos? En primer lugar la acción, cada vez más firme, de Francia y Gran Bretaña lo animó a buscar una batalla que realzara su decaído prestigio y animara aún más a las potencias a comprometerse en una agresión. En segundo lugar la invasión de Rivera se debió a la genialidad de Rosas que en este episodio ocurrido con el representante inglés, el Sr. Mandeville, muestra toda su astucia. Rosas sabia claramente que las intenciones de los mediadores lejos estaban de buscar la paz sino que su interés radicaba en la modificación del sistema económico de la Confederación y en mantener al Uruguay como la “Suiza del Río de la Plata”, es decir como un centro económico, comercial y financiero dócil a sus intereses mercantiles. Sabía que la mediación no era tal y que Mandeville claramente favorecía a Rivera, dejemos que A. Saldías[9] nos relate el pintoresco episodio:

 
“Aún después de la amenaza contenida en su nota del 26 de noviembre, Mr. Mandeville frecuentaba la casa de Rozas. Guardábasele allí particulares consideraciones, no obstante que el jefe del ejecutivo argentino, en su sagacidad genial, sospechaba que el ministro de S. M. B. hacía llegar oportunamente al conocimiento del gobierno de Montevideo las órdenes militares, movimientos de fuerzas y demás detalles que podía sorprender en el despacho de Rozas donde tenía fácil acceso. Para saber lo que en esto hubiera de verdad, Rozas llamó al mayor Reyes y le dijo: ‘Dentro de poco vendrá Mr. Mandeville, usted entrará a darme cuenta de que las divisiones de vanguardia están a pie; que se ha empezado a pasar por el Tonelero los pocos caballos que hay; pero que por esto y la falta de armas el ejército no puede iniciar operaciones. Yo insistiré para que usted hable en presencia del ministro’. Media hora después entró Mr. Mandeville. Asegurábale a Rozas que se esforzaría para que terminase dignamente la cuestión entablada cuando se presentó Reyes a dar cuenta de lo que, con carácter urgente, avisaba del ejército de vanguardia.
-  Diga usted, ordenó Rozas; el señor ministro es un amigo del país y de toda mi confianza.
-  Reyes dijo, y Rozas se levantó irritadísimo exclamando:
-  Vaya usted, señor, y dirija una nota para el jefe de las caballadas, haciéndolo responsable del retardo en entregar los caballos para el ejército de vanguardia, y otra en el mismo sentido al jefe del convoy. Traígame pronto esas notas, señor, para firmarlas ...
Y como Mr. Mandeville quisiese calmarlo arguyendo que quizás a esas horas todo ya había llegado a su destino:
- No señor, no puede haber llegado todavía! ... y si el pardejón [apodo dado a Rivera] supiera aprovecharse ... pero así es como vienen los contrastes; así es como vienen, decía Rozas cada vez más agitado.
La maniobra dio el resultado esperado ya que Rivera reunió sus fuerzas y con toda prisa cruzó el río Uruguay para obtener lo que creía una fácil victoria sobre el maltrecho ejército de Oribe. Lo cierto es que la situación era completamente distinta. Rosas se había criado en el campo, era administrador de numerosas y prósperas estancias, había combatido a los indios en la gran campaña al desierto de 1832 y participado en las guerras civiles nacionales. Como tal conocía la importancia trascendental de las caballadas para la victoria en una contienda en nuestro territorio. Las características de la Argentina y la Banda Oriental hacían que los caballos fueran un arma fundamental en cualquier conflicto. Por ello siempre se preocupó de que los ejércitos federales contaran con caballos en cantidad y en calidad. Julio Irazusta[11] investigó profundamente el tema, reproduciendo en su obra documentos que tratan sobre el envío de las caballadas al ejército de Oribe. En los mismos aparecen en forma constante recomendaciones y consejos sobre la forma de tratar a los caballos y los cuidados a tener. Rosas había dispuesto incluso el establecimiento de varias zonas destinadas especialmente a la invernada y recuperación de los animales. Son muy interesantes las observaciones de Manuel Gálvez: 
 
