La historia es la única rama del conocimiento que nos puede decir qué fuimos en el pasado, qué somos en el presente y qué seremos en el futuro.
sábado, 29 de enero de 2022
Martinez de Hoz - Tiempo Nuevo con Bernardo Neustadt y Mariano Grondona
martes, 11 de enero de 2022
lunes, 10 de enero de 2022
Entrevista a Adalbert Krieger Vasena por Juan Carlos De Pablo – Parte 6
¿Qué edad tenía cuando renunció?
49 años.
Un poco joven para
jubilarse…. Aun en la Argentina. ¿Recibe la jubilación de ministro?
Recibo la
jubilación a partir de 1979, por haber realizado aportes jubilatorios por un
período mayor a 30 años de servicios.
Volviendo al tema,
yo sospecho de aquellos que nunca han trabajado. En el resto del mundo esto no
es así; lo hemos inventado en la Argentina. ¿O es una forma de sacar a la gente
capaz de la función pública? Lo que algunas veces he pensado. Quizás es una forma
muy hábil de llevar a los no idóneos, a los ineptos, a la función pública.
Usted dice que no
volvió a la actividad oficial pero sin embargo retornó a la función pública
internacional en la década del ‘70…
Yo me quedé en la
Argentina hasta fines de 1971 y luego, como dice usted, me convierto en el
trapo rojo de unos pocos llamados políticos que buscan cualquier excusa para
organizar un escándalo, pero que no tienen a nadie detrás de ellos y sus
supuestas plataformas no proponen nada para el país; lanzan calumnias y ataques
personales, pero no ofrecen soluciones a los problemas nacionales. Volviendo a
la pregunta, considero que no podemos invalidar a la gente que ha tenido
experiencia, tanto pública como privada, y ponerla en la congeladora.
Recuerdo que por
1972 hubo una sola defensa pública de su persona (posiblemente hayan existido
otras pero las desconozco), frente a los ataques que estamos comentando y ante
la posibilidad de que usted trabaje donde le parezca. Esa defensa estuvo a
cargo de Guido Di Tella durante un reportaje que le hicieron por televisión.
Sí señor. Guido Di
Tella fue uno de los pocos defensores que he tenido, y no tenemos las mismas
ideas. En una palabra, yo tenía mi conciencia tranquila. Fue así que a fines
del ’71 consideré que las cosas en la Argentina iban a terminar mal
políticamente, porque el país no buscaba la solución, y acepté el ofrecimiento
de escribir un libro; en Europa, sobre investigaciones económicas en América
Latina.
Es una obra que elaboré con un asistente que como me cayó muy simpático decidí hacerlo coautor del trabajo. Era un hombre joven, inteligente, cubano, que había estado en Sierra Maestra peleando con el Che Guevara, un gran idealista en su juventud.
Fíjese que el liberal argentino Krieger Vasena puede coincidir con un hombre
que tenía 20 años menos que él y que había luchado en Cuba con Fidel Castro. O
sea que afuera muchas veces uno encuentra gente en el camino con la cual puede
coincidir, y acá en la Argentina ocurre que en muchas ocasiones no coincidimos
en cosas mínimas. ¿No es nuestro gran problema buscar siempre el desencuentro e
injuriar a quien no piensa exactamente igual?
Y después viene el
período del Banco Mundial.
Cuando estaba terminando el trabajo de investigación, a fines de 1973, fui llamado por el presidente del Banco Mundial, McNamara, y me ofreció el cargo de la vicepresidencia ejecutiva para América Latina en aquella institución. Tuve algunas dudas. Viajé a Washington y le dije que no entendía por qué debía ser yo, habiendo tantos funcionarios capaces en el mismo banco.
Me dijo que quería
poner alguien que había tenido éxito y que, además, conociera bien la
mentalidad de los países del continente, su forma de pensar y su idiosincrasia.
Fue así que acepté, me trasladé a Estados Unidos y estuve cinco años en el
cargo, prestando casi el mismo servicio que en un ministerio. Para mí fue una
experiencia extraordinaria, donde aprendí muchísimo; por eso me enorgullezco de
haber cumplido esa función donde creo que dejé un saldo favorable.
Y ahora nuevamente
en la Argentina, otra vez en la actividad privada.
