lunes, 10 de enero de 2022

Entrevista a Adalbert Krieger Vasena por Juan Carlos De Pablo – Parte 6

¿Qué edad tenía cuando renunció?

49 años.

Un poco joven para jubilarse…. Aun en la Argentina. ¿Recibe la jubilación de ministro?

Recibo la jubilación a partir de 1979, por haber realizado aportes jubilatorios por un período mayor a 30 años de servicios.

Volviendo al tema, yo sospecho de aquellos que nunca han trabajado. En el resto del mundo esto no es así; lo hemos inventado en la Argentina. ¿O es una forma de sacar a la gente capaz de la función pública? Lo que algunas veces he pensado. Quizás es una forma muy hábil de llevar a los no idóneos, a los ineptos, a la función pública.

Usted dice que no volvió a la actividad oficial pero sin embargo retornó a la función pública internacional en la década del ‘70…

Yo me quedé en la Argentina hasta fines de 1971 y luego, como dice usted, me convierto en el trapo rojo de unos pocos llamados políticos que buscan cualquier excusa para organizar un escándalo, pero que no tienen a nadie detrás de ellos y sus supuestas plataformas no proponen nada para el país; lanzan calumnias y ataques personales, pero no ofrecen soluciones a los problemas nacionales. Volviendo a la pregunta, considero que no podemos invalidar a la gente que ha tenido experiencia, tanto pública como privada, y ponerla en la congeladora.

Recuerdo que por 1972 hubo una sola defensa pública de su persona (posiblemente hayan existido otras pero las desconozco), frente a los ataques que estamos comentando y ante la posibilidad de que usted trabaje donde le parezca. Esa defensa estuvo a cargo de Guido Di Tella durante un reportaje que le hicieron por televisión.

Sí señor. Guido Di Tella fue uno de los pocos defensores que he tenido, y no tenemos las mismas ideas. En una palabra, yo tenía mi conciencia tranquila. Fue así que a fines del ’71 consideré que las cosas en la Argentina iban a terminar mal políticamente, porque el país no buscaba la solución, y acepté el ofrecimiento de escribir un libro; en Europa, sobre investigaciones económicas en América Latina.

Es una obra que elaboré con un asistente que como me cayó muy simpático decidí hacerlo coautor del trabajo. Era un hombre joven, inteligente, cubano, que había estado en Sierra Maestra peleando con el Che Guevara, un gran idealista en su juventud. 

Fíjese que el liberal argentino Krieger Vasena puede coincidir con un hombre que tenía 20 años menos que él y que había luchado en Cuba con Fidel Castro. O sea que afuera muchas veces uno encuentra gente en el camino con la cual puede coincidir, y acá en la Argentina ocurre que en muchas ocasiones no coincidimos en cosas mínimas. ¿No es nuestro gran problema buscar siempre el desencuentro e injuriar a quien no piensa exactamente igual?

Y después viene el período del Banco Mundial.

Cuando estaba terminando el trabajo de investigación, a fines de 1973, fui llamado por el presidente del Banco Mundial, McNamara, y me ofreció el cargo de la vicepresidencia ejecutiva para América Latina en aquella institución. Tuve algunas dudas. Viajé a Washington y le dije que no entendía por qué debía ser yo, habiendo tantos funcionarios capaces en el mismo banco. 

Me dijo que quería poner alguien que había tenido éxito y que, además, conociera bien la mentalidad de los países del continente, su forma de pensar y su idiosincrasia. Fue así que acepté, me trasladé a Estados Unidos y estuve cinco años en el cargo, prestando casi el mismo servicio que en un ministerio. Para mí fue una experiencia extraordinaria, donde aprendí muchísimo; por eso me enorgullezco de haber cumplido esa función donde creo que dejé un saldo favorable.

Y ahora nuevamente en la Argentina, otra vez en la actividad privada.

Sí, y me pienso quedar en la actividad privada. Creo que he cumplido con mi condición de ciudadano al servicio de mi país; si se suman los años trabajados en los dos ministerios, más los cinco años largos en el Banco Mundial, son más de 10 años al más alto nivel en la vía pública, y considero que llegado el momento uno tiene que saber renunciar a estas cosas para dejar paso a la gente joven. 

