Mostrando las entradas con la etiqueta Biografias. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Biografias. Mostrar todas las entradas

jueves, 5 de enero de 2023

Jose Matias Zapiola


En 1780, el 22 de marzo, nace en Buenos Aires, José Matías Zapiola, hijo de Manuel Joaquín de Zapiola y de doña María Encarnación de Lezica y Alquiza.

Fue enviado por su padre a cursar los estudios militares a España, norma común en aquella época donde los hijos seguían los estudios que le permitieran seguir la tradición familiar y en este caso el oficio del padre, en 1796 egresa de la Escuela Naval de España, y recién en 1805 es enviado al Río de la Plata , tomando servicio en la guarnición naval de Montevideo, y como se hacia en forma regular, estando su familia viviendo en Buenos Aires, es trasladado a esta plaza a rendir servicios a su majestad.

Producida la toma de Buenos Aires en 1806, lucha por recuperar del yugo ingles la ciudad de Buenos Aires, a la que defiende en 1807, luchando en la defensa de esta plaza, casi pierde la vida en uno de los tantos actos heroicos de aquella jornada.

En 1810, cumplía la función de jefe del Puerto de Buenos Aires, como nativo de este suelo,  apoya la Revolución de Mayo, teniendo como consecuencia que fuera dado de baja de la Armada Española, es arrestado en Montevideo y enviado a España prisionero, en Cádiz se une a José de San Martín y Carlos María de Alvear, con quienes viaja a Londres primero, y en 1812 en compañía de ellos, se embarca en la fragata “George Canning”, para llegar a su tierra natal y luchar por la independencia de esta.

Colaboró para establecer la Logia Lautaro, de la cual fue el primer secretario. Ayudo en la formación del Regimiento de Granaderos a Caballo, siendo jefe de batallón del mismo

Al mando del Regimiento de Granaderos a Caballo, los llevo a Mendoza, para con ellos reforzar el Ejercito de los Andes, en Chile no solo se destaca por su campaña a las órdenes de San Martín y Balcarce, el mismo comanda la segunda campaña del sur de Chile, donde fue ascendido a General.

En 1819 regresa a Buenos Aires  y se incorpora a la marina de guerra, y a la muerte de su comandante Ángel Hubac, es nombrado comandante de la escuadra fluvial de Buenos Aires, participando en diversos hechos de guerra.

En 1822, pide la baja de la Marina de Guerra, le es otorgada en merito a los múltiples servicios brindados a la causa de la independencia. Es este punto donde su vida cambiara para siempre, se enamora de los campos de la pampa bonaerense y haciendo uso de la ley de enfiteusis, consigue se le otorguen campos a su favor.

Aunque la vida pública no podía prescindir de él, organiza la flota que sirve en la guerra con el Brasil, para entregarle el mando Guillermo Brown.

En 1828 vuelve nuevamente a la vida pública, siendo nombrado jefe del Departamento de Marina, pero al finalizar el gobierno del general Juan Lavalle, deja el cargo.

Desde aquí hasta la caída de Rosas en 1852, serán sus actividades exclusivamente rurales, instalándose en el pueblo de San Antonio de Areco, en el solar de la calle Segundo Sombra que hoy ocupan los números 423 y 429, figurando en los padrones de la época y en los informes que periódicamente enviaban los Jueces de Paz, a Juan Manuel de Rosas, como hombre público durante el gobierno de Lavalle, con el se hará permanente una amistad, que no descarta su presencia en el pronunciamiento de San Andrés de Giles.

Por esa razón, apenas caído Rosas, vuelve a los cargos públicos, ese año fue comandante de marina y ministro de Guerra y Marina en el gabinete del gobernador Valentín Alsina, permaneció en distintos cargos públicos hasta la batalla de Cepeda (1859), retirándose en forma definitiva ese año, de toda actividad pública.
En los años posteriores Bartolomé Mitre, tuvo un testigo de lujo de los hechos anteriores y posteriores a la Revolución de Mayo, la campaña de San Martín y siendo el único que hablo de la Logia Lautaro, su formación, sus miembros y sus alcances, dentro y fuera del país.

Murió a los 94 años de edad en junio de 1874, en su ciudad natal.

http://www.areconoticias.com.ar/2023/?p=103453

Juan Aurelio LUCERO. Investigador de la Historia y escritor de Areco

 

martes, 1 de febrero de 2022

Vida y obra de Esteban Echeverría - Parte 2

 Buenos Aires: el éxito literario. La conciliación imposible

Echeverría vuelve a su tierra con el ímpetu y la orientación necesarios para iniciar la etapa más fecunda de su vida: la década porteña en la que adquiere su madurez literaria y ejerce su liderazgo intelectual.

Conduce un movimiento de renovación estética y compromiso político que adjudica a la poesía una función social y hace del poeta un sacerdote laico. Inaugura en narrativa un realismo comprometido y testimonial que será constante en la literatura latinoamericana y que enlaza con la necesidad de denuncia de un continente sometido.

En 1830, recién llegado de París, recibe los elogios de Pedro de Angelis, el crítico más serio partidario de Rosas, por «Regreso» y «Celebración de Mayo», dos composiciones que publica, sin firma, como «un joven argentino». En septiembre de 1832 aparece, también anónimo, Elvira o la novia del Plata, un libro-poema de 32 páginas que tiene el mérito de inaugurar la poesía romántica en lengua española, ya que se anticipa en un año a la publicación, en París, de El moro expósito del Duque de Rivas, primera obra romántica de la poesía española.

Nuevamente de Angelis lo destaca, señalando la novedad métrica y el uso del octosílabo, verso popular, para una temática elevada, habitualmente en endecasílabo.

Al cabo de dos años aparece Los consuelos, con el nombre del autor y la edición a cargo de Juan María Gutiérrez; es el primer libro de poemas de un argentino publicado en Buenos Aires y causa sensación en la pequeña elite intelectual rioplatense. La prensa destaca su novedad literaria y se hace eco del suceso social. Con certero ojo crítico, Florencio Varela, representante de la envejecida poesía neoclásica que esta obra venía a superar, la saluda generosamente desde Montevideo, y comunica su entusiasmo a Juan María Gutiérrez en una carta fechada el 1 de diciembre de 1834: «...el señor Echeverría es un poeta, un poeta. Buenos Aires no ve esto hace mucho tiempo: ¿Quién sabe si lo ha visto antes? Estoy loco de contento: he comunicado mi entusiasmo a cuantos he podido, haciéndoles leer el precioso libro».

El caldo de cultivo ya estaba a punto en el Río de la Plata y la obra atrapa a los lectores. La fama del autor crece en los salones, pero su consagración llegará en 1837 con «La cautiva», poema en nueve cantos y un epílogo, incluido en Rimas.

El autor mira con ojos renovados su propia tierra y descubre las posibilidades estéticas del paisaje y el conflicto americanos; instala en el texto ese «desierto, inconmensurable, abierto...», en el que hay que construir una nación. Toma conciencia de esa naturaleza ignorada y la convierte en paisaje, en hecho cultural.

El público y la crítica advierten el «carácter propio y original», de una poesía que «reflejando los colores de la naturaleza física que nos rodea, sea a la vez el cuadro vivo de nuestras costumbres y la expresión más elevada de nuestras ideas dominantes», según el propósito esbozado por el autor en el epílogo a Los consuelos, incluido como advertencia en la edición de Gutiérrez.

