jueves, 17 de marzo de 2011

Antiguos escudos de San Isidro - parte 2

Durante la administración de Don Andrés Rolón, se encargó al doctor Adrián Beccar Varela, el reunir los antecedentes históricos para el escudo y proyectarlo. A la vez, se encomendó la tarea de la preparación heráldica, al presbítero Carlos Ruíz Santana, quien representó el sueño de Domingo de Acasusso en un escudo apaisado con forma ovalada, de azúl intenso. En el cantón siniestro una barranca que termina en la punta del escudo, con una iglesia rodeada de casitas con techo color rojo vivo. En el centro un árbol verde. En el flanco derecho, un Sol radiante con sus nueve rayos del mismo metal, alternados (unos rectos y otros flamígeros), bañando la barranca del Río de la Plata. Todo el escudo con orla de oro.

El Escudo y sello Municipal, entonces, fué sancionado durante la intendencia de Don Andrés Rolón en la sesión celebrada el 29 de diciembre de 1915 por el Honorable Concejo Deliberante.

El 13 de mayo de 1923 Beccar Varela informaba que "esa ordenanza no se cumplió porque el Intendente Rolón terminó su período y sus sucesores no tuvieron interés". El presbítero Ruiz Santana continúo su obra presentando un escudo que mostraba las barrancas con un espinillo, la capilla que fundara Acassuso rodeada de casas y el río de la Plata.


Aquella interpretación tuvo una posterior versión cuya autoría se le atribuye a un tal Hermano. Julián, que presenta algunas modificaciones: el caserío se traslada abajo y se prioriza la figura del árbol y se le añade una cartela de pergamino, que evidentemente precede, con su semejanza, al actual, que se supone el definitivo escudo municipal de San Isidro, cuya réplica oficial se encuentra expuesta en el salón de los escudos del Palacio de la Gobernación de la Provincia de Buenos Aires, junto con todos los pertenecientes a los distintivos municipios bonaerenses.



miércoles, 16 de marzo de 2011

Antiguos escudos de San Isidro - parte 1

Durante la administración del Juez de Paz, Don Luis Emilio Vernet, en 1862 lucía un escudo eminentemente agrícola, con un óvalo apaisado, blasonado de un campo de trilla, en medio agrupado una gavilla, un rastrillo y una guadaña, con un Sol radiante. Se usó este escudo por poco tiempo como sello municipal estereotipado.

En 1877, la Municipalidad de San Isidro, había adoptado otro escudo, también oval apaisado, en cuya orla llevaba la leyenda: “Municipalidad de San Ysidro” y en su parte central exhibía una palma de olivos. 
Entre 1894 y 1896, ante la carencia de un blasón que fuera verdaderamente representativo,, se utilizó un sello con el Escudo Nacional modificado en su forma (triangular curvilíneo) y el sol, con la leyenda: “Intendencia Municipal”. "San Isidro"







Escudos de San Isidro

HERÁLDICA

Forma: elipse cortado, con filete de su color como bordura.

Trae en palo un árbol con tronco y ramas de su color foliado de sinople.

Trae en el primer cuartel sobre tapiz de azur celeste en la línea del horizonte a diestra un sol naciente con nueve rayos flamígeros y rectos alternados de oro y a siniestra una iglesia de plata y techo rojo.

Trae en el segundo cuartel sobre tapiz de sinople con surcos de sable en talud diestro unas casas de plata techos de gules y puertas de sable. El talud delimita un área triangular en el flanco diestro de azur celeste.

Ornamentos: cartela de pergamino de oro, simétrica con rollos hacia adentro los mayores y el de la punta y hacia afuera los ocho restantes, terminado con un trébol superior.

SIMBOLOGÍA

Más que seguir las reglas de la heráldica se eligió una forma de representar su geografía. De ahí que triunfa el sentido paisajista en el campo del escudo de armas: en primer término, se representa al árbol histórico y a su fértil suelo en la barranca que desciende al río Parana sobre el que nace el sol alumbrando el caserío en lo alto la capilla dedicada a San Isidro fundada por Acassuso en 1706.

 


martes, 15 de marzo de 2011

Batalla de Ensenada de las Pulgas - parte 3


En este lugar ensangrentado ignominiosamente por su bárbara horda a la que titulaba pomposamente “Ejército Restaurador” y que hacía flamear su bandera siniestra con el lema “Federación o muerte”; en ese lugar decimos, lo esperaba el gobernador Dr. José Santos Ortiz con una división de 500 puntanos al mando de Luis de Videla. El encuentro fue épico librándose el combate más encarnizado y aciago de aquella época. Los contendientes que se iban enfrentar en un duelo a muerte, se encontraban en un plano de tal desigualdad que desde el primer momento los invasores debieron tener la impresión de su triunfo y los defensores la de su derrota, la que enfrentaron con un valor y heroísmo que hacen más meritorio su estoico sacrificio.