Creo profundamente en la renovación; la hubo en la parte económica pero no fue así en lo político. Yo estoy dispuesto a colaborar, a verter opiniones dentro de mis posibilidades, pero no quiero volver a las más altas funciones públicas, a tener nuevamente esa tremenda responsabilidad que cuando uno la asume con conciencia es abrumadora.

¿Cómo ve en la actualidad, con todo lo que ha pasado en el mundo y en nuestro país en estos últimos años, al período 1967-1969?

Creo que ese período demuestra una vez más que la Argentina es recuperable. Lo que pasó durante esos tres años en nuestro país se ha vivido y se ha estudiado mucho más en el exterior que en la Argentina. Para mí la mejor experiencia de esa época, incluyendo el año de Dagnino Pastore, fue que la Argentina pudo demostrar que es capaz de vivir en estabilidad monetaria, pudo distribuir los ingresos en forma equitativa y pudo mejorar su infraestructura y su estructura productiva a través de capitales internos y externos. 

Creo que el mejor saldo de aquel programa interrumpido por razones políticas es el haber demostrado que la Argentina tiene un futuro que se pudo hacer una vez y que se puede hacer nuevamente. No se puede repetir el programa porque se hizo en el contexto mundial de ese momento, pero es una experiencia válida que perfectamente se puede adaptar a la situación actual donde el mundo y la Argentina han cambiado profundamente.

https://dev.focoeconomico.org/2017/06/25/entrevista-a-adalbert-krieger-vasena-por-juan-carlos-de-pablo/

domingo, 9 de enero de 2022

Entrevista a Adalbert Krieger Vasena por Juan Carlos De Pablo – Parte 5

Con los resultados del período, uno debe pensar que usted es un mago; porque bajó el déficit aumentando la inversión, y bajó la inflación aumentando la tasa de crecimiento de la economía. ¿Cómo explica esto?

El primer año no fue como usted dice, porque todavía teníamos una tasa de inflación alta, cercana al 27 por ciento, o sea que había lo que los economistas llaman una inflación reprimida; después bajó en el ’68 y en el ’69 hasta un seis por ciento.

Por otra parte, ahora, resumiéndola, pareciera que la tarea fue fácil, pero todo lo contrario: nos costó un enorme trabajo porque había que convencer a un país que estaba descreído, y en el mejor de los casos indiferente.

Pero cuando comenzó a ver en los hechos lo que nos habíamos propuesto, entonces comenzó a creer en nuestro plan. Creció la inversión privada y se produjo en el segundo año un gran reflujo de fondos del exterior; los argentinos volvían a traer la plata al país. Es inútil pretender solucionar el problema con capitales extranjeros si los argentinos desconfían en el país y dejan sus ahorros en el exterior. Entonces cuando los extranjeros vieron que nosotros habíamos repatriado gran parte de nuestros capitales, en 1968, comenzaron a llegar las inversiones directas. Pero primero los argentinos creyeron en la estabilidad y el peso argentino se cotizó, a mediados del ’68, en todas las principales capitales del mundo, como peso fuerte.

Sin pretender detallar todo el programa, quiero señalar dos hechos fundamentales más. La iniciación de una creciente inversión en la construcción de viviendas, en base a ciertos incentivos impositivos y al uso de ahorro genuino para su financiación, lo cual permitió reactivar rápidamente la economía; y la sanción de la ley que permitió la participación privada en la explotación de petróleo. En energía contábamos con un gran equipo: Gotelli, Thibaud, Robertson, Lavalle etc. Todo ello nos llevó, recién para 1969, a propiciar la medida del cambio del signo monetario, suprimiendo un par de ceros. Un dólar pasaba a costar 3.50 pesos.