Este compromiso de la obra con el medio natural y social en el que surge, y del escritor que se vale de la poesía para el alegato y la denuncia, será una constante del romanticismo americano en el que la situación poscolonial recarga al escritor de responsabilidades políticas. Echeverría consigue su lugar como poeta cívico. La cautiva lo consagra como poeta romántico y como líder del grupo de jóvenes que será denominado generación del 37.

Algunos de los cantos de este poema ya habían sido anticipados en las lecturas del Salón Literario, de breve pero intensa vida (junio de 1937 a enero de 1938), cenáculo que reúne a escritores y artistas en la librería de Marcos Sastre. En estas reuniones convocadas por los jóvenes intelectuales, Echeverría ejerce su magisterio oral. Aboga por la «regeneración» de la sociedad que emerge del oscurantismo colonial, señala la importancia de los Cabildos, donde se practica el consenso público de los vecinos como base de la democracia y, en un principio, defiende una postura conciliadora entre los grupos antagónicos de unitarios y federales.

Rosas, que con pactos o coacciones ha conseguido la unidad nacional como jefe del partido federal aunque sigue defendiendo los intereses del puerto y de la provincia de Buenos Aires, desconfía de los jóvenes y exige adhesiones incondicionales. La Mazorca, su policía política, avanza en la intensidad de la represión. Con el mote de «salvaje unitario» se desacredita, no sólo al adversario político, sino a todo aquél que no se somete con obsecuencia a los dictados del Restaurador de las Leyes, título que se adjudica. Sus logros indudables en política exterior quedan empañados por la intransigencia y el autoritarismo con que ejerce el poder y la manipulación del resentimiento popular contra todo libre pensador ilustrado, que será denostado como elitista, afrancesado, ateo o anti-criollo. En estas circunstancias, ser tildado de «romántico» también supone un riesgo.

Algunos miembros del Salón Literario son perseguidos y tienen que exiliarse; ya nadie puede pensar en una postura conciliadora. La prudencia aconseja el cierre del Salón, pero algunos de los jóvenes, convocados por Echeverría, continúan reuniéndose en forma clandestina en una logia, La Joven Argentina, rebautizada luego como Asociación de Mayo, inspirada en las logias carbonarias italianas. En la primera reunión se leen las quince Palabras simbólicas que resumen el ideario del grupo y se encarga a Echeverría la redacción del programa, discutido en las reuniones y denominado Credo, catecismo o creencia de la joven Argentina, o Código. Alberdi, que marchará pronto al exilio, lo publica en Montevideo, el 1 de enero de 1939, con el título de Código o declaración de principios que constituyen la creencia social de la República Argentina.

Los miembros de la Asociación lo difunden entre sus correligionarios de las provincias. Años más tarde, en 1846, se reeditará en Montevideo una versión actualizada por el propio autor con el título definitivo de Dogma socialista de la Asociación de Mayo. A pesar de sus deudas y transcripciones literales de autores europeos, será la obra cumbre del ensayo político del autor y motiva una fructífera polémica recogida en las Cartas a de Angelis, que afinan y desarrollan el ideario político del grupo del 37.

Una denuncia pone fin a la Asociación y sus miembros deciden dispersarse. Algunos dejan el país y engrosan el grupo de los proscriptos; otros se recluyen en el exilio interior, como en un principio Echeverría, que opta por Los Talas, la estancia de la familia en la provincia de Buenos Aires donde había buscado remedio a sus crisis nerviosas y calma para escribir.

En estas circunstancias, conmovido por las noticias que llegan desde la ciudad sobre los atropellos de la Mazorca y de la brutal represión de los hacendados en Chascomús, inicia la redacción de ficciones de tema netamente político: el poema La insurrección del sud, que terminará y publicará luego en Montevideo, y el cuento El matadero, redactado entre 1839 y 1840, obra cumbre que se anticipa a la época y que permanecerá inédita hasta 1871, cuando su fiel amigo Juan María Gutiérrez, emprende su publicación póstuma en la Revista del Río de la Plata.

Obligado moralmente a apoyar la fallida expedición del general Lavalle, reconocido guerrero unitario que había desembarcado en la costa bonaerense para liderar el levantamiento de los hacendados contra Rosas, Echeverría se ve forzado a refugiarse en Uruguay; primero en Colonia del Sacramento y, desde 1841, en Montevideo, donde desarrollará la última etapa de su producción hasta su muerte.

Montevideo: el proscripto

Si en su etapa porteña el poeta romántico había conseguido no sólo la fama, con la que no se conformaba, sino la gloria literaria tan ansiada, durante la década del destierro uruguayo conocerá también la pobreza, la enfermedad, la ingratitud y finalmente la muerte en 1851, a los 45 años, sin haber podido ver a su patria libre de Rosas, que será derrotado por el general Justo José de Urquiza, un año más tarde, en la batalla de Caseros en 1852.

En su salida apresurada hacia el exilio tuvo que dejar a Martina, su pequeña hija de unos cuatro años, a la que nunca volvería a ver, y que murió anciana, en Buenos Aires en 1922, sin haber prácticamente conocido a su padre. Junto a sus libros, casa y demás pertenencias, tuvo que abandonar el original de La insurrección del sud, poema fechado en Los Talas en noviembre de 1839 sobre el levantamiento de los hacendados, que se salvó de la destrucción gracias a «una patriota de San Andrés de Giles» que lo ocultó entre sus ropas junto a otros papeles y, años más tarde, lo hizo llegar a su autor.

Llega a Montevideo requerido por correligionarios y amigos exiliados, en especial por Alberdi, que reclama la necesidad de su influencia en el grupo de opositores para debilitar, desde fuera, el poder del caudillo federal.

Sigue escribiendo sin descanso prosas de distinta índole y sus poemas de más largo aliento que, sin embargo, no alcanzan los logros anteriores. En los años siguientes, compone Avellaneda, (sobre el trágico episodio del prócer tucumano, dedicado a Alberdi, también tucumano), y La guitarra que, al igual que La insurrección del sud, no serán publicados hasta 1849. Intenta completar con Pandemonio, sin lograrlo, el tríptico compuesto por La Guitarra, poema autobiográfico, y El ángel caído, el más extenso y ambicioso, sobrecargado de doctrina política, en el que trabajará hasta el fin de sus días y que aparecerá póstumo en las Obras Completas.

En Montevideo sus condiciones de vida y su participación pública ya no son las mismas; tuvo que vender parte de su biblioteca para mantenerse y en su correspondencia se ven reflejadas las necesidades económicas, la preocupación por la venta de sus obras y hasta el pedido de ayuda a algún amigo. La pobreza lo retrae y tiene menos protagonismo público, pero no deja de escribir; y aunque su obra tiene menos difusión por su voluntaria distancia hacia ambos grupos enfrentados, hay dos sorprendentes reediciones en Buenos Aires de Los consuelos y Las Rimas, en 1842 y 1846 respectivamente, en plena etapa federal.

Continúa su labor de incentivador intelectual en conversaciones con los uruguayos y los compatriotas exiliados en la Banda Oriental, como Alberdi y Gutiérrez, con los que mantiene fluida correspondencia cuando estos emprenden viaje a Europa y Echeverría no puede acompañarlos por falta de dinero.

Su preocupación por la educación se acentúa, y rompe su aislamiento cuando se trata de colaborar en instituciones educativas; participa en la fundación del Instituto Histórico Geográfico Nacional, es miembro del Instituto de Instrucción Pública y del primer Consejo de la Universidad de Montevideo. A pedido de Andrés Lamas, romántico uruguayo, escribe un Manual de enseñanza moral para la educación primaria.

