miércoles, 12 de enero de 2011

Louis Althusser

LA FILOSOFÍA, ARMA DE LA REVOLUCIÓN

(…) Una sola expresión resume la función maestra de la práctica filosófica: “trazar una línea de demarcación” entre las ideas verdaderas y las ideas falsas. Es una expresión de Lenin.

Pero la misma expresión resume una de las operaciones esenciales en la dirección de la práctica de la lucha de clases: “trazar una línea de demarcación” entre las clases antagonistas. Entre nuestros amigos de clase y nuestros enemigos.

Es la misma expresión. Una línea teórica de demarcación entre ideas verdaderas e ideas falsas. Una línea política de demarcación entre el pueblo (el proletariado y sus aliados) y los enemigos del pueblo.

La filosofía representa la lucha de clase del pueblo en la teoría. Por otra parte, ayuda al pueblo a distinguir en la teoría y en todas las ideas (políticas, éticas, estéticas, etc.) entre ideas verdaderas e ideas falsas. En principio, las ideas verdaderas siempre sirven al pueblo; las ideas falsas siempre sirven a los enemigos del pueblo.

¿Por qué la filosofía lucha por palabras? Las realidades de la lucha de clases son “representadas” por “ideas” que son a su vez “representadas” por palabras. En el razonamiento científico y filosófico, las palabras (conceptos, categorías) son “instrumentos” de conocimiento. Pero en la lucha política, ideológica y filosófica, las palabras son también armas, explosivos, tranquilizantes o venenos. Ocasionalmente, la totalidad de la lucha de clases puede ser resumida en la lucha de una palabra contra otra palabra. Ciertas palabras luchan entre sí como enemigas. Otras palabras son la sede de una ambigüedad: la que está en juego en una batalla decisiva pero aún no decidida.

Por ejemplo: los comunistas luchan por la supresión de las clases y por una sociedad comunista, en la que un día, todos los hombres serán libres y hermanos. Sin embargo, toda la tradición clásica marxista ha rechazado decir que el marxismo es un humanismo. ¿Por qué? Porque en la práctica, esto es, en los hechos, la palabra humanismo es explotada por una ideología que la usa para luchar, esto es, para matar, otra expresión verdadera y vital para el proletariado: la lucha de clases.

Por ejemplo: los revolucionarios saben que, en última instancia, todo depende no de las técnicas, armas, etc. sino de los militantes, de su conciencia de clase, su dedicación y su coraje. Sin embargo, toda la tradición marxista ha rechazado decir que es “el hombre” quien hace la historia. ¿Por qué? Porque en la práctica, esto es, en los hechos, esta expresión es explotada por la ideología burguesa para luchar, esto es, para matar otra expresión verdadera y vital para el proletariado: son las masas las que hacen la historia.

Al mismo tiempo, la filosofía, incluso en sus obras más extensas en donde es más abstracta y difícil, lucha por palabras: contra palabras mentirosas, contra palabras ambiguas; a favor de las palabras correctas: combate por “matices de opinión”.

Lenin decía: “Sólo los miopes pueden considerar irrelevantes y superfluas las luchas entre fracciones y la diferenciación entre matices en las opiniones. El destino de la socialdemocracia rusa por largos años por venir, puede depender de la consolidación de tal o cual matiz” (¿Qué hacer?)

La lucha filosófica por palabras es una parte de la lucha política. La filosofía marxista-leninista sólo puede realizar su trabajo teórico, abstracto, riguroso y sistemático a condición de que luche tanto por palabras muy “eruditas” (concepto, teoría, dialéctica, alienación, etc.) como por palabras muy simples (hombre, masas, pueblo, lucha de clases).

Febrero 1968

martes, 11 de enero de 2011

CHESTERFIELD

La leyenda del castillo, en los pagos de Castelli


En los pagos de Guerrero, sobre la Autovía 2, en el km 168, partido de Castelli, la estancia Villa La Raquel asoma con su centenario castillo color salmón entre la frondosa arboleda, a la vera del río Salado.
De camino hacia la costa, con reserva previa, constituye una parada perfecta para pasar un día de campo, almorzar o pasar unos días. Abierto al público desde 1996, el sitio fue una vez próspero centro de desarrollo industrial de la zona, con su propia estación, fábrica de leche y almacén de ramos generales.
La leyenda del establecimiento se remonta a la primera propietaria de estos campos, Felicitas Guerrero.
Su padre, José Guerrero, se vio de pronto dueño de ésta y otras tierras a causa de la trágica muerte de su hija. Ella fue la protagonista de uno de los dramas pasionales más conocidos de la sociedad porteña de mediados del siglo pasado.
Los bellos paisajes de Villa La Raquel fueron escenario de sus amores, ya que su marido, Martín de Alzaga, era propietario de las estancias La Postrera, Bella Vista y Juancho, aproximadamente 100.000 ha que alcanzaban hasta los actuales balnearios de Pinamar, Cariló y Valeria del Mar.
Ella tenía 15 años cuando se casó con Alzaga, de 65. Ya viuda y dueña de una rara belleza, según las crónicas de la época, visitaba eventualmente los establecimientos que habían sido de su consorte. Por entonces, para llegar a un lugar los carruajes debían atravesar campos por huellas difícilmente transitables cuando llovía.
En uno de esos tantos viajes, su coche se empantanó y la auxilió un vecino, que resultó ser otro rico estanciero de la comarca: Anselmo Sáenz Valiente. Tras sacar a los viajeros del apuro en que se encontraban, les brindó el amparo de su propiedad. A partir de ese encuentro, Felicitas y Anselmo se enamoraron, y poco tiempo después se casaron.

Trágico final

Pero el final, una vez más, no iba a ser feliz. Al enterarse de la noticia del enlace, uno de los anteriores pretendientes de la joven, Enrique Ocampo, prefirió verla muerta antes que de otro. Así fue como la dama resultó víctima de un crimen pasional en 1872, provocando el escándalo y las habladurías de toda la sociedad.
Posteriormente, Ocampo se suicidó en circunstancias dudosas. Sin descendencia, los herederos naturales fueron sus padres, quienes se abocaron a explotar las estancias.
Desaparecido Carlos José Guerrero a fines del siglo pasado, los campos de La Estación --así se la conocía por esa época-- pasaron a otro de sus hijos, Manuel Justo (1858-1931), que se casó con Raquel Cárdenas.
Por entonces se estilaba homenajear a las mujeres denominando los campos con su nombre.
El almacén de ramos generales fue abierto por él, que también fue responsable de la instalación de una fábrica de lácteos, primer asentamiento industrial en la cuenca del río Salado. Fue precursor de la lechería en la zona: en 1910 sus tambos obtuvieron varios premios por la fabricación de quesos.
Su hija Valeria Guerrero (1900-1992) conservó las características originales. Tanto el chalet como el parque fueron su vida. En este sentido y junto con su marido, crearon la Fundación Manuel Guerrero, Juan Pablo Russo y Valeria Guerrero Cárdenas de Russo, estos últimos actuales propietarios del lugar.

Silvina Beccar Varela