De todos modos debe quedar claro que no es cuestión de magia. Primero tratamos entre todos los integrantes del gabinete de convencernos con el diagnóstico, sobre el cual no hubo diferencias sustanciales. Segundo, se hizo un programa global y simultaneo, pero gradual, o sea que lo implementamos para que se pudiera aplicar en dos o tres años, porque sabíamos que la inflación no bajaría de inmediato en 1967, pero bajó al año siguiente y se consolidó en 1969 y nótese que la estabilidad llegó hasta 1970; me sucede Dagnino Pastore, quien con su gran capacidad logra mantener por un año más esa estabilidad hasta junio del ’70. O sea que la gente recobró la fe en su país y en el programa que era no sólo bueno, sino que tenía un profundo sentido de equidad hacia todos los sectores que componen la sociedad argentina.

¿En junio de 1969 usted renuncia o le piden la renuncia?

Hasta ahora siempre me he negado a discutir el tema político, pero a propósito de la pregunta voy a salir un poco del mutismo que he guardado durante tantos años sobre este tema. A mí no me pidieron la renuncia, sino que todos los integrantes del gabinete la presentamos en forma espontánea, porque considerábamos que debíamos dejar al presidente Onganía en libertad de elegir lo que tenía que hacer de ahí en adelante. Se habían producido los acontecimientos de mayo de 1969. Fíjese usted qué curioso, pero tienen una analogía bastante grande con lo que sucedió en Francia en mayo de 1968; es decir que la Argentina no vive aislada como muchos piensan.

Los problemas de las universidades ya habían comenzado mucho tiempo atrás, y en mayo de 1968 París arde; fue mucho más grave que lo ocurrido en la Argentina. O sea que ese malestar estudiantil ya existía en todo el mundo y poco tiempo después estallaría en Estados Unidos.

Con esto quiero significar que lo que sucedió en la Argentina era algo que ya venía ocurriendo en el resto del mundo; no soy un experto en el tema pero sé muy bien que tuvimos un embate muy parecido al que sufrieron también otros países del mundo libre. Sobre este tema, que se denominó el Cordobazo, se ha escrito con mucha superficialidad, justamente porque la Argentina siempre se encierra en sus problemas y nunca reflexiona sobre lo que pasa en el resto del mundo. Los salarios pagados a los obreros de la industria automovilística de Córdoba eran los más altos del país y teníamos a mediados de 1969, la tasa más baja de desempleo de los últimos 20 años. ¿Dónde estaba el problema social?

¿El Cordobazo fue diagnosticado por el Gobierno como un problema básicamente económico?

No. No fue ese el análisis que hizo el Gobierno. Por eso justamente cuando le presenté la renuncia al Presidente, éste se mostró sorprendido y recuerdo que me dijo que yo no tenía nada que ver con lo que había pasado. Fue entonces cuando le expliqué que quienes integrábamos el gabinete considerábamos que él debía tener plena libertad para poder elegir sus colaboradores y decidir quiénes debían quedar y quiénes no.

Cabe destacar que Onganía no cambió la política económica, porque a mí me sucede Dagnino Pastore, que estaba trabajando en el CONADE, y que había manifestado su apoyo en reiteradas oportunidades sobre la política económica que nosotros habíamos implementado; y no sólo hasta ese momento, sino que una vez que él asume en el ministerio, el programa no sufre variaciones importantes. Así que la causa del Cordobazo no fue económica, por más que se lo haya querido presentar de esa manera por muchos intereses políticos. Creo que los argentinos somos bastante inteligentes como para dejarnos engañar fácilmente. Considero, por consiguiente, que el motivo de lo que sucedió en 1969 fue estrictamente político, mejor dicho, político-militar.

Estos resultados, junto a la finalización de su gestión a mediados de 1969, obligan a preguntar: si Onganía lo hubiera ratificado en su puesto, el deterioro económico que se produjo en el período 1970-73, ¿se hubiera producido igual, se hubiera producido con menor intensidad? ¿O no se hubiera producido?

Las diferencias ideológicas e instrumentales que existen entre los ministros que me sucedieron y yo son, en algunos casos, importantes; pero el grueso del deterioro económico posterior sólo se puede explicar por la crisis político-militar. La solución de ésta última era necesaria para mantener los resultados obtenidos durante mi gestión.