Durante el sitio de Montevideo (1843-1851) por parte del general uruguayo Manuel Oribe, aliado de Rosas, Echeverría quiere sumarse a las filas de la Defensa, en las que también participaban los argentinos exiliados y legiones extranjeras de Francia, España e Italia, pero su salud precaria no se lo permite. Sin embargo, su interés por la política no decae ni tiene fronteras, y analiza la llegada de la segunda República Francesa en La revolución de Febrero en Francia, un trabajo inconcluso, publicado en 1848.

Sigue escribiendo y los originales se van acumulando «como en un sarcófago». Estos inéditos y otros escritos de distintas épocas aparecerán reunidos en el último tomo de sus Obras Completas, publicadas después de su muerte, en Buenos Aires entre 1870 y 1874, compiladas y anotadas por Juan María Gutiérrez. El tomo V recoge, entre otros materiales dispersos de y sobre Echeverría, Cartas a un amigo, sus primeras prosas escritas entre los 17 y 18 años, en las que el paisaje ya ocupa lugar destacado; Peregrinaje de Gualpo de tema autobiográfico; Apología del matambre, definido por el compilador como cuadro de costumbres, prosa de gran fuerza expresiva en la línea temática de El matadero; Mefistófeles, «drama joco-serio, satírico político», sin mayor interés literario, y un conjunto interesante de notas en las que expone sus puntos de vista literarios y teoriza sobre arte, poesía, modos expositivos, estilos, movimientos estéticos, y temas afines a la teoría y la crítica, que el compilador agrupa con el título de Fondo y forma de las obras de imaginación.  

Sin embargo, como ya fue dicho, la producción más importante de la etapa uruguaya es su prosa política, cuyo núcleo es el Dogma socialista de la Asociación de Mayo, que se reedita en Montevideo en 1846, acompañado por dos añadidos que lo amplían y actualizan: la Ojeada retrospectiva sobre el movimiento intelectual en el Plata desde el año '37, que lo precede, y la Respuesta al escritor español Dionisio Alcalá Galiano, incluida como apéndice. Aunque no tiene la difusión esperada, la obra llega a destinatarios claves, y provoca la polémica ideológica más interesante de la época, recogida en las dos Cartas a de Angelis, que afinan y completan el pensamiento político de su generación. Como opina Alberto Palcos «un hilo sutil vincula el Dogma socialista con las Bases, y otro, muy notorio, a las Bases con nuestra Carta Magna», en referencia a la obra de Juan Bautista Alberdi, Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, de 1852, y a la Constitución liberal de 1853.

Es una obra decisiva del ensayo político a pesar de los préstamos de escritores europeos, relevados por sus exégetas, y de las limitaciones ideológicas o las omisiones analizadas por parte de alguna crítica actual que derrocha erudición para extraviarse en conclusiones: se devalúa a estos liberales del pasado con el fin de criticar los vicios del neoliberalismo presente, sin reparar en el error de descontextualizar los hechos para responsabilizar a aquel movimiento, revolucionario en su origen, de los extravíos y contradicciones de su desarrollo muy posterior.

Los logros de esta prosa directa y combativa están en la adaptación de las nuevas ideas «prestadas» a nuestra realidad y en el coraje de arriesgar juicios en el momento mismo en que se producían los hechos, al señalar los aciertos y los errores de los partidos de su época y avizorar las vías fundamentales de la construcción nacional.

Como visionario, Echeverría anticipa uno de los grandes escollos en los que tropezará una y mil veces la política nacional: aboga por las plataformas de partidos en contra de los personalismos, en una nación manejada desde sus inicios por caudillos y militares. Destaca el valor del gobierno municipal que se ejerce en los Cabildos, única institución que queda en pie del antiguo régimen colonial, verdadera escuela de práctica política, en la que los vecinos ejercitan su responsabilidad de participar. En este punto el error de Echeverría al defender el voto cualificado, señalado con razón y con machacona insistencia, no puede ser juzgado fuera del contexto de su tiempo, en el que las prácticas democráticas eran precarias y cuando aún faltaban muchas décadas para la Ley Sáenz Peña (1912) del voto universal y secreto (sólo para varones), y aún un siglo para el voto femenino (1947) en la Argentina.

Entre otros aciertos remarcables Echeverría, proclive a conciliar el anticlericalismo ilustrado con la religiosidad romántica, anticipa la necesidad de la separación de la Iglesia y el Estado (que se logrará recién durante la primera presidencia de Julio A. Roca, 1880-1886), y orienta el sentimiento religioso hacia la fe patriótica, consciente de la necesidad de crear en el pueblo fundamentos sólidos para la nueva nación. Ve en «Mayo» el símbolo unificador que arraiga en el pasado y crea una continuidad histórica, y lo propone como eje de los distintos proyectos nacionales. Insiste en la necesidad de «no perderse en abstracciones» y de gobernar con «el ojo clavado en las entrañas de nuestra sociedad».

Esta obsesión del pensador por realizar sus proyectos teniendo en cuenta la geografía y el modo de ser local, se cumple tanto en su prédica política, como en su obra literaria.

Son tantos los aportes y el compromiso de Echeverría con su país y su época, que resulta inútil, o al menos mezquino, señalar las omisiones de una vida entregada con pasión a construir denodadamente una nación por medio de las nuevas ideas, la fe en la palabra literaria y el magisterio oral.

 

https://www.cervantesvirtual.com/portales/esteban_echeverria/autor_vida_obra_trayectoria/

 

Vida y obra de Esteban Echeverría - Parte 1

 

Trayectoria vital y literaria

La vida y la obra de Esteban Echeverría (1805-1851), poeta cívico comprometido tanto con la renovación de la literatura, como con la «regeneración» de la sociedad, fueron condicionadas por la época turbulenta que le tocó y que aparece en sus textos, exacerbada y contradictoria, como la rescata la Historia.

Su trayectoria abarca tres momentos sobresalientes de la Argentina de la primera mitad del siglo XIX: la Revolución de Mayo, el período ilustrado encabezado por Bernardino Rivadavia y la etapa federal bajo la hegemonía de Juan Manuel de Rosas, que coinciden con su infancia, su formación, y su madurez cívica y literaria, respectivamente.

Infancia. La revolución

José Esteban Antonio Echeverría nace en el barrio porteño del Alto, hoy San Telmo, en 1805, durante las turbulencias previas a la Revolución de Mayo de 1810 que culminará, años más tarde, con la libertad de las colonias españolas de Sudamérica.

Justamente es en la escuela de San Telmo, que dependía del Cabildo revolucionario, donde Esteban y su hermano José María reciben las primeras letras junto con el credo de libertad e igualdad de los ideólogos de Mayo, inspirados en las doctrinas del iluminismo y la Enciclopedia. No es casual que, cuando escriba el Código, sea «Mayo» una de las «Palabras simbólicas» de sus mandamientos políticos.

Aunque el adulto adjudicará luego las falencias de su educación formal a las contingencias revolucionarias, hay que añadir causas personales como la muerte prematura de su padre y las desavenencias con el padrastro, así como los cuidados maternos por su frágil salud y la muerte de ésta, que agudizan una enfermedad cardiaca y dolencias nerviosas sufridas de por vida y tipificadas como neurastenia por alguno de sus biógrafos.

Formación. Buenos Aires y París

La primera etapa de su formación transcurre en el Buenos Aires ilustrado y la segunda en el París del romanticismo.

Su juventud porteña coincide con el protagonismo público de Bernardino Rivadavia, político ilustrado que llegará a ser el primer presidente de la flamante Nación (1826-27) aunque su influencia abarcó un período más amplio, desde 1821, cuando asumió como ministro de gobierno.

