La historia es la única rama del conocimiento que nos puede decir qué fuimos en el pasado, qué somos en el presente y qué seremos en el futuro.
lunes, 29 de enero de 2018
domingo, 28 de enero de 2018
viernes, 26 de enero de 2018
Había una vez un cine - Parte 4
La actividad de los jóvenes era tan intensa que además de programar las secciones del cine montaban obras de teatro. “Con Venancio actuamos en tres espectáculos y nos armábamos el vestuario con ropa prestada o que conseguíamos en nuestras casas. Eramos aficionados, pero nunca nos silbaron”, cuenta Guillermo Crevenna (65), que también hacía de acomodador. Los decorados los preparaba Héctor Vaccaro (75), pero sin desatender su puesto de proyectorista. “A José Goin le decíamos ‘el pibe aceite’, porque siempre andaba con una aceitera de lata para lubricar las máquinas”.
El público prestaba mucha atención a los avances de los próximos estrenos. Por sus temas, sus colores o su música, despertaban la curiosidad de la platea. “Una cola excepcional fue el saludo de Navidad de la Metro Goldwyn Mayer, que era una secuencia de la película El Gran Caruso, con Mario Lanza. Fue tal el impacto que siempre para fin de año repetíamos esa canción como mensaje navideño”, evoca Goin.
El Cinemascope
Este adelanto tecnológico significó un atractivo más para el público y una gran inversión para las salas. El cine Broadway estrenó El manto sagrado, con Richard Burton, el filme inaugural de esta modalidad, con gran suceso de público. Y el desafío se presentó para las empresas más pequeñas, que no contaban con muchos recursos financieros para afrontar el cambio tecnológico. Y ni que pensar en la sala parroquial, donde el cinemascope parecía un sueño imposible. Pero el ingenio criollo hizo de las suyas y apareció un sistema que con muy poco gasto adaptó a las viejas máquinas -por medio de un cambio de lentes- para que pudiesen proyectar las nuevas producciones de los grandes estudios. Entonces, aquel sueño que acariciaron los muchachos y chicas del cine de la Parroquia Santa María de los Angeles se hizo realidad y proyectaron El manto sagrado, como aquel cine del Centro que había hecho punta.
Como humilde sala que era, el peso se cuidaba mucho y rendía gracias al empeño de Carlos Vezzoni, que era el vicepresidente del cine. En su apogeo era tanta la demanda de entradas que se vieron obligados a vender tickets numerados. Y le pidieron al carpintero Andrés Gattas la confección de dos tableros con los orificios de las ubicaciones de las butacas. El artesano era un personaje singular del barrio por su origen hierosolimitano, dado que había nacido en Jerusalén. También como legado de su arte ha quedado en el templo el ambón donde se posa el misal para la lectura del Evangelio.
Las películas fueron pasando y las tardes de matinée se prolongaron en el tiempo, hasta que los chicos crecieron y se pusieron de novios, algunos con las mismas compañeras de la parroquia, y tomaron otros caminos. Al compás de los cambios sociales el cine dijo fin oThe End, pero por un rato volvió a funcionar en estas páginas. Reaparecieron los pibes de entonces, un poco más grandes, sí, pero con una alegría casi adolescente para hablar de esos tiempos felices donde las películas y hasta la vida tenían un final feliz con beso y todo.
Agradecemos a José Goin y Carlos Rota la colaboración en esta nota.
jueves, 25 de enero de 2018
Había una vez un cine - Parte 3
Luego de las funciones se organizaban debates entre el público y como panelistas participaron críticos muy respetados, como Roberto Bonamino, Jaime Potenze y Horacio Carballal, que llegó a la reunión junto a su esposa directamente del lugar donde estaba pasando su luna de miel. Los periodistas eran considerados como los máximos especialistas en esta actividad cultural. Películas como Nido de ratas, Antesala del infierno yEl tercer hombre despertaron comentarios y charlas interesantes entre los oyentes. En los años 70, cuando el cine ya no funcionaba, actuó Alberto Olmedo con su personaje de El Capitán Piluso junto a Coquito.
Rodolfo Caballero (89), ex presidente de la comisión del microcine, recuerda cuando estaba levantando ladrillos en la parroquia. “Le dije a un compañero que fuera a comprar chorizos para almorzar. Fue hasta Avenida del Tejar y trajo unos chorizos sensacionales y los pusimos a la parrilla. Cuando el almuerzo estaba listo lo fuimos a invitar al padre Alfonso, que estaba rezando el rosario con algunos feligreses. Le empezamos a hacer señas para que viniese y no nos entendía hasta que comprendió que se enfriaban los chorizos. Apuró la oración y cuando vino nos preguntó: ‘¿de dónde viene ese humito celestial que me da apetito?’”, relata Rodolfo.