Doctor Krieger Vasena: ¿es usted una persona de fortuna?

No, tengo la suerte de vivir de mi trabajo.

Cuando deja el ministerio, se va a su casa, y como toda la gente que no tiene mucha plata usted tiene que salir a buscar trabajo. Alguien le ofrece la posibilidad de comenzar a desempeñarse en la actividad privada, y a partir de ese momento usted se convierte en el responsable de cuanta calamidad existe en la Argentina. ¿Cómo vivió ese período?

Siempre pensé que cuando una persona ésta en la función pública debe dedicar todo su tiempo a la tarea para la cual la han designado, descuidando los intereses privados e incluso a su familia. Una vez que se deja la función pública cada ciudadano tiene el derecho de hacer lo que quiere. En la Argentina se ha exagerado mucho aquello de que un hombre público se convierte en una reserva; yo pienso que esa no es la vida real en los países modernos. Mírese lo que sucede con Kissinger; escribe libros, da conferencias por las cuales pide una remuneración, forma parte de directorios de grandes compañías y nadie, ni siquiera la izquierda liberal, lo critica por eso.

Algunos viejos y obsoletos políticos piensan que quien deja la función pública tiene que transformarse en una momia. Nada más alejado de la realidad; no comparto ese pensamiento.

sábado, 8 de enero de 2022

Entrevista a Adalbert Krieger Vasena por Juan Carlos De Pablo – Parte 4

 La política de ingresos comprendía al salario, pero también al acuerdo de precios.

Exactamente. Al respecto, quiero recordar y destacar que toda esta labor fue producto de un equipo de gente joven que se había formado con el doctor Moyano Llerena, con quienes preparamos la segunda parte de la política de ingresos que era los precios. Por supuesto que no queríamos poner control a los precios; el país ya había vivido varias experiencias de control y todas habían terminado mal. Entonces hicimos un acuerdo de caballeros, llamamos a las cien empresas líderes del país y les dijimos que esta vez la lucha contra la inflación iba en serio y que el Gobierno estaba haciendo lo suyo y que ahora les tocaba a ellos hacer su parte. Los incitamos a que se adhirieran a este acuerdo voluntario de precios, les explicamos que aquellas empresas que así lo hicieran tendrían algunas ventajas, y así fue como ideamos algunas medidas de tipo crediticio e impositivo. Al principio hubo algunas dudas del sector empresario, pero cuando vieron que realmente el programa era completo se adhirieron y firmamos el acuerdo voluntario de precios en la Casa de Gobierno.

Usted dijo que era un acuerdo de caballeros. ¿Se portaron como caballeros?

En gran medida sí; fueron muy pocas las empresas que no lo cumplieron. El éxito se basó en que todos, empresarios y trabajadores, creyeron que esta vez íbamos en serio al ataque global y simultáneo contra las causas de la inflación.

Volvamos al tema de la inversión pública.

En este aspecto el problema más serio estaba dado en que había un largo período de pocas, o por lo menos inadecuadas, inversiones en la infraestructura y sectores básicos de la economía. Justamente, la estatización de gran parte del sistema económico argentino, de todos los servicios públicos, la participación cada vez más activa del Estado en algunas actividades industriales, como en el acero y la energía, habían producido inversiones inadecuadas e insuficientes. Estaba claro en 1967 lo que Prebisch ya había detectado en 1955: la Argentina se había retrasado en su infraestructura.

Las inversiones brutas anuales habían sido insuficientes, con caídas recurrentes. No se habían fijado bien las prioridades (cada uno luchaba por lo suyo), no había suficiente cantidad de proyectos bien estudiados desde el punto de vista de su rentabilidad económica y financiera.

Pero debíamos tener mucho cuidado al elevar la inversión pública, de realizar las obras con el financiamiento adecuado. Yo me resistí a hacer inversiones con plata corto plazo, las pude haber iniciado porque teníamos una gran liquidez monetaria y había muchas reservas en los bancos, pero creo que en ese momento a ningún integrante del equipo económico se le ocurría pensar en utilizar esos recursos de corto plazo para hacer inversiones, como lamentablemente ha ocurrido después en el país en forma reiterada e irresponsable.