En la conformación del país, en la pugna entre las provincias del interior y los porteños, la derrota militar de Buenos Aires en la batalla de Cepeda (1 febrero 1820) supuso paradójicamente su prosperidad, gracias a la autarquía federal que la benefició con los recursos de la aduana y el puerto.

Las ventajas económicas y las políticas progresistas del gobierno unitario impulsadas por Rivadavia, desarrollan y modernizan la ciudad. Se adoptan una serie de medidas de gobierno entre las que destaca el apoyo a la educación: se crea la Universidad de Buenos Aires en 1821, el Departamento de Primeras Letras, al que concurrirá Echeverría, el Colegio de Ciencias Morales, y se implementa un sistema de becas para formar en Europa a los profesionales que necesitaba la nueva Nación. Para contrarrestar la herencia universitaria de orientación escolástica y la enseñanza en manos de la Iglesia, se impulsa la escuela pública y se modernizan los contenidos de acuerdo con las doctrinas del cientificismo laico de la Ilustración.

La formación porteña de Echeverría, que había comenzado en la escuela del Cabildo, continúa en el ambiente liberal del Departamento de Primeras Letras, del que fue alumno, y con las prácticas en los almacenes del Lezica y Piñeyro, ambos personajes del entorno rivadaviano, impulsores del viaje a París del joven aspirante, que estudia francés entre los despachos del almacén, y adhiere a la estética neoclásica de sus maestros.

El viaje a París

El joven talentoso viaja a París ayudado por la política rivadaviana que tenía comisionados en algunas capitales europeas (Londres y París) para acoger y orientar a los jóvenes argentinos enviados por el gobierno para completar sus estudios en los centros de avanzada de la época.

Zarpa de Buenos Aires en octubre de 1825, y después de cuatro meses de accidentada travesía, desembarca en Le Havre y se instala en París en marzo de 1826. En esta ciudad, durante algo más de cuatro años, transcurre la segunda fase de su formación, y la de mayor importancia literaria, hasta su regreso a la Argentina a fines de junio de 1830, tras breve paso por Londres.

Cuatro años en los que no sigue una carrera regular, sino que toma cursos de distintas asignaturas en la Sorbona, el Ateneo y también con profesores particulares. Es época de ávidas lecturas en las que tercia «las más serias» sobre política, filosofía, sociedad, legislación –según la valoración de quién aún no ha asumido su vocación-, con las literarias: «Shakespeare, Schiller, Goethe y especialmente Byron me revelaron un mundo nuevo».

París vive por esos años el punto máximo del romanticismo que supuso no sólo un cambio radical de estética literaria sino una revolución cultural que involucra a la sociedad. La envejecida Ilustración y el neoclasicismo son defenestrados por el movimiento romántico que tendrá su manifiesto en el prefacio a Cronwell (1827) de Victor Hugo, su joven conductor de veinticinco años. La victoria de la nueva estética ocurre en 1930, en el estreno de Hernani en el teatro Odeón, donde se da la conocida batalla entre clásicos y modernos. Ese mismo año, Lamartine publica Harmonies e ingresa a la Academia, lo que significa la institucionalización de la nueva estética.

Si bien no se tiene puntual noticia de la participación de Echeverría ni de sus relaciones con los protagonistas del momento, no es difícil suponer que aspiró el intenso clima de cambio cultural de la ciudad y que adhirió al nuevo credo romántico por flechazo generacional.

A su regreso a Buenos Aires lleva en la maleta, no sólo los saberes teóricos aprendidos con sus profesores franceses y la nueva sensibilidad que ha triunfado en la ciudad, sino una consecuencia que el transtierro y la toma de distancia despiertan en el joven argentino: la certeza de una pertenencia americana, la conciencia de identidad.

Ambas etapas, la rivadaviana y la parisina, son decisivas para el desarrollo futuro del conductor y del literato. Su formación en Buenos Aires, había combinado el conocimiento directo de la realidad, adquirido en el trato con los gauchos en la estancia pampeana de Los Talas y en sus andanzas juveniles por el suburbio porteño, con la interpretación teórica de esa realidad hecha de espaldas al país real, desde las cátedras europeizantes de la Universidad. En París se desprende del legado de los claustros rivadavianos (más exactamente, de la parte envejecida de ese legado) y, por empatía generacional, adhiere a las nuevas doctrinas del romanticismo en el propio teatro de su gestación, y toma conocimiento del socialismo utópico que terminará de profundizar con lecturas recomendadas por sus amigos en Buenos Aires.

El equipaje de un precursor

Mientras el joven becario estudiaba, leía y aspiraba los aires nuevos de la capital francesa, en su tierra se profundizan las diferencias ideológicas que llevarán al país a una división en dos grandes partidos, pronto irreconciliables. El unitario, heredero de los principios revolucionarios de Mayo y del racionalismo ilustrado de sus ideólogos, vigorizado por la gestión de Rivadavia, pero que no logra extenderse al interior y atiende fundamentalmente los intereses de Buenos Aires. Y el federal, al que responden la mayoría de las provincias, aliadas o enfrentadas entre sí.

Este último tiene el apoyo de los federales porteños que, luego de distintos avatares (ente ellos, la ejecución de Manuel Dorrego –federal moderado, gobernador de Buenos Aires– por orden el general unitario Juan Lavalle), verá surgir entre sus filas a Juan Manuel de Rosas, elegido gobernador de Buenos Aires en 1829, que controlará el poder en las Provincias Unidas hasta 1852, un año después de la muerte de Echeverría.

Cuando en Junio de 1830 Echeverría regresa de París, Rosas gobernaba con facultades extraordinarias, delegadas por las provincias, que se prorrogarán indefinidamente; y el exilio de los unitarios, sus antiguos maestros, benefactores y amigos, había comenzado: «al volver a mi patria ¡Cuántas esperanza traía! Pero todas estériles: la patria ya no existía».

Efectivamente, la situación política del país había cambiado; pero también los cuatro años en París habían cambiado al propio Echeverría. Es significativo que cuando el joven dependiente de los almacenes de Lezica embarcó rumbo a Europa se registra como «comerciante» y al regresar a su país figura como «literato». El viaje, sin dudas, le aclaró su destino.

Por otra parte, en su equipaje de ida, llevaba un ejemplar de La lira argentina, compendio de poesía neoclásica, compilada por iniciativa gubernamental cuando Rivadavia era ministro de gobierno, para legar a la posteridad la poesía patriótica de la gesta de Mayo. El libro, publicado (y censurado) en París luego de curiosas peripecias, había llegado a Buenos Aires en 1924, meses antes de la partida a Francia del joven Echeverría, que lo incluyó en su escueto equipaje bibliográfico como quien lleva al partir una síntesis de sus adhesiones: Mayo y la poesía neoclásica. Pero la experiencia en el París bullente de la revolución romántica opera un cambio de mentalidad y, a su regreso, será intangible pero muy otro el equipaje intelectual que introduce en el Plata.

La búsqueda de libertad, el ideal de independencia, la revolución política de los poetas próceres de Mayo, aún encorsetados en los moldes neoclásicos de La lira argentina, encontrará en el desborde romántico un formato a su medida. En esa turbulencia intelectualmente fecunda e incentivadora, Echeverría descubre no sólo su destino de poeta, sino su identidad de poeta cívico americano; y encuentra también el instrumento nuevo, el lenguaje, para ejercerlo.