El ejército del chileno, además de su superioridad numérica y mejor armamento, venía estimulado por los éxitos que había obtenido desde su repulsiva hazaña del Salto hasta el sorpresivo triunfo del Chaján. La división puntana, organizada apresuradamente por el gobernador Ortiz, sólo contaba con el valor legendario de sus jefes y oficiales, pues los soldados carecían de instrucción militar y la mayor parte de ellos concurrían por primera vez a un campo de batalla, mal y deficientemente armados. (5)

En el primer choque fue arrollada la caballería puntana, viéndose obligada a formar cuadros parapetándose en una pequeña isleta de chañares en la que lucharon hasta caer muertos con sus dos oficiales al frente, Dolores Videla y Juan Daract (6), porque ellos y sus soldados prefirieron el sacrificio heroico antes que la rendición humillante. Y ahí, como dice Jofré “los puntanos quedaron en la trinchera de troncos y caldenes, formando un montón ensangrentado y humeante”.

Aquella luctuosa jornada, tremenda por lo que sucedió en el fragor de la lucha y por el ultraje que un extranjero infirió a la autonomía de San Luis, costó a la provincia la pérdida de 180 de sus hijos sobre los 500 que defendieron sus instituciones y el decoro nacional.

El episodio fue monstruoso y de cierta manera constituyó el fatídico prolegómeno de Punta del Médano, acción en la que el caudillo chileno cayó prisionero para ser juzgado y fusilado en Mendoza posteriormente.
El recuerdo que Carrera dejó en su tránsito por San Luis, ha merecido el juicio execratorio de los historiadores más ecuánimes y veraces entre los que se han referido a su obscura trayectoria en tierra argentina. Raffo de la Reta, en su vigoroso libro sobre los Carrera enjuicia con vivo colorido al autor de la masacre de la Ensenada de Las Pulgas. Refiriéndose al bárbaro espectáculo que ofrecían los clanes vencedores dice que “robaban en pleno día, violaban mujeres y mataban a quien quiera que trataba de impedírselo”, agregando: “Don Vicente López relata hechos como el de una niña, de la mejor sociedad puntana, arrastrada al campamento montonero del que cuatro días después se fugó enloquecida y con las huellas de los ultrajes. Y he ahí el clamor de las criaturas, el llanto de las mujeres, llevadas en arreos por los indios rumbo al desierto, o capturadas como esclavas por sus soldados, para la satisfacción de sus peores instintos, sin que hubiera piedad ni compasión”. (7)

Referencias

(1) ”Episodios Puntanos”, página 45.
(2) Raúl Ortelli: “El último malón”, página 25.
(3) Lugar que queda a poca distancia de Mercedes, río de por medio, frente al actual puente de hierro.
(4) El 9 de marzo el gobernador de San Luis se dirigió al de Mendoza y el 13 del mismo mes al de San Juan. Al primero le expresaba: “Son las tres de la tarde y en este momento acaban de llegarme avisos positivos, que Dn. José Miguel Carrera estará hoy en el Morro, con trescientos hombres de armas, entre ellos Soldados e Indios; y que según lo ha dicho algunas veces sigue su marcha hasta esta ciudad. Yo marcho ahora mismo a tomar el paso del Río Quinto, a donde pienso hacer la defensa; pero V. S., entre tanto dictará todas las providencias que considere conducentes a la seguridad de ese benemérito Vecindario… Señala después que si el “pérfido Carrera” lo derrota, inmediatamente avanzará sobre Mendoza, etc. a su vez el gobernador de San Juan le avisa al de La Rioja que Carrera ha vencido a Bustos en Chaján y le pide que le envíe tropas y oficiales veteranos, cuidando que no sean “carrerinos”, pues estaba “abismado” porque Carrera había derrotado a Bustos “que debía tener doble fuerza” (Archivo del Brigadier General Facundo Quiroga, T. I, páginas. 320 y 325). Véase también la carta de Manuel Herrera al gobernador de San Juan, en el mismo tomo, página 334.
(5) En tan apremiantes circunstancias el gobierno de Mendoza auxilió al de San Luis con algunas armas y dotación de municiones.
(6) Dolores Videla: estuvo en la defensa de Buenos Aires en 1807; fue guerrero de la independencia y en 1819 participó en la represión de la conspiración de los prisioneros españoles.
(7) Juan Daract: era uno de los cinco hijos de don Justo Daract – Julio César Raffo de la Reta; “El General José Miguel Carrera”, página 419.

