lunes, 8 de septiembre de 2014

La fábrica de los hermanos Liniers - Parte 1




(De Arnaldo J. Cunietti-Ferrando)

Desde épocas antiguas, la navegación por mar tuvo serios problemas; muchos buques salían de los puertos y no llegaban a destino por el problema de la provisión de alimentos en las grandes travesías, siendo frecuente la aparición del escorbuto, enfermedad padecida por la ingestión de alimentos secos y almacenados. Pues bien, a partir de la segunda mitad del siglo XVIII se inventaron unas pastillas de gran eficacia, confeccionadas con carne salada que podían durar unos tres o cuatros años sin alterarse y que habían sido utilizadas con éxito en la célebre expedición del capitán Malaspina.

En 1790, dos hermanos franceses solicitaron al rey Carlos IV autorización para instalar en Buenos Aires una fábrica de estas grageas, aprovechando la abundancia de ganado de la campaña bonaerense. Estas famosas pastillas de caldo podían ser destinadas a diversos usos, especialmente en los hospitales de Europa, no sólo por su calidad, sino también por su bajo costo.

Uno de ellos era el conde Liniers y Bremond, entonces coronel al servicio de Su Majestad Católica, quien recibió autorización por Real Orden el 24 de junio de 1790. Acompañaba al audaz coronel francés su aristocrático hermano don Santiago, socio en la nueva industria que estaban empeñados en establecer. Además, el conde de Liniers, decidido a mejorar a toda costa su situación económica, se inició inmediatamente de su arribo a Buenos Aires en el negocio de la compra y venta de esclavos negros. En 1790 tuvo permiso real para importarlos directamente de África. Lo que hoy se dice en forma despectiva “negrero” era una actividad que en nuestra ciudad desempeñaban muchos miembros de las familias denominadas patricias… Pero sigamos con los emprendimientos de Liniers y su vinculación con el barrio de Almagro.
Al poco tiempo de su arribo a nuestro país, ambos hermanos se establecieron en una casa que arrendaron a don Benito González Rivadavia, en el barrio de Santo Domingo, pensando en instalar su fábrica en la quinta que Martín José de Altolaguirre poseía en la zona de Recoleta. Pero luego se decidieron por otra más cercana a los corrales del Sur, para aprovechar con mayor eficiencia la provisión de carnes.
Para ello, en el año de 1795, alquilaron la quinta que había sido de don Isidro Lorea. ¿Dónde estaba ubicada esta finca? Lo dice el propio Liniers en su pleito con Benito González Rivadavia al expresar que “tanto yo como mi hermano tenemos en la quinta donde se fabrican las expresadas pastillas de sustancia, sita en las inmediaciones de la que fue del difunto don Carlos de los Santos Valenti…” (1).

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(1) La historia completa del asunto fue publicada en el excelente trabajo de José Luis Molinari, “La Real Fábrica de Pastillas de los hermanos Liniers” (Boletín Nº 7 del Instituto Bonaerense de Numismática y Antigüedades de Buenos Aires (1959), de donde tomamos la mayoría de los datos. Posteriormente, sobre el mismo tema, puede leerse el erudito artículo de Carlos A. Rezzónico, “La llamada quinta de Liniers”, en el número 7 de la revista Historias de la ciudad. Una revista de Buenos Aires, donde sigue la evolución de la propiedad hasta su loteo final.

Imagen: Óleo de don Santiago de Liniers y Bremond. (Ilustración tomada de: ejercitonacional.blogspot.com).

Texto tomado de la nota “Apuntes históricos sobre el barrio de Almagro”, Revista Historias de la ciudad, Nº 39, diciembre 2006.


miércoles, 3 de septiembre de 2014

El Mercado Central de Frutos

  
Hasta 1888 existían en Barracas al Sur cierto número de depósitos de lanas y cueros, los más importantes eran las barracas de Nieves y Aspiazú, la “Tacuarí”, y la de Antonio Cabo, en las inmediaciones del puente Barracas. 

En ese año se inició la construcción de las grandes barracas con la instalación en el pueblo de una gran barraca de la firma Wenz y Compañía, atraída por la futura construcción del Mercado Central, la barraca de Weinz llevó el nombre de “América”. 

El 10 de marzo de 1887 el Gobierno Nacional aprobó por Decreto la constitución de la Sociedad Mercado Central de Frutos. Nacía así la más grande barraca en la historia del comercio de los frutos del país en la Argentina. 

Esta obra aplicada al comercio a gran escala estaba destinada a centralizar la producción en un solo sitio determinado, a pocos metros del Riachuelo. 