El romanticismo era algo más que una escuela literaria; aunaba en un mismo impulso la revolución estética y el cambio social. El historicismo, la construcción de la nación, una religiosidad laica y anticlerical, el individualismo y el socialismo utópico del movimiento romántico eran una reacción contra el universalismo estático y el racionalismo cientificista de la ilustración, de los que el joven rioplatense se apartaba a medida que avanzaba su conversión al nuevo credo. Conversión que continuará y se afirmará a su regreso, en el ambiente abierto y receptivo del Buenos Aires poscolonial, por influencia de las lecturas que le recomiendan sus amigos, sobre todo Juan Bautista Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento, admiradores de Saint Simon entre otros pensadores franceses del momento.


jueves, 17 de octubre de 2019

Aquel negro Cabral, soldado heroico - Parte 2


El peón heroico

--Déjenme, compañeros. ¿Qué importa la vida de Cabral?. Vayan ustedes a pelear que somos pocos -fue la frase que dijo Juan Bautista Cabral, según entiende el fraile Herminio Gaitán del convento San Carlos de San Lorenzo en su investigación sobre el combate.

Dos horas después, según el sacerdote historiador, en el refrectorio del monasterio -utilizado en ese momento como banco de sangre y sala de primeros auxilios- repitió la frase antes de morir.

Para el investigador Norberto Galasso, en su imprescindible "Seamos libres. Vida de San Martín", en cualquier caso, "lo más probable es que en el soldado correntino, en situación de muerte, haya brotado espontáneamente su lengua originaria por encima de la educación, prejuicios y modales y entonces haya dicho: Avyá amanó ramo yepé, ña jhundi jheguere umí pytaguá, expresión guaranítica de la frase que pasaría a la historia. Así lo sostiene criteriosamente Fray Herminio Gaitán: "palabras dichas en guaraní". También razonablemente, Gaitán sostiene que San Martín las escucha y las traduce, luego, al español, cuando las incorpora al parte de batalla, pues es tan natural que San Martín no dominase el idioma inglés, como que entendiese el guaraní", sostiene el historiador.

Y agrega en tono de reflexión: "Alguien probablemente, reste importancia a estas últimas circunstancias -Cabral, hablando guaraní y San Martín, entendiéndolo- pero, sin embargo, son reveladoras de la óptica con que se ha escrito nuestra historia, óptica europeizante y denigratoria de lo nativo, a la cual disgusta que sean dos correntinos, expresándose en el viejo idioma nativo, quienes protagonicen un episodio épico y prefiere, por tanto, limarle esas aristas pues, por supuesto, la Argentina la hicieron los rubios de ojos azules, directores de las empresas ferroviarias, frigoríficos, compañías de seguro, etcétera", sostiene Galasso.

Según su estudio, Cabral sería hijo natural de don José Jacinto Cabral y Soto y de la morena Carmen Robledo que luego se casó con el también moreno Francisco que lleva el apellido Cabral, por ser también servidor de esa antigua familia.
Tal vez por esta razón otras fuentes lo dan como hijo de los dos esclavos, Carmen y Francisco, pues su nacimiento es anterior a la ley de libertad de vientres y de raza negra.

Hay una carta de don Luis Cabral, su amo, del 4 de diciembre de 1812, donde se refiere "a la situación de nuestro negro Juan Bautista… que en su carta me pide le escriba a San Martín para que lo baje a la infantería porque en la caballería corre peligro" (los negros integraban habitualmente la infantería pues no se caracterizaban por ser buenos jinetes, por lo cual el pedido tiene fundamento), apunta Galasso.

Añade que no contrajo matrimonio y en su condición de esclavo desempeñaba funciones de peón. "Suponemos que se integró al cuerpo de granaderos al fundarse éste -es decir, pocos meses antes del combate- y que desde Buenos Aires le pidió al amo que intercediera ante San Martín, como surge del fragmento de carta que reproducimos. A los veinte años declaraba, por único patrimonio, un caballo rosillo con la marca de don Luis Cabral y una sortija de oro en poder de doña Tomasa".

Finalmente, Cabral no era sargento.

-Informo que el granadero Juan Bautista Cabral…- decía el parte de guerra de San Martín.
"Era simplemente un granadero sin rango", escribió el sacerdote Gaitán.

"Al soldado Juan Bautista Cabral. Murió en la acción de San Lorenzo, el 3 de febrero de 1813", decía una placa que mandó colocar el propio San Martín sobre la puerta del cuartel de Retiro en un tablero de forma oval.

"También estas apreciaciones acerca de Cabral pueden ser tachadas de baladíes. Sin embargo, importan, no sólo para demostrar los débiles cimientos en que reposa la historia oficial, sino también para que se las recuerde en las escuelas, especialmente en aquellas adonde concurren niños pertenecientes a la clase media liberal que escuchan habitualmente, en sus familias, los peores epítetos sobre "los negros", "los correntinos", "los peones", "los paraguas", pues entonces aprenderían que es muy común en nuestra historia que esos "negros", "esclavos" que "hablan guaraní" y se asemejan más a los paraguayos o a los bolivianos que a la gente blanca de Buenos Aires, son los que acompañaron y dieron su vida por San Martín para que algún día tuviésemos patria", concluye Norberto Galasso con justicia y contundencia.

Por Carlos del Frade *
* Periodista, escritor y diputado provincial del Frente Social y Popular.

miércoles, 16 de octubre de 2019

Aquel negro Cabral, soldado heroico - Parte 1



A la sombra de un pino añoso, que todavía se conserva, en el huerto de San Lorenzo, firmó en seguida el parte de la victoria, cubierto aún con su propia sangre y con el polvo y el sudor del combate. Los moribundos recibieron sobre el mismo campo de batalla la bendición del párroco don Julián Navarro, que durante el combate los había exhortado con la voz y el ejemplo. Y para que ningún accidente dramático faltase a este pequeño aunque memorable combate, uno de los presos canjeados con el enemigo fue un lanchero paraguayo, llamado José Félix Bogado, que en ese día se alistó voluntariamente en el regimiento. 

Este fue el mismo que trece años después, elevado al rango de coronel, regresó a la patria con los siete últimos granaderos fundadores del cuerpo que sobrevivieron a las guerras de la revolución desde San Lorenzo hasta Ayacucho -concluye Mitre su crónica sobre aquel 3 de febrero de 1813.

Agregaba que el combate de San Lorenzo, "aunque de poca importancia militar, fue de gran trascendencia para la revolución. Pacificó el litoral de los ríos Paraná y Uruguay, dando seguridad a sus poblaciones; mantuvo expedita la comunicación con el Entre Ríos, que era la base del ejército sitiador de Montevideo; privó de esta plaza de auxilio de víveres frescos con que contaba para prolongar su resistencia; conservó franco el comercio con el Paraguay, que era una fuente de recursos, y sobre todo, dio un nuevo general a sus ejércitos y a sus armas un nuevo temple. 

Tres días después del suceso, la escuadrilla española, escarmentada para siempre, descendía el Paraná cargada de heridos en vez de riquezas y trofeos, llevando a Montevideo la triste nueva. Al mismo tiempo San Martín regresaba a Buenos Aires. El entusiasmo con que fue festejado su triunfo en la capital, lo vengó de las calumnias que ya empezaban a amargar su vida, presentándole como un espía de los españoles que tuviese el propósito secreto de volver contra los patriotas las armas que se le habían confiado", analizaba más en tono político.


Aquellos cantitos del combate
-- ¡Viva el rey! -gritaban los españoles que desembarcaron en las barrancas de San Lorenzo aquel 3 de febrero de 1813.
-- ¡Viva la revolución! -contestaron los granaderos y los sesenta milicianos populares rosarinos que venían comandados por Celedonio Escalada.

