Cualquier niño que creció en Argentina entre 1949 y 1999 probablemente conozca
a Pelopincho y Cachirula. Iniciada en Billiken en algún momento de los años ´40
(probablemente entre 1947 y 1949) y luego migrada a Anteojito hacia finales de
los ´60, la tira de Fola es una cosa tan hermética, tan prototípica, tan
perfectamente cómica, que es inevitable que uno en su infancia haya corrido las
páginas hasta llegar a la tira vertical de cómo mucho dos cuadritos por línea.
Creada por Fola, nombre de pluma de Geoffrey E. Foladori, inglés
de padre uruguayo que se mudó a Montevideo a los 11 años para adoptarlo para
siempre, Pelopincho y Cachirula reproduce uno de las dinámicas más antiguas del
humor: la del tonto y el inteligente. Pelopincho es un gordito cachetón (todos
los personajes de Fola son gorditos y cachetones, en realidad, y con la boca
perpetuamente abierta en una sonrisa expectante) que siempre comete errores
bobos o interpreta todo de la manera más literal posible. Cachirula (¿su
hermana?, ¿amiga?, ¿pareja?, ¿madre?) es una niña que se inscribe en la
ilustrada línea de Nancy y La Pequeña Lulú, siempre con un retruécano, un plan
bajo su manga o una manera de aprovecharse de la tontera de Pelopincho. Las
tiras en general se resuelven de dos maneras: Pelopincho burlado por Cachirula
o Cachirula descubriendo la brutalidad que se mandó Pelopincho. En cualquier
caso, es un juego de suma cero: en ningún caso ambos son felices.
Pero, al mismo tiempo, viven en un mundo terriblemente amable:
muchas veces los arboles, los tranvías, las paredes tienen sonrisas en los
dibujos de Fola, como si todos en cualquier momento se pusiese a cantar y
bailar. Y los dos protagonistas son, en definitiva, niños, compañeros y amigos.
La violencia no tiene mucho lugar en el mundo de Pelopincho y Cachirula, donde
las consecuencias del chasco en general permanecen ocultas. La última viñeta,
siempre, es solo una revelación que se hace deliciosa con las perpetuas caras
de sorpresa que dibuja Fola. Si la violencia aparece, es en la forma de cuerpos
que vuelan por los aires y nunca chocan con nada, mientras un montón de gotitas
de sudor nervioso flotan suspendidas.
El autor murió en 1999 y Pelopincho y Cachirula dejaron de
aparecer en Anteojito, en una especie de anuncio del deceso de la revista, que
cerró en el 2001. Es triste pensar que los niños actuales, probablemente, sólo
los conocerán a través de los trasnochados y nostálgicos relatos de un ejército
de viejos que todavía sueñan con ese mundo siempre sonriente.
por Amadeo Gandolfo
http://www.comiqueando.com.ar
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