“¡El caballo! Rosas sabe lo que significa en nuestras guerras. Nada le preocupa tanto. Llega a tener, en 1840, treinta y dos campamentos – invernadas -, a donde envía los caballos a engordar. Entre todas las invernadas hay alrededor de quince mil caballos. Cada campamento está gobernado por un alcalde, con el cual él se cartea interminablemente (...) Es severísimo con los que descuidan a los caballos. A algunos de ellos, que los han tenido en campos malos, les hace decir que está ‘justamente indignado contra un tan asqueroso, inmundo proceder’, y los llama ‘ indignos del nombre federal y solamente acreedores al más severo y ejemplar castigo’ “.[12]
Tanta importancia se daba a los caballos que Rosas le había encargado a su cuñado y distinguido oficial el general Lucio Mansilla[13] el envío desde San Nicolás de los caballos a Entre Ríos. Irazusta incluso señala que Mansilla encabezaba los documentos con el membrete: El general Encargado de pasar las caballadas para el Ejército de Operaciones de Vanguardia.[14]
Lejos de estar falto de caballos, el ejército de Oribe disponía de más de 20.000[15] aptos para el combate y había recibido todo lo necesario para enfrentar a los riveristas. En este punto hay que señalar dos cosas: en primer lugar la habilidad de Rosas y Oribe para ocultar a los espías la verdadera fuerza de su ejército. En segundo lugar la falta de adecuadas operaciones de reconocimiento – elementales para cualquier operación militar – de las fuerzas de Rivera. A este hecho se sumó el rechazo del general José María Paz a integrarse como jefe del estado mayor de Rivera, por considerar que los intereses argentinos se verían lesionados por el caudillo oriental. Paz veía con temor los proyectos anexionistas de Rivera, tal como lo expresó en sus memorias.
 



2.  La destrucción del ejército unitario
 
Manuel Oribe, bien pertrechado, penetró en el interior de Entre Ríos y se ubicó en una posición fortificada ubicada al sur de Concordia, en Arroyo Grande. Su ejército estaba compuesto por 2.500 infantes, 6.500 hombres de caballería y 18 piezas de artillería[16].

Por su parte Fructuoso Rivera, guiado por los falsos informes y la prisa avanzó contra lo que suponía una fuerza menor con 2.000 infantes, 5.500 jinetes y 16 piezas de artillería. Sus tropas eran orientales, entrerrianas, correntinas y santafecinas en su mayoría. 

El 5 de diciembre Rivera fue notificado por el coronel Baez, -comandante de la vanguardia de su ejército- de la proximidad de Oribe y de la magnitud de sus fuerzas. Pese a las informaciones, en las primeras horas de la mañana del 6 de diciembre de 1842 inició un impetuoso ataque contra las fuerzas de Oribe, ya dispuestas en orden de batalla. 

Las tropas riveristas quedaron formadas de la siguiente manera: Comandante de todo el dispositivo, general Fructuoso Rivera. Ala derecha: divisiones de caballería orientales y algunas correntinas comandadas por los generales Ávalos y Aguiar. Centro: unidades de artillería e infantería al mando de los coroneles Chilavert[17], Lavandera y Blanco. Ala izquierda: divisiones de caballería correntinas, santafecinas y entrerrianas al mando de los generales Ramírez, López y Galván. 