Sí, y me pienso quedar en la actividad privada. Creo que he cumplido con mi condición de ciudadano al servicio de mi país; si se suman los años trabajados en los dos ministerios, más los cinco años largos en el Banco Mundial, son más de 10 años al más alto nivel en la vía pública, y considero que llegado el momento uno tiene que saber renunciar a estas cosas para dejar paso a la gente joven.
Creo
profundamente en la renovación; la hubo en la parte económica pero no fue así
en lo político. Yo estoy dispuesto a colaborar, a verter opiniones dentro de
mis posibilidades, pero no quiero volver a las más altas funciones públicas, a
tener nuevamente esa tremenda responsabilidad que cuando uno la asume con conciencia
es abrumadora.
¿Cómo ve en la
actualidad, con todo lo que ha pasado en el mundo y en nuestro país en estos
últimos años, al período 1967-1969?
Creo que ese período demuestra una vez más que la Argentina es recuperable. Lo que pasó durante esos tres años en nuestro país se ha vivido y se ha estudiado mucho más en el exterior que en la Argentina. Para mí la mejor experiencia de esa época, incluyendo el año de Dagnino Pastore, fue que la Argentina pudo demostrar que es capaz de vivir en estabilidad monetaria, pudo distribuir los ingresos en forma equitativa y pudo mejorar su infraestructura y su estructura productiva a través de capitales internos y externos.
Creo que el mejor saldo de aquel
programa interrumpido por razones políticas es el haber demostrado que la
Argentina tiene un futuro que se pudo hacer una vez y que se puede hacer
nuevamente. No se puede repetir el programa porque se hizo en el contexto
mundial de ese momento, pero es una experiencia válida que perfectamente se
puede adaptar a la situación actual donde el mundo y la Argentina han cambiado
profundamente.
domingo, 9 de enero de 2022
Entrevista a Adalbert Krieger Vasena por Juan Carlos De Pablo – Parte 5
Con los resultados del período, uno debe pensar que usted es un mago; porque bajó el déficit aumentando la inversión, y bajó la inflación aumentando la tasa de crecimiento de la economía. ¿Cómo explica esto?
El primer año no
fue como usted dice, porque todavía teníamos una tasa de inflación alta,
cercana al 27 por ciento, o sea que había lo que los economistas llaman una
inflación reprimida; después bajó en el ’68 y en el ’69 hasta un seis por
ciento.
Por otra parte,
ahora, resumiéndola, pareciera que la tarea fue fácil, pero todo lo contrario:
nos costó un enorme trabajo porque había que convencer a un país que estaba
descreído, y en el mejor de los casos indiferente.
Pero cuando comenzó
a ver en los hechos lo que nos habíamos propuesto, entonces comenzó a creer en
nuestro plan. Creció la inversión privada y se produjo en el segundo año un
gran reflujo de fondos del exterior; los argentinos volvían a traer la plata al
país. Es inútil pretender solucionar el problema con capitales extranjeros si
los argentinos desconfían en el país y dejan sus ahorros en el exterior. Entonces
cuando los extranjeros vieron que nosotros habíamos repatriado gran parte de
nuestros capitales, en 1968, comenzaron a llegar las inversiones directas. Pero
primero los argentinos creyeron en la estabilidad y el peso argentino se
cotizó, a mediados del ’68, en todas las principales capitales del mundo, como
peso fuerte.
Sin pretender
detallar todo el programa, quiero señalar dos hechos fundamentales más. La
iniciación de una creciente inversión en la construcción de viviendas, en base
a ciertos incentivos impositivos y al uso de ahorro genuino para su
financiación, lo cual permitió reactivar rápidamente la economía; y la sanción
de la ley que permitió la participación privada en la explotación de petróleo.
En energía contábamos con un gran equipo: Gotelli, Thibaud, Robertson, Lavalle
etc. Todo ello nos llevó, recién para 1969, a propiciar la medida del cambio
del signo monetario, suprimiendo un par de ceros. Un dólar pasaba a costar 3.50
pesos.