Esa centralización se logró mediante la construcción de un vasto depósito y casa de ventas, ubicado en un sitio ideal, con enormes playas, con excelente sistema de cambios y desvíos, proyectado por ingenieros ferroviarios ingleses, que permitieron albergar continuamente cientos de vagones repletos, venidos de todos los rumbos, gracias a una serie de concesiones hechas a los ferrocarriles, entre los que primaron el de la Provincia, luego vendido a la Empresa Gran Oeste Argentino y al Gran Sur, regentes de todo el sistema transportista de la pampa húmeda y este último, poco más tarde, dueño de un considerable paquete de acciones de la empresa del Mercado. 

En el año 1901 llega a su apogeo el comercio de frutos del país con la habilitación del Mercado Central de Frutos y la construcción de enormes galpones de barracas con prensas de enfardelaje y lavadero de lanas, anexos algunos a las barracas y a las fábricas textiles. 

Se llegaba a la parte culminante del período lanero, que comenzó pasada la primera mitad del siglo XIX, cuando los telares mecánicos reclamaban el producto que debió ser enviado a los países europeos y a los Estados Unidos en cantidades cada vez más crecientes.




martes, 2 de septiembre de 2014

Alfonsin le contestó desde el púlpito a Monseñor Medina



Alfonsin le contestó desde el púlpito a Monseñor Medina, colega de Baseotto, cuando el cura militar le quiso dar una lección de moral republicana, mientras Von Vernich seguía dando misa en Bragado

lunes, 1 de septiembre de 2014

Formación del Camino Real del Sur





Recién en el año 1611 aparece en las Actas del Cabildo la primera mención sobre el camino del sur. Este camino, ya delineado en su primitivo trayecto, arrancaba del costado sur de la Plaza Mayor, centro de la Ciudad, saliendo por la actual calle Defensa para entrar en las quintas que rodeaban el poblado siguiendo el curso de la avenida Martín García, al pie de la meseta, hasta tomar el rumbo de la actual avenida Montes de Oca, en pleno campo descendente, amplia senda que desembocaba en el Riachuelo. Cruzado este, el camino entraba directamente en la pampa, rumbo a las estancias y aguadas del sur. 

Antes de construirse el puente que se llamó de Gálvez, el Riachuelo como todos los ríos, se cruzaba por medio de unas rudimentarias embarcaciones de cuero, llamadas “pelotas”, que generalmente no cargaban más que un pasajero y su equipaje, debiendo cruzar a nado la cabalgadura, o por algún vado, sobre todo cuando se arreaba hacienda a los corrales de la Ciudad. 

El Riachuelo era vadeable a la altura de las calles Montes de Oca, el la Ciudad y Ameghino en Avellaneda. Los pasos de Burgos y Chico, Riachuelo arriba, son mencionados recién al hablarse de la necesidad de construir un puente. Es muy probable que a mediados del siglo XVII, algunas avenidas superiores a las normales, hayan agrandado y abandonado el cauce del río, estimándose entonces por esa razón y por el acrecentamiento del tránsito, la necesidad de construir un puente en la parte alta de la ribera, no lejos del curso del camino. 

Fue por esa causa que años más tarde al habilitarse el puente de Gálvez, el camino hubo de ser modificado en parte de su curso para formar el acceso al puente, tomando la actual avenida Montes de Oca hasta la actual calle Suárez y por una senda nueva llamada posteriormente “calle sola”, hoy Vieytes, con lo que se formaron estas dos antiguas calles del barrio de Barracas al Norte, en la Capital Federal. 

Cruzando el Riachuelo en su forma primitiva el camino continuaba siguiendo el curso de la actual calle Laprida, en razón de una extensa laguna, que reducida ya se rellenó a fines del siglo XIX, hasta salir a la actual avenida Mitre. Seguía por esta cruzando un pequeño arroyito, brazo de otro que corría por los bajos de la costa, siguiendo hasta encontrar otro curso de agua apenas demarcado sobre el terreno. 

A la altura de este arroyo el camino tomaba una anchura desmesurada de casi 250 varas, debida al terreno bajo y húmedo del lugar. Pasado un tercer arroyo, mayor en caudal que los anteriores, el camino torcía hacia la costa del Río de la Plata , siguiendo el filo de la barranca, formando la actual avenida Ramón Franco, siguiendo paralelo al Río con algunas sinuosidades hasta perderse más allá de la última estancia. 

Este fue el curso primitivo del camino del sur, visible en los planos de la Ciudad de Buenos Aires y del Partido de Avellaneda, casi con su trazado original, sorteando los accidentes del terreno. 

Era fundamental la importancia del camino entonces, pues la parte sur de la Provincia se estaba poblando de innumerables estancias, habiéndose dado las tierras en mercedes a muchos vecinos de la villa de Buenos Aires. Ya en 1616 se había mandado mensurar todas las estancias existentes.



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