jueves, 30 de octubre de 2014

Encuentro en el banco



Durante el sufragio de 1874 para elegir al presidente de la nación, el vencedor, Nicolás Avellaneda, cometió fraude. En algunas mesas hizo colocar amplios manteles y, debajo de ellas, a enanos de circo quienes a través de singulares agujeros hurgaron las urnas y cambiaron los votos.

Y Bartolomé Mitre, el derrotado, enterado e indignado por la vil maniobra se levantó en armas comandando una revolución.
Mitre también había hecho un fraude similar. Pero en lugar poner de enanos se había valido de pequeños chinos que confundieron las boletas.
La sociedad suele condenar solamente al vencedor. Y en este caso aquel había sido Avellaneda. Entonces, a instancias de Mitre, el coronel Ignacio Rivas reunió un ejército de cinco mil hombres, que incluyó soldados, gauchos matreros, indios y dos buhoneros.
Por otro lado, al mando del regimiento de infantería número seis –también llamado Arribeños- estaba el teniente coronel José Ignacio Arias que apoyaba a Avellaneda. Arias fue un férreo guerrero que manejaba la espada con igual habilidad tanto con la diestra como con la siniestra. Por eso sus soldados solían decir que era “doble mano” 

Las tropas de Mitre encontraron al Arribeños en una estancia cercana a 9 de Julio, llamada “La Verde”. Y suponiendo una victoria fácil –los hombres de Arias eran tan solo novecientos- y envalentonado por Rivas que dijo “los vamos a hacer cagar fácil”, Mitre ordenó un ataque frontal sin estrategia alguna.

Pero el astuto Arias, una semana antes, había enviado a sus soldados a capturar tábanos y a  encerrarlos en cajas de zapatos adaptadas para tal fin. Y cuando las tropas de Mitre avanzaron les arrojaron esas cajas y los tábanos, enardecidos y hambrientos, se la tomaron a picaduras contra los caballos. Los equinos enloquecieron: corcovearon, se desbocaron, se chocaron unos contra otros, pisotearon a los jinetes caídos y se cagaron chirle.

En cuatro horas Mitre perdió un poco más de mil hombres.

Entonces decidió abandonar la lucha y huir. Su destino fue Junín.
En la batalla resultó gravemente herido el coronel Juan Francisco Borges –moriría dos días más tarde- y en el viaje, en su agonía, se lamentó diciendo “¡Morir así! ¡Morirme ya! A mí se me hace cuento que me estea muriendo. Me hubiese gustado tener un nieto escritor”.

Cuando Mitre llegó a la ciudad fue hospedado por su amigo Juan Narbondo, un francés de los bajos Pirineos que había llegado a Junín diecisiete años antes.
Una vez instalado, Mitre se paseó por la ciudad en un lujoso coche que el francés había adquirido recientemente. Pero Narbondo le advirtió sobre lo inapropiado de hacerlo: “Acá son medio chusmas” le dijo “y, además, Arias te está viniendo a buscar”.

Entonces Mitre aceptó una propuesta de esconderse en la casa Basterreix, un comercio de ramos generales que Narbondo tenía frente a la plaza principal.

Pero cuando llegó Arias alguien le alcahueteó y lo encontró.

Narbondo relataría más tarde, en su libro “Mi relación con el general Paz (continuación)”: y Arias entró como una tromba a la casa. Yo traté de encubrir a Mitre y le dije “¿Qué desea llevar, señor?“No se haga el sota”, me contestó. Y después vociferó “¡Y vos, Mitre, salí de atrás de esa bomba sapo! Ya te vi”.

Mitre fue detenido, dado de baja del ejército y estuvo algo más de un año preso. Arias fue ascendido a coronel. 

Hoy ambos se estrechan las manos en una esquina céntrica.


Por Rody Moirón
Para La Máquina del Tiempo

martes, 28 de octubre de 2014

Historia de las tierras...


La madre de Dolores Reynoso (esposa del Gral. Pacheco) Aguada Mas de Sexar y Barreira, falleció años antes del casamiento de Dolores con Ángel Pacheco, y para esa época su padre Domingo Reynoso, ya estaba casado en segundas nupcias con María Ignacia Riglos, la familia Riglos tenía tierras en Tigre, que se conocían como " El Rincón del Riglos". El Futuro General Pacheco, tuvo un trato muy familiar con su consuegra, y posiblemente por ella conoció a fondo las tierras del Tigre. Ángel Pacheco hombre de campo, conocedor de la crianza de caballos y vacas, y a su vez experimentado agricultor, apreció estas tierras, y en 1827 compró miles de hectáreas a varios terratenientes, entre estos a miembros de la familia López Camelo, quienes a su vez las habían comprado a los descendientes de los primeros propietarios, beneficiarios por Juan de Garay al fundador de la Ciudad de Buenos Aires a mediados del siglo XVI.

En 1855, algunos herederos de López Camelo, promovieron un juicio contra el general Pacheco, argumentando que quienes los había representado como apoderado en la compraventa no tenía poder suficiente. Éste juicio duró hasta 1912, tiempo en que ésta tierra había sido heredada por José Agustín Pacheco Anchorena (nieto del Gral. Pacheco), se arriba a un acuerdo, quedando una fracción de éstas (hoy estación López Camelo), en poder de ésta antigua familia.
Al morir en 1869 el Gral. Pacheco deja un testamento, por el cual lega el "casco de El Talar" y parte de sus tierras a su hijo José Felipe Pacheco Reynoso, también heredan parte de la estancia otros de sus hijos : Román Pacheco Reynoso recibe lo que hoy es el centro de la Ciudad de Pacheco, su hija María Elvira Pacheco Reynoso casada con Torcuato de Alvear, recibe la parte que hoy conforma Don Torcuato.

Al morir José Felipe, el "casco" pasa sucesivamente por herencia a : José Agustín Pacheco Anchorena, luego a José Carlos Pacheco Alvear y finalmente a José Aquiles Pacheco Pirovano, que cuando se suicida en 1981 deja como herederos testamentarios a su segunda esposa (casada por Méjico) Patricia Berkier y a sus supuestos amigos José Eugenio Peralta Martínez y José Juan Manny Lalor, su primer esposa Marta Micheo renunció a la herencia a pesar de que legalmente era la única heredera.

Finalmente los beneficiados por el testamento, vendieron a una sociedad integrada por la familia Ganzábal, quienes tuvieron la visión de ver en éste famoso casco de la estancia " El talar" un excelente Country Club, que hoy muchas familias tienen la suerte de disfrutar.