Cuenta el historiador Miguel Angel De Marco hijo que "el 9 de octubre de 1812, los realistas habían saqueado San Nicolás y dado muerte al presbítero Miguel Escudero; tres días más tarde, cinco buques habían pasado frente a Rosario, cuyo vecindario huyó a las estancias cercanas. Para defenderse, el comandante militar sólo contaba con treinta fusiles en malas condiciones".

El 3 de febrero, coinciden distintas fuentes históricas, el combate fue breve pero sangriento.

Es llamativo el grito por la revolución que caracterizó a los granaderos y a las milicias populares rosarinas.
La revolución era una palabra que adquirió sentido en el programa de la primera junta de gobierno, el llamado Plan de Operaciones, escrito por Mariano Moreno a sugerencia de Manuel Belgrano.

"...¿qué obstáculos deben impedir al gobierno, luego de consolidar el estado sobre bases fijas y estables, para no adoptar unas providencias que aún cuando parecen duras para una pequeña parte de individuos, por la extorsión que pueda causarse a cinco mil o seis mil mineros, aparecen después las ventajas públicas que resultan con la fomentación de las fábricas, artes, ingenios y demás establecimientos a favor del estado y de los individuos que las ocupan en sus trabajos?", se preguntaba y proponía, al mismo tiempo, Mariano Moreno, el primer desaparecido de la historia nacional.

Un estado libre, independiente y nuevo que se erige como motor del desarrollo económico yendo en contra de las riquezas agigantadas en pocos individuos para luego distribuirlas.
Moreno, además, sostenía el "sistema continental" de la "gloriosa insurrección".

La aparición de San Martín y su relación con el cura Navarro y el comandante popular Escalada genera un puente entre los proyectos personales y colectivos.

Navarro seguirá haciendo pastoral política junto a los que buscan la liberación en aquel primer ejército popular latinoamericano en operaciones, el de los Andes y Escalada, felicitado por San Martín, será declarado "ciudadano americano de las Provincias Unidas del Río de la Plata", por la asamblea constituyente de aquel año 1813.

Los paisanos que sangraron en San Lorenzo junto a San Martín, Navarro y Escalada seguirían fieles a su proyecto colectivo de transformación.

Por eso el rancherío sería incendiado por los ejércitos de Buenos Aires.

Porque los pueblos del Litoral seguían, porfiadamente, adhiriendo a la revolución política y social que proponía Artigas.
Y allí, en medio de ellos, estaba el esclavo negro y peón de campo, Juan Bautista Cabral.


lunes, 15 de julio de 2019

El Forjista - Raul Scalabrini Ortiz - Parte 7


Retornó a la política activa en julio de 1956 cuando se entrevistó con Rogelio Frigerio que le ofreció las páginas de la revista Que para difundir su ideal, desde esa tribuna siguió cuestionando la política colonial de la Revolución Libertadora.

Junto a Juaretche comenzaron a trabajar por la candidatura de quién consideraban la opción más progresista de las permitidas por la dictadura, el radicalismo intransigente que lideraba Arturo Frondizi.

En las elecciones a convencionales constituyentes, Scalabrini confrontó con el peronismo, mientras él proponía votar a los candidatos de la UCRI, el peronismo convocó al voto en blanco que fue la opción que obtuvo mayor cantidad de votos.

Pero a principios de 1958 el General Perón le envía un ejemplar de su nuevo libro Los Vendepatrias, donde se transcriben artículos de Scalabrini publicados en la revista Qué. El libro iba acompañado por una carta que decía: “A usted le cabe el honor de ser el precursor, el formador de una promoción que alimentó la Revolución Nacional...Pienso que nadie como usted sería más eficaz, para propiciar y encabezar un movimiento que tienda a aunar las inquietudes de liberación de los intelectuales que no desertan del hombre y de la tierra argentina”

Frondizi triunfó con los votos peronistas luego de un pacto con Perón, pero al poco tiempo decidió no dar cumplimiento a su compromiso y comenzó una política no muy diferente a la de la revolución libertadora, además tampoco cumplió su compromiso de legalizar al proscripto peronismo.

Pero las diferencias de Scalabrini con el frondizismo estallaron cuando se conocieron las cláusulas de los Contratos Petroleros firmados por Frondizi con participación del capital extranjero, en su último artículo en la revista Que propuso aplicar al petróleo las mismas políticas que la desarrollada por Perón con los ferrocarriles.

Scalabrini se recluye en su biblioteca, y al poco tiempo supo que tenía cáncer, el 30 de mayo de 1959 se apagó la vida de un gran patriota al que su Patria aún no ha agradecido y reconocido suficientemente.

Pero no hay mejor manera de terminar este humilde homenaje, que escuchando y leyendo las palabras de Scalabrini Ortiz, cuando dijo:

“Desalojemos de nuestra inteligencia la idea de la facilidad. No es tarea fácil la que hemos acometido, Pero no es tarea ingrata. Luchar por un alto fin es el goce mayor que se ofrece a la perspectiva del hombre. Luchar es, en cierta manera, sinónimo de vivir: Se lucha con la gleba para extraer un puñado de trigo. Se lucha con el mar para transportar de un extremo a otro del planeta mercaderías y ansiedades. Se lucha con la pluma. Se lucha con la espada. El que no lucha, se estanca, como el agua. El que se estanca se pudre.”

Fuentes:

Scalabrini Ortiz contra la dominación inglesa. Norberto Galasso
Política Británica en el Río de la Plata. Scalabrini Ortiz
Bases para la Reconstrucción Nacional. Scalabrini Ortiz




domingo, 14 de julio de 2019

El Forjista - Raul Scalabrini Ortiz - Parte 6


Scalabrini se encontró en una esquina del centro con su amigo Leopoldo Marechal, luego del golpe y le dijo: “Hay que empezar a hacer todo de nuevo. Todo otra vez...”

El regreso oligárquico

Desde el diario El líder, propiedad de la CGT, Scalabrini desplegó sus primeras críticas contra el Plan Prebisch, el plan económico de la Revolución Libertadora, tanto él como Jauretche denunciaron la nueva etapa de sometimiento y el retorno de los privilegios.

El 13 de noviembre se produjo un golpe dentro del golpe, Aramburu reemplazó a Lonardi, profundizando el revanchismo contra la clase trabajadora. El diario El Lider fue cerrado por la dictadura, Scalabrini publicó un nuevo periódico que tuvo una corta vida, El Federalista. Jauretche, en tanto, se ve obligado a exiliarse.

En enero de 1956 se quedó sin ningún medio donde expresarse, todas las publicaciones nacionales y populares fueron cerradas, los liberales lograban su objetivo cerrar la boca de cualquiera que pensara distinto.