De todos modos debe
quedar claro que no es cuestión de magia. Primero tratamos entre todos los
integrantes del gabinete de convencernos con el diagnóstico, sobre el cual no
hubo diferencias sustanciales. Segundo, se hizo un programa global y
simultaneo, pero gradual, o sea que lo implementamos para que se pudiera
aplicar en dos o tres años, porque sabíamos que la inflación no bajaría de
inmediato en 1967, pero bajó al año siguiente y se consolidó en 1969 y nótese
que la estabilidad llegó hasta 1970; me sucede Dagnino Pastore, quien con su
gran capacidad logra mantener por un año más esa estabilidad hasta junio del
’70. O sea que la gente recobró la fe en su país y en el programa que era no
sólo bueno, sino que tenía un profundo sentido de equidad hacia todos los
sectores que componen la sociedad argentina.
¿En junio de 1969
usted renuncia o le piden la renuncia?
Hasta ahora siempre
me he negado a discutir el tema político, pero a propósito de la pregunta voy a
salir un poco del mutismo que he guardado durante tantos años sobre este tema.
A mí no me pidieron la renuncia, sino que todos los integrantes del gabinete la
presentamos en forma espontánea, porque considerábamos que debíamos dejar al
presidente Onganía en libertad de elegir lo que tenía que hacer de ahí en
adelante. Se habían producido los acontecimientos de mayo de 1969. Fíjese usted
qué curioso, pero tienen una analogía bastante grande con lo que sucedió en
Francia en mayo de 1968; es decir que la Argentina no vive aislada como muchos
piensan.
Los problemas de
las universidades ya habían comenzado mucho tiempo atrás, y en mayo de 1968
París arde; fue mucho más grave que lo ocurrido en la Argentina. O sea que ese
malestar estudiantil ya existía en todo el mundo y poco tiempo después
estallaría en Estados Unidos.
Con esto quiero
significar que lo que sucedió en la Argentina era algo que ya venía ocurriendo
en el resto del mundo; no soy un experto en el tema pero sé muy bien que
tuvimos un embate muy parecido al que sufrieron también otros países del mundo
libre. Sobre este tema, que se denominó el Cordobazo, se ha escrito con mucha
superficialidad, justamente porque la Argentina siempre se encierra en sus
problemas y nunca reflexiona sobre lo que pasa en el resto del mundo. Los
salarios pagados a los obreros de la industria automovilística de Córdoba eran
los más altos del país y teníamos a mediados de 1969, la tasa más baja de
desempleo de los últimos 20 años. ¿Dónde estaba el problema social?
¿El Cordobazo fue
diagnosticado por el Gobierno como un problema básicamente económico?
No. No fue ese el
análisis que hizo el Gobierno. Por eso justamente cuando le presenté la
renuncia al Presidente, éste se mostró sorprendido y recuerdo que me dijo que
yo no tenía nada que ver con lo que había pasado. Fue entonces cuando le
expliqué que quienes integrábamos el gabinete considerábamos que él debía tener
plena libertad para poder elegir sus colaboradores y decidir quiénes debían
quedar y quiénes no.
Cabe destacar que
Onganía no cambió la política económica, porque a mí me sucede Dagnino Pastore,
que estaba trabajando en el CONADE, y que había manifestado su apoyo en
reiteradas oportunidades sobre la política económica que nosotros habíamos
implementado; y no sólo hasta ese momento, sino que una vez que él asume en el
ministerio, el programa no sufre variaciones importantes. Así que la causa del
Cordobazo no fue económica, por más que se lo haya querido presentar de esa
manera por muchos intereses políticos. Creo que los argentinos somos bastante
inteligentes como para dejarnos engañar fácilmente. Considero, por consiguiente,
que el motivo de lo que sucedió en 1969 fue estrictamente político, mejor
dicho, político-militar.
Estos resultados,
junto a la finalización de su gestión a mediados de 1969, obligan a preguntar:
si Onganía lo hubiera ratificado en su puesto, el deterioro económico que se
produjo en el período 1970-73, ¿se hubiera producido igual, se hubiera
producido con menor intensidad? ¿O no se hubiera producido?
Las diferencias
ideológicas e instrumentales que existen entre los ministros que me sucedieron
y yo son, en algunos casos, importantes; pero el grueso del deterioro económico
posterior sólo se puede explicar por la crisis político-militar. La solución de
ésta última era necesaria para mantener los resultados obtenidos durante mi
gestión.
