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lunes, 5 de abril de 2010

La última frase vieja y me voy al humo



Expresión muy nuestra que equivale a lanzarse atropelladamente en procura de algo. Existen dos versiones acerca de su origen, ambas relacionadas con la guerra contra el indio.

La primera figura en la segunda parte de Martín Fíerro y se refiere a las llamadas que se hacían las tribus para combatir en malón: "Su señal es un humito" -dice José Hernández- "que se eleva muy arriba./ De todas partes se vienen / a engrosar la comitiva ( ... ) para formarla han salido / de los últimos rincones." La segunda versión la registra Lucio V. Mansílla quien en Una excursión a los indios ranqueles comenta: "El fuego y el humo traicionan al hombre de las pampas, significando que una fogata mal apagada o la pólvora que quemaban los fusiles bastaban para que lanzas y boleadoras acudiesen a la humareda".


La frase se ha modernizado, pero conserva su sentido original. Ya sea cuando un humito apetitoso nos impulsa a atropellar en busca de una porción de asado o cuando un fallo dudoso hace que el malón de una hinchada se vaya al humo contra el á r b i t r o .


Fuente Consultada: Tres Mil Historias de Héctor Zimmerman
http://www.portalplanetasedna.com.ar

La última frase y nos vamos a casa



La frase -Home sweet home, en el original- es parte de una canción cuya versión española sería: “Por más que crucemos / la tierra y el mar / siempre extrañaremos tan bello lugar: ¡Hogar dulce hogar!".

Pertenece a una pieza teatral estrenada en Londres en 1823.

Su autor, John Howard Payne, fue un excelente dramaturgo y actor norteamericano que vivió en Europa, De Payne es también la letra de esa canción, que prendió en los corazones ingleses en una época en la que las conquistas del Imperio británico obligaban a muchos a dejar su patria para residir en las colonias.


Desde hace 170 años la expresión se repite en todo el mundo. A veces con ironía, cuando la casa se alborota demasiado. Y, con mayor frecuencia, para resumir nuestra añoranza, al sentirnos lejos de la familia y de los objetos queridos. 0 al volver a ellos.

Fuente Consultada: Tres Mil Historias de Héctor Zimmerman
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viernes, 12 de marzo de 2010

Y dale con pernia ..... seguimos con las frases viejas



"Usted estaba sentado gozando de la fresca viruta." Así da comienzo Roberto ArIt a Psicología simple del latero, una de sus inolvidables Aguafuertes porteñas. Tres líneas más adelante habla nuevamente de la fresca viruta al describir a su protagonista apoltronado en una silla de café, bebiendo cerveza bajo un toldo y repitiéndose, hasta el hartazgo, que la vida tiene sus partes lindas. "Gozar de la fresca viruta" consiste en eso: pasarla bien sin preocuparse por nada y disfrutando lo que se tiene a mano. Pero ¿qué relación existe entre el dolce far niente y eso que el diccionario define como lámina fina y enrulada que sale de la madera al cepillar?. Ocurre que hasta no hace mucho era común aprovechar la viruta para rellenar colchones. Tanto las tiras de madera como el aire que queda entre ellas son excelentes aislantes del calor. El relleno, además, se acomoda muy bien al peso y la forma del cuerpo. Por eso, en la era preplástica, la viruta fue parte del ocio. Y gozar de ella, un arte, que como dice muy bien Arlt, hacía sentir la vida más linda. Más liviana, más mullida y más fresca.


Fuente Consultada: Tres Mil Historias de Héctor Zimmerman
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Se van terminando las frases viejas



En los ejercicios para combate, los caballeros medievales empleaban armas de hierro ordinario que carecían de filo y llevaban en la punta un botón, como los floretes con que se aprende esgrima.

Recibían el nombre de armas negras, en oposición a las que se usaban en los torneos, que eran de acero filoso y tenían el extremo afilado o, como se decía entonces, la punta en blanco.

En esas lizas, los contendientes se presentaban ante el árbitro o maestro de armas acompañados de sus escuderos, quienes portaban los yelmos con sus penachos y los respectivos escudos.

La gran pompa de esta ceremonia con música de fanfarrias y el espectáculo de las armaduras relucientes y los estandartes al viento quedaron asociados a la frase "estar de punta en blanco", que tomó el sentido de mostrarse con las mejores galas.

Pasaron los tiempos feudales, pero el dicho subsiste. Sólo que ahora se aplica a cualquiera que luce impecablemente desde el peinado hasta los pies. Vestido de punta en blanco. Como para un torneo... de elegancia.