Sin fines de lucro
Caballero dice que todo el trabajo que se hacía no ocultaba ningún fin comercial y que cada monedita que se juntaba se destinaba para las obras de la iglesia. Su esposaEugenia asiente conforme. “Yo cobraba la publicidad de la hoja parroquial, que traía los avisos de los comercios de la zona, y todo lo que se recaudaba se lo daba al padre Alfonso”.María Lidia Porta, que era presidente del Círculo de Señoritas de la Acción Católica, describe aspectos de un famoso desfile de modelos que se hizo para recaudar fondos: “Tuvo la conducción del modisto Le Blond, que tenía su boutique en Olazábal y Cabildo. El diseñador facilitaba sus prendas y también la actriz Malvina Pastorino prestó alguno de los vestidos que usaba en el teatro”.
Juan Carlos Goin (76) era un joven de pantalones cortos cuando manejaba el proyector en la función de los domingos a la noche. “Cuidábamos mucho los rollos con las películas y siempre las devolvíamos en perfectas condiciones. En la distribuidora nos querían mucho y nos daban copias en muy buen estado de títulos muy buscados. Nosotros éramos muchachos que jugábamos a la pelota en la calle y después íbamos a la parroquia porque nos sentíamos como en casa. Hoy dudo que un adolescente se comprometa a participar en algo así. Lo tomábamos con mucha responsabilidad”, asegura. Tras la voz de Goin se escucha a Venancio Weinberger (65), que integró el grupo de niños exploradores y terminó colaborando en el cine. “Yo entré al grupo cuando era un pibe y fui creciendo con ellos. Era muy lindo porque los más grandes te daban una responsabilidad y uno se sentía orgulloso de poder cumplirla”, reconoce.
miércoles, 24 de enero de 2018
Había una vez un cine - Parte 2
Pequeño gran cine
José Goin (78) era otro joven de entonces que participaba en la parroquia mientras estudiaba en la Facultad. “El señor Schenone, que manejaba algunas salas de Cabildo, me introdujo en la tarea de la programación de las películas y me llevó a visitar las distribuidoras de los principales sellos: Metro-Goldwyn-Mayer, Columbia, Paraumont y Artistas Argentinos Asociados. La elección de los títulos se hacía según los comentarios de los diarios y el gusto del público”, dice José junto a Carlos Rota, un amigo que lo acompañaba en esa labor. “Ibamos a las distribuidoras del Centro y como devolvíamos las latas en perfectas condiciones nos regalaban cortos de dibujos infantiles que les pasábamos a los chicos de catequesis. Trabajamos de corazón, sin ningún interés personal, en un ambiente de amistad bárbaro”, afirma Carlos muy emocionado.
Tan cierto era ese clima fraternal que hasta se permitían gastar bromas con los compañeros que manejaban el proyector. Cuando alguien se equivocaba con la máquina y la película se cortaba, era castigado con una prenda. “El que tenía más prendas terminaba comiendo bife a caballo con dulce de leche en alguna de las dos cervecerías alemanas que estaban en Avenida del Tejar”, dice Carlos. Goin detalla que no todo terminaba con sólo alquilar las latas sino que se debía armar el caballete con el afiche promocional de la película y repartir volantes por las casas y los comercios de la zona con las novedades de la próxima función. Carlos Arado, Néstor Albiñana, Carlos del Santo y Tomás Koppel eran los encargados de la tarea publicitaria.
Otra integrante de esa barra de amigos era Graciela Invernizzi, que evoca las películas más exitosas. “Los Tres Chiflados, Flash Gordon y las comedias de Jerry Lewis con Dean Martin eran muy festejadas. En el estreno de Cuando los duendes cazan perdices, con Luis Sandrini, hubo que ir a buscar sillas prestadas y hasta la gente se trajo su banquito de la casa”, describe. Se dice que en ocasiones el microcine era el primero recibir estrenos taquilleros antes que el Cumbre y Aesca, de Saavedra.
Visitas ilustres
La entrada costaba 2,50 pesos y la boletería era atendida por Stella Vezzoni, que cuenta con entusiasmo que uno de los asistentes que nunca se perdía las funciones era un vecino notable: Roberto Goyeneche. “Decía que le gustaba venir al cine de la parroquia porque se sentía orgulloso de que funcionara en su barrio”, señala. También se armaban charlas jugosas cuando asomaba por el hall el artista plástico Lino Eneas Spilimbergo, que vivía a pocos pasos del lugar. Otro personaje que estaba vinculado al grupo de jóvenes era el periodista y relator José María Muñoz, que no se perdía ningún partido de fútbol que se jugaba en la canchita parroquial.
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