Uno de los aportes más importante que realizó Sacalabrini Ortiz fue el de esclarecer el papel del capital extranjero en los países coloniales y semicoloniales, en el siguiente extenso párrafo se visualizará con claridad su posición al respecto:

“Hoy es ya de conocimiento público: 1°) Que el capital extranjero no ha sido promotor del progreso, sino en la estricta medida en que convenía a los países matrices. 2°) Que el capital extranjero es el mayor enemigo de un progreso auténticamente argentino, porque todo fortalecimiento, sea material, intelectual, moral o espiritual, disminuye por simple inercia la presión de la sujeción extranjera. 3°) Que el capital no es una auténtica riqueza-producto del trabajo de otros pueblos- que se agrega al cuerpo nacional. El capital original de todas las inversiones extranjeras es mínimo hasta el desprecio. Lo fundamental de su aporte es la organización de la parte de la economía argentina que cae bajo su control de tal manera que el trabajo y la riqueza produzcan, no salud, fortaleza y bienestar interior, sino más capital extranjero 4°) Que la influencia del capital extranjero trasciende los límites de su actividad e inficiona con su mefítica influencia todas las jerarquías de la sociedad de tal manera que transforma en enemigos del pueblo a quienes debían ser celosos defensores de sus derechos. Estos acontecimientos adquiridos en el transcurso de los últimos 25 años son los que han acrecentado el sentimiento de resistencia hacia el capital extranjero hasta convertirlo en voluntad de lucha defensiva”

El fracaso del levantamiento del Gral Valle y su posterior fusilamiento, causaron una terrible impresión en el espíritu y el físico de Scalabrini Ortiz.


sábado, 13 de julio de 2019

El Forjista - Raul Scalabrini Ortiz - Parte 5


Una nueva esperanza

FORJA recibió con expectativas favorables el golpe del 4 de junio de 1943, no así Scalabrini Ortiz, no obstante éste fue cambiando su posición y el 10 de junio de 1944 concurrió a una conferencia de Perón en La Plata. El coronel Perón condenó al capital extranjero y defendió el desarrollo de la industria nacional.

Luego de la exposición, Scalabrini le hizo saber a Perón de la necesidad de nacionalizar los ferrocarriles, medida que efectivamente llevó a cabo Perón en su gobierno.


Por su profesión debió recorrer el interior por los años 1944 y 1945, donde pudo apreciar el cambio social que se puso en marcha con la política desarrollada por Perón, las leyes laborales se comenzaron a cumplir y los siempre olvidados comenzaron a ser escuchados.

Presenció maravillado el 17 de octubre de 1945 al que definió: ”Era el subsuelo de la patria sublevado. Era el cimiento básico de la Nación que asomaba por primera vez en su tosca desnudez original, como asoman las épocas pretéritas de la tierra en la conmoción de terremoto” “Presentía que la historia estaba pasando junto a nosotros y nos acariciaba suavemente como la brisa fresca del río. Lo que yo había soñado e intuido durante muchos años estaba allí presente, corpóreo, tenso, multifacetado, pero único en el espíritu conjunto. Eran los hombres que están solos y esperan, que iniciaban sus tareas de reivindicación. El espíritu de la tierra estaba presente como nunca creí verlo”.

Con la asunción de Perón, Scalabrini Ortiz bregó incansablemente por la nacionalización de los ferrocarriles hasta que el 13 de febrero de 1947, el gobierno nacional implementó esa histórica medida que había contado con Scalabrini como su más entusiasta propulsor.

Pero la política del gobierno peronista además de recuperar la soberanía sobre la riqueza nacional también provocó una notoria mejoría de la situación de los más necesitados, por primera vez eran escuchados y sus problemas más acuciantes solucionados.
Scalabrini Ortiz apoyó al gobierno popular pero con su inamovible espíritu crítico, alertando que aún importantes sectores económicos continuaban en manos extranjeras y que la oligarquía ganadera se encontraba agazapada esperando el momento para reaccionar.

El gobierno de Perón no encontró ningún lugar adecuado para pensadores de la talla de Scalabrini Ortiz y Arturo Jauretche, a tal punto que en septiembre de 1955 cuando cayó el gobierno, estaban casi retirados de la actividad política, porque preferían no realizar ninguna crítica que pudiera perjudicar al gobierno,
pero una vez producida la derrota, cuando muchos burócratas que ocuparon cargos de importancia huyeron o se llamaron a silencio, Jauretche y Scalabrini efectuaron su reaparición para hacer sentir su voz contra la oligarquía, de nuevo en el poder.



El Forjista - Raul Scalabrini Ortiz - Parte 4



Endeudándose y arriesgando su patrimonio familiar publicó el diario Reconquista, firme voz de la soberanía y la neutralidad. Apareció el 15 de noviembre de 1939.


A pesar que el diario se declaró abiertamente contra el fascismo y el nazismo los sumisos partidarios del Inglaterra y los Estados Unidos lo acusaron de fascista por defender la neutralidad del país. Pero Scalabrini no pudo sostener económicamente Reconquista por más de 41 días, el diario cerró y las posiciones nacionales nuevamente quedaban sin voz.

Había comprendido, al igual que Arturo Jauretche el papel de la prensa en un país semicolonial como el nuestro: “La prensa argentina es actualmente el arma más eficaz de la dominación británica. Es un arma traidora como el estilete, que hiere sin dejar huella. Un libro permanece, está en su anaquel para que lo confrontemos y ratifiquemos o denunciemos sus afirmaciones. El diario pasa. Tienen una vida efímera. Pronto se transforma en mantel o en envoltorio, pero en el espíritu desprevenido del lector va dejando un sedimento cotidiano en que se asientan, forzosamente las opiniones. Las creencias que el diario difunde son irrebatibles, porque el testimonio desparece”

“ El silencio es un arma tan eficaz como la ley, cuando se maneja con habilidad. El silencio es mortífero para las ideas. El silencio abate toda pretensión de autonomía, coarta la inventiva, impide el análisis, sofoca la crítica, detiene el mutuo intercambio de pensamientos, en que un pensamiento colectivo puede llegar a concretarse”

En 1940 apareció su libro Política británica en el Río de la Plata, ningún diario realizó crítica alguna. Al poco tiempo apareció el primer tomo de su Historia de los ferrocarriles argentinos. 

Hacia fines del mismo año se afilió a FORJA luego que la agrupación quitara de su estatuto la obligación a estar afiliado a la Unión Cívica Radical.


Sin posibilidad de trabajar como periodista y habiendo arriesgado su patrimonio en el diario Reconquista, el 13 de enero de 1942 debió publicar un aviso clasificado donde se ofrecía para trabajar en alguna empresa argentina, a un patriota se le hacía difícil conseguir trabajo en una colonia.

Scalabrini Ortiz era un espíritu crítico, libre e independiente, al que le era difícil encuadrarse en cualquier 
organización política por eso se alejó de la actividad política diaria de FORJA en febrero de 1943, dedicándose con exclusividad a la investigación y a su labor de escritor.

En tanto las urgencias económicas lo obligaron a retornar a su profesión de agrimensor, tenía cinco hijos a los que alimentar.


viernes, 12 de julio de 2019

El Forjista - Raul Scalabrini Ortiz - Parte 3


En 1936 se alejó del periódico Señales y estableció un contacto más fluido con FORJA, participando de conferencias y redactando los famosos Cuadernos de FORJA, donde abordaba los temas centrales de la dependencia argentina: los ferrocarriles, el endeudamiento financiero y el petróleo.

En 1938 asumió la presidencia de la Nación el doctor Roberto Ortiz, abogado de las compañías inglesas, quién había sido proclamado en la Cámara de Comercio Británica.

Scalabrini perteneció a una generación que dilucidó como la historia oficial que se enseñaba en las escuelas, contenía una importante cuota de distorsión, producto de que la misma había sido escrita por los hombres de la oligarquía liberal. Decía al respecto: “La historia oficial argentina es una obra de imaginación en que los hechos han sido consciente y deliberadamente deformados, falseados y encadenados de acuerdo a un plan preconcebido que tiende a disimular la obra de intriga cumplida por la diplomacia inglesa, promotora subterránea de los principales acontecimientos ocurridos en este continente” ... “La reconstrucción de la historia argentina es, por eso, urgencia ineludible e impostergable. Esta nueva historia nos mostrará que los llamados “capitales invertidos” no son más que el producto de la riqueza y del trabajo argentinos contabilizados a favor de Gran Bretaña”

Realizó estudios históricos a los efectos de mostrar el efecto nefasto del endeudamiento externo, para eso investigó los resultados del préstamo tomado por Rivadavia con la casa inglesa Baring Brothers: “Vamos a demostrar fehacientemente que el primer empréstito argentino no fue más que un empréstito de desbloqueo, un modo de transportar en forma permanente las ganancias logradas por los comerciantes ingleses en las orillas del Río de la Plata. Es decir, que ese primer empréstito representa una riqueza que se llevó de la Argentina a Inglaterra, no una riqueza inglesa que se trajo a la Argentina”.