Fuente Consultada: Tres Mil Historias de Héctor Zimmerman
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domingo, 21 de febrero de 2010

Seguimos con las frases viejas



La frase es producto de una serie de cambios y derivaciones que comienzan cuando en España se llamó turca a la borrachera.

La razón tiene toques de humor. Al vino puro, sin añadido de agua, se lo denominaba tanto vino moro corno vino turco, por no estar "bautizado".

En consecuencia, las mamúas tomaron el nombre de turcas.

De allí viene la primera parte de la expresión en su forma original: "agarrarse una turca".

Lo que sigue se debe exclusivamente a la picardía criolla. ¿Quién puede hallarse más confundido que un borracho que se pierde en la niebla?

El pasaje de con la turca al actual como turco lo realizó espontáneamente el uso popular. Y así el turco entró en el dicho y en la neblina, dando lugar a una pintoresca expresión que vale para cualquiera que ande muy desorientado. Por más sobrio que esté.


Fuente Consultada: Tres Mil Historias de Héctor Zimmerman
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sábado, 6 de febrero de 2010

Mas frases viejas



Cuando se tienen reparos sobre la conducta o los dichos de terceros se utiliza esta frase, cuya forma correcta según algunos sería “buscarle tres pies al gato". Los diccionarios no se ponen de acuerdo.

El de María Moliner, por ejemplo, prefiere esta última versión y la define como: “buscarle complicaciones a un asunto que de por sí no las tiene".

La mayoría de la gente al citar el dicho menciona tanto al micifuz al que le falta una extremidad como al que le sobra.
Para ellos el sentido es idéntico. Y todavía están los que hacen distingo acerca de la aplicación del tres o del cinco. Los que la emplean en la primera forma sostienen que se refiere a lo fácil que resulta criticar: frente a cualquier minino, sea persa o atorrante, hasta el más torpe encuentra los tres pies requeridos.

En cuanto a lo de la quinta en no querer aceptar, por mala fe o ignorancia, la realidad tal cual ES.

Una cuarteta anónima resume muy bien este dilema trivial: "El normal cuatro presenta, tres si le falta una sola, y cinco si quien las cuenta toma por pata la cola” una solución salomónica, como se ve.


Fuente Consultada: Tres Mil Historias de Héctor Zimmerman
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viernes, 5 de febrero de 2010

... y la máquina de hacer chorizos

LA CHANCHA Y LOS VEINTE


Expresión criolla que nació a fines del siglo pasado y fue popularizada por un sainete de la época así títulado. Denota a la persona codiciosa que, no conforme con la ganancia que le corresponde en un trato, se empeña en obtener mayores ventajas. Es condensación de otro dicho más largo, "el chancho, la chancha y mi los veinte lechones", que agrega al abuso una exageración: la cría de una cerda a través de su vida fértil rara vez llega a la veintena. Por concisión, la idea quedó abreviada en su forma actual: “Querer la chancha y los veinte…”. Pero a la picardía popular no le pareció suficiente. Eran tiempos del auge de los frigoríficos y de la explotación de todo lo que se pudiera sacar de un animal.
De modo que la frase se usa en locuciones tales como “Fulano pretende quedarse con la chancha, los veinte y la máquina de hacer chorizos". Ese agregado tecnológico eleva la rapacidad al colmo. Muestra el afán desaforado de quedarse con todo. Y con algo más, de ser posible.


Fuente Consultada: Tres Mil Historias de Héctor Zimmerman
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Frases viejas



Quien anhela obtener algo muy valioso debe estar dispuesto a afrontar su precio, por alto que éste sea. El dicho y su moraleja guardan estrecha relación con un mineral, el lapislázuli, que se extrae de unos pocos lugares de Oriente. Con él se fabricaba un bellísimo color azul, muy resistente a la acción del tiempo, que por su procedencia fue llamado azul de ultramar.

La gran rareza del lapislázuli y el alto costo de su transporte hicieron que su valor fuera comparable al del oro.

Cuando los papas y los grandes señores del Renacimiento encargaban un cuadro, se estipulaba por contrato cuánta pintura de oro y cuánto azul de ultramar entrarían en la obra. Al mezclarse con blanco, ese precioso azul producía el celeste que originó la expresión.

Pero existe también otra versión sobre ese origen, vinculada con la acepción religiosa de la palabra celeste, equivalente a celestial. En tal caso, serían los sacrificios realizados en la Tierra el precio de la gloria en el Cielo. Ambas versiones no se contradicen. Y ninguna de las dos deja duda de que cueste y celeste riman con muy justa razón.


Fuente Consultada: Tres Mil Historias de Héctor Zimmerman