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Pastor, Reynaldo A. – San Luis, su gloriosa y callada gesta (1810-1967) – Buenos Aires (1970).



lunes, 14 de marzo de 2011

Batalla de Ensenada de las Pulgas - parte 2


Cuando sus aliados lo abandonaron dejándolo librado a sus propias fuerzas, utilizó a sus aventureros e indios para cometer los actos más vituperables e inhumanos que pueda concebir la mente del hombre civilizado, asolando el pueblo del Salto, despedazando las fuerzas de Córdoba y aniquilando las de San Luis por cuyo territorio había de avanzar como un huracán destructor, desde El Morro hasta dar con el Río Quinto y desde allí a la capital puntana, ocupándola como si fuese un guerrero argentino y no un extranjero obligado a respetar las leyes del país; como si fuera un conquistador y no el que se beneficiaba con la hospitalidad tolerante del país que lo había recibido en su desgracia, y como si no estuviera obligado a obedecer a la autoridad en vez de llevársela por delante como lo hacían aquellos que por lo menos combatían dentro de su patria.
De esta manera el revoltoso general chileno, sin cabida en su patria, buscaba realizar el obsesionante plan de repasar la cordillera, derrocar el gobierno de O’Higgins y restablecer a sangre y fuego la dictadura que antes ejerciera con implacable espíritu persecutorio, pues ya no se trataba de vencer a los españoles cuyo dominio había concluido en Chile sino de vengar la muerte de sus hermanos fusilados en Mendoza y de extirpar de cuajo la influencia de sus adversarios políticos.

Luis Franco nos ilustra sobre este período de la trayectoria de Carrera en nuestro suelo patrio: “Cuando los caudillos federales del litoral terminaron desavenidos entre ellos, -dice este ameno e ilustrado escritor- el de Santa Fe se entendió con el de Buenos Aires y Córdoba, contra el “Supremo Entrerriano”. Por ese mismo pacto debía ser entregado o desarmado el otro socio de López y Ramírez, el chileno Carrera, que capitaneaba una pequeña hueste de aventureros y enganchados con la que pensaba invadir Chile.

Cuando le llegaron ecos del Pacto de Benegas, Carrera levantó su campamento dispuesto a intentar la travesía de Melincué a Mendoza. Como precisaba aviarse de recursos para ello, no trepidó en entenderse con los indios ranqueles, sobre la base de facilitarles la toma del pueblo de Salto, cuya guarnición era de 40 hombres, que podía hacer frente a las lanzas pero no a los fusiles; terminó capitulando bajo la condición del respeto a las vidas. La mayoría del vecindario había buscado refugio en el templo del pueblo. Los indios hicieron saltar el portón de entrada a golpes de ancas de caballo y las paredes del recinto sagrado resultaron petisas para contener la marea de la violación, el expolio y el degüello. El mismo Carrera -según el historiador Vicente López-, escribió a su esposa que él había tenido que recoger a dos niñas de dieciocho años y darle su propio lecho esa noche”.

“El éxito de los ranqueles fue como un río salido de cauce, y arrastró todos los despojos que pudo cargar. Y doscientas cincuenta mujeres, sin contar los niños, fueron invitadas a trasladarse a la capital ranquelina, a través de ciento cincuenta leguas de desierto. (“Yanquetruz”, en La Prensa, octubre 9 de 1966).
En Salto, el 4 de diciembre de 1820, Carrera dejó impresa la primera prueba de su bandolerismo sanguinario y brutal. Sobre lo que ocurrió ese día lúgubre para la civilización, podemos decir con el prestigioso y erudito Landaburu: “Renunciamos a describir este cuadro de barbarie. Al producirlo Carrera escribió la página más abominable de su vida, infiriendo la más terrible afrenta a los principios de humanidad y de civilización” (1), duro y lapidario juicio que Ortelli confirma con esta glosa de los escritos del doctor Montes, antiguo y prestigioso vecino de Salto: “Hace larga referencia al bárbaro ataque de 1820, cuando las huestes del cacique Yanquetruz aliado a la fuerza del renegado general chileno José Miguel Carrera, echa abajo las puertas de la iglesia, saca de allí a numerosa mujeres (incluso a una ascendiente del Dr. Montes)”. A unas las violan allí mismo, a otras las llevan consigo. (2)
“Una vez que hubo cometido este crimen atroz inició, la correría más salvaje y sangrienta que registran los fastos argentinos. Ni Atila en las Galías. Ni Tamerlán en las llanuras del Asia, movieron sus legiones bárbaras con tan raudo paso como la vertiginosa rapidez con que el jefe chileno empujó su horda de facinerosos al encuentro del enemigo, buscando romper a sangre y fuego el valladar infranqueable que habría de oponerse a su fatal destino”.
Del Salto se dirigió a la provincia de Córdoba sorprendiendo en Chaján a las fuerzas de Bustos y batiéndolas y dispersándolas totalmente el 5 de marzo de 1821, se aproximó a la ciudad capital de la provincia sin atreverse a llevarle un ataque para tomarla por asalto. De ahí retrocedió e internándose en la provincia de San Luis, pasó como una exhalación por el Morro rumbo a la capital puntana. Al llegar al paraje “Ensenada de Las Pulgas” (3), sobre la margen derecha del Río Quinto, libró un nuevo combate en el que por segunda vez puso de relieve su índole de caudillo sanguinario y despiadado. (4)