Cuando las potencias mundiales se aprestaban a enfrentarse en una guerra para el reparto del mundo, Scalabrini Ortiz redactó un documento oponiéndose a que Argentina tomara partido por alguna de las potencias en pugna, haciendo de la neutralidad una bandera en defensa de la soberanía nacional.


Con respecto a la Guerra Mundial pensaba que: “Ir a la guerra sería consumar la completa servidumbre de nuestro pueblo y de todos los hermanos de América. Todos los focos de resistencia quedarían de hecho suprimidos. Todos los rebeldes a la voluntad inglesa serían aniquilados: Todos los hombres de la generación que, por primera vez, ha enfrentado los problemas esenciales de la nacionalidad, serían exterminados en los puestos de mayor peligro. Las pocas fortunas que aún quedan en manos de argentinos, serían liquidadas por los inmensos impuestos de guerra”


El Forjista - Raul Scalabrini Ortiz - Parte 2



En sus estudios llegó a desentrañar con claridad la red de dominación británica que comenzaba con los ferrocarriles, continuaba con los frigoríficos y terminaba con los seguros y barcos británicos para concluir una ruta de la carne argentina en un sistema que sólo beneficiaba a unos pocos argentinos y a muchos británicos. Todo este sistema se completaba con el regreso de los barcos cargados de manufacturas inglesas que ahogaban e impedían el desarrollo de una industria nacional.

Pero no sólo se limitó al estudio, también participó en el levantamiento radical de 1933 que le valió su detención, fue conducido detenido a la Isla Martín García, luego debió optar por el obligado exilio, la otra opción que le ofrecía el Estado era la prisión de Ushuaia.

Poco antes de partir se casó con Mercedes Comaleras el 23 de enero de 1934, debió concurrir al Registro Civil esposado y en compañía de la policía.

El primer destino de su exilio fue Italia donde permaneció por corto tiempo, para luego dirigirse a Alemania. En este país publicó una serie de artículos, que luego aparecieron en Argentina en La Gaceta del Sur y luego conformaron el libro “Política británica en el Río de la Plata”.

En las primera hojas de este libro había escrito: “El imperialismo económico encontró aquí campo franco. Bajo su perniciosa influencia estamos en un marasmo que puede ser letal. Todo lo que nos rodea es falso o irreal. Es falsa la historia que nos enseñaron. Falsas las creencias económicas con que nos imbuyeron. Falsa las perspectivas mundiales que nos presentan y las disyuntivas políticas que nos ofrecen. Irreales las libertades que los textos aseguran. Este libro no es más que un ejemplo de estas falsías”

Recién hacia fines de 1934 Scalabrini y su esposa pudieron regresar al país, no pierde tiempo y se vuelve a zambullir en la investigación. 

En 1935 comenzó a colaborar con el semanario Señales, desde este medio cuestionó el sistema entreguista que dominaba el país y empobrecía a la mayoría del pueblo argentino.

En ese semanario conoció a Arturo Jauretche un joven radical yrigoyenista, con quién estableció una amistad que perdurará hasta su muerte.
A poco de fundarse comenzó la colaboración de Sacalabrini Ortiz con FORJA, de su participación en esa agrupación dijo Arturo Jauretche: “Nosotros llevamos el terreno económico y social lo que la revisión histórica iba descubriendo y percibimos el hilo conductor de los acontecimientos y la política que los dirigía. Esta fue sustancialmente la obra de Raúl Scalabrini Ortiz, cuyo talento de investigador y de escritor y su voluntad sacrificada de servir al país, le costó la pérdida de todos los triunfos materiales que tenía a su disposición, pero lo premió con el título que ya nadie podrá discutirle de ‘descubridor de la realidad argentina’”

El Forjista - Raul Scalabrini Ortiz - Parte 1

  
  

Raúl Scalabrini Ortiz nació el 14 de febrero de 1898 en la provincia de Corrientes, pero de muy niño su familia se trasladó a Buenos Aires.
De joven se sintió atraído por las ideas de izquierda y en particular por la Revolución Rusa, dichas influencias lo llevaron formar parte, por el año 1919, del grupo Insurrexit, aunque esta militancia no perduró por mucho tiempo.

Se recibió de agrimensor, pero siempre mantuvo vivo su interés por la literatura, también se mostró atraído por las actividades deportivas, particularmente por el boxeo, actividad que llegó a practicar.

Su primer libro se llamó La Manga, publicado en 1923, a la edad de 25 años, más o menos por esos años se vinculó al grupo literario Florida, donde conoció a Borges y Mallea, entre otros.

En el año 1924 visitó París, ciudad a la que admiraba como todos los intelectuales latinoamericanos de la época. Luego emprendió una serie de viajes por el interior del país, donde pudo ver en directo la explotación del trabajador por parte de las oligarquías lugareñas.
Por aquellos años tomó contacto con un grupo nacionalista que publicaba “La Nueva República”, es ahí donde conoció Ernesto Palacio y a los hermanos Irazusta. Pero esta relación no duró mucho tiempo pues no podía congeniar con ese nacionalismo elitista y sectario.
La Década Infame
Scalabrini Ortiz no tenía demasiada simpatía por el caudillo popular Hipólito Yrigoyen, pero luego del golpe de estado del 6 de septiembre de 1930 revisó su posición, al ver el carácter reaccionario de las fuerzas que se habían confabulado contra el líder radical. Renunció a la redacción del diario La Nación y comenzó a criticar con dureza a la dictadura desde Noticias Gráficas.
Empezó a trabajar en su libro “El Hombre que está sólo y espera” donde reflexionó sobre el comportamiento del porteño. Este fue un intento de investigar el alma argentina.
Con respecto a esta obra dijo: “Yo realzaba en mi libro las virtudes de la muchedumbre criolla y demostraba que su valoración no debía emprenderse de acuerdo a las reglas y cánones europeos: daba una base realista a la tesis esencial de la argentinidad y sentaba la tesis de que nuestra política no es más que la lucha entre el espíritu de la tierra, amplio, generoso, henchido de aspiraciones aún inconcretas y el capital extranjero que intenta constantemente someterla y juzgarla”.

Con la denominada “Década Infame”, Scalabrini Ortiz ingresó resueltamente en el análisis y la crítica de la realidad nacional. En el año 1932 comenzó el estudio de los problemas económicos del país, cuando más los conoció más se le hizo evidente la mentira de la oligarquía, instaurada a través del control del aparato educacional y cultural.


Luego de urgar en documentos y en libros llegó a percibir lo que nadie había visto a pesar de encontrarse frente a las narices de todos, Argentina era una colonia inglesa, los principales resortes económicos estaban en sus manos.

Scalabrini realizó un estudio detallado del pacto Roca – Runciman por el cual la oligarquía argentina se sometió vergonzosamente a los dictados ingleses, para poder seguir vendiendo la carne a Inglaterra entregando todos los recursos nacionales a los deseos británicos.