Doctor Krieger
Vasena: ¿es usted una persona de fortuna?
No, tengo la suerte
de vivir de mi trabajo.
Cuando deja el
ministerio, se va a su casa, y como toda la gente que no tiene mucha plata
usted tiene que salir a buscar trabajo. Alguien le ofrece la posibilidad de
comenzar a desempeñarse en la actividad privada, y a partir de ese momento
usted se convierte en el responsable de cuanta calamidad existe en la
Argentina. ¿Cómo vivió ese período?
Siempre pensé que
cuando una persona ésta en la función pública debe dedicar todo su tiempo a la
tarea para la cual la han designado, descuidando los intereses privados e
incluso a su familia. Una vez que se deja la función pública cada ciudadano
tiene el derecho de hacer lo que quiere. En la Argentina se ha exagerado mucho
aquello de que un hombre público se convierte en una reserva; yo pienso que esa
no es la vida real en los países modernos. Mírese lo que sucede con Kissinger;
escribe libros, da conferencias por las cuales pide una remuneración, forma
parte de directorios de grandes compañías y nadie, ni siquiera la izquierda
liberal, lo critica por eso.
Algunos viejos y
obsoletos políticos piensan que quien deja la función pública tiene que
transformarse en una momia. Nada más alejado de la realidad; no comparto ese
pensamiento.
sábado, 8 de enero de 2022
Entrevista a Adalbert Krieger Vasena por Juan Carlos De Pablo – Parte 4
La política de ingresos comprendía al salario, pero también al acuerdo de precios.
Exactamente. Al
respecto, quiero recordar y destacar que toda esta labor fue producto de un
equipo de gente joven que se había formado con el doctor Moyano Llerena, con
quienes preparamos la segunda parte de la política de ingresos que era los
precios. Por supuesto que no queríamos poner control a los precios; el país ya
había vivido varias experiencias de control y todas habían terminado mal.
Entonces hicimos un acuerdo de caballeros, llamamos a las cien empresas líderes
del país y les dijimos que esta vez la lucha contra la inflación iba en serio y
que el Gobierno estaba haciendo lo suyo y que ahora les tocaba a ellos hacer su
parte. Los incitamos a que se adhirieran a este acuerdo voluntario de precios,
les explicamos que aquellas empresas que así lo hicieran tendrían algunas
ventajas, y así fue como ideamos algunas medidas de tipo crediticio e
impositivo. Al principio hubo algunas dudas del sector empresario, pero cuando
vieron que realmente el programa era completo se adhirieron y firmamos el
acuerdo voluntario de precios en la Casa de Gobierno.
Usted dijo que era
un acuerdo de caballeros. ¿Se portaron como caballeros?
En gran medida sí;
fueron muy pocas las empresas que no lo cumplieron. El éxito se basó en que
todos, empresarios y trabajadores, creyeron que esta vez íbamos en serio al
ataque global y simultáneo contra las causas de la inflación.
Volvamos al tema de
la inversión pública.
En este aspecto el
problema más serio estaba dado en que había un largo período de pocas, o por lo
menos inadecuadas, inversiones en la infraestructura y sectores básicos de la
economía. Justamente, la estatización de gran parte del sistema económico
argentino, de todos los servicios públicos, la participación cada vez más
activa del Estado en algunas actividades industriales, como en el acero y la
energía, habían producido inversiones inadecuadas e insuficientes. Estaba claro
en 1967 lo que Prebisch ya había detectado en 1955: la Argentina se había
retrasado en su infraestructura.
Las inversiones
brutas anuales habían sido insuficientes, con caídas recurrentes. No se habían
fijado bien las prioridades (cada uno luchaba por lo suyo), no había suficiente
cantidad de proyectos bien estudiados desde el punto de vista de su
rentabilidad económica y financiera.
Pero debíamos tener
mucho cuidado al elevar la inversión pública, de realizar las obras con el
financiamiento adecuado. Yo me resistí a hacer inversiones con plata corto
plazo, las pude haber iniciado porque teníamos una gran liquidez monetaria y
había muchas reservas en los bancos, pero creo que en ese momento a ningún
integrante del equipo económico se le ocurría pensar en utilizar esos recursos
de corto plazo para hacer inversiones, como lamentablemente ha ocurrido después
en el país en forma reiterada e irresponsable.