El ejército de Oribe formó de manera similar, con la caballería en las alas y la infantería y artillería en el centro. Comandante del ejército: general Manuel Oribe. Ala derecha: bajo la dirección del general Justo José de Urquiza [18] divisiones de caballería comandadas por los coroneles Granada, Bustos, García, Bernardo González, Bárcena y Galarza. A ello se sumó una columna que tenía la orden de flanquear al enemigo mientras el ala derecha lo mantenía aferrado al terreno, comandada por Ignacio Oribe, hermano de Manuel. Centro: bajo el comando general del general Ángel Pacheco con una brigada de artillería bajo el mando de los mayores Carbone y Castro, la infantería era mandada por los coroneles Costa, Maza, Rincón Domínguez y Ramos. Ala izquierda: bajo el mando del coronel José María Flores, formada por las divisiones de caballería comandadas por los coroneles Laprida y Losa y los comandantes Lamela, Arias, Castro, Albornoz y Frías. A ello se sumaba, al igual que en el ala derecha, una columna de caballería destinada a flanquear al enemigo al mando del general Servando Gómez. Quedaron en reserva unidades de caballería mandadas por los coroneles Urdinarrain, Olivera y Arredondo[19]. 

Manuel Oribe contaba con la gran ventaja de que la mayor parte de sus oficiales eran veteranos de las guerras de independencia, de las guerras civiles y de la guerra contra el Brasil, con soldados muy fogueados y experimentados. Rivera por el contrario se encontraba con menos oficiales experimentados. Pero por sobre todo contaba con un ejército formado por contingentes que se habían formado con tropas de diferentes lugares y que respondían a sus propios comandantes - Pedro Ferré con sus correntinos y Juan Pablo López con los santafecinos – por lo que la coordinación era muy difícil. Por si fuera poco, como hemos visto, el más capaz de los oficiales el general José María Paz había abandonado el ejército conocedor de las verdaderas intenciones de Rivera.

En las primeras horas de la mañana del 6 de diciembre F. Rivera lanzó la caballería de ambas alas contra los flancos del ejército de M. Oribe. La carga fue realizada con gran ímpetu, logrando desorganizar a algunas unidades con el consiguiente peligro de que envolvieran a otras generando una ruptura del frente. Ante el peligro Oribe dispuso que la caballería de reserva reforzara los flancos. Se produjo un violentísimo entrevero cuerpo a cuerpo, entre cuchilladas, disparos, lanzazos y sablazos. En media hora se decidió la suerte del combate. 

El número, la veteranía y el excelente estado de las caballadas de Oribe se impusieron sobre las fuerzas de Rivera. Ambas alas sufrieron grandes bajas, superadas y deshechas se retiraron del campo de batalla siendo perseguidas por la caballería federal. Solamente quedó en pie el centro, defendido por la infantería de Blanco y Lavandera y la artillería de M. Chilavert. Oribe concentró su artillería contra el centro unitario y cargó a bayoneta con su infantería. Sin apoyo en los flancos por la dispersión de la caballería, rápidamente el centro unitario colapsó cayendo en poder de los federales.

La persecución sobre los vencidos fue implacable, 4.000 jinetes aniquilaron a los dispersos restos del ejército unitario. Rivera huyó del campo de batalla arrojando su chaqueta bordada, su sable y sus pistolas. Por ello el general unitario César Díaz expresó en sus memorias: todo se perdió, hasta el honor. Luego cruzó el río Uruguay y comenzó a organizar fuerzas en el norte de la Banda Oriental. Pedro Ferré también huyó, tras pasar por Corrientes, y se refugió entre los farrapos del sur de Brasil. Al llegar las noticias a Montevideo se le encargó su defensa al general José María Paz. El ejército riverista quedó completamente destruido. Sobre el campo de batalla dejó 2.000 muertos y 1.400 prisioneros. Muchos de estos últimos, la mayoría de los oficiales y sargentos, fueron posteriormente degollados como lamentablemente era usual durante nuestras guerras civiles. Perdió también toda la artillería, el parque y 24.000 caballos. Los sobrevivientes se dispersaron, huyendo a la otra banda y hacia Corrientes con lo cual toda reorganización fue imposible. Las fuerzas de Oribe apenas tuvieron 300 bajas entre muertos y heridos, lo que nos da una idea de la magnitud de la victoria. 


