miércoles, 2 de septiembre de 2015

Apodos y sobrenombres - Parte 2


Apodos Federales

Veamos ahora los sobrenombres que tuvieron algunos de los más conspicuos funcionarios de la Confederación Argentina rosista, de acuerdo a una nota de León Benarós de 1968:

“Los apodos tuvieron y tienen un auge duradero en la política argentina. Constituyen, inclusive, un arma de combate, que utiliza el ridículo como regocijante perdigonada. Desde los primeros tiempos del periodismo porteño, ya existieron. Algunos han sido salvados por la historia. Un cronista anota los apodos siguientes: “El señor don Tomás Manuel de Anchorena era designado con el deTorquemada; don José María Rojas (y Patrón) con el de Zumaca; el doctor don Manuel Moreno con el de Don Oxide; don Pedro F. Cavia con el de Don Magnífico, etc.; el doctor don Felipe Arana con el de Campanillas y Batata; el doctor don Baldomero García con el de Mudo de los Patricios; don Nicolás Anchorena con el de Plata Blanca; el general Pacheco con el de Espuela; Rosas con el deAncafilú y Oribe con el de Ciriaco Alderete…”.

Agregamos, de paso, que el coronel Vicente González, máxima autoridad militar de la Guardia del Monte, era llamado graciosamente por Rosas como “Su Majestad Caranchísima”. Pero su sobrenombre más recordado fue “El Carancho del Monte”.

Otro mote del que no se ha hablado casi, es el que recibió el coronel Francisco Sosa, quien fue conocido por Pancho el Ñato. Participó durante la época federal en las zonas aledañas a la Guardia del Monte e hizo con Rosas la Campaña al Desierto de 1833/34. Menos conocido resulta el sobrenombre de Balija que le endilgaron al coronel federal Manuel Delgado; al menos, así lo señala en sus Memorias el general unitario José María Paz. El coronel Delgado fue edecán del Restaurador de las Leyes por 1831. 

Hay dos más: el periódico “La Gaceta Mercantil” del 1° de enero de 1842, le llamó al general Pascual Echagüe –a la sazón, gobernador de Entre Ríos- Benemérito Ilustre Restaurador. Y en las islas Malvinas, el gaucho Antonio del Rivero fue reconocido en medio de su alzamiento de agosto de 1833 con el raro apelativo de Antook.



Apodos y sobrenombres - Parte 1



La historia universal fue hecha por millares de hombres que, en tiempo y forma, han heredado un apodo o sobrenombre, sea por aclamación popular o por cuestiones meramente personales. Dentro de esta lógica natural, obviamente que no podían faltar los apodos de los dirigentes políticos nacionales que actuaron como federales y unitarios en el siglo XIX.

Casi no se hace alusión, en los prosistas del liberalismo, el apodo Don Bartolo con que se lo conocía a Mitre desde las páginas de la revista “Caras y Caretas”, allá por el 1900. Menos divulgado ha sido el apodo Zonzo que recibió el creador del diario “La Nación” por parte del jurista Dalmacio Vélez Sarsfield. Por su parte, Juan Bautista Alberdi en medio de sus polémicas interminables con Sarmiento, no dudará en llamarlo a éste Trabajador Improductivo y Estéril. En una carta, el gobernador Rosas señala al El Loco Sarmiento.

Si de los unitarios o colaboradores de ellos nos acordamos, difícil olvidar a la hermana del general Lavalle, Chepita, cuyo verdadero nombre era Josefa Lavalle de Sáenz Valiente. El salvaje unitario Alejandro Dumas también le llamaba Pepa Lavalle, y, ya anciana, sus familiares la trataban de Mamá Chepita.
Durante el famoso Sitio de Montevideo (1843-1851), el general colorado Melchor Pacheco y Obes fue uno de los que viajó a París, Francia, para buscar la ayuda y solidaridad de los franceses ante el asedio de la ciudad capital por parte de las tropas de Oribe y Rosas. A Pacheco y Obes le quedó el mote de Vinagre.

Por su fealdad y crueldad, el general Fructuoso Rivera fue denominado El Pardejón, y Don Frutos por parte de los indios guaraníes a los cuales, promediando la década de 1830, mandó asesinar o a exhibir en Europa como “rarezas” de nuestro continente. Entre los propios unitarios hubo infinidad de discordias cuando de “civilizar” al país se trataba. Así, Bartolomé Mitre le asignó el mote deWashington de Sudamérica al general Urquiza cuando éste, en réproba actitud timorata, no se jugaba por las montoneras federales o por apoyar a los unitarios que, con sus ejércitos de línea, los masacraban a aquéllos en el interior, colocándose por encima de las luchas internas.