Fue así que buscamos el financiamiento a largo plazo y nos impusimos no tomar créditos externos de ocho años, y tratamos de realizar las inversiones en el sector público con préstamos a largo plazo. Recurrimos para ello al Banco Mundial, al Banco Interamericano y, después de varios años, comenzamos a emitir bonos en el mercado externo. En 1968 la Argentina lanza su primer empréstito en Alemania, gracias al apoyo brindado por el entonces presidente del Deutsche Bank, Herman Abs. O sea que financiamos la inversión pública con recursos a largo plazo, tanto internos como externos. (Comenzamos a emitir bonos en el mercado interno. Cuando el país se convenció de que se iba en serio con la estabilidad monetaria, se comenzó a reactivar un mercado de capitales que el país había tenido hasta el 45).

Cabe preguntar si ustedes no recogieron ahorro interno a través de la emisión de títulos internos, simplemente como reflejo de la reforma bancaria que se hizo en 1968 y que era realmente muy expansiva. O sea, ¿era sacar plata de un bolsillo y ponerla en el otro, o era genuina?

Era genuina por cuanto el depositante había confiado en el programa de estabilización, por lo tanto, los ahorros eran genuinos y el mercado se regulaba por sí mismo sin que nosotros tuviéramos que intervenir. Por supuesto que esos ahorros no eran ilimitados; necesitábamos recursos externos como, por ejemplo, en el caso de El Chocón. Consideramos que la Argentina tenía que dar un paso adelante en una obra hidroeléctrica fundamental como ésa, en aquel entonces tan discutida porque varios gobiernos la habían intentado, pero nadie la había podido emprender. Pudimos conseguir los fondos necesarios para la financiación de las obras mediante préstamos a largo plazo del Banco Mundial y con las reformas que se hicieron en las tarifas eléctricas, y con la creación de Hidronor pudimos hacer la obra.

De esta forma se hicieron muchas cosas: caminos, puentes, se completaron accesos a las grandes ciudades, se hicieron importantes obras sanitarias y resolvimos dar un paso audaz para el futuro del país al ser la primera nación de América Latina que comenzó a construir la primera usina de energía nuclear, Atucha, cuyo costo en términos de dólares era muy elevado en aquel entonces, para lo cual obtuvimos financiación extraordinaria a muy largo plazo; y la Argentina construyó, en tiempo récord y con el know-how técnico de Alemania Federal, su primera usina de energía atómica que siguió funcionando sin problemas hasta hoy.

El país empezó a hacer lo que no había realizado antes en forma persistente, se reformaron los sistemas de transporte y se emprendieron varias obras decisivas para el adelanto de la Nación, pero siempre tratando de concretar esos proyectos a través de un financiamiento adecuado. Me resisto a pensar que haya personas que consideren que puedan asumir responsabilidades en el Gobierno y que irresponsablemente inician obras o inversiones con dinero no existente, o de corto plazo.

Voy a contar un caso concreto, que me dio mucha pena, y que es la construcción del puente Zárate-Brazo Largo, sobre el Paraná, una obra importante que habíamos decidido hacer para conectar a la Mesopotamia con el resto del país. La obra estaba prevista y se iba a realizar mediante el sistema de concesión de obra pública a través del peaje, ley que había proporcionado con gran imaginación y empeño el ingeniero Loitegui. Es decir que el Gobierno no pondría dinero, sino que la obra se concretaría a través de la actividad privada como se hace en Estados Unidos y en Europa.

Pero no llegamos a eso, cambió el gobierno del general Onganía y el nuevo ministro dejó de lado todos los estudios y levantó la obra directamente por tesorería, o sea con fondos propios del Estado. En primer lugar, la obra costó tres veces más de lo previsto, y segundo, fue un peso directo a las arcas del gobierno nacional. Este es un ejemplo concreto de la falta total de idea en materia de inversión pública. Poco tiempo después; a comienzos de los años ’70, el país retomaría el triste camino de la inflación y del desorden.