Arroyo Grande la batalla olvidada - Parte 1

 


Lic. Sebastián Miranda

El 6 de diciembre de 1842 el ejército federal comandado por Manuel Oribe venció a las fuerzas unitarias dirigidas por Fructuoso Rivera, lo que le permitió cruzar el río Uruguay y sitiar por segunda vez la ciudad de Montevideo. Arroyo Grande,
injustamente olvidada, fue una de las batallas más importantes libradas en la Historia de América del Sur
 
1.  El camino hacia Arroyo Grande
 
Después de la victoria de la escuadra de la Confederación Argentina[1] sobre la flota riverista en Costa Brava (ver DeySeg Nº 27) quedó allanado el camino para que el ejército federal comandado por Manuel Oribe penetrara en Entre Ríos como paso previo al avance sobre la Banda Oriental. 
 
Fructuoso Rivera y sus aliados de la Comisión Argentina[2] comprendieron que la situación era desesperante y que era poco el tiempo que les quedaba antes de que Oribe volviera a controlar la Banda Oriental. Inmediatamente aceleraron las negociaciones con Gran Bretaña y Francia para que intervinieran directamente en el conflicto. La intervención implicaría la mediación en primera instancia – aunque sumamente parcial - y si esta no resultaba solicitaban lisa y llanamente la acción armada para detener a Oribe y a Rosas. A tal efecto la Comisión Argentina solicitó que los ministros de Francia y Gran Bretaña enviaran una nota a Rosas intimándolo a aceptar la mediación. Veamos los términos en que uno de los encargados de la diplomacia riverista, - Francisco A. Vidal – se dirigía a los “mediadores” el 24 de agosto de 1842: “(...) El gobierno de S. M. B. tiene la decidida voluntad de que la guerra cese y se preserve la tranquilidad y el bienestar de la república del Uruguay y que se comprometerían con la invasión del ejército del gobernador Rozas: [en realidad era el de Manuel Oribe, legítimo presidente depuesto por un golpe de Estado de F. Rivera] para conseguir el gobierno inglés su objeto, ha hecho ofrecer nuevamente su mediación en unión con la Francia. 
Ha hecho más: ha ordenado a usted que en caso de negarse obstinadamente el general Rozas, se le declare terminantemente que las potencias mediadoras no serán indiferentes a esta guerra sanguinaria. No puedo entender que el gobierno de S. M. después de haber sufrido una primera repulsa del gobernador de Buenos Aires, hiciese una mera y formal oferta de esa mediación, sin la resolución de sostenerla en caso de ser nuevamente despreciada; ni que hubiese ordenado a usted declarase al mismo general Rozas, que no sería indiferente en esa guerra si se empeñara en llevarla adelante, sino estuviese decidido a ejecutar su declaración. 
Esta declaración en mi concepto no ha de ser vana: la orden que Lord Aberdeen dice haber dado de hacer cesar la guerra se ha de cumplir”.[3]
 


General Manuel Oribe

La carta a Mandeville habla por sí sola, pues directamente es una invitación a la intervención armada ante el posible rechazo de Rosas. Y los emigrados en Montevideo conocían bien el carácter de Rosas, sabiendo claramente que no aceptaría la mediación. A continuación de lo expuesto Vidal agregó: “(...) dos o trescientos ingleses y franceses, o igual número de unos u otros, no harían inexpugnable a Montevideo, pero mostrarían que la protección que los mediadores le dispensan era formal y seria (...)”.[4] Para Vidal, Rivera y la Comisión Argentina la “mediación” era sinónimo no de arbitraje sino de intervención armada a favor de uno de los bandos.[5]

Las gestiones dieron resultado, pues el 30 de agosto de 1842 las potencias enviaron una nota a Rosas ofreciéndole una nueva mediación. Recordemos que Rosas ya había rechazado una propuesta anterior, pues la misma no contemplaba el reconocimiento de Manuel Oribe como presidente de la Banda Oriental. Para la Confederación Argentina la presencia de Rivera en la Banda Oriental implicaba un serio riesgo para su integridad territorial, pues como hemos visto este – además de apoyar las coaliciones extranjeras contra nuestro territorio – tenía entre sus principales proyectos la anexión de la Mesopotamia. En estas circunstancias Juan Manuel de Rosas como encargado de las relaciones exteriores de la Confederación no podía nunca aceptar a Rivera como presidente. A ello debemos sumar que el presidente legítimo era Oribe y que la presencia unitaria en la Banda Oriental atentaba contra el sistema económico proteccionista adoptado por Buenos Aires. 