Fue así que
buscamos el financiamiento a largo plazo y nos impusimos no tomar créditos
externos de ocho años, y tratamos de realizar las inversiones en el sector
público con préstamos a largo plazo. Recurrimos para ello al Banco Mundial, al
Banco Interamericano y, después de varios años, comenzamos a emitir bonos en el
mercado externo. En 1968 la Argentina lanza su primer empréstito en Alemania,
gracias al apoyo brindado por el entonces presidente del Deutsche Bank, Herman
Abs. O sea que financiamos la inversión pública con recursos a largo plazo,
tanto internos como externos. (Comenzamos a emitir bonos en el mercado interno.
Cuando el país se convenció de que se iba en serio con la estabilidad
monetaria, se comenzó a reactivar un mercado de capitales que el país había
tenido hasta el 45).
Cabe preguntar si
ustedes no recogieron ahorro interno a través de la emisión de títulos
internos, simplemente como reflejo de la reforma bancaria que se hizo en 1968 y
que era realmente muy expansiva. O sea, ¿era sacar plata de un bolsillo y
ponerla en el otro, o era genuina?
Era genuina por
cuanto el depositante había confiado en el programa de estabilización, por lo
tanto, los ahorros eran genuinos y el mercado se regulaba por sí mismo sin que
nosotros tuviéramos que intervenir. Por supuesto que esos ahorros no eran
ilimitados; necesitábamos recursos externos como, por ejemplo, en el caso de El
Chocón. Consideramos que la Argentina tenía que dar un paso adelante en una
obra hidroeléctrica fundamental como ésa, en aquel entonces tan discutida
porque varios gobiernos la habían intentado, pero nadie la había podido
emprender. Pudimos conseguir los fondos necesarios para la financiación de las
obras mediante préstamos a largo plazo del Banco Mundial y con las reformas que
se hicieron en las tarifas eléctricas, y con la creación de Hidronor pudimos
hacer la obra.
De esta forma se
hicieron muchas cosas: caminos, puentes, se completaron accesos a las grandes
ciudades, se hicieron importantes obras sanitarias y resolvimos dar un paso
audaz para el futuro del país al ser la primera nación de América Latina que
comenzó a construir la primera usina de energía nuclear, Atucha, cuyo costo en
términos de dólares era muy elevado en aquel entonces, para lo cual obtuvimos
financiación extraordinaria a muy largo plazo; y la Argentina construyó, en
tiempo récord y con el know-how técnico de Alemania Federal, su primera usina
de energía atómica que siguió funcionando sin problemas hasta hoy.
El país empezó a
hacer lo que no había realizado antes en forma persistente, se reformaron los
sistemas de transporte y se emprendieron varias obras decisivas para el
adelanto de la Nación, pero siempre tratando de concretar esos proyectos a
través de un financiamiento adecuado. Me resisto a pensar que haya personas que
consideren que puedan asumir responsabilidades en el Gobierno y que
irresponsablemente inician obras o inversiones con dinero no existente, o de
corto plazo.
Voy a contar un
caso concreto, que me dio mucha pena, y que es la construcción del puente
Zárate-Brazo Largo, sobre el Paraná, una obra importante que habíamos decidido
hacer para conectar a la Mesopotamia con el resto del país. La obra estaba
prevista y se iba a realizar mediante el sistema de concesión de obra pública a
través del peaje, ley que había proporcionado con gran imaginación y empeño el
ingeniero Loitegui. Es decir que el Gobierno no pondría dinero, sino que la
obra se concretaría a través de la actividad privada como se hace en Estados
Unidos y en Europa.
Pero no llegamos a
eso, cambió el gobierno del general Onganía y el nuevo ministro dejó de lado
todos los estudios y levantó la obra directamente por tesorería, o sea con
fondos propios del Estado. En primer lugar, la obra costó tres veces más de lo
previsto, y segundo, fue un peso directo a las arcas del gobierno nacional.
Este es un ejemplo concreto de la falta total de idea en materia de inversión
pública. Poco tiempo después; a comienzos de los años ’70, el país retomaría el
triste camino de la inflación y del desorden.