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lunes, 27 de enero de 2014

El poeta con mística tanguera



Evaristo Carriego describió como pocos en sus versos al barrio, los cafés y los guapos.


Es curioso y llama la atención. El hombre nunca escribió un tango pero en su obra siempre aludió a elementos muy tangueros como el barrio, las novias solas, los hombres con secretos llenos de tristezas… Por eso se lo menciona como “el primer espectador de nuestros barrios pobres”, según definición de Jorge Luis Borges. Y hay otra curiosidad: a pesar de haber pintado en sus escritos la vida y las cosas de la Ciudad, ni siquiera había nacido en Buenos Aires. Su nombre completo era Evaristo Francisco Estanislao Carriego. Sin embargo, en sólo 29 años de vida, se convirtió en Evaristo Carriego, de profesión poeta.
Había nacido en Paraná, Entre Ríos, el 7 de mayo de 1883. Cuatro años después, la familia se mudó a La Plata. Y cuando el chico ya había cumplido los 6, hubo otro cambio, esta vez para siempre: se instalaron en Honduras 84 (hoy 3784, entre Bulnes y Mario Bravo). En aquel barrio, Evaristo iba a encontrar el atalaya, ese mirador especial, que lo conectaría con la vida en los suburbios de una ciudad que se llenaba de inmigrantes y mezclaba idiomas en una Babel rioplatense. Si La Boca y Barracas eran el Sur del arrabal, Palermo y el vecino arroyo Maldonado, lo eran en el Norte. Sólo alcanzaba con mirar.
Después de la primaria y algunos años de secundaria, lo orientaron para que hiciera una carrera militar. Pero, por suerte, su miopía le jugó en contra y el adolescente cambió el destino de la espada por el de las palabras. Además, en 1906, se hizo masón ingresando a la Logia Esperanza.
Ya la vida bohemia se había convertido en su razón de ser y empezó a frecuentar redacciones anarquistas como la de “La Protesta”. Después publicaría en “Ideas” y “Caras y Caretas”. También estaban los cafés inspiradores como “Los Inmortales”, donde imponía sus versos. Para entonces ya estaba fascinado con el nicaragüense Rubén Darío y con el argentino Pedro Bonifacio Palacios (Almafuerte). Y amaba la historia, en general, y la vida de Napoleón Bonaparte, en especial.
En 1908, Carriego publicó su primer libro de poemas. Se titulaba “Misas herejes”. Las “misas” eran mensajes y eran “herejes” porque estaban fuera de lo que se consideraba rectitud. En aquellos cinco “sectores” que formaban el libro (“Viejos sermones”; “Envíos”; “Ofertorios galantes”; “El alma del suburbio” y “Ritos en la sombra”) estaba lo que después se conocería como “la mística tanguera”. Algo que se acentuó con los poemas póstumos publicados en 1913 (Carriego murió en octubre de 1912) bajo el título “La canción del barrio”, donde estaban los guapos, el café, el barrio y hechos cotidianos como, por ejemplo, un casamiento o un velorio.
“El libro sin abrir y el vaso lleno/ Con esto para mí nada hay ausente/ Podemos conversar tranquilamente:/ La excelencia del vino me hace bueno” , escribió alguna vez ese poeta que siempre vestía de negro o azul oscuro. También escribió: “Está lloviendo paz. ¡Qué temas viejos / reviven en las noches de verano!.../ Se queja una guitarra allá a lo lejos/ y mi vecina hace reír al piano” .
Para algunos murió por una peritonitis; para otros, por algo más acorde con un poeta como él: tuberculosis. Lo cierto es que Evaristo Carriego caló hondo en la historia bohemia y la literatura popular de Buenos Aires. Su influencia se iba a reflejar después en otros poetas y escritores.
Entre ellos un muchacho que tampoco era de la Ciudad (había nacido en Añatuya, Santiago del Estero) y sin embargo también se mantiene como uno de sus referentes literarios y culturales más preciados. En los registros aparece bajo el nombre Homero Nicolás Manzione, aunque en la memoria se lo recuerda solamente como Homero Manzi. Pero esa es otra historia.


sábado, 25 de agosto de 2012

Julio Sosa - Mano a Mano

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 El Varon del tango.


Uno de los mejores cantantes de tangos de todos los tiempos.



MANO A MANO

Letra de Celedonio Esteban Flores

Musica de Carlos Gardel

Musica de José Razzano

Compuesto en 1918



Rechiflao en mi tristeza, hoy te evoco y veo que has sido

en mi pobre vida paria sólo una buena mujer;

tu presencia de bacana puso calor en mi nido,

fuiste buena, consecuente y yo sé que me has querido

como no quisiste a nadie, como no podrás querer.



Se dio el juego de remanye cuando vos, pobre percanta,

gambeteabas la pobreza en la casa de pensión;

hoy sos toda una bacana, la vida te ríe y canta,

los morlacos del otario los tirás a la marchanta

como juega el gato maula con el mísero ratón.



Hoy tenés el mate lleno de infelices ilusiones;

te engrupieron los otarios, los amigos, el gavión;

la milonga entre magnates con sus locas tentaciones

donde triunfan y claudican milongueras pretensiones

se te ha entrado muy adentro en el pobre corazón.



Nada debo agradecerte, mano a mano hemos quedado,

no me importa lo que has hecho, lo que hacés ni lo que harás;

los favores recibidos creo habértelos pagado

y si alguna deuda chica sin querer se me ha olvidado

en la cuenta del otario que tenés se la cargás.



Mientras tanto que tus triunfos, pobres triunfos pasajeros,

sean una larga fila de riquezas y placer;

que el bacán que te acamala tenga pesos duraderos

que te abrás en las paradas con cafishios milongueros,

y que digan los muchachos: .Es una buena mujer..



Y mañana, cuando seas descolado mueble viejo

y no tengas esperanzas en el pobre corazón,

si precisás una ayuda, si te hace falta un consejo,

acordate de este amigo que ha de jugarse el pellejo

p´ayudarte en lo que pueda cuando llegue la ocasión.