Rivera intentó afianzar el frente interno reuniéndose a fines de agosto y comienzos de septiembre en la localidad oriental de Paysandú con el general José María Paz; con Pedro Ferré, gobernador de Corrientes y con Juan Pablo López de Santa Fe, dando lugar a lo que se llamó la conferencia de Paysandú. Las conversaciones se prolongaron hasta mediados de octubre pero, debido a las diferencias entre los participantes, en especial a los recelos y envidias, fracasaron. A pesar de su fracaso Rivera, Ferré y López pudieron unir sus fuerzas. Las divergencias solamente sirvieron para favorecer a Oribe y a Rosas.  

Faltos de unidad en el plano interno, Rivera y la Comisión Argentina insistieron en buscar el apoyo externo aprovechando las circunstancias internacionales favorables a sus proyectos. Manuel Moreno, embajador argentino en Londres, advirtió al ministro de relaciones exteriores nacional - Felipe Arana - el peligro de una intervención y las verdaderas intenciones de Gran Bretaña: “La política del gobierno inglés está concentrada en el principio de extender todos los mercados que disfruta, y abrir todos los nuevos que pueden procurar a las inmensas producciones de su industria, que la sofocan y oprimen. Los demás gobiernos sienten más o menos esta misma necesidad de mercados y se afanan por obtenerlos; así es que las cuestiones comerciales están tomando de día el carácter y la importancia de cuestiones de Estado”.[6] En efecto, Gran Bretaña producía una enorme cantidad de mercaderías gracias a la Revolución Industrial pero esto demandaba la necesidad de grandes mercados para colocar sus producciones. La tecnificación también generaba desempleo, al reemplazarse a muchos obreros por máquinas. La situación social se agravó en la Gran Albión, al punto de producirse grandes conflictos sociales en Manchester, Glasgow y Edimburgo[7]. La explosiva situación interna aceleró los preparativos británicos para forzar un cambio radical en el sistema económico de Rosas que le abriría los mercados orientales, de la Confederación y el Paraguay a sus productos.



General Fructuoso Rivera
 
El 18 de octubre Rosas, por medio Felipe Arana, contestó a Francia y Gran Bretaña rechazando la mediación. Explicó que aceptarla implicaba reconocer a Rivera como gobernante legítimo de la Banda Oriental, cuando era en realidad un caudillo alzado en armas que además de deponer a Oribe había fomentado las agresiones contra nuestro territorio poniendo en riesgo su integridad territorial. El 26 de noviembre los “mediadores” mostraron claramente sus verdaderas intenciones, diciendo por medio de un comunicado que sus gobiernos tendrán: “el deber de recurrir a otras medidas con el fin de remover los obstáculos que interrumpen por ahora la pacífica navegación de los ríos” [8]. El documento es contundente y anticipa lo que ocurrirá dos años después: la intervención armada de Gran Bretaña y Francia contra la Confederación. Esta no sería ni por los derechos humanos, ni para derribar una supuesta tiranía, ni por razones humanitarias. Sería para forzar la navegación de los ríos interiores e inundar de mercaderías importadas nuestro territorio. El sistema económico proteccionista de la Confederación les impedía la expansión de su comercio. 

viernes, 29 de abril de 2022

Batalla de Famaillá (Argentina, 1841)


La batalla del Monte Grande también conocida como la batalla de Famaillá se libró 19 de septiembre de 1841, en el enfrentamiento reinó la victoria del ejército federal argentino, al mando del expresidente uruguayo Manuel Oribe, sobre el ejército unitario del general Juan Lavalle (el asesino de Manuel Dorrego, el primer presidente popular de Argentina) durante las guerras civiles argentinas. Los veteranos del ejército federal superaban fácilmente a los hombres de Lavalle. La victoria quedó en manos de Oribe, y Lavalle y sus hombres tuvieron que huir. La batalla de Famaillá señaló el final de la Coalición del Norte. También fue el último enfrentamiento de Lavalle, y la penúltima de esa guerra civil; cinco días más tarde, Lamadrid fue derrotado en la batalla de Rodeo del Medio, y el país volvió a ser controlado por el partido federal, casi sin oposición, por otros diez años. 

Antecedentes 

Fuerzas muy desparejas

Las tropas que Juan Manuel de Rosas había enviado para reprimir a la Liga, estaban al mando del general uruguayo Manuel Oribe, y constituían el denominado "Ejército Unido de Vanguardia de la Confederación". Se concentró en Santiago del Estero, a comienzos de septiembre de 1841, y sumaba cerca de 3000 soldados con 6 cañones. Inició la marcha para enfrentarse con la Liga, el 2 de septiembre. Uno de sus jefes, el general Eugenio Garzón, procedió a ocupar la ciudad de Tucumán sin inconvenientes.

Esto porque Lavalle había resuelto dirigirse -desde Los Nogales, donde acampaba- al sur de la provincia, con sus soldados del pomposamente llamado "Segundo Ejército": eran muy inferiores en número, armamento y veteranía, a los de Oribe. Llegó a tener Lavalle unos 1.300 hombres de caballería, y sus mal armados infantes no sumaban un centenar. Arrastraba cuatro cañones.

Su intrépido plan era atacar a Oribe, en lugar de sentarse a esperarlo. Suponía que la mitad de las fuerzas federales estaba en la ciudad, con Garzón, y quería "cortar" a Oribe, "tomándolo entre sus fuerzas y la ciudad".

Marchas en el Sur

La presurosa marcha de Lavalle al sur no estuvo exenta de problemas. En la noche del 15, desertaron los oficiales Peña y Graneros, con varios soldados: a algunos los pudo abatir a balazos el coronel Zerrizuela, y a dos que fueron capturados, Lavalle ordenó ejecutarlos.

Entretanto, Oribe iba también con rumbo sur, detrás de Lavalle. El 15 acampó en Lules y al alba del 16 siguió detrás de su presa. Se detuvo en Famaillá. Según el "diario" del coronel García, del ejército federal, la villa estaba despoblada: "sus moradores intimidados han huido a las sierras y montañas próximas", apuntó.

Por su lado, Lavalle acampó a orillas del río Balderrama. De acuerdo al relato de Paul Groussac -quien habló sin duda con testigos- el 17 marchó a la estancia de La Florida y, tras un breve descanso, torció el rumbo para llegar, en la mañana del 18, a Negro Potrero. Allí carnearon reses para la tropa y, a la noche, Lavalle atravesó el río Famaillá, a unas 20 cuadras de distancia de la fuerza de Oribe.

Los ejércitos a la vista

Al amanecer del 19 de septiembre de 1841, cada ejército tenía al otro ante su vista. El general Lavalle formó su línea a espaldas de los federales, a un costado de la arboleda conocida como Monte Grande. De inmediato, Oribe ordenó dar vuelta a sus tropas y avanzó. La caballería del ejército federal estaba dispuesta en ambas alas: a la derecha, los escuadrones de Hilario Lagos, y a la izquierda, los de Juan Felipe Ibarra. Al centro, estaban los infantes de Mariano Maza. Contaba además con dos escuadrones de reserva, un cuadro de oficiales orientales y la escolta del general en jefe.

Las fuerzas de Lavalle tenían a la izquierda la caballería, que mandaba el general Juan Esteban Pedernera, y a la derecha, las milicias tucumanas que conducían los coroneles José Ignacio Murga y Manuel Torres de la Rambla. El comandante Estanislao del Campo era responsable de la infantería y los tres cañones, mientras Manuel Hornos estaba a cargo de la reserva. Afirma el historiador Antonio Zinny que el líder civil de la Liga del Norte, doctor Marco Manuel de Avellaneda, participó en la acción.

En su carta posterior a José María Paz, explicaría Lavalle que "el éxito de la batalla dependía del combate entre mi izquierda y la derecha enemiga, donde estaba lo selecto de la caballería de ambas". Antes de empezar la acción, el federal Maza desafió al liberal Pedernera a zanjar el asunto con un duelo singular entre ambos, que no llegó a trabarse.

La batalla

Inicios

A las 7 de la mañana dio comienzo la batalla de Famaillá. Según Oribe, a unas 150 varas de distancia hizo alto y lanzó guerrillas desde su derecha. Las fuerzas de la Liga hicieron lo mismo y atacaron sus escuadrones de la izquierda, "con lo que se trabó el combate, que luego se hizo general".

Según el relato del historiador Isidoro Ruiz Moreno, "Lavalle buscó una definición inmediata en su costado izquierdo, y sus tropas salieron al encuentro de los federales". Sus escuadrones lancearon a un centenar de ellos, mientras los cañones de la Liga contenían a los infantes de Oribe, forzándolos a tenderse en el suelo.

El coronel Gainza, participante de la acción, pensaba que Lavalle quería hacerse matar, porque "avanzó personalmente con la artillería y se puso casi a medio tiro de la enemiga".

Pero, en ese momento, el escuadrón "Libertad", que mandaba Juan Francisco Olmos, "volvió caras a poca distancia del enemigo a su frente", con lo que empezó a desmoronarse el ala izquierda de Lavalle. Entonces, el general lanzó su escolta sobre el flanco de la derecha federal. La arrolló en un principio pero, dice Lavalle, "no fue ayudada por los otros escuadrones, que debían haber vuelto caras inmediatamente, y huyó también".

Derrota

En el testimonio de Gainza, al flaquear el escuadrón "Libertad", la caballería del coronel Manuel Saavedra amagó retirarse, pero luego volvió a cargar con decisión sobre los federales. "Les hicimos muchos muertos y heridos a lanza, pero también en ese momento veíamos a toda la caballería tucumana ponerse en vergonzosa fuga", narra Gainza.

A su juicio, "esa defección fue causa de que la derrota fuese un hecho inevitable, y se pronunció hasta en nuestros escuadrones al tiempo de retirarnos. Saavedra parecía un león y hacía esfuerzos inauditos por contener a nuestros soldados".

Narraría Lavalle a Paz que, cuando mandó cargar su ala derecha, "esta se disolvió sin moverse". Ya no tenía enemigos la izquierda de Oribe, por lo que avanzó cómodamente. Y los infantes, "cuya mayor parte tenía los fusiles descompuestos, huyeron a salvarse en un bosque inmediato".

Degüellos a granel

Todo había terminado en desastre para el "Segundo Ejército" de la Liga del Norte, en esta batalla que duró unas tres horas. Había 600 muertos en el campo, y la crueldad del jefe federal hizo crecer la cifra: según el coronel García, "todo cuanto cayó en poder del general Oribe en clase de oficial, fue degollado, y no se movió del campo sin haber ultimado a todos los jefes y oficiales rendidos".

Como se sabe, tanto Lavalle como el doctor Avellaneda lograron escapar del campo de batalla, pero la muerte los esperaba pocos días después. Avellaneda quería refugiarse en Bolivia, pero fue traicionado y entregado a Oribe, quien lo hizo degollar en Metán el 3 de octubre. En cuanto a Lavalle, el 8 de octubre le destrozó la cabeza un disparo federal en el zaguán de la casa de Jujuy donde se había refugiado.

En Tucumán, todo quedaba en calma. El general Celedonio Gutiérrez, uno de los jefes federales combatientes en Famaillá, asumió la gobernación de la provincia el 4 de octubre. Permanecería en el sillón por espacio de 11 años desde entonces.

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